
Después de una cesárea de emergencia y de la estadía de nuestra bebé en cuidados intensivos, por la gracia del Señor ya tenemos a nuestra cuarta hija en casa y por fin puedo sostenerla en mis brazos. Así que este artículo aborda un tema que late en mi corazón de manera aún más cercana y especial.
Quiero explorar contigo algunas formas en las que podemos empezar desde temprano a instruir a nuestros bebés en el camino del Señor, mientras reconocemos la profunda dependencia que debemos tener de nuestro Padre celestial.
No debemos olvidar que, aunque tengamos las mejores intenciones, no podemos cumplir este llamado sin Cristo, ¡y cuán glorioso y liberador es saber esto!
Por eso, antes de compartirte algunos consejos prácticos, quiero hablarte de dos verdades fundamentales sobre el Señor que preparan nuestros corazones para la crianza.
Verdades para tener presentes en la crianza
1. Dios es el único dador de vida
La primera verdad es que Dios es el único dador de la vida (Hch 17:25). En un mundo donde crece el rechazo a la maternidad y el movimiento «vida sin hijos», somos llamados a afirmar la vida y a ver a los hijos como Dios los ve: don, herencia, bendición y flechas (Sal 127:3-5). Ser instrumentos de gracia —ya sea de forma natural o por adopción— es un privilegio hermoso.
Nuestro control es mucho menor de lo que pensamos; la verdadera paz se encuentra en rendirnos a la soberanía de Dios
En medio de las malas noches, largas sesiones de lactancia y las rutinas repetitivas del cuidado de un bebé, podemos recordar este privilegio. Tenemos una oportunidad para vivir un amor sacrificial, lento, sencillo, sin fuegos artificiales, pero poderoso, paciente y bonito. Este amor se cultiva en medio de lo ordinario, detrás de bambalinas. Es un amor que aprende lo que es la entrega en niveles que no imaginamos antes. Aunque es muy cansado a veces, ¡también estoy convencida de que es una tarea santa!
2. Dios es el único soberano
Una segunda verdad es que nuestro control es mucho menor de lo que pensamos y que la verdadera paz se encuentra en rendirnos a la soberanía de Dios. Creer que podemos garantizar la seguridad y la plenitud de nuestros hijos solo aumenta la ansiedad, pero descansar en que Dios tiene contado cada cabello (Lc 12:7) y que gobierna tanto lo grande como lo pequeño trae enorme libertad.
Cuando perseveramos en Él, caminamos en una paz que no depende de las circunstancias (Is 26:3), ni de qué tan «perfecta» soy como madre, sino que descansa confiando en Su carácter santo y verdaderamente perfecto (1 S 2:2). Así, incluso en medio del cansancio, la incertidumbre o el temor mientras cuidamos de una vida tan pequeña, frágil y vulnerable, aprendemos a depender de Aquel cuyo amor y cuidado nunca fallan.
6 consejos para instruir a nuestros hijos
1. Abraza este tiempo único sin prisa
Se habla mucho del significado especial y práctico que tienen los primeros cuarenta días del posparto. No solo es un tiempo significativo para la recuperación física de tu cuerpo, sino también para crear esa conexión con tu recién nacido.
Sin embargo, todo parece muy lento y repetitivo. Es un tiempo en el que muchas madres luchan con el deseo de correr a «ser las de antes y retomar sus vidas» para sentirse en control. Pero te adelanto algo por experiencia: tu vida no es la misma con cada hijo, así que es muy probable que con un nuevo hijo sientas que vuelves a empezar. De este modo, Dios va usando todo para formar tu carácter e ir transformando tu corazón, ordenando tus deseos, sueños y prioridades (aunque a veces tu vida se sienta al revés).
Es esencial comprender que la instrucción que damos a nuestros hijos, desde recién nacidos, no lleva el ritmo acelerado que quiere nuestra cultura o con el que nos urge el mundo moderno para ir en búsqueda de nuestro propio éxito y felicidad.
Cada una de nuestras instrucciones debe nacer de un corazón en calma que ha aceptado los nuevos ritmos y tiempos del Señor, donde la prisa no es nuestra aliada y el concepto de «productividad» es sustituido por fidelidad y santidad. Debemos buscar un corazón que no busca compararse, sino que reconoce en humildad y con brazos abiertos la porción que Dios le ha dado y a su familia (Sal 16:5); no a la vecina o a la amiga, sino a nosotras.
Así que… respira, mamá. Abandona toda carrera de velocidad, mientras caminas con el Dios que va delante y das el siguiente paso… luego el otro y el otro.
2. Cuida lo que siembras en su pequeño corazón.
Debemos reconocer que nuestros hijos serán testigos de todo lo que hagamos. Nuestros bebés aprenderán primero según lo que vean y sientan de su cuidador primario (mamá). Tu tono de voz, tu toque amable, tus besos, abrazos, caricias y tu contención en medio del cansancio son oportunidades para cuidar el entorno de tu bebé, mientras cultivas ese amor paciente y bondadoso que tanto necesitan tus hijos.
Tener una relación viva con el Señor te permitirá crear las bases sólidas para escuchar Su voz en la tarea de instruir a tus hijos
El amor que les brindamos en cada cuidado crea el clima cálido que ellos requieren para sentirse seguros y guardados. Es la forma en la que limpiamos y aramos la tierra para apuntarlos hacia el conocimiento del Dios que nos ha salvado.
Si luchas con el enojo, la impaciencia o el perfeccionismo, este tiempo se convierte en una gran oportunidad para ver tu corazón y continuar creciendo en santidad de la mano de Dios.
3. Cultiva una vida rica de oración.
Con un recién nacido tienes muchos escenarios para aprovechar y orar al Señor. Oramos por el maná diario para transitar un día más con pocas horas de sueño, por la vida de nuestros bebés, por nuestra relación con el Señor, por ojos y corazones abiertos para conocer cada vez más y mejor a nuestros hijos, por nuestros esposos y su liderazgo en el hogar, por las luchas que aparecen una y otra vez en nuestros corazones, por nuestros hermanos de la fe, por los no creyentes y por todo cuanto el Señor nos guíe.
Aunque creas que es pequeño, te podrías sorprender cuando veas a tu bebé más grande imitando desde tu tono y hasta tu vocabulario al orar. ¡Son esponjas!
Y aún más importante, tener una relación viva con el Señor te permitirá crear las bases sólidas para escuchar Su voz en la tarea de instruir a tus hijos. Pedir consejo a hermanos sabios es valioso, leer libros de crianza bíblica también, pero esto no debe sustituir el caminar de cerca del Pastor a fin de recibir —a través de Su Espíritu Santo y el estudio de Su Palabra— la instrucción y el discernimiento puntual que necesitamos para acompañar a cada hijo, el cual es totalmente diferente de los demás.
4. Usa tus palabras con gracia para bendecir su vida.
Ese día que te sientas más cansada, mira a los ojos de tu bebé y recuérdale (a ti, en realidad) en voz alta que es una bendición de Dios, que es un privilegio amarle y ser su madre, que es un deleite servirle en medio del cansancio y las luchas. Toca sus manos, mira sus pies, mientras te hablas verdades.
Estos recordatorios son una forma de acompañar tus emociones de manera bíblica, mientras buscas conectar con él, cuando el abrumamiento de nuestra humanidad nos arropa. Más aún, servirán también para guardar esas palabras cercanas a tu corazón para cuando tus hijos crezcan y sean más conscientes de lo que dices de ellos o frente a ellos.
5. ¡Presenta la Palabra y alaba!
Estoy convencida de que exponer constantemente a nuestros bebés a la Palabra de Dios es parte del llamado que tenemos de instruirlos en su camino (Pr 22:6). Así que, cuando lo vas a dormir, esté llorando (o cuando tú estés llorando), cuando no entiendas cómo ayudarlo, o cuando las fuerzas se te acaben, ¡te animo a que cuentes historias bíblicas en voz alta, recites los Salmos o cantes alabanzas!
Muéstrale a tus hijos, desde temprana edad, que caminar en el diseño de Dios, aceptando Su instrucción para nosotros, es algo hermoso y necesario
Mientras nuestra hija estuvo en la incubadora y no me permitían cargarla, lo único que podía hacer era cantar alabanzas durante la hora completa que estaba con ella. Sabía que, en medio de un momento tan incierto, yo necesitaba recurrir a mi Refugio para ser un lugar cálido y lleno de esperanza para ella.
Y no, no necesitas estar en una situación así para enseñarle a tu bebé a vivir en adoración y rendición a nuestro Padre. ¡Puedes empezar hoy, en donde estés!
6. Construye un hogar cristocéntrico
Cultiva prácticas en el hogar donde se enfatice la importancia del servicio, de trabajar como equipo, donde cada uno contribuye a la armonía y el funcionamiento de este, y donde el orden es claro: primero Dios, luego el matrimonio y después los hijos.
Y sí, esto es algo que podemos olvidar fácilmente en medio de las demandas de los primeros años; me ocurrió a mí. Pero no vivir conforme a este orden puede enviar mensajes equivocados a tus hijos, desde temprana edad. Allí es cuando los hogares fácilmente se convierten en hijo-céntricos, creando tensión en el matrimonio, poco equilibrio en la dinámica familiar y niños que crecen centrados en sí mismos.
Así que te animo: no pongas a un lado tu relación con el Señor y no dejes de servir a tu esposo y pasar tiempo con él. Muéstrale a tus hijos, desde temprana edad, que caminar en Su diseño, aceptando Su instrucción para nosotros, es algo hermoso, glorioso y necesario para nuestras vidas.
Cada acto y minuto anclados en Él
Es mi anhelo que, como nos instruye la Palabra, no nos cansemos de hacer el bien (Gá 6:9), sino que aún en el agotamiento, el silencio de la madrugada y los días que no parecen terminar podamos perseverar y entregarle cada acto a nuestro Dios… ¡porque Él es digno! Recordemos cada día:
El SEÑOR es mi roca, mi fortaleza y mi salvador;
mi Dios es mi roca, en quien encuentro protección.
Él es mi escudo, el poder que me salva
y mi lugar seguro (Sal 18:2 NTV).
Además, no olvides que cuidar de los recién nacidos es solo una etapa, este tiempo también pasará. Así que, mamá, corre a Él, a tu Roca. Ahora, y el siguiente minuto también…
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Paola Infante
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/instruir-recien-nacidos/
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