
Germán Rojas – Columnista Invitado @Germanrojasm8
Colombia lleva más de medio siglo inmersa en conflictos internos. La violencia se ha convertido en algo común; nos hemos acostumbrado a escuchar diariamente sobre decenas de muertos y actos terroristas como si hicieran parte natural de nuestras vidas.
Sin embargo, pocas veces nos ponemos en la posición de las víctimas: de aquellas personas que llevan años esperando ser escuchadas, que han tenido que abrirse camino en medio de la violencia y que han golpeado puertas gobierno tras gobierno buscando verdad, justicia y reparación.
Aunque se han dado pasos significativos en el papel, el desarrollo de los acuerdos de paz y la implementación de la Ley de Víctimas continúan avanzando a un ritmo demasiado lento. La deuda histórica con millones de colombianos sigue vigente, mientras muchas comunidades aún sobreviven entre el abandono estatal, el miedo y la incertidumbre.
Hoy, algunos candidatos presidenciales, amparados en una retórica de autoridad y mano dura, vuelven a promover el camino del enfrentamiento armado, como si las víctimas de la guerra fueran ajenas a sus realidades personales. Como si los muertos que deja el conflicto no tuvieran nombres, familias, sueños ni historias.
No podemos caer nuevamente en ese discurso. Porque quienes terminan poniendo los muertos son, casi siempre, los mismos: la gente humilde en los territorios olvidados, los soldados que arriesgan su vida intentando sacar adelante a sus familias y miles de jóvenes que, ante la falta de oportunidades, terminan viendo en la guerra una alternativa de vida.
Al final, el conflicto solo deja tristeza, desolación y generaciones marcadas por el miedo. Ninguna victoria militar puede reemplazar el valor de una vida humana ni reparar el vacío que deja la violencia en las comunidades.
¿Por qué le apuesto a la paz? Porque la violencia solo genera más violencia. Durante más de medio siglo hemos intentado resolver nuestros problemas a través de las armas, pero el conflicto no nace realmente en los campos, aunque sea allí donde se producen las muertes y donde las comunidades cargan con el peso de la guerra.
El conflicto también se alimenta desde los escritorios de las grandes ciudades, desde los discursos que profundizan la división y desde quienes, día tras día, convierten la enemistad entre colombianos en una herramienta política.
Sí, se han cometido errores en este gobierno que hizo de la paz una de sus principales banderas. Pero sería demasiado ingenuo creer que en apenas cuatro años puede transformarse un país donde generaciones enteras han aprendido a vivir en medio de la guerra, el miedo y la desconfianza.
La paz no puede medirse únicamente por resultados inmediatos ni convertirse en rehén de intereses electorales. Construirla implica tiempo, voluntad política, presencia estatal y, sobre todo, la capacidad de entender que ningún proyecto de nación será sostenible mientras millones de colombianos sigan viviendo bajo la sombra del conflicto.
Las opciones para elegir el nuevo gobierno están sobre la mesa. Yo prefiero seguir apostándole a la paz; a darle participación y protagonismo a las víctimas en los escenarios principales del país. Creo que se lo debemos como sociedad. Se lo debemos después de años de indiferencia frente a las atrocidades de la guerra, una violencia que muchos observan desde la distancia, como si nunca pudiera tocar sus propias vidas.
La decisión final dependerá de cada uno de nosotros al momento de acudir a las urnas. Pero quisiera dejar una reflexión: si usted le apuesta nuevamente a la guerra, pregúntese qué estaría realmente dispuesto a sacrificar por ella.
¿La vida de amigos? ¿De familiares? ¿De jóvenes enviados a combatir una guerra que parece no terminar nunca?
Porque hablar de guerra desde la comodidad siempre será más fácil que vivir sus consecuencias.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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