La comunidad científica ibérica acaba de poner en marcha una herramienta que puede cambiar la forma en que se mide la pérdida de biodiversidad. Avotrex, una base de datos global y de acceso abierto presentada en Granada, busca determinar cuántas especies de aves desaparecieron como consecuencia de la actividad humana, incluyendo aquellas que quedaron fuera de los registros oficiales porque se extinguieron mucho antes de que existieran documentos escritos.
La iniciativa fue presentada durante el 27.º Congreso Español de Ornitología y 8.º Congreso Ibérico, encuentro que reúne en Granada a más de 400 investigadores, conservacionistas, responsables de administraciones y especialistas de España y Portugal. El proyecto pretende responder una pregunta que durante décadas ha resultado difícil de cuantificar: ¿cuánta diversidad de aves perdió realmente el planeta debido a la intervención humana?
El problema está en que las estadísticas actuales no cuentan toda la historia. Las listas oficiales de especies extinguidas, incluida la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), dependen en buena medida de la existencia de registros científicos suficientemente documentados. Pero la presencia humana sobre los ecosistemas comenzó miles de años antes de que existieran registros escritos capaces de describir qué especies vivían en cada territorio.
Como consecuencia, numerosas aves que desaparecieron en tiempos prehistóricos solo dejaron detrás huesos y restos subfósiles. Los investigadores saben que existieron, pero en muchos casos no disponen de información suficiente sobre su comportamiento, alimentación, capacidad de vuelo, tamaño o función dentro del ecosistema. Esa ausencia de información dificulta calcular qué tipo de biodiversidad desapareció junto con ellas.
Avotrex intenta reconstruir las aves que ya no existen
La nueva plataforma reúne información morfológica y ecológica de las aves extinguidas desde el Pleistoceno tardío. Para reconstruir sus características, los investigadores combinan información procedente de publicaciones científicas con mediciones realizadas directamente sobre ejemplares y restos conservados en colecciones de historia natural.
El proyecto cuenta con participación internacional, entre ella investigadores del Centro de Investigación en Biodiversidad y Recursos Genéticos (CIBIO-InBIO) de la Universidad de Oporto y de la Facultad de Ciencias Agrarias y del Ambiente de la Universidad de las Azores.
Uno de los investigadores que ha presentado los resultados es Ferrán Sayol Altarriba, de la Universidad de Vic-Universidad Central de Cataluña, quien recibió además el Premio Bernis Investigador Novel durante el congreso. Su investigación analiza no solamente cuántas especies desaparecieron, sino también qué consecuencias tuvo su desaparición para la estructura de los ecosistemas.
Las islas aparecen como uno de los grandes escenarios de extinción
Los primeros resultados apuntan a que las extinciones no ocurrieron de manera aleatoria. El impacto humano afectó de manera especialmente intensa a los ecosistemas insulares, donde numerosas especies evolucionaron durante largos períodos aisladas de otros territorios.
Entre las víctimas se encuentran especies con características muy particulares, especialmente aves que habían perdido la capacidad de volar. En ambientes insulares, donde durante miles o millones de años existieron pocos depredadores terrestres, algunas aves evolucionaron hacia formas de vida que las hicieron especialmente vulnerables cuando llegaron seres humanos y otros animales introducidos.
La desaparición de estas especies no significa únicamente que haya una especie menos en una lista. Cada ave ocupaba un determinado lugar dentro de su ecosistema: podía dispersar semillas, consumir determinados organismos, transportar nutrientes o participar en cadenas alimentarias específicas.
Por eso, Avotrex intenta calcular también la diversidad funcional y filogenética perdida. El objetivo es saber no solo cuántas especies desaparecieron, sino qué funciones ecológicas y qué ramas evolutivas desaparecieron con ellas.
La llegada de nuevas especies no compensa las pérdidas
Otro resultado señalado por los investigadores es especialmente importante para la conservación: las especies introducidas por el ser humano no necesariamente reemplazan la diversidad que desapareció.
Aunque una isla pueda recibir nuevas especies procedentes de otros lugares, estas pueden terminar haciendo que diferentes ecosistemas se parezcan cada vez más entre sí. En lugar de recuperar la singularidad perdida, el proceso puede producir una homogeneización funcional de las comunidades de aves.
Esto significa que dos islas que antiguamente tenían conjuntos de especies completamente diferentes pueden terminar albergando comunidades cada vez más similares después de siglos de introducciones y desapariciones.
Una historia de extinciones que comenzó mucho antes de la era moderna
La investigación también obliga a ampliar la perspectiva sobre la responsabilidad humana en la pérdida de biodiversidad.
La extinción de aves no comenzó con la industrialización, la expansión urbana o la contaminación moderna. Los científicos sostienen que la intervención humana sobre las poblaciones de aves se remonta a épocas muy anteriores, cuando la caza, la transformación del territorio y la introducción de animales alteraron ecosistemas que habían evolucionado durante miles de años.
La importancia de Avotrex está precisamente en intentar incorporar esa historia que permanece parcialmente oculta en los registros arqueológicos y paleontológicos.
En lugar de limitarse a las especies cuya desaparición fue observada y documentada por científicos modernos, la base de datos pretende reconstruir una fotografía mucho más amplia de las aves que alguna vez habitaron el planeta.
España y Portugal convierten la investigación en una advertencia para el presente
El lanzamiento de Avotrex ocurre además cuando los científicos siguen detectando importantes señales de deterioro entre las poblaciones actuales de aves ibéricas. SEO/BirdLife, por ejemplo, informó recientemente que 20 de las 35 especies cinegéticas presentes en la península Ibérica y Baleares muestran tendencias poblacionales negativas, mientras otras nueve tienen poblaciones muy pequeñas o carecen de información suficiente sobre su evolución.
La comparación entre el pasado y el presente puede convertirse así en una herramienta fundamental. Conocer qué especies desaparecieron, qué características tenían y qué funciones cumplían puede ayudar a identificar qué tipos de aves actuales podrían estar enfrentando riesgos similares.
La información también puede contribuir a diseñar políticas de conservación más precisas, especialmente en islas y otros ecosistemas donde las especies endémicas tienen poblaciones reducidas y una capacidad limitada para desplazarse hacia nuevos territorios.
El verdadero tamaño de la pérdida todavía está por descubrirse
Avotrex no ofrece todavía una cifra definitiva que permita afirmar cuántas aves desaparecieron exclusivamente por culpa del ser humano. Precisamente su objetivo es construir la información científica necesaria para acercarse a esa respuesta.
Ese matiz es importante: no se trata simplemente de agregar nombres a una lista de especies extinguidas, sino de reconstruir una parte de la biodiversidad que el planeta perdió antes de que pudiéramos documentarla adecuadamente.
La pregunta que plantea esta investigación es mucho más profunda que saber cuántas aves desaparecieron. Se trata de entender cómo era el mundo antes de que la actividad humana modificara profundamente sus ecosistemas y qué parte de esa diversidad jamás podremos recuperar. Avotrex busca reconstruir esa historia perdida para que las futuras generaciones puedan conocer, aunque sea a través de huesos, datos y modelos científicos, las aves que alguna vez compartieron el planeta con nosotros.
Foto: Global Penguin Society
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