Un perro que ladra sin parar cuando su familia sale de casa, se esconde durante una tormenta o destruye objetos aparentemente sin motivo no siempre está siendo desobediente. Detrás de estas conductas puede existir ansiedad, un problema en el que influyen la genética, el temperamento, la crianza y las experiencias vividas desde los primeros meses de vida. Algunas razas presentan una mayor predisposición, aunque ningún perro está condenado por su origen a desarrollar este problema.
La predisposición racial significa que determinados linajes pueden concentrar características genéticas y temperamentales asociadas con una mayor sensibilidad al miedo, los ruidos o los cambios. Sin embargo, la raza no determina por sí sola el comportamiento de un animal. Un entorno estable, una correcta socialización y experiencias positivas pueden reducir considerablemente la vulnerabilidad, mientras que el estrés constante, el aislamiento o experiencias traumáticas pueden agravarla.
Las razas que pueden presentar mayor sensibilidad
Estudios poblacionales han observado diferencias entre razas en problemas como la sensibilidad al ruido, el miedo a situaciones desconocidas y la ansiedad por separación. Entre las razas mencionadas con mayor frecuencia en investigaciones sobre determinados comportamientos relacionados con la ansiedad figuran el Border Collie, Pastor Australiano, Pastor Alemán, Shetland Sheepdog, Chihuahua y Yorkshire Terrier, aunque cada tipo de ansiedad puede afectar de manera diferente a cada población y a cada individuo.
En los perros de trabajo, la explicación puede estar relacionada con las características que fueron seleccionadas durante generaciones. Razas desarrolladas para el pastoreo, la vigilancia, la caza o la guardia poseen, en muchos casos, una elevada capacidad para detectar rápidamente los estímulos del entorno. Lo que en el campo puede ser una ventaja, en una ciudad llena de bocinas, sirenas, ascensores, motocicletas y ruidos inesperados puede transformarse en una constante sobrecarga.
En otras razas seleccionadas históricamente como animales de compañía, el fuerte apego hacia las personas puede convertirse, en algunos ejemplares, en una dificultad para permanecer solos. El perro puede experimentar angustia cuando su tutor se ausenta, reaccionando con ladridos, aullidos, destrucción de objetos o intentos desesperados de escapar.
La ansiedad no siempre se ve como miedo
Uno de los mayores errores consiste en esperar que un perro ansioso esté siempre temblando. Las señales pueden ser mucho más discretas y, en ocasiones, confundirse con mal comportamiento.
Un animal afectado puede jadear aunque no haga calor, caminar constantemente de un lado a otro, vocalizar de manera excesiva, esconderse, lamerse compulsivamente o tener dificultades para descansar. Algunos permanecen excesivamente pegados a sus tutores y parecen vigilar cada uno de sus movimientos. Otros destruyen objetos, especialmente cerca de puertas y ventanas, cuando quedan solos.
La sensibilidad al ruido puede producir además pupilas dilatadas, búsqueda desesperada de refugio y resistencia a salir de casa. Un perro que inicialmente teme únicamente las tormentas puede, con el tiempo, comenzar a reaccionar también ante petardos, portazos u otros sonidos. El cerebro aprende a asociar determinados estímulos con el peligro y, si el problema no se aborda adecuadamente, el miedo puede extenderse a nuevas situaciones.
No es solamente un problema de conducta
La ansiedad tiene una dimensión biológica. En el organismo intervienen mecanismos relacionados con la respuesta al estrés, incluyendo la actividad del eje hipotálamo-hipófisis-adrenales y la liberación de cortisol. Los circuitos cerebrales responsables de identificar amenazas y generar respuestas de seguridad también participan en este proceso.
Esto explica por qué castigar a un perro ansioso puede empeorar el problema. Un animal que ya interpreta una situación como amenazante no necesariamente necesita más corrección; necesita aprender, de forma gradual y segura, que esa situación no representa un peligro.
Los especialistas en comportamiento animal suelen trabajar con estrategias de desensibilización y contracondicionamiento. El objetivo consiste en exponer al perro de manera controlada y progresiva al estímulo que provoca miedo, asociándolo con experiencias positivas y evitando superar su capacidad de tolerancia.
La infancia del perro puede marcar una gran diferencia
La genética es importante, pero el ambiente puede cambiar profundamente el resultado. La socialización durante las primeras etapas de vida, las experiencias con personas y otros animales, las rutinas y la estabilidad del hogar influyen en la manera en que un perro aprende a enfrentar el mundo.
Un cachorro que conoce gradualmente distintos sonidos, lugares y situaciones en condiciones seguras puede desarrollar mejores herramientas para adaptarse. Pero la socialización no significa obligarlo a enfrentarse a todo. Exponer bruscamente a un perro temeroso a aquello que le causa pánico puede aumentar, en lugar de reducir, su ansiedad.
También es importante que el animal tenga oportunidades para realizar actividad física y mental adecuadas a sus características. Un perro de trabajo con altos niveles de energía que pasa largas horas sin actividad puede desarrollar frustración y conductas problemáticas, aunque esto no significa que toda destrucción o hiperactividad sea necesariamente ansiedad.
Cuando el problema aparece de repente
Si un perro que antes era tranquilo comienza repentinamente a mostrar miedo, irritabilidad o conductas extrañas, conviene no asumir que se trata simplemente de un cambio de carácter. El dolor crónico, alteraciones hormonales y algunos problemas asociados con el envejecimiento pueden reducir la tolerancia al estrés y empeorar la ansiedad.
Por esta razón, una evaluación veterinaria resulta especialmente importante cuando el comportamiento aparece de manera brusca, se intensifica rápidamente o viene acompañado de cambios físicos.
Qué pueden hacer los tutores
Crear un espacio seguro, mantener rutinas relativamente previsibles y evitar castigos por reacciones de miedo son algunas de las primeras medidas. En los casos más leves, una correcta adaptación del ambiente y un trabajo progresivo pueden producir mejoras importantes.
Sin embargo, cuando la ansiedad afecta seriamente la calidad de vida del perro o de la familia, es recomendable buscar orientación veterinaria y, cuando sea necesario, acudir a un especialista en comportamiento animal. Los casos moderados o graves pueden requerir un plan individualizado que combine cambios ambientales, entrenamiento y tratamientos veterinarios.
Comprender que cada perro es un individuo es fundamental. La raza puede ofrecer pistas sobre ciertas tendencias, pero no escribe el destino de un animal. Con atención, paciencia y el apoyo profesional adecuado, muchos perros ansiosos pueden aprender a sentirse más seguros y disfrutar de una vida más tranquila junto a sus familias.
Foto: Shutterstock
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