Cumplir años es inevitable, pero perder rápidamente fuerza, resistencia y autonomía no tiene por qué serlo. La evidencia sobre envejecimiento saludable indica que una parte importante del deterioro físico asociado con el paso del tiempo puede acelerarse por el sedentarismo y, al mismo tiempo, ralentizarse mediante hábitos sostenibles que mantengan al cuerpo activo.
Con los años pueden producirse cambios como la pérdida progresiva de masa y potencia muscular —conocida como sarcopenia—, una reducción de la capacidad aeróbica, disminución de la densidad ósea y alteraciones metabólicas. Sin embargo, especialistas coinciden en que la edad cronológica no es el único factor que determina la capacidad física de una persona: el nivel de movimiento cotidiano y el tipo de actividad que se mantiene a lo largo del tiempo también tienen un papel decisivo.
El peligro del círculo del sedentarismo
Muchas personas comienzan a moverse menos cuando determinadas actividades se vuelven más difíciles. Subir escaleras, caminar largas distancias o cargar bolsas puede exigir un esfuerzo mayor. Entonces aparece una reacción aparentemente lógica: evitar aquello que resulta cansador.
El problema es que esa reducción de la actividad puede generar un círculo progresivo. Cuanto menos se utiliza la musculatura, mayor puede ser la pérdida de fuerza; y cuanto menor es la fuerza, más difíciles se vuelven las tareas cotidianas. Con el tiempo, la persona puede reducir aún más sus movimientos y perder parte de su independencia funcional.
La buena noticia es que este proceso no necesariamente tiene que avanzar al mismo ritmo durante toda la vida. El organismo conserva capacidad de adaptación y puede responder al ejercicio incluso en edades avanzadas.
La fuerza, una de las principales defensas contra la fragilidad
Preservar la fuerza muscular es uno de los factores más importantes para mantener la autonomía. No se trata únicamente de levantar pesas en un gimnasio: la fuerza está directamente relacionada con acciones tan simples como levantarse de una silla, subir un escalón, recuperar el equilibrio o reaccionar ante una posible caída.
El entrenamiento progresivo puede realizarse con máquinas, pesas, bandas elásticas o ejercicios utilizando el propio peso corporal, siempre adaptado a la condición física de cada persona. Este tipo de actividad contribuye al mantenimiento muscular y también mejora la coordinación entre el sistema nervioso y los músculos.
El corazón y los pulmones también necesitan entrenamiento
La fuerza no es el único componente que conviene proteger. La actividad aeróbica moderada, como caminar a buen ritmo, andar en bicicleta o nadar, ayuda a mantener la capacidad cardiorrespiratoria y combate algunos de los efectos del sedentarismo.
El objetivo no necesariamente debe ser alcanzar un rendimiento deportivo. Para muchas personas, una meta mucho más útil consiste en recuperar o conservar capacidades concretas: caminar sin fatigarse rápidamente, subir varios pisos, participar en actividades familiares o desplazarse con seguridad.
El mejor ejercicio no siempre es el más intenso, sino aquel que puede mantenerse de manera regular y segura.
Dormir, comer y controlar el estrés
La actividad física funciona mejor cuando está acompañada por otros hábitos. Dormir mal puede afectar la recuperación y aumentar la sensación de cansancio y dolor. El estrés prolongado también puede perjudicar diversos procesos del organismo y dificultar la recuperación física.
La alimentación es otro elemento relevante. Una dieta equilibrada y una ingesta adecuada de proteínas ayudan a proporcionar los nutrientes necesarios para conservar la masa muscular, especialmente durante la mediana edad y la vejez. Las necesidades nutricionales, sin embargo, pueden variar según la edad y el estado de salud.
Nunca es demasiado tarde para empezar
Uno de los mensajes más importantes sobre el envejecimiento saludable es que los cambios positivos no dependen exclusivamente de haber sido deportista durante toda la vida. El cuerpo puede responder a nuevas rutinas en diferentes etapas.
La clave está en evitar los extremos. Comenzar con objetivos imposibles suele provocar abandono. En cambio, incorporar progresivamente caminatas, ejercicios de fuerza y movimientos cotidianos puede facilitar la creación de una rutina duradera.
También resulta más efectivo plantearse objetivos funcionales que exclusivamente estéticos: subir escaleras con menos esfuerzo, cargar las compras, levantarse del suelo con seguridad o mantener el equilibrio y la independencia durante más tiempo.
Antes de iniciar un programa de ejercicios, especialmente en personas con enfermedades crónicas, antecedentes cardiovasculares o limitaciones físicas, es recomendable consultar a un profesional de la salud.
Envejecer no significa renunciar automáticamente a la fuerza y a la movilidad. El paso del tiempo transforma el cuerpo, pero mantenerse en movimiento, entrenar la fuerza y cuidar el descanso puede ayudar a que esos años se vivan con mayor autonomía, resistencia y calidad de vida.
Foto: Shutterstock
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