Una riada puede transformar un arroyo aparentemente tranquilo en una corriente devastadora en cuestión de minutos. El fenómeno, conocido técnicamente como inundación repentina, no depende únicamente de la cantidad de lluvia: ocurre cuando el agua llega a una cuenca más rápido de lo que el suelo, los cauces y los sistemas de drenaje pueden absorberla o evacuarla.
Las lluvias torrenciales son uno de los principales detonantes. Cuando una tormenta descarga una enorme cantidad de agua en poco tiempo, el suelo puede alcanzar rápidamente su límite de infiltración. Si el terreno ya estaba saturado por precipitaciones anteriores, la situación se vuelve todavía más peligrosa: el agua que ya no puede penetrar en el suelo comienza a desplazarse violentamente por la superficie hacia zonas más bajas.
Las montañas y los valles estrechos multiplican la velocidad
Las pequeñas cuencas con pendientes pronunciadas se encuentran entre los escenarios más peligrosos. El agua desciende rápidamente por laderas, barrancas y quebradas, concentrándose en cauces estrechos que funcionan como verdaderos embudos.
Por esta razón, una persona puede encontrarse bajo un cielo aparentemente tranquilo y, sin embargo, ser sorprendida por una crecida generada kilómetros más arriba. La lluvia puede haber caído en otra parte de la cuenca y el agua llegar posteriormente convertida en una poderosa corriente.
Los suelos que absorben menos agua
No todos los terrenos reaccionan de la misma manera ante una tormenta. Los suelos arcillosos o limosos compactados pueden presentar una menor capacidad de infiltración que otros tipos de suelo. Cuando sus poros se cierran o el terreno está endurecido, una mayor proporción del agua termina desplazándose por la superficie.
También presentan un riesgo elevado los terrenos degradados por la pérdida de vegetación. Los bosques, pastizales y otras coberturas vegetales ayudan a ralentizar el movimiento del agua y favorecen su infiltración. La deforestación, el sobrepastoreo y determinadas prácticas agrícolas pueden reducir esa capacidad natural de protección.
Las zonas afectadas por incendios forestales representan otro caso especialmente delicado. El calor puede modificar temporalmente algunas capas superficiales del suelo, dificultando la penetración del agua y aumentando la escorrentía y el arrastre de barro, piedras y otros materiales.
El peligro también crece en las ciudades
Las riadas no son un problema exclusivo de las zonas montañosas. Las grandes ciudades pueden crear sus propias condiciones para una inundación repentina.
El asfalto, el hormigón, los techos y las veredas impiden que gran parte del agua sea absorbida por el terreno. Durante una tormenta intensa, enormes volúmenes terminan concentrándose rápidamente en calles y avenidas. Si los sistemas de drenaje están bloqueados o no tienen capacidad suficiente, determinadas vías pueden convertirse literalmente en canales de agua.
En estos casos, incluso sectores alejados de grandes ríos pueden sufrir inundaciones graves. Un paso subterráneo, una avenida en pendiente o una zona deprimida del terreno pueden acumular agua con enorme rapidez.
No toda inundación es una riada
Existe una diferencia importante entre una inundación gradual y una inundación repentina. La primera puede desarrollarse durante días, cuando un gran río aumenta progresivamente su caudal. La riada, en cambio, puede alcanzar su máxima intensidad en minutos u horas.
Además, la fuerza del agua puede transportar troncos, rocas, vehículos, escombros y grandes cantidades de barro. Esta combinación convierte a la riada en uno de los fenómenos hidrológicos más peligrosos para las personas que se encuentran en su trayectoria.
El caso de Nepal vuelve a poner el peligro bajo la lupa
La actualidad internacional ha vuelto a mostrar la capacidad destructiva de estos fenómenos. La reciente catástrofe en la zona fronteriza entre Nepal y el Tíbet dejó cientos de víctimas y desaparecidos, mientras las autoridades investigaban una compleja combinación de factores relacionados con el comportamiento del río Bhote Koshi y las condiciones geológicas de la región.
Los especialistas advierten que las regiones montañosas pueden ser particularmente vulnerables porque combinan fuertes pendientes, cauces estrechos, lluvias intensas, deslizamientos y, en determinadas zonas, procesos relacionados con glaciares y lagos de montaña.
Las señales que no deben ignorarse
Una riada puede producirse con muy poco tiempo de aviso. Entre las situaciones que aumentan el riesgo se encuentran las lluvias extremadamente intensas, varios días consecutivos de precipitaciones, el suelo saturado y la presencia de tormentas en zonas montañosas situadas aguas arriba.
Nunca se debe intentar cruzar una corriente de agua cuya fuerza o profundidad sea desconocida. Las crecidas repentinas pueden aumentar de tamaño en segundos y arrastrar personas, motocicletas e incluso vehículos.
La gran lección de la ciencia es clara: una riada no es simplemente “mucha lluvia”. Es el resultado de una cadena en la que intervienen la intensidad de la tormenta, la capacidad del suelo, la forma del terreno, la vegetación y la velocidad con que el agua logra concentrarse en un cauce.
Comprender el paisaje puede salvar vidas. Una quebrada seca, una calle en pendiente o un pequeño arroyo pueden convertirse, bajo determinadas condiciones, en el camino de una fuerza de la naturaleza capaz de cambiarlo todo en pocos minutos.
Foto: ABC Color / Shutterstock
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