Yayoi Kusama pasó gran parte de su vida intentando ordenar un mundo que, desde niña, se presentaba ante ella de una manera distinta.
Nació en Matsumoto, Japón, en 1929, dentro de una familia vinculada al comercio de semillas y viveros. Su infancia estuvo rodeada de flores, campos y un ambiente familiar difícil. Desde muy pequeña comenzó a experimentar intensas visiones en las que los patrones se repetían, los objetos parecían multiplicarse y las formas terminaban ocupándolo todo.

Kusama aprendió a transformar aquellas experiencias en imágenes.
Primero dibujó. Después pintó.
Los puntos, las redes, las flores y las figuras repetitivas que terminarían convirtiéndose en su identidad artística nacieron de esa necesidad de representar aquello que veía y sentía. Para ella, el arte no fue solamente una profesión. Fue una manera de organizar su mente, enfrentar sus obsesiones y construir un espacio propio.
A finales de los años cincuenta tomó una decisión extraordinaria para una joven japonesa de su generación: abandonar Japón y viajar a Estados Unidos para desarrollar su carrera.
Llegó a Nueva York cuando la ciudad comenzaba a convertirse en uno de los centros más importantes del arte internacional. Era extranjera, mujer y desconocida dentro de un ambiente competitivo y dominado principalmente por hombres.
Vivió años difíciles, con pocos recursos económicos y largas jornadas de trabajo. En ese período desarrolló una de sus series más importantes: las Infinity Nets, enormes lienzos cubiertos por pequeños trazos repetitivos que parecían extenderse indefinidamente.
Estas pinturas comenzaron a atraer la atención del mundo artístico. Kusama compartió época con figuras como Donald Judd, Andy Warhol y Claes Oldenburg, mientras intentaba construir su propio lugar dentro de la vanguardia neoyorquina.
Sin embargo, su trabajo pronto salió del lienzo.
Durante los años sesenta empezó a desarrollar esculturas, performances e instalaciones. Experimentó con objetos cubiertos por formas repetidas y comenzó a utilizar espejos como parte central de sus obras.
Así nacieron las famosas Infinity Mirror Rooms.
En estas habitaciones, la repetición de luces, espejos y objetos crea la ilusión de un espacio sin límites. El visitante deja de ser únicamente espectador y pasa a convertirse en parte de la obra.
Décadas antes de que las experiencias inmersivas se transformaran en una tendencia global, Kusama ya estaba construyendo espacios donde el público podía entrar físicamente dentro de una idea.
También participó en la contracultura estadounidense, organizando happenings y acciones vinculadas al pacifismo y a la oposición a la guerra de Vietnam.
Pero su trayectoria nunca avanzó de forma sencilla.
En 1973 regresó a Japón. Cuatro años después decidió ingresar voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio, mientras continuaba trabajando diariamente en un estudio cercano.
Esa rutina se convirtió en una parte fundamental de su vida.
Kusama siguió pintando, escribiendo novelas y poesía, diseñando esculturas y desarrollando nuevas instalaciones. Durante algunos años su presencia internacional disminuyó, pero ella nunca dejó de producir.
Décadas después, el mundo artístico volvió a mirar su obra.
En 1993 representó oficialmente a Japón en la Bienal de Venecia, un momento decisivo en la recuperación internacional de su carrera. A partir de entonces llegaron grandes exposiciones, retrospectivas y reconocimientos.
En 2006 recibió el Praemium Imperiale, uno de los premios más importantes del arte internacional. En 2016 Japón le concedió la Orden de la Cultura, y en 2017 abrió en Tokio el Yayoi Kusama Museum.
Para entonces, su característico cabello rojo, sus vestidos de lunares y su universo visual eran reconocidos en todo el mundo.
Entre los símbolos más famosos de su carrera se encuentran sus calabazas.
Su fascinación por ellas comenzó durante la infancia. Años más tarde empezó a pintarlas y convertirlas en esculturas monumentales cubiertas de puntos. Amarillas, negras, rojas o plateadas, sus calabazas terminaron instaladas en museos, jardines y espacios públicos de diferentes países.
Aquello que había comenzado como un recuerdo de infancia terminó convertido en uno de los iconos más reconocibles del arte contemporáneo.
El mercado también terminó reconociendo su importancia.
Su obra Untitled (Nets), de 1959, alcanzó aproximadamente 10,5 millones de dólares en una subasta celebrada en Nueva York en 2022. Otra pintura, A Flower, superó los 10 millones de dólares, mientras varias de sus famosas calabazas se han acercado a valores de 8 millones de dólares.
Las cifras resultan especialmente significativas si se observa la trayectoria completa de la artista.
La joven que llegó a Nueva York con pocos recursos y que durante años tuvo que luchar por reconocimiento terminó convirtiéndose en una de las creadoras más valiosas y conocidas del mercado internacional.
Sin embargo, su verdadera importancia no puede medirse únicamente en millones.
Kusama trabajó con pintura, escultura, instalación, literatura, performance, moda y diseño. Sus habitaciones de espejos modificaron la relación entre el público y la obra artística. Su lenguaje visual atravesó las fronteras del museo y llegó a la moda, la arquitectura y la cultura popular.
También abrió caminos para mujeres y artistas asiáticos dentro de un sistema internacional que durante décadas ofreció pocas oportunidades a esas voces.
Detrás de los colores brillantes y los famosos lunares existe una historia profundamente humana.
Una mujer que convivió con dificultades psicológicas durante décadas.
Una inmigrante que tuvo que conquistar un lugar dentro de una escena artística ajena.
Una creadora que atravesó períodos de pobreza, aislamiento y falta de reconocimiento.
Y, sobre todo, una artista que nunca dejó de trabajar.
Ese quizá sea uno de los mayores mensajes de su vida.
El reconocimiento de Yayoi Kusama no apareció de repente. Fue construido durante décadas, obra tras obra.
Sus redes, espejos, flores y calabazas terminaron creando un universo que millones de personas reconocen inmediatamente.
Kusama logró convertir una experiencia profundamente personal en un lenguaje universal.
Y construyó su lugar en la historia de la misma manera en que pintó muchas de sus obras:
pacientemente, obsesivamente y punto por punto.
Creditos Graficos @MJPOPStudio
ACERCA DEL CORRESPONSAL
BRIYIDT RIPAMONTI
Es colombiana empresaria de Miami Florida, editora de algunas revistas de renombre y activista en la protección del planeta Fundadora de la organizacion SOS Water Global
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