El fenómeno de El Niño que se desarrolla durante 2026 se perfila como uno de los episodios más intensos desde que existen registros modernos, con consecuencias que podrían extenderse mucho más allá del clima y afectar la agricultura, la infraestructura, los precios de los alimentos y la economía mundial. Las temperaturas de la superficie del Pacífico ecuatorial en la región Niño 3.4 se encuentran actualmente alrededor de 2,6 °C por encima del promedio de los últimos 30 años y algunas proyecciones apuntan a una anomalía cercana a 3,9 °C en noviembre, superando incluso el nivel registrado durante el episodio de 2015.
El fenómeno tiene una particularidad que preocupa especialmente a los especialistas: su intensidad podría convertirlo en el episodio de El Niño más fuerte desde el comienzo de las mediciones sistemáticas en 1950. Según la clasificación basada en el Índice Relativo Oceánico de El Niño (RONI), la NOAA estima actualmente una probabilidad del 69% de que el episodio de 2026 sea el más intenso registrado. El Met Office británico, por su parte, advirtió que podría convertirse en el fenómeno más intenso en más de un siglo.
El Niño se produce cuando las aguas superficiales del centro y el este del Pacífico ecuatorial se calientan por encima de los valores habituales, debido principalmente al debilitamiento temporal de los vientos que normalmente mantienen las aguas cálidas concentradas hacia el oeste del océano. Ese desplazamiento de masas de agua caliente modifica la circulación atmosférica y puede alterar los patrones de lluvia y temperatura a miles de kilómetros de distancia.
El resultado no es uniforme. Mientras algunas regiones pueden sufrir sequías severas, otras pueden recibir lluvias extraordinarias e inundaciones. Esa característica convierte a El Niño en un fenómeno especialmente complejo para la agricultura mundial, porque puede afectar simultáneamente diferentes zonas productoras y generar pérdidas en determinados cultivos mientras beneficia temporalmente a otros. Michelle L’Heureux, del Centro de Predicción Climática de la NOAA, advierte que un episodio más intenso aumenta la probabilidad de observar consecuencias más fuertes, aunque aclara que los impactos específicos no están garantizados.
Sudamérica aparece entre las regiones que deberán permanecer bajo especial vigilancia. El Met Office advierte que las consecuencias podrían ser especialmente intensas en las zonas tropicales, con sequías importantes en partes de Sudamérica y del Pacífico occidental. La distribución concreta de las lluvias dependerá, sin embargo, de la evolución del fenómeno y de otros patrones atmosféricos que interactúan con El Niño.
Para el Mercosur, la cuestión adquiere una dimensión particularmente sensible porque Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay dependen en gran medida de la producción agropecuaria y de las condiciones climáticas para sostener exportaciones, empleo rural y abastecimiento de alimentos. Una alteración importante de las lluvias puede modificar los rendimientos de soja, maíz, trigo, arroz y otros cultivos, además de afectar la ganadería mediante cambios en la disponibilidad de pasturas y agua.
Uruguay ya está incorporando este escenario a su planificación. El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) señaló que, ante la instalación del fenómeno y su previsión de fortalecimiento durante los próximos meses, la anticipación, el monitoreo y la planificación serán fundamentales para que los sistemas productivos puedan responder adecuadamente.
El impacto también puede alcanzar directamente a los productores. Una sequía prolongada puede reducir los rendimientos agrícolas, deteriorar los pastizales y aumentar la presión sobre las fuentes de agua, mientras que las lluvias excesivas pueden provocar inundaciones, erosión, enfermedades, dificultades para ingresar con maquinaria a los campos y pérdidas de cultivos. El problema, por lo tanto, no consiste solamente en que llueva más o menos, sino en que las precipitaciones se produzcan en el momento y lugar adecuados.
El efecto sobre la infraestructura puede ser igualmente importante. Carreteras, puentes, sistemas de drenaje, redes eléctricas, puertos y otras instalaciones pueden quedar expuestos simultáneamente a inundaciones, tormentas, sequías o temperaturas extremas. En las zonas rurales, la interrupción de caminos puede dificultar la salida de las cosechas y la llegada de insumos, generando costos adicionales incluso cuando la producción agrícola no haya sufrido daños directos.
Uno de los aspectos más preocupantes es la posibilidad de que El Niño se combine con el calentamiento global provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Los científicos coinciden en que una atmósfera más caliente puede contener mayor cantidad de humedad, haciendo que las lluvias asociadas a determinados episodios sean más intensas. En las regiones donde El Niño favorece la sequía, el calentamiento también puede contribuir a una mayor pérdida de humedad del suelo.
Existe, sin embargo, una diferencia científica importante. No existe consenso sobre si el cambio climático está haciendo que El Niño sea intrínsecamente más fuerte, aunque algunos investigadores consideran que existen indicios que apuntan en esa dirección. Mike McPhaden, investigador de la NOAA, sostiene que el calentamiento de los mares tropicales puede hacer que los vientos que alimentan el fenómeno sean más sensibles y acelerar su desarrollo.
Los estudios utilizados por los especialistas para analizar esta posibilidad abarcan desde registros instrumentales del siglo XIX hasta reconstrucciones paleoclimáticas obtenidas mediante esqueletos de coral y simulaciones climáticas. Según McPhaden, estos diferentes indicadores sugieren que la intensidad de los episodios de El Niño podría haber aumentado aproximadamente un 10% durante el último siglo.
Pero quizá la consecuencia más llamativa de este episodio pueda producirse en las temperaturas globales de 2027. El Niño suele alcanzar buena parte de su impacto climático durante el año siguiente a su aparición, y las estimaciones citadas por El Observador apuntan a que 2027 podría convertirse en el año más cálido jamás registrado. Los climatólogos Zeke Hausfather y Andrew Dessler calculan que el fenómeno podría añadir alrededor de 0,3 °C a la temperatura media mundial durante ese año.
Dessler describe este escenario como “un adelanto del futuro”, porque un aumento de temperatura de esa magnitud no se esperaría de otro modo hasta aproximadamente 2037 bajo determinadas proyecciones de largo plazo. El especialista aclara, no obstante, que buena parte del calentamiento adicional se concentraría en el Pacífico ecuatorial.
Mike McPhaden plantea un escenario todavía más extremo al señalar que no sería inconcebible que 2027 alcance una temperatura media global 1,7 °C superior a los niveles preindustriales. Se trata de una proyección y no de un resultado asegurado, pero sirve para dimensionar la capacidad que un episodio excepcional de El Niño puede tener para modificar temporalmente la trayectoria de las temperaturas mundiales.
La agricultura europea también está mostrando señales de vulnerabilidad. Las lluvias excesivas ya provocaron daños en cultivos durante 2026, como ocurrió con campos de zanahorias inundados en Francia. En un escenario de mayor variabilidad climática, los productores agrícolas tendrán que enfrentar una combinación cada vez más compleja de sequías, inundaciones, temperaturas extremas y alteraciones de los calendarios de producción.
El impacto sobre los mercados puede producirse incluso cuando el daño físico sea localizado. Una caída de la producción de un cultivo estratégico en una gran región exportadora puede modificar los precios internacionales y trasladar sus efectos a países que no hayan sufrido directamente el fenómeno. Esto convierte a El Niño en un problema de seguridad alimentaria y no solamente en un asunto meteorológico.
Para los países del Mercosur, esa dimensión es especialmente relevante. La región es uno de los grandes proveedores mundiales de alimentos y materias primas agrícolas, por lo que las condiciones climáticas de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay tienen consecuencias sobre los mercados internacionales. Un escenario de menor producción puede reducir exportaciones y aumentar precios; una producción excepcional en determinadas zonas puede generar el efecto contrario.
La respuesta, por ello, no puede limitarse a esperar mejores pronósticos. El monitoreo climático debe convertirse en una herramienta de gestión económica y productiva, permitiendo a los agricultores modificar fechas de siembra, variedades, manejo del agua y estrategias de cobertura de riesgos. Las autoridades también necesitan preparar infraestructura, sistemas de alerta, mecanismos de emergencia y políticas para proteger a las poblaciones más expuestas.
Uruguay tiene además una ventaja institucional que puede ser utilizada: dispone de organismos especializados en meteorología, investigación agropecuaria y gestión de riesgos. La coordinación entre esas instituciones, productores, gobiernos departamentales y empresas puede permitir que las previsiones climáticas se conviertan rápidamente en decisiones prácticas.
El fenómeno también debería ser observado desde una perspectiva regional. Un Mercosur más integrado en materia de información climática podría compartir datos, modelos de previsión y estrategias de adaptación entre sus países miembros. Las lluvias que afectan a una cuenca hidrográfica no respetan fronteras políticas, y los problemas de producción, transporte y abastecimiento pueden propagarse rápidamente de un país a otro.
El Niño de 2026 no significa que todas las regiones vayan a sufrir simultáneamente una catástrofe climática, pero sí aumenta el riesgo de que se produzcan episodios extremos y simultáneos de sequía, inundaciones, calor y alteraciones productivas en diferentes partes del planeta. El dato que más preocupa a los especialistas es la posibilidad de que este episodio supere los registros históricos de intensidad y contribuya a convertir 2027 en el año más cálido jamás observado. Para Uruguay y el Mercosur, el desafío será particularmente grande porque el clima está directamente conectado con la producción agropecuaria, las exportaciones, la infraestructura y la seguridad alimentaria. La respuesta tendrá que combinar ciencia, planificación, información y capacidad de adaptación. El Niño es un fenómeno natural, pero sus consecuencias pueden verse amplificadas por un planeta que ya se encuentra más caliente. Por eso, la verdadera amenaza no está únicamente en el fenómeno que ocurre hoy en el Pacífico, sino en cómo una economía y una sociedad cada vez más expuestas a extremos climáticos se preparan para enfrentarlo.
Foto principal: Pexels (archivo)
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