Uruguay consiguió en la última década fortalecer de manera significativa su capacidad para atraer capital de riesgo, empresas tecnológicas y emprendimientos con proyección internacional. Especialistas del ecosistema inversor coinciden en que el atractivo uruguayo no depende de una sola ventaja, sino de la combinación de estabilidad institucional, reglas de juego previsibles, incentivos fiscales, seguridad, calidad de vida, infraestructura y disponibilidad de talento calificado. Ese conjunto de condiciones está transformando al país en una plataforma cada vez más utilizada para desarrollar negocios con alcance regional y global.
El diagnóstico fue presentado durante el evento Conexión Uruguay–Brasil: Sinergia estratégica y oportunidades de desarrollo bilateral, organizado por El Observador y Piso 22, donde participaron referentes de fondos de venture capital y del ecosistema tecnológico. Nicolás Berman, de Kaszek; Ricardo Scavazza, de Patria Investments; Tomás Roggio, de Latitud Ventures; e Ignacio Gervaz, de AIC Economía y Finanzas, analizaron las condiciones que están llevando a inversores a mirar a Uruguay no solamente como un mercado pequeño, sino como una plataforma para operar en la región.
Uno de los factores considerados decisivos es la estabilidad de las reglas de juego. Ignacio Gervaz destacó que la Ley de Inversiones y la Ley de Zonas Francas se han convertido en políticas de Estado y permiten que quienes realizan inversiones a largo plazo puedan proyectar su rentabilidad con mayor seguridad. Para un fondo o una empresa que analiza proyectos con horizontes de 20 o 30 años, la previsibilidad regulatoria puede tener tanto peso como los incentivos económicos iniciales.
El régimen tributario constituye otro de los elementos que los inversores consideran determinantes. Nicolás Berman señaló que Uruguay desarrolló durante la última década un esquema destinado a atraer capital y favorecer el desarrollo empresarial, pero advirtió que cualquier modificación que genere incertidumbre puede reducir el atractivo del país. La lógica es sencilla: una inversión internacional necesita calcular sus costos y retornos con anticipación; si las reglas cambian constantemente, aumenta el riesgo y el capital puede buscar otro destino.
Ricardo Scavazza planteó incluso una advertencia más directa: Uruguay compite con el mundo, no solamente con sus vecinos. El país logró ganar participación como destino de capital, pero esa posición puede perderse si modifica de manera significativa su estructura impositiva o regulatoria. Para los fondos internacionales, trasladar una inversión hacia otro país puede ser relativamente sencillo cuando existen alternativas que ofrecen condiciones similares o mejores.
La seguridad aparece como otro diferencial especialmente valorado. Scavazza, de origen brasileño y residente en Uruguay desde hace cinco años, comparó las condiciones de seguridad que encuentra en Punta del Este con las de São Paulo y sostuvo que la diferencia es muy significativa. Según su experiencia, la calidad de vida y la seguridad están contribuyendo a atraer a brasileños, estadounidenses y europeos que no solamente invierten en Uruguay, sino que también deciden establecer allí su residencia.
Ese fenómeno migratorio está generando un efecto económico adicional. Tomás Roggio señaló que en el entorno de Punta del Este continúa observándose un flujo de inversores que se trasladan buscando calidad de vida, mientras que los cambios políticos en Brasil y Argentina y el impacto de la pandemia aceleraron determinadas decisiones de radicación. La experiencia personal de Berman resulta ilustrativa: llegó a Uruguay durante la pandemia de 2020 con la intención de experimentar cómo era vivir en el país y terminó permaneciendo allí.
Pero el componente que puede determinar el futuro del país como hub tecnológico es el talento humano. Roggio considera que Uruguay cuenta con profesionales de nivel internacional y menciona específicamente los núcleos de talento vinculados con instituciones educativas como la Universidad ORT. Al mismo tiempo, advierte que el país debe avanzar en dos direcciones simultáneas: mejorar la educación en todos sus niveles y atraer talento extranjero que pueda contribuir al desarrollo de servicios exportables.
La capacidad de los uruguayos para crear empresas tecnológicas también está sorprendiendo a los inversores. Berman destacó que, pese a su reducido tamaño, Uruguay ha producido compañías con un nivel de innovación y proyección comparable al de emprendimientos surgidos en mercados mucho mayores como Argentina, Chile, Brasil o Estados Unidos. La dimensión del país, que tradicionalmente podía ser considerada una limitación, empieza a funcionar en determinados sectores como una ventaja para crear ecosistemas empresariales compactos y conectados.
En ese proceso aparecen dos nombres que se convirtieron en referencias regionales: PedidosYa y dLocal. Berman los describe como la “chispa” que permitió demostrar que desde Uruguay también podían surgir compañías extraordinarias con capacidad internacional. El éxito de esas empresas produjo un efecto de inspiración sobre profesionales que trabajaban en compañías tradicionales y comenzaron a considerar la posibilidad de emprender. Esa dinámica puede generar un círculo virtuoso: más emprendimientos atraen más capital, y más capital permite que surjan nuevas empresas.
Los números empiezan a reflejar ese proceso. Scavazza señaló que durante el año anterior las inversiones en el sector del software uruguayo rondaron los US$ 400 millones, mientras que también observó un creciente interés de inversores brasileños por comprender el proyecto de largo plazo que ofrece Uruguay. La relación económica entre ambos países adquiere así una nueva dimensión, que va más allá del comercio tradicional y se extiende hacia tecnología, servicios, inversiones y radicación empresarial.
La infraestructura constituye, sin embargo, el siguiente gran desafío. Gervaz señaló que Uruguay experimentó un salto significativo durante los últimos 15 a 20 años, con inversiones cercanas a US$ 10.000 millones durante la administración anterior y aproximadamente US$ 9.600 millones proyectados por el actual gobierno hasta 2029. Según su evaluación, la infraestructura básica ya no constituye un obstáculo principal para la llegada de inversiones, pero el país necesita avanzar hacia una infraestructura más estratégica.
La próxima etapa estará vinculada especialmente con la transmisión eléctrica y la logística. Uruguay logró transformar considerablemente su matriz energética mediante el desarrollo de fuentes renovables, pero ahora necesita mejorar las redes de transmisión para acompañar ese proceso. En logística, la cuestión no consiste simplemente en construir carreteras, sino en reducir el costo efectivo de trasladar mercancías desde las zonas productivas hasta los puertos y en hacer más eficientes los pasos fronterizos.
Este punto tiene una importancia particular para el Mercosur. Uruguay puede utilizar su posición geográfica y su infraestructura para convertirse en una plataforma logística y empresarial desde la cual compañías internacionales accedan a mercados de Brasil, Argentina, Paraguay y otros destinos. Pero para lograrlo necesita que las fronteras funcionen con eficiencia y que el costo de mover mercancías dentro de la región sea competitivo.
La pregunta que comienza a instalarse es si Uruguay ya puede considerarse verdaderamente un hub tecnológico y de negocios. Scavazza considera que sí existe una escala significativa para utilizar esa definición, aunque reconoce que todavía existe un enorme potencial de crecimiento. Berman es más prudente y entiende que al país todavía le falta tiempo para consolidarse plenamente como hub, pero sostiene que las bases ya están construidas.
La diferencia entre ambas posiciones no es necesariamente contradictoria. Uruguay puede estar funcionando ya como un hub emergente y, al mismo tiempo, encontrarse lejos de haber alcanzado todo su potencial. La cuestión central será preservar las condiciones que permitieron el crecimiento del ecosistema y acelerar las inversiones necesarias en educación, infraestructura, tecnología y capital.
La advertencia más repetida por los inversores es precisamente la necesidad de no alterar aquello que está funcionando. Berman sostiene que las condiciones actuales deben mantenerse para permitir que el ciclo de inversiones madure, mientras Scavazza advierte que los capitales internacionales tienen capacidad para trasladarse rápidamente si perciben un deterioro de las reglas. Esto coloca a Uruguay ante un desafío político: mantener la estabilidad y los incentivos sin renunciar a las reformas que puedan mejorar la competitividad del país.
En este sentido, el debate sobre el régimen fiscal adquiere especial importancia. Los incentivos tributarios no deben analizarse únicamente como una reducción de impuestos, sino como parte de una estrategia para atraer capital, generar empresas, crear empleo y ampliar la base productiva. Si una modificación fiscal reduce el atractivo de Uruguay, el país puede perder inversiones; pero si los incentivos no están vinculados con resultados económicos concretos, también existe el riesgo de generar beneficios sin suficiente retorno para la sociedad.
El desarrollo del ecosistema tecnológico ofrece una oportunidad para superar esa disyuntiva. Los servicios tecnológicos pueden exportarse sin necesidad de trasladar mercancías físicamente, lo que permite que un país pequeño participe en mercados globales sin depender exclusivamente del tamaño de su territorio. Uruguay ya posee experiencia en este modelo y puede profundizarlo mediante educación, infraestructura digital, inteligencia artificial, ciberseguridad, servicios financieros y nuevas tecnologías.
La relación con Brasil será particularmente importante. El interés creciente de inversores brasileños por Uruguay puede convertirse en una plataforma de integración económica bilateral, especialmente si se desarrollan proyectos conjuntos en tecnología, servicios, logística, energía y finanzas. El desafío será lograr que esa inversión no se limite al mercado inmobiliario o a la radicación de personas de alto patrimonio, sino que también genere nuevas cadenas productivas y empresas exportadoras.
Uruguay está construyendo una posición singular dentro de América Latina: un país pequeño que intenta convertir estabilidad, seguridad, talento, incentivos fiscales, infraestructura y calidad de vida en una plataforma para atraer capital internacional y desarrollar empresas con alcance global. Los especialistas consultados coinciden en que las bases están instaladas y que ya existe un ecosistema tecnológico relevante, pero también advierten que el liderazgo no está garantizado. El capital puede desplazarse, la competencia internacional es creciente y las empresas necesitan previsibilidad para realizar inversiones de largo plazo. El desafío uruguayo será entonces conservar aquello que lo hizo atractivo mientras avanza en educación, infraestructura, logística, energía y productividad. Si consigue combinar esos elementos, Uruguay puede consolidarse como un verdadero hub tecnológico y empresarial del Mercosur, capaz no solamente de recibir inversiones, sino de generar compañías, talento y servicios que se proyecten desde Sudamérica hacia el mundo.
Foto: El Observador
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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