Violeta Kreimer se convirtió en marzo de 2026 en la única mujer argentina que tiene un Oscar en su casa, después de que el cortometraje francés Deux personnes échangeant de la salive —Dos personas intercambiando saliva— obtuviera, en un hecho excepcional, el premio de la Academia a Mejor Cortometraje de Acción Real en un empate con The Singers. Nacida en Vicente López y radicada en Francia desde los 20 años, Kreimer llegó a Hollywood como productora de una película de apenas 36 minutos que construye una sociedad distópica donde los besos están prohibidos y pueden ser castigados con la muerte, mientras las personas pagan sus compras recibiendo cachetadas. El resultado parece absurdo, pero justamente allí reside la fuerza política de la película: utilizar un mundo extremo para hablar de violencia, control, consumo, deseo y libertad.
La historia de Kreimer no comenzó en una escuela de cine. Se fue de Argentina hace 23 años para continuar sus estudios y terminó instalándose en París, donde estudió Ciencias Políticas y posteriormente desarrolló una extensa trayectoria vinculada al arte contemporáneo, la fotografía y el videoarte. Durante años trabajó en el taller del artista francés Xavier Veilhan y mantuvo una relación cercana con el mundo de las artes visuales. Su ingreso a la producción cinematográfica llegó más tarde, cuando fundó junto a la italiana Valentina Merli la productora Misia Films, compañía que comenzó a funcionar durante la pandemia y que buscó precisamente conectar el lenguaje del arte contemporáneo con el cine.
El proyecto que finalmente la llevaría al Oscar nació en circunstancias poco convencionales. Durante la pandemia, Kreimer propuso aprovechar las Galerías Lafayette de París, cerradas al público, para realizar una serie de obras audiovisuales. De aquella idea surgió el cortometraje dirigido por Natalie Musteata y Alexandre Singh. El espacio comercial terminó convirtiéndose en el escenario de una sociedad donde la violencia fue completamente normalizada: comprar significa recibir golpes, mientras que expresar afecto constituye una transgresión. En ese universo aparece Angine, una mujer que compra compulsivamente en una tienda de lujo y que termina enamorándose de Malaise, una de las vendedoras.
La película utiliza dos reglas aparentemente absurdas para construir una crítica muy concreta: las mercancías se pagan mediante cachetadas y los besos están prohibidos. La primera regla convierte la violencia en una transacción cotidiana; la segunda convierte el amor y el contacto físico en actos subversivos. Cuando las dos protagonistas comienzan a acercarse, la relación adquiere inevitablemente una dimensión política porque desafía las normas impuestas por ese mundo. La película, rodada en blanco y negro, transforma así una historia de amor entre dos mujeres en una alegoría sobre una sociedad que acepta la violencia como algo normal mientras persigue la ternura y el deseo.
La elección del blanco y negro tampoco fue solamente estética. Kreimer explicó que el espacio original estaba cargado de colores y elementos visuales, por lo que la decisión permitió concentrarse en la arquitectura del lugar, los rostros y los personajes, además de crear una distancia temporal que impide saber exactamente en qué época ocurre la historia. Esa indefinición es parte del efecto buscado: la película parece transcurrir en otro mundo, pero sus reglas resultan suficientemente familiares como para que el espectador pueda reconocer comportamientos presentes en la sociedad contemporánea.
El camino hacia el Oscar fue casi tan exigente como la realización de la película. Kreimer contó que la campaña para llegar a la estatuilla demandó alrededor de seis meses de trabajo, contactos, redes sociales, prensa, proyecciones y recursos económicos. El equipo tuvo que atravesar distintas etapas de selección hasta llegar a los cinco cortometrajes nominados. La campaña también incluyó acciones creativas relacionadas con las reglas del propio filme: en algunas actividades ofrecieron alimentos con ajo y hasta una preparación de sopa de menta presentada como si fuera dentífrico, jugando con la idea de que los espectadores debían experimentar de alguna manera la imposibilidad de besar.
La producción recibió además un respaldo extraordinario de figuras internacionales. Isabelle Huppert y Julianne Moore se convirtieron en sus principales madrinas, después de conocer el cortometraje y decidir apoyarlo públicamente como productoras ejecutivas. Jodie Foster también vio la película y expresó su entusiasmo por el proyecto. El respaldo de estas figuras no significó que hubieran realizado la película, pero sí aportó visibilidad, legitimidad y contactos durante una campaña en la que una producción independiente tenía que competir contra obras con estructuras promocionales mucho mayores.
Y entonces llegó una de las noches más insólitas de los Oscar. El premio de la categoría terminó compartido, algo que tomó por sorpresa incluso al propio equipo. The Singers, una producción adquirida por Netflix, fue anunciada como ganadora y posteriormente se informó que Dos personas intercambiando saliva también había obtenido el galardón. Kreimer contó que inicialmente no comprendió lo que estaba ocurriendo cuando se anunció el empate y que recién al observar las reacciones de los directores comprendió que efectivamente habían ganado. Para ella, el resultado tuvo además una lectura simbólica: en una categoría donde los cortometrajes suelen recibir menos atención, el empate permitió que la película tuviera una exposición internacional extraordinaria.
El recorrido internacional del cortometraje ya había sido extraordinario antes de Hollywood. La película pasó por numerosos festivales y acumuló una importante cantidad de premios; distintas fuentes hablan de 17 premios y más de 70 festivales en los que fue exhibida. Su llegada al Oscar no fue, por lo tanto, un acontecimiento aislado, sino la culminación de un proceso que había comenzado mucho antes y que permitió que una obra experimental, en francés, rodada en blanco y negro y con una estructura poco convencional alcanzara una audiencia internacional.
Ahora Kreimer está trabajando en algo todavía más ambicioso: la historia será transformada en un largometraje. La nueva película conservará el universo distópico y la historia de amor como eje central, pero desarrollará mucho más el mundo creado en el cortometraje, incorporará nuevos personajes y profundizará las reglas de esa sociedad donde el consumo está asociado a la violencia y la ternura se encuentra prohibida. La producción está prevista para comenzar en octubre de 2027 y, al menos por ahora, la intención es mantener el blanco y negro y realizarla en francés.
La transformación del corto en largometraje demuestra también que el Oscar no significó el final del proyecto, sino el comienzo de una nueva etapa. Kreimer explicó que después del premio el equipo redujo la campaña masiva para concentrarse en el desarrollo de la película. Existen intereses de productoras estadounidenses y británicas, además de un coproductor francés ya incorporado al proyecto. La intención es encontrar la estructura internacional adecuada para financiar una película que pueda conservar el espíritu experimental del cortometraje sin perder su dimensión cinematográfica.
En paralelo, Kreimer continúa desarrollando otros proyectos. Misia Films produjo también Los días libres, ópera prima de Lucila Mariani, que obtuvo una Mención del Jurado en la sección Cineasti del Presente del Festival de Locarno. Para Kreimer, el cortometraje continúa siendo además un espacio de experimentación, una herramienta para probar ideas, lenguajes y nuevas formas narrativas antes de llevarlas eventualmente a proyectos de mayor duración.
Hay algo particularmente interesante en su trayectoria: Kreimer no llegó al cine desde una carrera tradicional dentro de la industria, sino desde la combinación de política, arte contemporáneo, contactos y producción cultural. Su experiencia le permitió comprender la importancia de crear redes alrededor de una obra, algo que terminó siendo decisivo durante la campaña de los Oscar. Ella misma reconoce que ganar una estatuilla no depende solamente de realizar una buena película: también existe una enorme maquinaria de promoción, contactos, festivales, prensa y votantes que debe ser trabajada durante meses.
Y quizá por eso su historia tiene una dimensión argentina que va más allá de la estatuilla. Una mujer nacida en Vicente López, que dejó el país a los 20 años y construyó su carrera en Francia, terminó llevando el nombre de Argentina hasta el escenario más importante del cine mundial. No fue una película argentina en sentido industrial ni una producción íntegramente nacional, pero sí hubo una productora argentina detrás de una obra que consiguió imponerse en Hollywood. Kreimer representa así una de las formas contemporáneas de presencia argentina en el cine internacional: profesionales que desarrollan sus carreras fuera del país y que, desde posiciones creativas y empresariales, consiguen participar en proyectos de alcance global.
La historia de Violeta Kreimer tiene además una particular ironía: su película habla de un mundo donde la violencia se vuelve cotidiana y donde un beso puede convertirse en un acto peligroso, mientras su propio recorrido demuestra el poder contrario del cine: convertir una idea extraña en una conversación internacional. La estatuilla obtenida en marzo de 2026 no parece ser el punto final. El corto se convirtió en largometraje en proyecto, la productora continúa desarrollando nuevas obras y aquella argentina que un día dejó Vicente López para estudiar en Francia ahora prepara una película que podría llevar nuevamente su mirada a las salas internacionales. El Oscar, en su caso, no cerró una historia: abrió una mucho mayor.
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