Javier Milei comienza a atravesar una etapa diferente de su Gobierno, marcada por un fenómeno que suele aparecer después de los primeros años de gestión: el desgaste de la figura presidencial. La enorme expectativa que acompañó su llegada al poder empieza a convivir con una realidad política más compleja, en la que las decisiones del Gobierno producen costos, aparecen conflictos internos, aumentan las demandas sociales y la oposición encuentra mayores espacios para cuestionar al oficialismo. El análisis publicado por Clarín plantea precisamente esa transformación: el Presidente ya no puede apoyarse únicamente en la expectativa generada por su llegada a la Casa Rosada, sino que debe responder por los resultados concretos de su administración y por las consecuencias de las decisiones adoptadas durante su mandato.
El fenómeno tiene un componente particularmente importante en el caso de Milei porque su llegada al poder estuvo acompañada por una promesa de transformación profunda. El Presidente construyó buena parte de su identidad política sobre la idea de romper con las estructuras tradicionales, terminar con privilegios de la llamada “casta” y aplicar un programa económico radicalmente diferente. Esa narrativa le permitió sostener durante buena parte de su gestión un vínculo muy fuerte con sus seguidores, incluso frente a medidas de ajuste que generaron costos sociales importantes. Pero gobernar transforma inevitablemente la posición de cualquier dirigente: quien antes denunciaba los problemas desde afuera ahora debe explicar por qué esos problemas continúan, cuáles son las soluciones y cuánto tiempo demandarán.
Uno de los elementos que puede acelerar ese desgaste es la distancia entre los indicadores macroeconómicos y la percepción cotidiana de los ciudadanos. El Gobierno puede exhibir determinados resultados fiscales, monetarios o financieros como señales de recuperación, pero una familia que enfrenta dificultades para pagar una tarjeta, acceder a una vivienda, conseguir empleo o sostener su nivel de consumo evalúa la situación desde una perspectiva completamente diferente. La discusión sobre la morosidad que actualmente atraviesa al Gobierno es un ejemplo de esa tensión: mientras el oficialismo sostiene que la economía está avanzando, existe una parte de la población que todavía siente que la recuperación no llegó plenamente a su bolsillo.
El problema para Milei es que los presidentes terminan siendo identificados con todo lo que ocurre durante su administración, incluso cuando algunos problemas tienen causas estructurales que vienen de gobiernos anteriores. Durante su etapa como candidato, Milei pudo atribuir buena parte de los problemas argentinos a décadas de políticas económicas equivocadas. Ahora, después de varios años de ejercicio del poder, la responsabilidad política se desplaza progresivamente hacia su propia administración. Es precisamente allí donde aparece el síndrome mencionado en el análisis: el gobernante deja de ser visto exclusivamente como quien viene a solucionar los problemas heredados y comienza a ser evaluado por los problemas que todavía no consiguió resolver.
La situación también se complica por las tensiones dentro del propio espacio libertario. En las últimas semanas aparecieron señales de reacomodamiento entre distintos sectores del Gobierno, con figuras como Karina Milei, Santiago Caputo, Martín Menem y otros dirigentes disputando espacios de influencia. La salida de funcionarios, los cambios en áreas estratégicas y las diferencias sobre la comunicación política muestran que el oficialismo ya no funciona solamente alrededor del impulso inicial de la llegada de Milei a la Presidencia. A medida que se acercan nuevas elecciones, cada sector comienza a pensar también en su propio futuro político y en la posibilidad de conservar poder.
Otro elemento es la relación entre el Presidente y el Congreso. Milei llegó a la Casa Rosada sin contar inicialmente con una mayoría parlamentaria propia, por lo que tuvo que negociar con diferentes sectores para aprobar reformas. Esa situación obligó al oficialismo a construir alianzas y aceptar modificaciones en algunas iniciativas. Ahora, con la campaña electoral de 2026 avanzando, el Congreso se convierte todavía más en un escenario de disputa política. Cada derrota parlamentaria puede ser utilizada por la oposición para mostrar límites del Gobierno, mientras que cada victoria oficialista será presentada como una demostración de fortaleza.
El desgaste también puede observarse en la transformación del discurso presidencial. Milei continúa utilizando una retórica confrontativa y mantiene como adversarios principales al kirchnerismo, sectores de la oposición, determinados sindicatos y medios de comunicación. Sin embargo, cuando un Gobierno lleva tiempo en el poder, esa estrategia enfrenta una dificultad: la sociedad comienza a exigir resultados además de explicaciones. La confrontación puede mantener movilizada a la base electoral, pero resulta menos efectiva para convencer a quienes no forman parte del núcleo más fiel del oficialismo y evalúan principalmente su situación económica personal.
La experiencia argentina muestra que este fenómeno no es exclusivo de Milei. Presidentes de diferentes orientaciones políticas terminaron enfrentando una pérdida progresiva del capital político acumulado durante sus primeros años de gestión. La expectativa inicial suele ser reemplazada por la comparación entre promesas y resultados. En el caso argentino, además, las crisis económicas tienen una capacidad particularmente fuerte para acelerar ese proceso, porque afectan directamente el poder adquisitivo, el empleo, el crédito y las condiciones de vida de millones de personas.
Sin embargo, hablar de desgaste no significa necesariamente hablar de fin de un ciclo político. Milei conserva una identidad política muy definida y una base social que continúa respaldando buena parte de su programa. Además, si consigue mantener determinados resultados económicos y convertirlos en mejoras perceptibles para las familias, podría recuperar capacidad de iniciativa. La política argentina ha demostrado repetidamente que la percepción económica puede modificar rápidamente el humor social y que un Gobierno que atraviesa una etapa de dificultades puede recuperar apoyo si consigue mostrar resultados concretos.
La verdadera prueba para el Presidente será, por tanto, transformar la estabilidad macroeconómica en bienestar cotidiano. Reducir la inflación, mantener el equilibrio fiscal y ordenar las cuentas públicas son objetivos importantes, pero políticamente insuficientes si la sociedad no percibe una mejora en el empleo, los salarios, el consumo, el acceso al crédito y las oportunidades. El Gobierno necesita demostrar que el sacrificio exigido durante los primeros años produce beneficios concretos y sostenibles. Esa será probablemente la diferencia entre un desgaste pasajero y una pérdida estructural de apoyo.
El contexto electoral aumenta todavía más la importancia de esta cuestión. En 2026, cada indicador económico adquiere una lectura política. La inflación, el dólar, el crédito, la morosidad, el empleo y el consumo dejan de ser solamente variables económicas y pasan a convertirse en argumentos de campaña. La oposición buscará demostrar que el programa de Milei produjo costos sociales que el Gobierno no consigue resolver, mientras el oficialismo intentará mostrar que las dificultades actuales son parte de una transformación necesaria y que los resultados positivos llegarán con la continuidad del modelo.
Milei enfrenta así una etapa distinta a la de su llegada al poder. Ya no es el candidato que promete terminar con un sistema que considera agotado, sino el Presidente que debe responder por cada decisión de ese proceso de transformación. Ese cambio modifica completamente las reglas políticas: las explicaciones pesan menos que los resultados, las promesas son comparadas con hechos y los conflictos internos adquieren mayor importancia. El denominado “síndrome de los ex presidentes” puede entenderse precisamente como ese momento en el que el gobernante comienza a cargar con todo el peso de la realidad que antes denunciaba desde afuera. Para Milei, el desafío será demostrar que todavía puede transformar ese desgaste natural del poder en una nueva etapa de resultados y consolidación política.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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