Cumplir 70, 80 o más años no significa que desaparezca el interés sexual. La evidencia médica y los estudios sobre envejecimiento muestran que muchas personas continúan experimentando deseo, intimidad y actividad sexual durante la vejez. Lo que suele modificarse no es necesariamente la capacidad de desear, sino la velocidad de respuesta del organismo, la sensibilidad, la lubricación, las erecciones, la salud general y la manera en que aparece el deseo.
Durante mucho tiempo, la sexualidad en la vejez quedó asociada a una idea equivocada: que el deseo pertenece principalmente a la juventud y que después de cierta edad debería desaparecer. Sin embargo, el deseo sexual no tiene una edad límite. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos señala que algunas personas mayores continúan buscando relaciones sexuales e intimidad, otras prefieren solamente la cercanía afectiva y otras deciden no mantener actividad sexual. Todas esas posibilidades forman parte de la diversidad normal del envejecimiento.
La investigación médica muestra además que la actividad sexual continúa incluso después de los 70 y puede llegar hasta edades mucho mayores. La American Geriatrics Society cita estudios en los que una proporción de personas de entre 75 y 85 años continuaba siendo sexualmente activa: alrededor del 17% de las mujeres y el 39% de los hombres. Entre quienes tenían pareja, aproximadamente la mitad mantenía algún tipo de actividad sexual.
El deseo tampoco depende exclusivamente de las hormonas. Es un fenómeno en el que participan el cerebro, la motivación, el sistema de recompensa, las emociones, la memoria, el vínculo afectivo y el estado psicológico. Una persona puede sentir deseo porque existe atracción, pero también porque se siente querida, segura, acompañada o emocionalmente conectada con otra persona.
Esto explica una transformación importante que aparece con la edad. El deseo puede dejar de sentirse como un impulso espontáneo que surge de manera inmediata y convertirse en un deseo responsivo: aparece después de una conversación, un acercamiento, una caricia, un momento de intimidad o la sensación de sentirse deseado. Según la información publicada por ABC Color, esta modalidad no representa una falla sexual, sino una variación que puede aparecer durante el envejecimiento y también en personas más jóvenes.
Lo que sí cambia con frecuencia es la respuesta física. En las mujeres, la disminución de estrógenos después de la menopausia puede provocar sequedad vaginal, menor lubricación y molestias durante la penetración. En los hombres, pueden aparecer erecciones menos firmes, más lentas o que requieren mayor estimulación. Estos cambios no significan necesariamente que haya desaparecido el deseo.
La circulación sanguínea también adquiere mayor importancia. Diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, tabaquismo y algunos problemas metabólicos pueden afectar la respuesta sexual. Por eso, una modificación importante y repentina de la función sexual no debería atribuirse automáticamente a la edad: en determinados casos puede ser una señal de que existe otro problema de salud que necesita atención.
Los medicamentos constituyen otro factor poco visible. Antidepresivos, ansiolíticos, algunos antihipertensivos, opioides y determinados tratamientos para problemas de próstata pueden influir sobre la libido, la lubricación, la erección o el orgasmo. Cuando una persona nota una disminución marcada del deseo después de comenzar un tratamiento, conviene comentarlo con el profesional que lo indicó antes de modificar o suspender la medicación.
La salud emocional también puede modificar profundamente la sexualidad. Depresión, ansiedad, duelo, estrés e insomnio pueden reducir el interés sexual, porque afectan la energía, la motivación y la capacidad de experimentar placer. En consecuencia, cuando una persona mayor dice que perdió repentinamente el deseo, la explicación puede estar relacionada con un cambio emocional o médico y no simplemente con el paso del tiempo.
En las mujeres mayores, además, la menopausia no implica necesariamente el final de la vida sexual. Algunas experimentan una disminución del deseo, mientras otras mantienen o incluso recuperan interés sexual al desaparecer preocupaciones como los embarazos no planificados. Johns Hopkins Medicine señala que existe una gran variabilidad individual y que algunas personas disfrutan más de su sexualidad después de la menopausia, aunque otras experimentan dificultades relacionadas con deseo, excitación, orgasmo o dolor.
En los hombres ocurre algo parecido. Tener una erección diferente no equivale a perder el deseo. La respuesta puede requerir más tiempo y estimulación, y la firmeza puede disminuir, pero el interés sexual puede permanecer. Un estudio publicado en PubMed sobre personas mayores de 70 años encontró precisamente esa diferencia: entre los hombres estudiados, la función eréctil presentaba problemas importantes, mientras que el deseo sexual podía mantenerse elevado.
La sexualidad tampoco tiene que reducirse exclusivamente al coito. La intimidad puede incluir caricias, besos, contacto físico, masturbación, cercanía emocional y otras formas de expresión sexual, dependiendo de las preferencias de cada persona. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento destaca que la sexualidad puede redefinirse durante la vejez y que algunas personas buscan tanto relaciones sexuales como intimidad, mientras otras prefieren solamente una de esas dimensiones.
Existe además un problema social que puede ser tan importante como los cambios físicos: el edadismo sexual. La idea de que una persona mayor no debería sentir deseo puede generar vergüenza y hacer que muchas personas oculten sus preocupaciones. Esa presión social puede retrasar consultas médicas sobre dolor, disfunción eréctil, sequedad vaginal, cambios hormonales o efectos secundarios de medicamentos.
La sexualidad forma parte de la salud integral. El Ministerio de Salud de Brasil señala que la sexualidad y la sensualidad continúan siendo fuentes de placer, conexión afectiva y emocional durante la vejez, aunque puedan producirse cambios físicos y psicológicos que modifiquen la experiencia. La calidad de la relación, la comunicación y la comprensión mutua también pueden tener un papel importante.
Por eso, no existe una cantidad “correcta” de deseo sexual después de los 70. Una persona puede tener una vida sexual frecuente, otra puede mantener encuentros ocasionales y otra puede no tener ningún interés. La cuestión médica no es comparar a una persona con un promedio, sino determinar si existe un cambio que le preocupa, le provoca dolor o afecta su bienestar.
Hay situaciones que sí justifican una consulta profesional: dolor persistente, sangrado después de las relaciones sexuales, una disfunción eréctil que aparece bruscamente, una caída marcada del deseo sin explicación, tristeza prolongada o sospecha de que un medicamento está afectando la vida sexual. También conviene prestar atención cuando existen enfermedades cardiovasculares o metabólicas mal controladas.
La edad, por sí sola, tampoco determina la capacidad de disfrutar de la intimidad. El cuerpo cambia, pero la necesidad humana de afecto, cercanía, contacto y placer puede permanecer durante toda la vida. Lo que cambia es la forma de experimentar la sexualidad y, en muchos casos, la necesidad de adaptar las prácticas a las nuevas condiciones físicas.
El mensaje central es sencillo: tener deseo sexual después de los 70 no es extraño ni constituye una señal de inmadurez o de comportamiento inapropiado. Puede formar parte perfectamente normal de una vida saludable, siempre que exista consentimiento, comodidad, respeto y atención a las condiciones médicas que puedan influir en la actividad sexual.
La vejez no tiene por qué significar el final de la intimidad. Para muchas personas puede representar una etapa en la que el sexo deja de estar asociado exclusivamente con el rendimiento y adquiere mayor relación con la confianza, la comunicación, el afecto y el conocimiento del propio cuerpo.
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