
Existen heridas que no nacen solamente de las palabras que recibimos, sino también de lo que ocurre después. Una persona puede insultarnos, humillarnos o tratarnos de una manera que nos lastime y, poco tiempo después, acercarse con absoluta normalidad: conversa, sonríe e incluso demuestra afecto como si nada hubiese sucedido.
Para quien recibió la agresión esto puede resultar profundamente desconcertante. Aparece entonces una pregunta inevitable: ¿cómo puede actuar como si nada hubiera pasado cuando para mí sí pasó algo?
Comprender esta conducta no significa justificarla. Significa reconocer qué puede existir detrás de ella y, sobre todo, aprender a responder sin perder nuestra dignidad ni nuestra capacidad de relacionarnos humanamente.
¿Por qué algunas personas actúan como si nada hubiera pasado?
Una de las causas más frecuentes es la evitación del conflicto. Algunas personas nunca aprendieron a mantener conversaciones emocionalmente incómodas. Reconocer que lastimaron a alguien implicaría escuchar, asumir responsabilidad y posiblemente pedir perdón. Por eso prefieren continuar la relación con normalidad esperando que el tiempo haga desaparecer el problema.
También puede existir dificultad para reconocer los propios errores. Para ciertas personas decir “me equivoqué” representa una amenaza contra la imagen que tienen de sí mismas. En consecuencia, minimizan lo sucedido, lo justifican o simplemente evitan mencionarlo.
Otro factor importante son los aprendizajes familiares y sociales. Una persona puede haber crecido observando relaciones donde era habitual discutir, insultarse y horas después continuar como si nada hubiera ocurrido. Cuando estos comportamientos se repiten durante años pueden terminar normalizándose.
En otros casos existe una dificultad para comprender emocionalmente el impacto causado. Lo que para alguien fue solamente “algo que dijo estando enojado”, para quien recibió esas palabras pudo representar rechazo, humillación o una profunda decepción.
Incluso la culpa o la vergüenza pueden producir este comportamiento. Algunas personas saben que hicieron daño, pero no encuentran la manera de enfrentarlo. Intentan entonces recuperar la cercanía mediante conversaciones cotidianas o gestos afectivos, esperando que estos sustituyan una disculpa que nunca lograron expresar.
Sin embargo, también existen situaciones en las que esta conducta puede convertirse en una forma de invalidación emocional. Después de lastimar, la persona espera que todo continúe normalmente y, cuando el otro intenta hablar de lo sucedido, responde: “ya supéralo”, “estás exagerando” o “no fue para tanto”.
Cuando esto ocurre repetidamente, el problema deja de ser solamente aquello que sucedió inicialmente y comienza a incluir la negación del derecho del otro a sentirse lastimado.
Consecuencias de vivir esta dinámica.
Cuando un conflicto ocurre ocasionalmente y posteriormente existe diálogo, reconocimiento y reparación, una relación puede recuperarse. El verdadero problema aparece cuando se establece un ciclo:
agresión → silencio → aparente normalidad → acumulación emocional → nuevo conflicto.
Con el tiempo pueden desarrollarse resentimiento, desconfianza, distanciamiento emocional, inseguridad y temor ante futuros conflictos.
La persona afectada también puede comenzar a cuestionar su propia percepción: “¿será que estoy exagerando?”, “¿realmente fue tan grave?” o “quizás debería simplemente olvidarlo”.
Pero reconocer que algo nos lastimó no significa permanecer eternamente en el resentimiento. Tampoco significa iniciar una confrontación permanente. Existe otra posibilidad: reconocer lo ocurrido, procesarlo, establecer límites y decidir conscientemente qué queremos hacer con esa relación.
¿Cómo podemos afrontarlo?
- Un primer paso consiste en reconocer nuestras emociones. Sentir tristeza, rabia o decepción no nos convierte en personas conflictivas. Las emociones pueden mostrarnos que algo importante para nosotros ha sido vulnerado.
- También es conveniente evitar responder inmediatamente desde la ira. Regular nuestra propia emoción permite expresar lo sucedido con mayor claridad. Podemos explicar qué conducta nos afectó y cómo repercutió en nosotros sin necesidad de atacar la identidad de la otra persona.
- Otro aspecto fundamental es aprender a establecer límites saludables. Un límite no pretende controlar a los demás; comunica aquello que estamos dispuestos o no a permitir dentro de nuestras relaciones.
También debemos aprender a diferenciar tres conceptos: perdonar, reconciliarse y permitir.
Perdonar puede representar un proceso personal para liberarnos del resentimiento. Reconciliarse significa reconstruir el vínculo y necesita participación de ambas partes. Permitir significa tolerar que determinado comportamiento continúe.
Por eso podemos perdonar sin regresar a una dinámica destructiva. Podemos comprender las razones de alguien sin justificar sus acciones. Incluso podemos querer profundamente a una persona y reconocer que necesitamos distancia.
Además, es importante observar comportamientos y no solamente palabras. Una disculpa adquiere verdadero significado cuando está acompañada por cambios. Cuando existe arrepentimiento, pero la conducta continúa repitiéndose constantemente, debemos prestar atención al patrón y no únicamente a las promesas.
Si aparecen humillaciones frecuentes, amenazas, violencia, miedo o formas persistentes de control, buscar acompañamiento profesional y fortalecer nuestra red de apoyo puede resultar especialmente importante.
Reparar también es amar.
- Las relaciones saludables no son aquellas donde nunca existen conflictos. Son aquellas donde existe capacidad de reparación emocional.
- Reparar significa poder reconocer: “Lo que hice ocurrió. Entiendo que pudo lastimarte. Quiero escucharte y procurar que no vuelva a suceder”.
- Una disculpa no puede borrar el pasado, pero puede transformar lo que hacemos después de él.
- Actuar permanentemente como si nada hubiera ocurrido puede cerrar superficialmente una discusión, pero dejar abierta la herida.
Desde una perspectiva humanista podemos comprender que detrás de cada persona existe una historia. Quien lastima también puede cargar heridas, temores, aprendizajes familiares y dificultades emocionales que nunca aprendió a expresar adecuadamente.
Comprender esta realidad puede ayudarnos a mirar al otro con compasión. Sin embargo, comprender no significa justificar.
La empatía hacia la historia de otra persona nunca debería exigir abandonar la empatía hacia nosotros mismos.
No todas las personas que nos lastiman son necesariamente malas personas. Algunas simplemente poseen maneras poco saludables de relacionarse. Pero tampoco tenemos la obligación de convertirnos indefinidamente en el lugar donde otros descargan aquello que todavía no han aprendido a gestionar.
Madurar emocionalmente también significa aprender que podemos comprender sin permitir, perdonar sin someternos y establecer límites sin odiar.
A veces amar significa acercarnos y conversar. Otras veces significa perdonar. Y algunas veces, respetar nuestra propia dignidad también significa tomar distancia.
Porque una relación verdaderamente humana no debería medirse por cuánto somos capaces de soportar, sino por cuánto somos capaces de respetarnos, escucharnos, responsabilizarnos y reparar aquello que hemos lastimado.
“La blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor.” Proverbios 15:1 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
- ★CUANDO ALGUIEN TE LASTIMA Y DESPUÉS ACTÚA COMO SI NADA HUBIERA PASADO.
- ★LA SITUACIÓN ERA LA MISMA, PERO LA PERSONA YA ERA DIFERENTE.
- ★JUNTOS NO SIEMPRE SIGNIFICA UNIDOS.
- ★DEPENDENCIA EMOCIONAL Y AMOR MADURO: UNA MIRADA DESDE ERICH FROMM. (Parte 2).
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