Henry Morgan: saqueó ciudades, desafió a España y terminó administrando la colonia que alguna vez ayudó a defender
Durante años, su nombre estuvo asociado al miedo que provocaban los bucaneros en el Caribe. Henry Morgan dirigió ataques contra territorios españoles, tomó ciudades, reunió flotas de decenas de barcos y llegó hasta Panamá al frente de unos 2.000 hombres. Sin embargo, la parte más sorprendente de su historia comenzó después de sus mayores saqueos: el hombre que había hecho fortuna atacando las posesiones españolas terminó siendo nombrado caballero por el rey Carlos II y ocupando el cargo de teniente gobernador de Jamaica. Murió el 25 de agosto de 1688, a los 53 años, convertido en funcionario de la misma Corona que años antes había utilizado sus servicios como corsario.
Morgan nació probablemente en Gales alrededor de 1635 y apareció en los registros de Bristol en 1655, cuando tenía unos 20 años y fue contratado para trabajar durante tres años en Barbados. Una década después ya se encontraba en Jamaica, colonia inglesa que funcionaba como una de las principales bases desde las que se organizaban operaciones contra las posesiones españolas. Allí comenzó su ascenso entre los bucaneros, pero llamarlo simplemente “pirata” oculta una diferencia fundamental: Morgan actuaba como corsario, es decir, disponía de autorización de autoridades inglesas para atacar intereses enemigos en determinadas circunstancias. En 1667, el gobernador de Jamaica, Thomas Modyford, le otorgó una comisión para capturar españoles y obtener información sobre posibles ataques contra la colonia.
La frontera entre piratería y guerra era entonces mucho menos clara que en la imaginación popular. Inglaterra y España competían por territorios, rutas comerciales y recursos en América, y los corsarios podían convertirse en instrumentos baratos y eficaces de esa rivalidad. Morgan supo aprovechar ese escenario. Después de participar en la captura de Santa Catalina, los propios bucaneros lo eligieron como jefe tras la muerte de Edward Mansfield. Modyford respaldó su ascenso y Morgan comenzó a organizar expediciones cada vez mayores. En 1668 atacó Puerto Príncipe, en Cuba, después de abandonar la idea de atacar La Habana debido a sus defensas; poco después dirigió nuevas operaciones contra Portobelo y las costas de la actual Venezuela.
Uno de sus episodios más extraordinarios ocurrió en Maracaibo, en 1669. Después de saquear Maracaibo y Gibraltar, Morgan descubrió que tres buques de guerra españoles habían cerrado la salida hacia el Caribe. La situación parecía desesperada: el mayor de los barcos, el galeón Magdalena, dominaba el paso y una batalla frontal podía destruir la flota bucanera. Morgan eligió una solución que revela por qué su nombre adquirió tanta fama. Tomó una embarcación capturada, la hizo parecer un buque de guerra, la cargó con pólvora y brea y la lanzó contra el Magdalena. El choque provocó la destrucción del galeón y desorganizó a los otros barcos españoles. Morgan aprovechó la confusión para abrirse camino hacia el mar con sus hombres y parte del botín.
La maniobra de Maracaibo también muestra que su principal arma no era necesariamente la superioridad militar, sino la capacidad para sorprender al adversario. Morgan sabía que sus fuerzas eran inferiores en determinadas situaciones y prefería utilizar engaños, ataques inesperados y movimientos rápidos antes que quedar atrapado en una batalla convencional. Esa forma de combatir resultó especialmente efectiva en el Caribe, donde las distancias, las costas, los ríos y las dificultades del terreno permitían que fuerzas relativamente pequeñas golpearan objetivos mucho mayores y desaparecieran antes de que llegaran refuerzos.
Pero su mayor aventura todavía estaba por comenzar. En 1670 reunió una fuerza extraordinaria para atacar Panamá: 37 barcos y al menos 2.000 hombres. El objetivo no fue elegido al azar. Panamá era uno de los puntos fundamentales del sistema comercial español, conectado con las rutas que transportaban mercancías y metales preciosos desde América del Sur hacia el Caribe. Para alcanzar la ciudad, los hombres de Morgan debían atravesar el istmo desde la costa caribeña. Primero tomaron posiciones en San Andrés, Providencia y Santa Catalina; después capturaron el castillo de San Lorenzo, en la desembocadura del río Chagres, y utilizaron la zona como punto de entrada hacia el interior.
La marcha hacia Panamá fue mucho más dura de lo que puede sugerir una narración de piratas y tesoros. Los hombres tuvieron que remontar el río Chagres y atravesar la selva a pie, enfrentándose a hambre, enfermedades, agotamiento, terreno difícil y resistencia local. Morgan avanzó finalmente con unos 1.200 hombres. Cuando llegaron a las proximidades de Panamá, las tropas españolas intentaron detenerlos. El gobernador Juan Pérez de Guzmán organizó la defensa, pero Morgan consiguió imponerse en el enfrentamiento y abrió el camino hacia la ciudad. La derrota española dejó a Panamá prácticamente indefensa.
El 28 de enero de 1671, Morgan entró en Panamá y comenzó el saqueo. La población había sido evacuada y el gobernador español ordenó destruir reservas de pólvora antes de retirarse. Durante la ocupación se produjo un incendio que destruyó una parte importante de la ciudad. La responsabilidad exacta del fuego continúa siendo discutida: algunas versiones históricas lo atribuyeron a los propios bucaneros, mientras otras sostienen que pudo haber sido provocado por los habitantes. Morgan permaneció allí durante varias semanas mientras sus hombres buscaban riquezas y capturaban prisioneros. El botín, sin embargo, fue menor de lo que los atacantes esperaban porque parte de las riquezas había sido retirada antes de su llegada.
Y aquí apareció la gran contradicción de la vida de Morgan. Cuando saqueó Panamá, Inglaterra y España ya avanzaban hacia una relación diferente. El Tratado de Madrid de 1670 reconocía las posesiones de ambas coronas en América y obligaba a Inglaterra a limitar las acciones contra España. Morgan había recibido autorización del gobernador de Jamaica para organizar operaciones contra enemigos de la colonia, pero el saqueo de Panamá ocurrió en un momento diplomático en el que Londres ya no podía tolerar con la misma facilidad ataques de ese tipo. La Corona comenzó entonces a tratar al célebre corsario como un problema político.
En 1672 Morgan fue llevado a Inglaterra para responder por sus acciones. Parecía el final de su carrera. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. La Corona terminó reconociendo el valor militar y político de un hombre que había demostrado una extraordinaria capacidad para organizar fuerzas, atacar posiciones españolas y defender los intereses ingleses en el Caribe. En 1674, Carlos II lo nombró caballero y lo designó teniente gobernador de Jamaica. Morgan regresó a la isla convertido en Sir Henry Morgan: el antiguo bucanero pasó a formar parte de la administración colonial.
La transformación resulta todavía más llamativa porque Morgan tuvo que enfrentarse posteriormente a algunos de los mismos hombres con los que había compartido expediciones. Como funcionario colonial, su responsabilidad ya no consistía en saquear posiciones españolas sino en mantener el orden y proteger los intereses de la Corona. Su relación con antiguos compañeros de aventuras y con otros funcionarios de Jamaica fue compleja. En 1683 fue apartado de sus funciones, aunque mantuvo influencia política y volvió a integrar el Consejo de la colonia en 1688.
Su muerte tuvo un último giro extraordinario. Henry Morgan murió en Jamaica el 25 de agosto de 1688, exactamente 338 años antes de la fecha de publicación de la historia que vuelve a rescatar su figura. Tenía 53 años. Fue enterrado en Port Royal, la ciudad que durante décadas había sido uno de los grandes centros de la actividad bucanera del Caribe. Pero tampoco su tumba sobrevivió. En 1692, apenas cuatro años después de su muerte, un enorme terremoto destruyó gran parte de Port Royal y hundió sectores de la ciudad bajo el mar. El lugar donde había sido enterrado desapareció.
La historia posterior hizo crecer todavía más la leyenda. Morgan terminó convertido en uno de los nombres más famosos de la piratería caribeña, aunque su trayectoria histórica fue mucho más ambigua que la imagen del pirata independiente que actúa exclusivamente por cuenta propia. Fue corsario, comandante, saqueador, prisionero, caballero y funcionario colonial. Su carrera estuvo determinada por una época en la que las potencias europeas utilizaban hombres armados privados para ampliar su capacidad militar sin asumir siempre directamente los costos y las consecuencias de cada operación.
La paradoja explica buena parte de su fama: el mismo hombre que había construido su reputación atacando al Imperio español terminó recibiendo un título nobiliario de Inglaterra y gobernando en nombre de la Corona. No cambió solamente de profesión. Cambió de lado dentro del mismo sistema de poder que había hecho posible su ascenso.
Morgan murió hace 338 años, su tumba desapareció bajo el mar y Port Royal quedó parcialmente hundida, pero su nombre sobrevivió. La historia convirtió al antiguo corsario en un personaje casi legendario. Detrás de la leyenda, sin embargo, aparece un fenómeno histórico mucho más interesante: en el Caribe del siglo XVII, la distancia entre pirata, soldado, corsario y funcionario podía depender menos de las acciones realizadas que de quién las autorizaba y de cuándo dejaban de ser útiles para la política de una Corona.
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