La inteligencia artificial ya no es una tecnología del futuro para América Latina: es una herramienta que está entrando en las empresas, las universidades, la medicina, la investigación científica y hasta en la prevención de desastres. Esa es una de las principales conclusiones planteadas por Adriana Noreña, vicepresidenta de Google para Hispanoamérica, quien sostiene que la región tiene una oportunidad excepcional si consigue convertir la adopción tecnológica en capacitación, productividad e innovación. Su visión combina experiencia empresarial con una idea que repite como principio personal: avanzar, aprender de los errores y no quedar paralizados esperando que todo sea perfecto.
Noreña, nacida en Cali y radicada en São Paulo, construyó una carrera que comenzó lejos de los grandes centros tecnológicos. Estudió Administración de Empresas en la Universidad Icesi, realizó un MBA en Babson College y posteriormente una maestría en Gestión de Tecnología en el MIT. Antes de incorporarse a Google en 2006 trabajó en compañías como Avaya y PepsiCo y también creó un emprendimiento propio. Pasó por diferentes responsabilidades dentro de Google, incluida la dirección general de la compañía en Argentina, hasta convertirse en 2011 en vicepresidenta para Hispanoamérica, desde donde participa en la estrategia y las operaciones de los mercados hispanohablantes de América Latina. Forbes Colombia la incluyó nuevamente entre las 100 mujeres poderosas de 2026.
Su historia profesional está marcada por una pregunta que, según explicó, la acompañó desde joven: “¿Por qué no?”. Esa idea la llevó a salir de Cali, buscar una universidad de alto nivel, estudiar en Estados Unidos y proponerse llegar al MIT. Para Noreña, la educación fue una de las herramientas fundamentales para ampliar las posibilidades personales y profesionales. Su experiencia adquiere especial relevancia en el debate actual sobre inteligencia artificial porque uno de los principales obstáculos para América Latina no es solamente el acceso a la tecnología, sino la capacidad de formar personas que sepan utilizarla, adaptarla y convertirla en soluciones concretas.
En su visión del liderazgo aparecen tres principios que también pueden aplicarse al proceso de transformación tecnológica que atraviesa la región. El primero es la humildad. El segundo es priorizar el progreso sobre la perfección. El tercero es tomar decisiones y corregir cuando sea necesario. Noreña sostiene que un líder no es simplemente quien ordena, sino quien consigue que otras personas desarrollen capacidades que quizás ni siquiera sabían que tenían. Para ella, reconocer que no se sabe algo y pedir ayuda no debilita la autoridad: permite aprender más rápidamente y construir mejores equipos.
La segunda enseñanza adquiere particular importancia en un sector que cambia prácticamente todos los meses. Noreña considera que esperar una solución perfecta puede convertirse en una forma de parálisis, especialmente en tecnología. La inteligencia artificial está evolucionando a una velocidad que obliga a probar herramientas, medir resultados, detectar errores y volver a intentar. Su planteamiento no significa avanzar sin planificación, sino evitar que el exceso de análisis impida tomar decisiones. La lógica es sencilla: establecer un rumbo, comenzar, observar qué funciona y modificar aquello que no produce resultados.
La tercera lección es todavía más directa: una decisión equivocada puede corregirse; la ausencia permanente de decisiones puede dejar a una organización fuera de la competencia. Noreña explica que el análisis debe servir para determinar un camino, pero no para permanecer indefinidamente en la evaluación de alternativas. Esa filosofía coincide con la transformación que están experimentando las empresas latinoamericanas, que necesitan decidir qué procesos pueden beneficiarse de la IA, qué capacitación requieren sus trabajadores y qué actividades deben mantenerse bajo control humano.
La propia ejecutiva utiliza inteligencia artificial en buena parte de su rutina. La incorpora para organizar su agenda según las prioridades del negocio, analizar correos electrónicos, preparar reuniones, resumir videoconferencias y detectar tendencias en conversaciones mantenidas con sus equipos. También utiliza herramientas de IA para cuestiones personales: incluso analiza videos de sus entrenamientos de natación para identificar errores técnicos y recibir propuestas para mejorar. Su experiencia sirve como ejemplo de una transformación que ya no está limitada a los departamentos tecnológicos: la IA comienza a convertirse en una capa de asistencia que atraviesa diferentes actividades profesionales y personales.
La región, además, está mostrando una rápida adopción. Un estudio de Google e Ipsos citado por Noreña señala que en 2025 el 62% de las personas a nivel mundial declaró utilizar chatbots, frente al 38% registrado en 2023. En Hispanoamérica, México alcanzó el 66% y Argentina el 65%. El aprendizaje aparece como uno de los principales usos: el 75% de los usuarios argentinos y el 77% de los mexicanos consultados recurrían a estas herramientas para profundizar conocimientos. Es un dato importante porque muestra que la IA está entrando en la región no solamente como herramienta laboral, sino también como mecanismo de educación informal.
Google está acompañando esa expansión con programas de formación. En abril de 2026 anunció 110.000 nuevas becas para Certificados de Carrera y un nuevo certificado profesional de inteligencia artificial en México, Chile, Argentina y Colombia. La compañía señaló que el objetivo es reducir la brecha de conocimientos y preparar a estudiantes, profesionales y emprendedores para una economía en la que muchas tareas serán modificadas por la automatización. Google también informó que, a comienzos de 2026, ya contaba con 120.000 graduados de sus certificados en América Latina y que el 75% había reportado un impacto positivo en su carrera seis meses después de obtener la certificación.
Pero la apuesta no se limita a capacitar trabajadores. La inteligencia artificial puede convertirse en infraestructura para resolver problemas que afectan directamente a América Latina. Noreña destacó aplicaciones relacionadas con investigación científica, medicina, prevención de inundaciones, alertas sísmicas y productividad. AlphaFold, desarrollado por Google DeepMind, permitió avanzar en el análisis de estructuras de proteínas a una escala que hubiera sido prácticamente imposible mediante métodos tradicionales. En salud, los sistemas de IA ya están siendo estudiados y utilizados como herramientas de apoyo para la detección de enfermedades y la ampliación de capacidades médicas.
La prevención de desastres es otro de los campos que puede tener especial importancia para la región. Sistemas capaces de procesar grandes volúmenes de información pueden contribuir a anticipar inundaciones y mejorar la respuesta de las autoridades. En Chile, por ejemplo, herramientas de monitoreo y predicción fueron utilizadas durante los temporales de julio para anticipar posibles inundaciones. También se han desarrollado sistemas de alerta temprana frente a terremotos capaces de utilizar redes de teléfonos móviles como sensores distribuidos para detectar movimientos iniciales y emitir avisos en cuestión de segundos.
Esto resulta particularmente relevante para países sudamericanos expuestos a terremotos, inundaciones, incendios forestales, sequías y otros fenómenos extremos. La IA no evita el desastre, pero puede reducir el tiempo de reacción, y en una emergencia unos segundos o minutos pueden determinar si una persona alcanza a abandonar un edificio, si una comunidad recibe una alerta o si los equipos de emergencia pueden movilizarse antes de que llegue el impacto principal.
La dimensión económica es igualmente importante. Google y el Banco Interamericano de Desarrollo anunciaron tres iniciativas destinadas a fortalecer el ecosistema regional de IA: un estudio estratégico sobre su impacto económico, una academia gratuita para capacitar funcionarios públicos y un apoyo de US$5 millones de Google.org destinado a infraestructura pública digital. La apuesta incluye tecnologías como identificación digital y sistemas de pago, componentes que pueden ayudar a modernizar la relación entre ciudadanos, empresas y gobiernos.
El desafío para América Latina es evitar que la IA reproduzca las mismas desigualdades que históricamente acompañaron otras revoluciones tecnológicas. No basta con tener acceso a un chatbot si una escuela carece de conectividad, si un trabajador no sabe utilizar herramientas digitales o si una pequeña empresa no tiene recursos para incorporar nuevas tecnologías. La verdadera oportunidad está en combinar conectividad, educación, infraestructura digital, investigación, inversión y políticas públicas capaces de estimular la innovación local.
Noreña también plantea una cuestión que puede ser decisiva para el mercado laboral: la IA no necesariamente elimina una profesión completa, sino que transforma las tareas que la componen. Su propio uso cotidiano muestra esa evolución. La tecnología puede preparar información, resumir reuniones, traducir, organizar prioridades y analizar datos, mientras la persona continúa tomando las decisiones. En esta visión, la ventaja competitiva no estará simplemente en quien tenga acceso a la IA, sino en quien sepa utilizarla mejor que los demás. Esa posición coincide con una definición que Noreña ya había planteado públicamente: la inteligencia artificial no debe ser vista como el competidor de un profesional, sino como una herramienta cuya utilización puede marcar diferencias entre trabajadores.
Existe además una dimensión humana detrás de su discurso tecnológico. Noreña es triatleta y se ha propuesto completar diez pruebas de medio Ironman antes de cumplir 60 años; ya realizó seis y se prepara para la séptima. Entrena dos veces al día y utiliza la disciplina como una estructura para organizar su trabajo, su familia y su actividad deportiva. Su rutina comienza habitualmente alrededor de las 3:30 de la madrugada, aunque ella misma advierte que ese horario funciona para su organismo y no debe convertirse en una fórmula universal de éxito.
Esa disciplina conecta con otra de sus ideas centrales: el progreso debe poder medirse aunque el resultado final todavía esté lejos. En el deporte, sostiene, quizá nunca sea campeona, pero observar que mejora constituye una motivación suficiente para continuar. La misma lógica puede trasladarse a las empresas y a los países: no es necesario convertirse inmediatamente en una potencia mundial de inteligencia artificial para comenzar a construir capacidades. Lo fundamental es identificar objetivos concretos y avanzar de manera sostenida.
Para América Latina, esa perspectiva puede ser más importante de lo que parece. La región no necesita necesariamente competir con Estados Unidos o China en la construcción de los modelos de IA más grandes del planeta para obtener beneficios. Puede utilizar la tecnología para resolver problemas propios, desde sistemas educativos y salud pública hasta agricultura, transporte, energía, gestión de fronteras, prevención de desastres y modernización de los Estados.
El mensaje de Noreña termina convirtiéndose así en una cuestión de estrategia regional. América Latina tiene población, universidades, emprendedores, recursos naturales, mercados y una comunidad tecnológica creciente. Lo que todavía necesita es convertir esa capacidad dispersa en un ecosistema coordinado de conocimiento, inversión e innovación. Las 110.000 becas anunciadas por Google, los programas con el BID y las aplicaciones que ya existen muestran que el movimiento comenzó, pero el resultado dependerá de cuánto puedan hacer los gobiernos, las universidades y las empresas para sostenerlo.
La inteligencia artificial puede convertirse en otra tecnología importada que América Latina simplemente consume o en una herramienta que permita a la región desarrollar soluciones propias. La diferencia estará en la educación, la capacidad de decisión y la velocidad con la que los países transformen el acceso a la tecnología en conocimiento y productividad.
Y allí aparece la idea que atraviesa la trayectoria de Adriana Noreña: preguntarse “¿por qué no?” antes de aceptar que algo es imposible. En una región que históricamente ha llegado tarde a muchas transformaciones tecnológicas, esa pregunta puede convertirse en algo más que una filosofía personal. Puede ser una estrategia para decidir si América Latina será solamente usuaria de la inteligencia artificial o también protagonista de la próxima revolución tecnológica.
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