Los tacones no nacieron en una pasarela, ni fueron concebidos originalmente para estilizar las piernas femeninas. Su historia comenzó muchos siglos antes, sobre el lomo de un caballo y en manos de guerreros persas que necesitaban mantener los pies firmemente sujetos a los estribos mientras combatían. Lo que posteriormente se convertiría en uno de los símbolos más reconocibles de la moda occidental fue, en sus orígenes, una solución práctica para la guerra ecuestre. Las evidencias históricas sitúan el uso de calzado con tacón en la caballería persa al menos desde el siglo X, cuando el diseño permitía que el pie quedara mejor anclado en el estribo.
La función era mucho más importante que la apariencia. Un jinete armado con arco necesitaba estabilidad para controlar el caballo y, al mismo tiempo, mantener una posición suficientemente firme como para disparar. El pequeño tacón situado debajo del talón impedía que el pie se deslizara hacia adelante y ayudaba a mantenerlo dentro del estribo. Esa característica permitía al guerrero levantarse sobre los estribos durante determinadas maniobras y disparar con mayor estabilidad mientras el caballo estaba en movimiento.
El origen persa explica además una curiosidad que suele perderse en la historia de la moda: durante mucho tiempo los tacones fueron un elemento masculino. No existía todavía la asociación contemporánea entre tacones y feminidad. Para un guerrero a caballo, el tacón era parte de un equipamiento funcional; siglos después, cuando llegó a las cortes europeas, comenzó a representar precisamente lo contrario: no trabajar, no caminar grandes distancias y tener dinero suficiente para vestir de una manera incómoda.
El diseño comenzó a adquirir una dimensión política durante el reinado de Shah Abbas I de Persia, que gobernó entre 1588 y 1629. A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, Persia buscaba alianzas europeas frente al Imperio otomano, y las delegaciones diplomáticas persas llevaron consigo una imagen que impresionó a las cortes occidentales. Los europeos observaron las botas, la indumentaria y la apariencia de los jinetes persas y comenzaron a asociar aquel calzado con poder militar, masculinidad y prestigio.
Aquí aparece uno de los personajes fundamentales de esta historia: Shah Abbas I. No puede decirse que él haya “inventado” el tacón —el calzado con tacón ya existía mucho antes—, pero su época fue decisiva para que el modelo persa llamara la atención de Europa. Las misiones diplomáticas persas de comienzos del siglo XVII ayudaron a convertir un elemento de equipamiento militar en una curiosidad aristocrática.
Cuando el tacón llegó a las cortes europeas, dejó de ser una herramienta para montar a caballo y comenzó a convertirse en una declaración de estatus. La aristocracia descubrió que un calzado elevado podía hacer parecer más alto al individuo y, sobre todo, podía comunicar que aquella persona no necesitaba realizar trabajos físicos. En una sociedad profundamente jerarquizada, vestir de manera poco práctica podía convertirse paradójicamente en una demostración de poder.
Y entonces apareció otro personaje que cambió para siempre la historia del tacón: Luis XIV de Francia, el Rey Sol. El monarca era relativamente bajo para los estándares actuales y utilizó zapatos con tacones para aumentar su presencia física y visual en la corte. Pero el rey no se limitó a usar tacones: los convirtió en un lenguaje político.
Una de las mayores curiosidades de Versalles fue el talón rojo. Durante el reinado de Luis XIV, el rojo comenzó a identificar a quienes pertenecían al círculo privilegiado de la corte. La tradición histórica atribuye a Luis XIV una regulación que restringía este distintivo a personas autorizadas por el monarca. Así, el color colocado debajo del pie podía funcionar prácticamente como una insignia de rango.
El mensaje era extraordinariamente sofisticado para su época: cuanto más exclusivo era el zapato, más evidente resultaba la posición social de quien lo llevaba. Un aristócrata podía caminar con un calzado incómodo y delicado precisamente porque podía permitirse no preocuparse por el barro, las calles deterioradas o el trabajo físico. El tacón había pasado de evitar que un soldado cayera del caballo a demostrar que su propietario estaba demasiado arriba en la escala social como para preocuparse por esas cuestiones.
Las pinturas de la época permiten observar hasta qué punto el tacón se convirtió en una herramienta de representación. Las piernas, las medias y los zapatos comenzaron a formar parte de la puesta en escena del poder masculino. En los retratos aristocráticos, mostrar el calzado no era un detalle menor: podía indicar riqueza, rango, proximidad al monarca y pertenencia a una determinada cultura cortesana.
Pero la historia dio otra vuelta inesperada: las mujeres comenzaron a adoptar el tacón masculino. Durante el siglo XVII, algunos elementos de la vestimenta que originalmente habían pertenecido al guardarropa masculino comenzaron a incorporarse a la moda femenina. El tacón fue uno de ellos. Hacia finales de ese siglo, los zapatos de hombres y mujeres empezaron a diferenciarse progresivamente: los masculinos conservaron formas más anchas y robustas, mientras los femeninos se hicieron más estrechos y estilizados.
Así nació una transformación que terminaría separando completamente al tacón de su origen militar. Para el año 1700, el calzado femenino de tacón ya tenía una función principalmente estética. Elevaba el cuerpo, modificaba la postura y cambiaba visualmente la proporción de las piernas. El objeto que había sido diseñado para que un arquero persa no perdiera el equilibrio sobre un caballo ahora servía para modificar la silueta de una mujer en una corte europea.
Existe además una paradoja histórica fascinante: los tacones fueron durante un período un símbolo de masculinidad y después terminaron convirtiéndose en uno de los elementos más asociados con la feminidad. El proceso no fue inmediato. Durante los siglos XVII y XVIII, hombres y mujeres utilizaron diferentes tipos de tacones, pero la moda masculina comenzó posteriormente a abandonar el calzado elevado y ornamental.
La Revolución Francesa aceleró esa transformación. La aristocracia perdió sus privilegios y muchos de sus códigos visuales comenzaron a ser rechazados. Los hombres abandonaron progresivamente los colores brillantes, las telas excesivamente ornamentadas, las pelucas y los tacones altos. La vestimenta masculina se volvió más sobria y práctica. Este proceso fue posteriormente denominado por el historiador de la moda John Carl Flügel como el “Gran Renunciamiento Masculino”.
El resultado fue extraordinario: el tacón sobrevivió principalmente en el calzado femenino, mientras los hombres regresaron progresivamente a botas y zapatos de suela más práctica. Una pieza de equipamiento militar masculino terminó convertida en una característica central de la moda femenina occidental.
Pero la historia todavía tenía reservado otro personaje: Roger Vivier. Si Luis XIV transformó el tacón en símbolo político, Vivier ayudó a transformarlo en uno de los objetos más sofisticados de la moda del siglo XX. Durante la década de 1950 trabajó en el desarrollo del tacón extremadamente fino que hoy conocemos como stiletto o tacón de aguja.
Sin embargo, aquí conviene hacer una precisión histórica: Roger Vivier no fue el único inventor del stiletto. Diseñadores y fabricantes italianos como Salvatore Ferragamo y André Perugia también desarrollaron soluciones con estructuras metálicas para conseguir tacones muy delgados. Vivier se hizo especialmente famoso por perfeccionar y popularizar el concepto en la alta moda.
La revolución técnica fue fundamental. Un tacón extremadamente fino necesita una estructura interna capaz de soportar el peso del cuerpo. La utilización de elementos metálicos permitió abandonar algunas de las limitaciones de los tacones tradicionales de madera o cuero y crear una columna mucho más delgada. El resultado fue el zapato que, desde mediados del siglo XX, pasó a representar elegancia, sensualidad y sofisticación.
Y aquí aparece otra ironía: el tacón moderno volvió a convertirse en una obra de ingeniería. El tacón persa había sido una solución técnica para el jinete; el stiletto fue una solución técnica para la moda. En ambos casos, el objetivo era aparentemente diferente, pero la lógica era similar: modificar la distribución del peso y crear una estructura capaz de soportar determinadas fuerzas.
El nombre “stiletto” procede de la asociación con el stiletto, una pequeña daga italiana de hoja estrecha. La comparación resulta bastante gráfica: un tacón de aguja tiene una sección extremadamente delgada y alargada, como una pequeña pieza metálica clavada debajo del zapato. Con el tiempo, el término pasó a identificar prácticamente cualquier tacón muy fino y alto.
Pero la historia de los tacones también cuenta algo sobre la evolución de la idea de poder. Para el guerrero persa, el tacón significaba seguridad y eficacia en combate. Para el aristócrata europeo, significaba riqueza y privilegio. Para Luis XIV, podía representar proximidad al poder real. Para la mujer de la alta sociedad del siglo XVIII, se convirtió en elegancia. Y para la moda del siglo XX, terminó asociado con glamour y sensualidad.
Un pequeño trozo de cuero, madera o metal terminó funcionando como un lenguaje social. La altura podía comunicar rango; el color podía indicar privilegio; la forma podía señalar género, época o profesión. Incluso hoy, determinados tipos de calzado pueden transmitir inmediatamente una idea de autoridad, formalidad, sensualidad, lujo o rebeldía.
Hay otra anécdota histórica especialmente reveladora: el propio tacón podía ser una forma de demostrar que una persona no necesitaba caminar. En sociedades donde la mayoría de la población trabajaba físicamente y debía desplazarse por caminos difíciles, utilizar un zapato incómodo era una especie de lujo. El aristócrata podía permitirse aquello que el trabajador no podía: sacrificar funcionalidad por apariencia.
Por eso, el tacón terminó teniendo una relación tan estrecha con el poder. No era simplemente “ser más alto”; era demostrar que uno podía darse el lujo de ser menos práctico. La ropa aristocrática, las telas delicadas, los zapatos ornamentados y los tacones formaban parte de un mismo sistema visual destinado a separar a quienes gobernaban de quienes trabajaban.
El viaje histórico resulta todavía más sorprendente cuando se observa desde el presente. Un jinete persa necesitaba el tacón para no perder el pie del estribo; Luis XIV lo utilizaba para parecer más imponente; las mujeres de las cortes europeas lo incorporaron a su vestimenta; la Revolución Francesa lo expulsó progresivamente del guardarropa masculino; y Roger Vivier lo convirtió en una pieza de ingeniería de la alta costura.
No existe, por tanto, una sola persona que pueda ser llamada “el inventor de los tacones”. La historia es acumulativa. Los primeros usos funcionales están vinculados con la equitación persa; Shah Abbas I fue fundamental para su difusión diplomática hacia Europa; Luis XIV fue decisivo para convertirlo en símbolo de poder y estatus; y Roger Vivier fue uno de los nombres fundamentales en la transformación del tacón moderno y del stiletto.
Y quizás esa sea la mayor curiosidad de todas: el tacón que hoy puede parecer un simple accesorio de moda comenzó como una herramienta para sobrevivir en el campo de batalla. No nació para desfilar, no nació para seducir y tampoco nació como símbolo de feminidad. Nació porque un guerrero necesitaba que su pie permaneciera firme sobre un caballo.
Más de mil años después, aquella pequeña elevación debajo del talón continúa contando una historia de guerra, diplomacia, monarquía, riqueza, género, ingeniería y moda. Pocas piezas del vestuario moderno pueden presumir de haber recorrido un camino tan extraño: del estribo de un arquero persa a los salones de Versalles y, de allí, a las pasarelas, alfombras rojas y armarios de todo el mundo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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