
La crisis eléctrica de Cuba se profundizó durante agosto, con un déficit de generación que llegó al 74% de la demanda y apagones que en algunas zonas superan las 20 horas diarias. El deterioro del sistema eléctrico combina la falta de combustible, el envejecimiento de las centrales termoeléctricas, la escasez de repuestos y años de inversiones insuficientes. La situación afecta a millones de personas y obliga a los hogares y pequeños negocios a buscar alternativas para disponer de electricidad durante los períodos cada vez más breves de suministro.
Uno de los datos que refleja con mayor claridad la gravedad del escenario se registró el 29 de julio, cuando el déficit alcanzó el 74% de la demanda, el nivel más alto desde que la Unión Eléctrica comenzó a publicar regularmente estas estadísticas en 2022. El 17 de agosto, la afectación llegó al 67%, equivalente a 2.210 megavatios frente a una demanda de aproximadamente 3.300 MW.
La situación no se limita a cortes programados. A comienzos de agosto, Cuba sufrió dos apagones nacionales en menos de 24 horas, que terminaron de resolverse el 4 de agosto con la reconexión del sistema eléctrico. Con esos episodios, el país acumuló 12 apagones nacionales en dos años, la mitad de ellos durante 2026.
El problema tiene una raíz estructural. Las centrales termoeléctricas cubanas tienen décadas de explotación y una parte importante de sus equipos funciona con tecnología envejecida. Actualmente, siete de las 16 unidades de generación termoeléctrica se encuentran fuera de servicio por averías o trabajos de mantenimiento, reduciendo todavía más la capacidad disponible.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O, reconoció ante el Parlamento que la falta de piezas de repuesto y las dificultades para mantener las centrales están agravando la situación. El Gobierno cubano también atribuye parte de las dificultades para importar tecnología y combustible a las sanciones estadounidenses y al bloqueo petrolero que, según las autoridades, se intensificó desde enero.
Cuba necesita alrededor de 100.000 barriles de petróleo diarios para cubrir sus necesidades energéticas, pero su producción nacional aporta aproximadamente 40.000 barriles. Esa diferencia obliga al país a depender de importaciones en un momento en que conseguir combustible resulta cada vez más difícil y costoso.
La escasez de electricidad también está modificando la vida cotidiana. En La Habana, muchas familias organizan sus actividades alrededor de las pocas horas en que vuelve la corriente: bombear agua, cocinar, lavar ropa, cargar teléfonos y baterías y utilizar ventiladores o equipos de refrigeración se convierten en tareas que deben realizarse rápidamente antes del siguiente apagón.
El problema alcanza incluso a comunidades que permanecen durante períodos prolongados sin servicio. El ministro reconoció que algunos asentamientos han llegado a pasar hasta 105 días sin electricidad, debido principalmente a averías en transformadores y a las dificultades para reemplazarlos. La situación muestra que la crisis ya no afecta solamente a la generación nacional, sino también a sectores de la infraestructura de distribución.
Ante este escenario, Cuba intenta acelerar una transición hacia las energías renovables. Durante agosto se aprobaron nuevas medidas destinadas a estimular la instalación de tecnologías solares y otras fuentes alternativas. El Gobierno pretende que el 24% de la generación eléctrica provenga de fuentes renovables para 2030.
La energía solar se convirtió en la principal apuesta. El país desarrolla un programa para construir 92 parques solares, con una capacidad instalada conjunta cercana a los 2.000 MW. Además, ya existen más de 125.000 hogares con sistemas fotovoltaicos, según datos presentados por el Gobierno cubano. China también entregó en agosto otros 5.000 kits de paneles solares para viviendas, después de una primera donación realizada anteriormente.
Pero mientras esas inversiones avanzan, una parte de la población está resolviendo el problema por sus propios medios. La generación autónoma de los sectores residencial y privado ya supera los 530 MW, aunque buena parte de esa electricidad se utiliza directamente en viviendas y negocios y no ingresa a la red nacional. Paneles solares, baterías portátiles y generadores adaptados se convirtieron en elementos cada vez más habituales.
Esa capacidad de adaptación, sin embargo, también revela una desigualdad creciente. Las familias con mayores ingresos o con ayuda económica de parientes que viven en el exterior pueden adquirir paneles solares, baterías de litio o generadores, mientras los hogares con menos recursos quedan prácticamente sometidos a los horarios de los apagones.
La crisis también tiene consecuencias económicas. Un negocio que permanece varias horas sin electricidad puede perder productos refrigerados, reducir sus horarios de atención o depender de combustibles adicionales para mantener equipos funcionando. Para las familias, la falta de corriente afecta la conservación de alimentos, el acceso al agua cuando depende de bombas eléctricas, la posibilidad de cocinar y hasta el descanso nocturno.
En La Habana, las autoridades modificaron además el sistema de distribución para administrar los cortes. En lugar de trabajar con grandes bloques de zonas urbanas, la Empresa Eléctrica comenzó a organizar el servicio por circuitos, con la intención de suministrar electricidad a una cantidad menor de barrios simultáneamente y mantener una rotación más ordenada. El sistema, sin embargo, pierde eficacia cuando el déficit supera las previsiones.
La situación podría continuar siendo complicada durante los próximos meses. La Unión Eléctrica ya advirtió que entre septiembre y diciembre pueden coincidir unidades termoeléctricas en mantenimiento con otras fuera de servicio por averías, un escenario que podría aumentar todavía más las interrupciones.
Cuba enfrenta así una crisis que ya no puede explicarse únicamente por los apagones diarios. El problema combina una infraestructura envejecida, falta de inversiones, dificultades para conseguir combustible y repuestos, deterioro de las redes de distribución y una transición energética que todavía necesita tiempo para alcanzar una escala capaz de compensar la caída de la generación convencional.
Mientras el Gobierno busca acelerar las energías renovables y responsabiliza a las restricciones externas por parte de las dificultades, la población continúa adaptándose como puede. Para millones de cubanos, disponer de electricidad dejó de ser una certeza cotidiana y pasó a convertirse en una cuestión de horarios, planificación y capacidad económica. La profundidad alcanzada por la crisis convierte la recuperación del sistema eléctrico en uno de los principales desafíos económicos y sociales de Cuba para los próximos años.
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