
El Pix, sistema brasileño de pagos instantáneos, se convirtió en uno de los puntos de fricción dentro de la disputa comercial entre Brasil y Estados Unidos. Creado por el Banco Central de Brasil en 2020, el mecanismo alcanzó una utilización masiva en el país y ahora aparece mencionado por Washington entre las prácticas brasileñas que, según la administración de Donald Trump, perjudican a empresas estadounidenses del sector de pagos digitales. La controversia excede el funcionamiento de una herramienta financiera: para el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, el Pix se convirtió también en un símbolo de soberanía tecnológica y financiera.
La disputa se incorporó formalmente a la investigación realizada por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, conocida como USTR. Washington concluyó que determinadas políticas brasileñas relacionadas con comercio digital y servicios de pagos electrónicos resultaban, desde su perspectiva, perjudiciales para el comercio estadounidense. Esa investigación terminó desembocando en una sobretasa del 25% sobre determinados productos brasileños.
El gobierno brasileño rechazó la interpretación estadounidense y sostiene que el Pix no es un sistema creado para competir directamente con las tarjetas de crédito, sino una infraestructura de pagos que permite transferencias inmediatas entre cuentas. Su funcionamiento gratuito en la mayoría de las operaciones y la disponibilidad durante las 24 horas lo convirtieron en una alternativa al efectivo y a otros mecanismos tradicionales.
La expansión fue extraordinaria. De acuerdo con datos del Banco Central citados por IPS, 176,6 millones de personas y 24,9 millones de empresas estaban registradas como usuarias del Pix hasta julio de 2026. Durante ese mes se realizaron alrededor de 7.975 millones de transacciones, por un valor cercano a 3,8 billones de reales.
El éxito del sistema está relacionado con su simplicidad. Una persona puede realizar un pago utilizando una clave Pix, un código QR u otros mecanismos disponibles desde las aplicaciones bancarias, sin depender de horarios comerciales ni de la infraestructura tradicional de las tarjetas. Para pequeños comercios y trabajadores independientes, además, el sistema redujo los costos asociados a determinadas operaciones.
El Banco Central brasileño también defiende que el Pix ayudó a ampliar la bancarización. La posibilidad de realizar pagos y transferencias de manera rápida y prácticamente sin costo facilitó la incorporación de personas que anteriormente utilizaban principalmente efectivo.
La expansión del Pix tampoco significó, según las autoridades brasileñas, el derrumbe del mercado de tarjetas de crédito. El presidente del Banco Central, Gabriel Galípolo, sostuvo que ese negocio continuó creciendo desde la creación del sistema, un argumento utilizado para cuestionar la acusación estadounidense de que el mecanismo brasileño estaría desplazando a las compañías estadounidenses.
La diferencia entre ambos sistemas es importante. El Pix mueve dinero disponible directamente entre cuentas, mientras que una tarjeta de crédito permite realizar una compra utilizando una línea de financiación. Por eso, una persona puede utilizar Pix para pagar una compra y, al mismo tiempo, mantener una tarjeta de crédito para financiar gastos.
La controversia, sin embargo, no se limita al mercado brasileño. El verdadero interés estratégico puede estar en la posibilidad de que el modelo Pix se extienda internacionalmente. El Banco Central brasileño estudia mecanismos para conectar el sistema con plataformas similares de otros países y facilitar pagos y transferencias transfronterizas.
Ese escenario adquiere una dimensión geopolítica porque los sistemas de pago están vinculados con la circulación internacional del dinero. Durante décadas, empresas estadounidenses como Visa, Mastercard y otras compañías ocuparon posiciones dominantes en diferentes segmentos de la infraestructura financiera global.
Brasil está intentando construir una alternativa basada en una infraestructura pública nacional que pueda conectarse posteriormente con otros sistemas. Si ese modelo consigue expandirse fuera de Brasil, podría reducir la dependencia de determinadas redes internacionales de pagos, aunque todavía se encuentra lejos de sustituirlas.
Estados Unidos también dispone de un sistema de pagos instantáneos propio. La Reserva Federal puso en funcionamiento FedNow en 2023, una plataforma que permite transferencias inmediatas entre instituciones participantes. Sin embargo, existen diferencias importantes: en Estados Unidos la participación de las entidades financieras es voluntaria, mientras que el modelo brasileño establece una infraestructura mucho más amplia y centralizada alrededor del Banco Central.
La existencia de FedNow demuestra que los pagos instantáneos no son una particularidad brasileña. Sistemas similares se desarrollaron en diferentes regiones del mundo y forman parte de una transformación global de la infraestructura financiera.
La diferencia está en la velocidad con la que Brasil consiguió popularizar su sistema. La facilidad de uso, la gratuidad en la mayoría de las operaciones y la obligación de las instituciones participantes de ofrecer el servicio contribuyeron a que el Pix se incorporara rápidamente a la vida cotidiana.
El sistema también cambió la relación entre consumidores y pequeños comercios. Para un negocio, recibir un pago mediante Pix puede ser más sencillo que aceptar determinadas modalidades de tarjeta, especialmente cuando se trata de operaciones de bajo valor.
Esto explica por qué el Pix alcanzó un nivel de aceptación social excepcionalmente alto en Brasil. Una encuesta citada por IPS colocó al sistema por encima de otras instituciones en materia de confianza entre los entrevistados, un dato que muestra hasta qué punto dejó de ser simplemente una herramienta bancaria para convertirse en parte de la rutina económica del país.
La discusión sobre los costos también es relevante. Las tarjetas generan comisiones para los comercios, mientras que el Pix permite realizar muchas operaciones sin ese tipo de costo directo. Para los defensores del sistema, esa diferencia reduce gastos y puede beneficiar tanto a consumidores como a pequeños empresarios.
Para sus críticos, en cambio, la expansión de un sistema público puede generar una ventaja competitiva frente a empresas privadas extranjeras. Ese es precisamente uno de los argumentos que aparece en la investigación estadounidense sobre los servicios de pagos electrónicos brasileños.
La administración Lula considera que esa interpretación es inaceptable. El gobierno brasileño sostiene que tiene derecho a desarrollar su propia infraestructura financiera y que el Pix no constituye una barrera comercial contra empresas extranjeras.
El conflicto se produce además en un momento de fuerte tensión entre Brasilia y Washington. La administración Trump impuso una sobretasa del 25% sobre determinados productos brasileños después de concluir la investigación de la USTR, mientras posteriormente se aplicaron medidas adicionales vinculadas a otra investigación sobre bienes producidos mediante trabajo forzado.
Brasil cuestionó esas medidas y comenzó a buscar alternativas diplomáticas y comerciales para reducir su impacto. El Ministerio de Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios señaló que las medidas estadounidenses alcanzaban una parte significativa de las exportaciones brasileñas, aunque determinados sectores quedaron exceptuados.
En ese contexto, el Pix pasó a tener un valor político que va mucho más allá de una aplicación para pagar compras. Lula lo presentó como una conquista tecnológica brasileña y como una herramienta que no debería ser negociada dentro de las discusiones comerciales con Washington.
La posición tiene una lógica política evidente. El Pix es uno de los pocos productos de política pública que logró una adopción masiva y que puede ser presentado como un ejemplo de innovación desarrollada por el Estado brasileño con impacto directo sobre la población.
También existe una dimensión relacionada con la soberanía financiera. Los gobiernos de diferentes países están intentando reducir costos de intermediación, acelerar los pagos internacionales y desarrollar sistemas que dependan menos de redes controladas por grandes empresas extranjeras.
La expansión internacional del Pix podría convertirse, por eso, en un asunto mucho más sensible que su funcionamiento dentro de Brasil. Si el sistema logra conectarse con mecanismos similares de otros países latinoamericanos o de otras regiones, podría facilitar pagos transfronterizos sin depender necesariamente de las mismas redes utilizadas actualmente.
Eso no significa que el dólar vaya a perder su papel dominante de manera inmediata. El comercio internacional, las reservas de los bancos centrales y los mercados financieros continúan dependiendo ampliamente de la moneda estadounidense.
Pero la aparición de diferentes infraestructuras de pago puede reducir gradualmente algunos costos y dependencias. La discusión sobre Pix forma parte de una transformación más amplia de las finanzas internacionales, en la que los pagos instantáneos, las monedas digitales y las nuevas plataformas financieras están modificando la manera en que circula el dinero.
Brasil intenta posicionarse dentro de ese proceso aprovechando la experiencia acumulada desde 2020. La fortaleza del Pix le permite negociar desde una posición diferente a la de muchos países que todavía dependen de sistemas privados extranjeros para buena parte de sus pagos digitales.
El desafío ahora será internacionalizar esa experiencia sin perder las características que hicieron exitoso al sistema dentro del país. Conectar diferentes sistemas de pagos exige acuerdos técnicos, reglas contra el fraude, mecanismos de protección de datos y coordinación entre bancos centrales.
También existen riesgos. Cuanto mayor sea la utilización de una infraestructura de pagos, mayor será la importancia de garantizar su seguridad y capacidad de funcionamiento permanente. Un problema técnico o un ataque contra un sistema de alcance nacional podría tener consecuencias económicas significativas.
Por eso, el crecimiento del Pix también obliga a Brasil a reforzar permanentemente sus mecanismos de ciberseguridad y protección contra fraudes.
A pesar de esas dificultades, el modelo brasileño ya despertó interés internacional. La expansión de sistemas de pagos instantáneos demuestra que diferentes países están buscando alternativas más rápidas y económicas para las transacciones cotidianas.
El caso brasileño destaca porque logró integrar esa infraestructura directamente al sistema financiero nacional y convertirla en una herramienta utilizada masivamente por ciudadanos y empresas.
La disputa con Estados Unidos podría, paradójicamente, aumentar todavía más la visibilidad internacional del Pix. Lo que comenzó como una innovación del Banco Central brasileño pasó a formar parte de una discusión sobre comercio, soberanía tecnológica, poder financiero y futuro de los pagos internacionales.
Para Washington, el problema se relaciona con las condiciones competitivas que enfrentan sus empresas en Brasil. Para Brasilia, se trata de defender una infraestructura financiera propia que considera exitosa y estratégica.
Ambas posiciones difícilmente se resolverán únicamente mediante una discusión técnica sobre métodos de pago. El conflicto forma parte de una relación bilateral más amplia, marcada por los aranceles, las diferencias políticas y la disputa por influencia económica.
El Pix terminó convirtiéndose en un inesperado protagonista de la tensión entre Brasil y Estados Unidos. Su éxito dentro de Brasil demuestra que un sistema de pagos público, rápido y de bajo costo puede alcanzar una escala masiva. Pero su eventual expansión internacional plantea una cuestión mucho mayor: quién controlará las nuevas redes por las que circulará el dinero en una economía cada vez más digital.
Brasil quiere que una parte de ese futuro tenga sello propio. Estados Unidos, por su parte, busca proteger los intereses de sus empresas y mantener su influencia sobre las infraestructuras financieras globales. La disputa por el Pix es, en definitiva, una pequeña ventana hacia una competencia mucho más amplia por el poder económico y tecnológico del siglo XXI.
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