
Uno de cada cuatro adolescentes de entre 13 y 17 años en América Latina y el Caribe afirma haber sufrido acoso escolar, una situación que puede extender sus consecuencias mucho más allá del ámbito educativo y afectar la salud física, emocional y mental. El problema adquiere una nueva dimensión con el crecimiento del ciberacoso, que permite que las agresiones continúen fuera de la escuela y lleguen hasta los hogares a través de redes sociales, aplicaciones de mensajería y videojuegos en línea.
La situación presenta diferencias importantes dentro de la región. Los datos disponibles indican que alrededor del 23% de los estudiantes de América Central, el 25% del Caribe y el 30% de América del Sur declararon haber experimentado acoso escolar. Las cifras utilizadas para esta estimación corresponden a información recopilada entre 2009 y 2019 mediante la Encuesta Mundial de Salud a Escolares, por lo que los porcentajes no representan necesariamente la situación exacta de cada país en 2026.
El acoso puede adoptar distintas formas. No se limita a las agresiones físicas: también incluye insultos, exclusión, rumores, humillaciones, amenazas y comportamientos de carácter sexual. En muchos casos, estas conductas se producen de manera repetida y pueden generar en la víctima una sensación permanente de inseguridad dentro del espacio que debería estar destinado al aprendizaje y la convivencia.
El avance de las tecnologías digitales modificó además la manera en que se produce esta violencia. El ciberacoso permite que una agresión iniciada en la escuela continúe durante la tarde, la noche o los fines de semana, cuando el adolescente ya está en su casa. El teléfono celular puede convertirse así en una extensión del lugar donde ocurre el hostigamiento.
Las formas digitales incluyen amenazas, humillaciones, difusión de imágenes o mensajes ofensivos y hostigamiento mediante redes sociales, servicios de mensajería, videojuegos, foros y otras plataformas. Una de sus características más preocupantes es la velocidad con la que puede difundirse un contenido: una publicación puede alcanzar a numerosas personas en cuestión de segundos y permanecer disponible durante mucho tiempo.
En algunos países del hemisferio, entre 7% y 27% de niños y adolescentes declaró haber experimentado ciberacoso durante los 12 meses anteriores, con porcentajes que son sistemáticamente mayores entre las niñas. La diferencia muestra que la violencia digital tampoco afecta de la misma manera a todos los grupos y requiere estrategias de prevención que tengan en cuenta esas desigualdades.
Otro elemento que dificulta la respuesta es el anonimato. Una cuenta falsa o un perfil difícil de identificar puede hacer que la víctima no sepa quién está detrás de las agresiones, mientras que la circulación repetida de fotografías, videos o mensajes puede generar nuevas situaciones de humillación incluso después de que el contenido original haya sido eliminado.
El impacto puede ser profundo. La exposición prolongada al acoso está asociada con ansiedad, depresión, estrés traumático, aislamiento social y problemas del sueño, además de dificultades en la trayectoria educativa y en las relaciones sociales. En los casos más graves también puede relacionarse con autolesiones, pensamientos suicidas e intentos de suicidio.
Por ese motivo, el problema no debería ser tratado exclusivamente como un conflicto entre estudiantes. La respuesta requiere la participación de escuelas, familias, profesionales de la salud, comunidades y plataformas digitales, con mecanismos que permitan detectar tempranamente las situaciones y acompañar a quienes las sufren.
Entre las señales que pueden alertar a padres, docentes y otros adultos aparecen cambios repentinos de comportamiento, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba el adolescente, rechazo a asistir a la escuela, aislamiento, tristeza persistente, irritabilidad y dificultades para dormir. También pueden aparecer lesiones inexplicables o cambios importantes en el rendimiento y la relación con sus compañeros.
Cuando se trata de ciberacoso, las señales pueden ser diferentes. Angustia después de recibir notificaciones, cambios bruscos de comportamiento tras utilizar el teléfono, abandono repentino de cuentas que antes utilizaba o resistencia a hablar sobre sus actividades en internet pueden indicar que existe algún problema que el adolescente no está comunicando directamente.
La detección temprana resulta especialmente importante porque muchos jóvenes no cuentan inmediatamente lo que están viviendo. El miedo a que la situación empeore, la vergüenza o la preocupación por perder el acceso al teléfono pueden llevarlos a ocultar las agresiones durante semanas o meses.
La respuesta recomendada no consiste simplemente en retirar el dispositivo. Cuando el problema ocurre en internet, prohibir completamente el uso de la tecnología puede dejar sin abordar la causa de la situación y, en algunos casos, hacer que el adolescente deje de comunicar lo que está ocurriendo. El acompañamiento adulto y la confianza son fundamentales para que pueda pedir ayuda.
La prevención también debe comenzar antes de que aparezca un caso. Las escuelas pueden trabajar contenidos relacionados con privacidad, consentimiento, ciudadanía digital y seguridad en internet, además de explicar a los estudiantes cómo denunciar una agresión y dónde buscar ayuda.
También es necesario enseñar que compartir una imagen humillante, participar en un grupo destinado a ridiculizar a un compañero o reenviar un contenido ofensivo puede contribuir directamente a la violencia, incluso cuando quien lo comparte no haya iniciado el ataque.
La nueva guía elaborada por la Organización Panamericana de la Salud plantea justamente una respuesta integral. Según la evidencia recopilada, las intervenciones aisladas tienen menos posibilidades de funcionar que los programas sostenidos que involucran a diferentes sectores de la sociedad.
El sistema de salud también puede cumplir una función importante. Los profesionales pueden preguntar durante las consultas por las experiencias del adolescente tanto en la escuela como en internet, evaluar posibles consecuencias sobre su salud mental y derivar los casos que necesiten atención especializada.
Esta perspectiva permite comprender que el acoso escolar no termina necesariamente cuando suena el timbre de salida. Sus efectos pueden acompañar al adolescente durante años, especialmente cuando la experiencia modifica su autoestima, su relación con los demás o su percepción de seguridad.
La dimensión regional del problema también obliga a considerar las diferencias entre los sistemas educativos y sanitarios de cada país. Las herramientas de prevención deben adaptarse a las realidades locales, pero existen principios comunes: detectar, escuchar, proteger, intervenir y evitar que la víctima quede sola frente al problema.
La responsabilidad tampoco puede recaer exclusivamente sobre los adolescentes. Los adultos tienen un papel decisivo para crear entornos donde denunciar una situación de acoso no sea visto como una traición o una señal de debilidad.
El silencio puede permitir que el hostigamiento continúe, mientras que una intervención temprana puede impedir que una situación de violencia se prolongue y se vuelva más grave.
El desafío se vuelve todavía mayor en un escenario donde las relaciones sociales de los adolescentes se desarrollan simultáneamente en espacios físicos y digitales. Una estrategia efectiva debe contemplar ambos ámbitos porque el acoso presencial y el ciberacoso pueden estar conectados y reforzarse mutuamente.
El dato de que uno de cada cuatro adolescentes de América Latina y el Caribe haya experimentado acoso escolar muestra que no se trata de casos aislados, sino de un problema regional de salud, educación y convivencia. La expansión del ciberacoso agregó una dimensión que permite que las agresiones continúen las 24 horas y amplifica el alcance de los ataques. La prevención requiere escuelas preparadas, familias atentas, servicios de salud capaces de detectar las consecuencias y adolescentes que sepan dónde pedir ayuda. La violencia entre pares puede prevenirse, pero para lograrlo es necesario dejar de considerarla simplemente como una pelea escolar y abordarla como un problema que puede tener consecuencias profundas en la vida presente y futura de quienes la sufren.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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