
Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay se encaminan hacia la campaña agrícola 2026/27 en un escenario en el que producir más no necesariamente significará ganar más. El aumento de los costos, las tasas de interés, las variaciones cambiarias, la incertidumbre sobre los precios internacionales y la posibilidad de un El Niño de fuerte intensidad están obligando a los productores a tomar decisiones con mayor anticipación y precisión. La cuestión central ya no pasa solamente por alcanzar buenos rendimientos, sino por conseguir que esa productividad se transforme en margen económico.
La nueva campaña comienza mientras todavía quedan decisiones comerciales y financieras pendientes de la cosecha anterior. En Brasil, más del 70% de la soja 2025/26 ya había sido comercializada, mientras las ventas anticipadas de la campaña 2026/27 rondaban el 15%, de acuerdo con el análisis publicado por Broadcast. Esto significa que muchas familias productoras deben administrar simultáneamente la mercadería todavía disponible, compromisos financieros y la compra de insumos para el próximo ciclo.
Esta superposición cambia la forma de analizar una campaña agrícola. La cosecha no termina necesariamente cuando el grano sale del campo: mientras existan productos por vender, contratos por cumplir, deudas que cancelar y márgenes que proteger, la campaña continúa siendo gestionada. Un productor puede haber conseguido una excelente productividad y, sin embargo, obtener un resultado financiero inferior al esperado si vendió en un momento desfavorable o enfrentó costos elevados.
El panorama es especialmente complejo porque las buenas perspectivas productivas no garantizan automáticamente una buena rentabilidad. La producción sudamericana mantiene un peso decisivo en el mercado internacional de soja, maíz y otros productos agrícolas, pero los precios están determinados por una combinación de oferta mundial, demanda, cotizaciones internacionales, fondos de inversión, tipos de cambio y condiciones geopolíticas.
En Paraguay, la soja continúa siendo uno de los pilares de la economía agrícola, mientras la producción de proteína animal adquiere una importancia creciente. Entre enero y julio de 2026, las exportaciones paraguayas de carne bovina generaron aproximadamente US$1.120 millones, aun con una reducción en el volumen enviado al exterior. En el primer semestre, además, las exportaciones de carne aviar aumentaron más del 70% en volumen.
El crecimiento de las exportaciones genera divisas y fortalece las cadenas productivas, pero también puede producir efectos sobre el mercado interno. Cuando una proteína adquiere mayor valor en los mercados internacionales, puede aumentar la presión sobre los precios que pagan los consumidores locales. Es una característica habitual de las economías agroexportadoras: el mismo sector que genera ingresos externos puede enfrentar tensiones internas cuando los precios internacionales se fortalecen.
El tipo de cambio agrega otra variable. En Paraguay, la valorización del guaraní frente al dólar puede abaratar determinados componentes importados y reducir algunos costos vinculados a insumos dolarizados. Pero, al mismo tiempo, un dólar más bajo reduce el valor en moneda local de los ingresos obtenidos por exportaciones, lo que afecta la ecuación financiera de los productores.
Argentina y Brasil enfrentan problemas similares, aunque con estructuras productivas y financieras diferentes. En los tres países, los productores deben decidir cuánto invertir, qué nivel tecnológico utilizar, cuánto financiar y qué proporción de la cosecha vender anticipadamente.
La decisión sobre tecnología adquiere especial importancia. Reducir fertilizantes, semillas, defensivos o aplicaciones puede disminuir el desembolso inicial, pero también puede reducir el potencial productivo y aumentar la vulnerabilidad del cultivo. En el extremo contrario, mantener un paquete tecnológico elevado sin analizar el costo del financiamiento y la productividad necesaria para cubrirlo puede incrementar demasiado el riesgo financiero.
Por eso, la discusión ya no es simplemente cuánto gastar en tecnología, sino cuánto invertir de acuerdo con la capacidad financiera y el rendimiento esperado. El mismo paquete tecnológico puede ser rentable para una explotación y excesivo para otra dependiendo de su estructura de costos, nivel de endeudamiento, productividad histórica y precio esperado de venta.
El crédito constituye otro de los puntos sensibles. En Brasil existe una amplia estructura de financiamiento agrícola, pero disponibilidad de crédito no significa necesariamente dinero barato. Tasas elevadas, renegociaciones y mayor selectividad de las instituciones financieras pueden limitar la capacidad de las familias productoras para financiar la próxima campaña.
La situación también obliga a prestar atención al endeudamiento acumulado. Una familia que llega a la campaña 2026/27 con compromisos financieros de ciclos anteriores dispone de menos margen para absorber una caída de precios, una pérdida de productividad o un aumento inesperado de los costos.
En este escenario, la productividad de equilibrio se convierte en un indicador fundamental. El productor necesita conocer cuánto debe cosechar y a qué precio debe vender para cubrir todos sus costos y obligaciones. Sin ese cálculo, aumentar la producción puede incluso incrementar la exposición financiera.
El mercado internacional agrega otra capa de incertidumbre. Mientras Sudamérica comienza a preparar sus cultivos, Estados Unidos atraviesa una etapa decisiva para determinar el volumen de su propia cosecha de soja y maíz. Las estimaciones estadounidenses influyen directamente sobre las cotizaciones internacionales y, por consecuencia, sobre las decisiones de los productores sudamericanos.
Las proyecciones pueden cambiar rápidamente. Una revisión de productividad en Estados Unidos, una modificación en las exportaciones, un cambio en la demanda china o una alteración de las existencias mundiales puede modificar las expectativas de precios incluso antes de que los productores sudamericanos hayan sembrado.
La producción de Estados Unidos no es el único factor. Los conflictos geopolíticos también tienen una influencia directa sobre el agro, porque afectan los precios de energía, fertilizantes, seguros, transporte marítimo y rutas comerciales. Las tensiones en el mar Negro y en Medio Oriente pueden terminar repercutiendo sobre los costos de una explotación agrícola ubicada a miles de kilómetros de esos conflictos.
El clima representa, sin embargo, uno de los mayores desafíos porque es una variable que el productor prácticamente no puede controlar. Las previsiones actuales apuntan a un fortalecimiento del fenómeno El Niño durante los próximos meses, justamente cuando comienza una etapa determinante para la implantación y desarrollo de los cultivos sudamericanos.
Pero El Niño no significa automáticamente una buena o una mala cosecha. Sus efectos varían según la región, la intensidad del fenómeno y, sobre todo, la distribución de las lluvias durante el ciclo agrícola. El problema no es solamente cuánto lloverá, sino dónde y cuándo ocurrirán las precipitaciones.
En el sur de Brasil, Paraguay y Argentina, una mayor disponibilidad de agua puede favorecer determinados cultivos. Sin embargo, un exceso de precipitaciones puede provocar inundaciones, erosión, pérdida de nutrientes, enfermedades y dificultades para ingresar a los campos o retirar la producción.
En otras zonas de Brasil, especialmente en el Centro-Norte, el escenario puede ser diferente. Temperaturas elevadas y precipitaciones irregulares pueden aumentar el estrés hídrico y afectar el desarrollo de los cultivos.
Existe además un efecto indirecto que puede ser determinante. Un retraso en la siembra de soja puede reducir la ventana disponible para la segunda cosecha de maíz, generando una reacción en cadena que afecta productividad, costos y calendario de comercialización.
Por eso, el riesgo climático debe analizarse dentro de toda la planificación de la campaña y no como un fenómeno aislado.
La agricultura sudamericana también está atravesando una transformación tecnológica. El uso de herramientas de agricultura de precisión, monitoreo de cultivos, datos climáticos, inteligencia artificial y maquinaria cada vez más sofisticada puede ayudar a tomar decisiones más eficientes. Pero la tecnología también tiene un costo y debe demostrar que genera un retorno compatible con la situación financiera de cada productor.
La tecnología dejó de ser únicamente una herramienta para producir más: también debe contribuir a producir con mayor eficiencia. En un escenario de márgenes estrechos, una inversión tecnológica que reduzca desperdicios, mejore la aplicación de insumos o permita anticipar problemas puede tener un valor considerable.
La logística representa otro desafío. Una cosecha abundante puede perder parte de su rentabilidad si los costos de transporte aumentan, si existen problemas de almacenamiento o si las rutas hacia los puertos presentan restricciones.
Esto resulta especialmente importante para países que dependen fuertemente de las exportaciones agrícolas. La competitividad de una tonelada de soja, maíz o carne no depende solamente de cuánto cuesta producirla, sino también de cuánto cuesta llevarla hasta el comprador.
En Paraguay, la integración con los mercados internacionales ha generado importantes oportunidades, pero también una exposición mayor a las variaciones del mercado mundial. Lo mismo ocurre con Brasil y Argentina, dos de los principales proveedores agrícolas del planeta.
La interdependencia significa que una decisión tomada en Chicago, Washington, Beijing o Bruselas puede terminar influyendo sobre una explotación agrícola en Mato Grosso, Santa Fe, Alto Paraná o Itapúa.
Por eso, el productor necesita cada vez más información para tomar decisiones. Conocer los costos propios, calcular el punto de equilibrio, administrar el endeudamiento y definir una estrategia de comercialización son herramientas tan importantes como elegir la semilla o el fertilizante.
La campaña 2026/27 no debería ser evaluada solamente por sus toneladas finales. Una producción récord puede coincidir con una rentabilidad mediocre si los precios caen o los costos se disparan.
También puede ocurrir lo contrario: una producción moderada puede generar un buen resultado si los precios compensan una menor productividad y la estructura financiera está bien administrada.
El desafío, por tanto, consiste en convertir productividad en rentabilidad, una diferencia que será cada vez más importante para las familias productoras.
La próxima campaña sudamericana comienza con un potencial importante, pero también con numerosos factores de incertidumbre. Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay cuentan con escala, conocimiento técnico y regiones agrícolas altamente competitivas, pero ninguno de esos elementos elimina los riesgos financieros, climáticos o comerciales.
La gestión será el elemento que conectará todas esas variables. El productor no puede controlar el clima, el precio internacional de la soja, las decisiones de los fondos, las tasas de interés o los conflictos internacionales. Sí puede controlar, en cambio, cuánto se endeuda, qué tecnología utiliza, cómo estructura sus costos, cuándo vende y qué nivel de riesgo está dispuesto a asumir.
La información también adquiere mayor valor en ese contexto. Seguir las condiciones de los mercados internacionales, las previsiones climáticas, el comportamiento de los competidores y las oportunidades de comercialización permite reducir la incertidumbre, aunque nunca eliminarla por completo.
La campaña 2026/27 se presenta así como una etapa en la que la capacidad de administrar riesgos puede ser tan importante como la capacidad de producir.
Para América del Sur, el desafío será sostener su papel como uno de los principales proveedores mundiales de alimentos mientras enfrenta costos elevados, mercados volátiles y un escenario climático menos previsible.
La próxima cosecha todavía no está definida. Lo que existe es un potencial productivo que tendrá que ser construido, protegido y finalmente transformado en resultado económico. Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay llegan a esta nueva campaña con capacidad para producir, pero deberán tomar decisiones más cuidadosas sobre tecnología, crédito, comercialización y manejo del riesgo. En una campaña donde varias incertidumbres pueden presentarse simultáneamente, la gestión deja de ser una ventaja competitiva y se convierte en una condición para sostener la rentabilidad del campo
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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