
Una investigación realizada por científicos de Australia y Singapur identificó una posible vía biológica hasta ahora poco explorada que podría participar en el desarrollo y la persistencia de la hipertensión arterial. El estudio, realizado en ratones, apunta al papel de los mecanismos que ayudan al organismo a detener la inflamación y plantea que, cuando ese proceso no funciona correctamente, puede contribuir al daño de los vasos sanguíneos, el corazón y los riñones. Los investigadores consideran que este hallazgo podría abrir una nueva línea para desarrollar tratamientos contra una enfermedad que muchas veces avanza sin síntomas evidentes.
La hipertensión suele explicarse a partir de dos grandes sistemas del organismo: el sistema nervioso simpático y el sistema renina-angiotensina-aldosterona. El nuevo trabajo propone prestar mayor atención a un tercer componente: las vías naturales encargadas de resolver la inflamación una vez que la respuesta inmunitaria ya cumplió su función. La investigación fue publicada en la revista científica Communications Biology.
El interés de los científicos no está solamente en la inflamación que aparece durante una enfermedad, sino en lo que ocurre después. El organismo posee mecanismos destinados a reducir progresivamente esa respuesta y recuperar el equilibrio. Cuando ese proceso resulta insuficiente, la inflamación puede mantenerse durante períodos prolongados y afectar diferentes tejidos.
En el caso de la hipertensión, esa inflamación persistente podría contribuir al deterioro de las arterias y de órganos que reciben un impacto importante de la presión elevada. Los investigadores plantean que el problema no estaría únicamente en cuánto aumenta la presión, sino también en cómo responde el organismo al daño producido por esa presión.
Para estudiar esta posibilidad, el equipo utilizó ratones con hipertensión y probó un compuesto experimental denominado 17b. La sustancia actúa sobre unos receptores conocidos como FPR, presentes en células del sistema inmunitario y otros tejidos, que participan en las señales relacionadas con el inicio y la finalización de determinadas respuestas inflamatorias.
Los resultados fueron particularmente interesantes porque el compuesto produjo una reducción moderada de la presión arterial, pero sus efectos no se limitaron a ese parámetro. Los animales tratados también presentaron una menor rigidez de la aorta y una reducción de la fibrosis observada en el corazón y los riñones.
La fibrosis consiste en la acumulación excesiva de tejido que puede aparecer después de procesos prolongados de lesión o inflamación. Cuando afecta órganos como el corazón o los riñones, puede comprometer progresivamente su funcionamiento. Por eso, la reducción de este proceso llamó especialmente la atención de los investigadores.
El estudio sugiere que parte de esos beneficios podría producirse independientemente de la disminución de la presión. Es decir, el compuesto no solamente habría reducido los valores tensionales, sino que también podría haber actuado sobre algunos de los mecanismos inflamatorios relacionados con el daño cardiovascular y renal.
La diferencia con los antiinflamatorios tradicionales es importante. El objetivo de esta estrategia no sería bloquear de manera general la actividad del sistema inmunitario, sino estimular los mecanismos naturales que ayudan a resolver una inflamación una vez que ya no resulta necesaria.
Esta posibilidad resulta especialmente atractiva porque una supresión excesiva de las defensas inmunológicas puede generar otros problemas. Los investigadores buscan, en cambio, ayudar al organismo a recuperar el equilibrio sin apagar completamente la respuesta inmunitaria.
Sin embargo, el hallazgo todavía se encuentra en una etapa experimental. Los resultados fueron obtenidos en animales y no permiten afirmar que el compuesto produzca los mismos efectos en seres humanos. Antes de pensar en un tratamiento para pacientes deberán realizarse nuevas investigaciones destinadas a determinar su seguridad, dosis, eficacia y posibles efectos adversos.
La importancia del descubrimiento está, por ahora, en la nueva pregunta que plantea. Si futuras investigaciones confirman que las vías de resolución de la inflamación tienen un papel relevante en la hipertensión humana, podrían convertirse en un nuevo objetivo terapéutico.
La hipertensión continúa siendo uno de los principales factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares. Uno de sus mayores problemas es que puede permanecer durante años sin producir síntomas claros, mientras lentamente aumenta el riesgo de sufrir complicaciones.
Según los datos citados en la investigación, aproximadamente un tercio de los adultos de entre 30 y 79 años vive con hipertensión y una proporción importante desconoce que tiene la enfermedad. Esa falta de diagnóstico hace que muchas personas recién descubran el problema después de sufrir alguna complicación.
La presión arterial elevada puede afectar progresivamente diferentes órganos. El corazón debe trabajar contra una mayor resistencia, los vasos sanguíneos pueden perder elasticidad y los riñones quedan expuestos a un esfuerzo permanente. Con el tiempo, esa combinación puede favorecer enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y deterioro renal.
Por eso, el nuevo descubrimiento no modifica las recomendaciones actuales para prevenir y controlar la hipertensión. Medir regularmente la presión continúa siendo una de las herramientas más importantes para detectar el problema antes de que provoque daños.
También siguen siendo fundamentales los hábitos relacionados con la alimentación y la actividad física. Reducir el consumo excesivo de sodio, mantener un peso saludable, realizar ejercicio regularmente, evitar el tabaquismo y moderar el consumo de alcohol forman parte de las medidas habitualmente recomendadas para disminuir el riesgo cardiovascular.
El estrés persistente, la falta de actividad física, la apnea del sueño, la diabetes y el colesterol elevado también pueden contribuir al riesgo de hipertensión. Algunos factores, como la edad, los antecedentes familiares y determinadas enfermedades, no pueden modificarse, pero conocerlos permite identificar a las personas que necesitan un seguimiento más cuidadoso.
La investigación australiana y singapurense introduce así una pieza adicional en un problema que tiene múltiples causas. La hipertensión no parece depender de un único mecanismo, sino de la interacción entre los sistemas nervioso, hormonal, vascular e inmunológico.
El próximo desafío será comprobar si lo observado en los animales también ocurre en las personas. Si los estudios posteriores confirman el papel de estas vías inflamatorias, podrían comenzar a desarrollarse medicamentos capaces de actuar sobre ellas.
Ese proceso, sin embargo, puede llevar años. Un compuesto que funciona en animales todavía debe demostrar que es seguro y eficaz en humanos, y posteriormente superar las diferentes etapas necesarias antes de convertirse en una terapia disponible.
El hallazgo representa una nueva pista científica, no todavía un tratamiento contra la hipertensión. Su principal valor está en haber identificado un mecanismo que podría ayudar a explicar por qué la inflamación persiste y cómo ese proceso puede contribuir al daño de las arterias, el corazón y los riñones. Si futuras investigaciones confirman estos resultados en seres humanos, las terapias destinadas a favorecer la resolución de la inflamación podrían convertirse en una nueva herramienta para combatir una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo.
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