
Descubrir que un hijo está siendo víctima de bullying puede despertar miedo, rabia, impotencia y el deseo inmediato de protegerlo. Sin embargo, la manera en que los adultos reaccionan puede marcar una enorme diferencia. Un niño que está siendo acosado no necesita únicamente que el problema termine: necesita recuperar la sensación de seguridad, dignidad, confianza y pertenencia que la intimidación puede haber comenzado a deteriorar.
¿Qué es el bullying?
El bullying o acoso escolar es una forma de agresión intencional y generalmente repetida, en la que existe un desequilibrio de poder real o percibido entre quien agrede y quien recibe la agresión.
Puede presentarse de diferentes maneras:
- Físico:golpes, empujones, patadas, daño o robo de pertenencias.
- Verbal:insultos, amenazas, burlas, apodos ofensivos o humillaciones.
- Social o relacional:excluir deliberadamente, difundir rumores, manipular amistades o promover el rechazo del grupo.
- Psicológico:intimidar, amenazar, ridiculizar o generar miedo constantemente.
- Ciberbullying:hostigar mediante redes sociales, chats, videojuegos, fotografías, mensajes o publicaciones digitales.
No toda discusión entre compañeros constituye bullying. Los conflictos ocasionales forman parte de las relaciones humanas. La preocupación aumenta cuando existe persistencia, intención de causar daño y dificultad de la víctima para defenderse o detener la situación.
Señales que pueden indicar que algo está ocurriendo.
No todos los niños cuentan inmediatamente que están siendo acosados. Algunos sienten vergüenza; otros temen represalias o piensan que los adultos no podrán ayudarlos.
Por ello, pueden aparecer cambios como rechazo repentino a asistir al colegio, dolores de cabeza o estómago antes de clases, disminución del rendimiento académico, aislamiento, pérdida frecuente de objetos, alteraciones del sueño, irritabilidad, tristeza, miedo, cambios en el apetito o abandono de actividades que anteriormente disfrutaban.
También pueden aparecer expresiones como “nadie me quiere”, “no quiero volver al colegio” o “todos se ríen de mí”.
Una señal aislada no demuestra necesariamente la existencia de bullying, pero varios cambios persistentes merecen atención.
1. Escúchalo antes de intentar solucionar el problema.
Cuando finalmente un hijo cuenta lo que está viviendo, probablemente ya ha necesitado mucho valor para hacerlo.
Evita comenzar interrogándolo, culpándolo o diciéndole inmediatamente qué debería haber hecho. Primero escucha.
Puedes decirle:
“Gracias por contármelo.”
“Quiero entender lo que está pasando.”
“Vamos a buscar una manera de ayudarte.”
La primera intervención comienza cuando el niño descubre que su palabra tiene valor y que no tendrá que afrontar la situación solo.
2. Nunca minimices lo que siente.
Expresiones como “son cosas de niños”, “ignóralos”, “tienes que aprender a defenderte” o “no seas tan sensible” pueden aumentar la sensación de soledad.
Para un adulto quizá parezca una burla pequeña. Para un niño que la recibe diariamente puede convertirse en una experiencia profundamente dolorosa.
Validar no significa exagerar el problema. Significa reconocer su experiencia:
“Entiendo que esto te esté haciendo sentir mal y vamos a ocuparnos de ello.”
3. Recuérdale algo fundamental: pedir ayuda no es ser débil.
Muchos niños guardan silencio porque creen que contar lo ocurrido los convierte en “soplones”, débiles o cobardes.
Debemos enseñarles una diferencia esencial:
Denunciar una agresión no es traicionar a nadie; es pedir protección frente a una situación que no deberían tener que manejar solos.
Buscar ayuda es una habilidad de autocuidado.
4. Investiga lo ocurrido sin convertirlo en un interrogatorio.
Intenta conocer progresivamente qué está pasando: dónde ocurre, desde cuándo, quiénes participan, qué hacen los demás compañeros, si existen testigos, con qué frecuencia sucede y qué ha intentado hacer el niño.
Si existe ciberbullying, es recomendable conservar mensajes, capturas de pantalla, publicaciones u otras evidencias relevantes en lugar de responder impulsivamente.
La finalidad no es hacer que el niño reviva constantemente cada episodio, sino disponer de información suficiente para intervenir adecuadamente.
5. Trabaja con la institución educativa.
El bullying rara vez debe convertirse exclusivamente en una batalla entre dos familias.
Informa al docente, orientador escolar, coordinación o responsables correspondientes y solicita conocer cuáles son los protocolos institucionales frente al acoso.
Describe hechos concretos: fechas aproximadas, lugares, comportamientos observados, testimonios o evidencias disponibles.
También es importante realizar seguimiento. No basta únicamente con informar; debemos observar si las medidas adoptadas están produciendo cambios y si el niño comienza nuevamente a sentirse seguro.
6. No le enseñes que la violencia es la única manera de defenderse.
Es comprensible sentir rabia cuando alguien lastima a nuestro hijo. Sin embargo, responder enseñándole únicamente a golpear puede aumentar el conflicto y generar nuevas consecuencias.
Defenderse también significa aprender a poner límites, alejarse de situaciones peligrosas, pedir ayuda, reconocer adultos seguros, mantenerse cerca de compañeros protectores y comunicar inmediatamente una amenaza.
La verdadera fortaleza no consiste en demostrar quién puede causar más daño.
Consiste en aprender cuándo enfrentar, cuándo retirarse y cuándo pedir protección.
7. Reconstruye aquello que el bullying intenta destruir.
El acoso repetido puede afectar la manera en que un niño comienza a percibirse.
Por eso, además de detener las agresiones, debemos fortalecer nuevamente su identidad.
Recuérdale sus capacidades. Facilita actividades en las que pueda sentirse competente. Favorece amistades saludables. Reconoce sus esfuerzos. Comparte tiempo de calidad con él y permite que experimente espacios donde pueda sentirse valorado y aceptado.
El mensaje debe ser claro:
“Lo que alguien diga o haga contra ti no determina quién eres.”
8. Busca apoyo psicológico cuando sea necesario.
En algunos casos, las consecuencias emocionales pueden continuar incluso después de que las agresiones hayan terminado.
Si aparecen ansiedad intensa, aislamiento persistente, miedo extremo al colegio, alteraciones importantes del sueño, deterioro significativo del funcionamiento cotidiano o expresiones relacionadas con hacerse daño, desaparecer o no querer vivir, se requiere atención profesional y una valoración inmediata de seguridad.
Buscar acompañamiento psicológico no significa que el niño sea débil. Significa proporcionarle herramientas para procesar lo vivido y recuperar recursos emocionales.
También debemos educar a quienes observan.
El bullying no involucra únicamente a quien agrede y a quien recibe la agresión.
También existe un grupo de observadores.
Cuando los compañeros ríen, comparten una publicación humillante, guardan silencio por miedo o simplemente miran hacia otro lado, el agresor puede interpretar que cuenta con aprobación social.
Por eso debemos enseñar a nuestros hijos no solamente a no hacer bullying, sino también a no convertirse en espectadores indiferentes frente al sufrimiento de otra persona.
Pedir ayuda para un compañero también es valentía.
Cuando un hijo dice “me están molestando”, quizá detrás de esas pocas palabras exista una historia que lleva semanas intentando contar.
Antes de enseñarle a ser fuerte, debemos demostrarle que tiene un lugar seguro donde puede ser vulnerable.
Antes de preguntarle por qué no se defendió, debemos preguntarle cómo podemos ayudarlo.
Y antes de decirle que ignore las palabras de los demás, debemos asegurarnos de que nuestras propias palabras sean suficientemente poderosas para recordarle quién es.
El bullying intenta convencer a una persona de que está sola, que vale menos o que nadie hará nada por ella.
Nuestra tarea como padres, educadores y comunidad consiste precisamente en demostrarle lo contrario:
Te veo.
Te escucho.
Te creo.
Tu vida tiene valor.
Y no tienes que atravesar esto solo.
“Defiendan al débil y al huérfano; hagan justicia al afligido y al necesitado.” Salmos 82:3 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

