
Educar también significa tener el valor de mirar aquello que no queremos ver.
Cuando hablamos de acoso escolar o bullying, es natural pensar inmediatamente en el niño que está siendo agredido. Nos preocupamos por su miedo, su tristeza, su autoestima y las consecuencias emocionales que puede dejar la violencia. Sin embargo, existe una pregunta mucho más incómoda para cualquier padre o madre:
¿Qué ocurre cuando descubrimos que nuestro hijo no es quien está sufriendo el acoso, sino quien lo está provocando?
Aceptar esta posibilidad puede ser doloroso. Ningún padre desea imaginar a su hijo humillando, excluyendo, amenazando, golpeando o ridiculizando a otro. Pero reconocer una conducta dañina no significa etiquetar al niño como “malo”. Significa comprender que existe un comportamiento que necesita ser detenido, comprendido y transformado.
La prevención del acoso no comienza solamente enseñando a nuestros hijos a defenderse. También comienza enseñándoles a no convertirse en la causa del sufrimiento de otros.
El acoso no siempre parece violencia
Cuando pensamos en bullying solemos imaginar golpes, empujones o amenazas. Sin embargo, el daño puede adoptar formas mucho más silenciosas.
Puede aparecer cuando un niño ridiculiza constantemente a un compañero, utiliza un apodo que sabe que le molesta, difunde rumores, amenaza, esconde o destruye pertenencias, excluye deliberadamente a alguien del grupo, utiliza las redes sociales para avergonzarlo o anima a otros a rechazarlo.
Una broma deja de ser una simple broma cuando solo una de las partes se está divirtiendo y la otra está sufriendo.
Además, para hablar propiamente de bullying suele existir una dinámica de agresión reiterada y un desequilibrio de poder (físico, social, psicológico o digital) que dificulta que la persona afectada pueda defenderse.
Esto también es importante porque no todo conflicto entre niños constituye acoso escolar. Los desacuerdos y discusiones forman parte de la convivencia. La diferencia está en observar la intención, la repetición, el daño producido y la relación de poder existente.
¿Por qué un niño puede comenzar a acosar a otros?
No existe una única explicación.
Algunos niños utilizan la agresividad para conseguir reconocimiento o posición dentro de un grupo. Otros reproducen comportamientos que observan en su entorno, tienen dificultades para manejar la frustración o todavía no han desarrollado suficientemente habilidades como la empatía y la resolución pacífica de conflictos.
También puede existir necesidad de pertenencia, presión de compañeros, búsqueda de atención, inseguridad personal o dificultades para expresar emociones.
En otros casos, un niño que anteriormente ha sido rechazado, humillado o agredido puede terminar reproduciendo esas mismas conductas sobre alguien que percibe como más vulnerable.
Comprender estas causas no significa justificar la agresión.
Podemos intentar comprender qué está ocurriendo emocionalmente con un niño y, al mismo tiempo, establecer con absoluta claridad:
“Lo que hiciste estuvo mal y necesitamos repararlo.”
Señales que los padres no deberían ignorar
Algunas conductas merecen nuestra atención: hablar con desprecio de determinados compañeros, disfrutar excesivamente cuando alguien es humillado, justificar constantemente la violencia, utilizar amenazas para conseguir lo que desea, mostrar poca preocupación por el daño causado, aparecer frecuentemente con pertenencias que no son suyas o recibir reiteradas llamadas de atención por conflictos similares.
También debemos prestar atención a su comportamiento digital.
Actualmente el acoso puede continuar después de terminar la jornada escolar mediante grupos de WhatsApp, videojuegos en línea, redes sociales, fotografías, memes, mensajes privados o publicaciones destinadas a ridiculizar a otra persona.
Por eso, la educación sobre convivencia también debe incluir responsabilidad digital.
El error de defender automáticamente a nuestros hijos
Una de las reacciones más frecuentes cuando una institución educativa informa sobre una conducta agresiva es responder:
“Mi hijo jamás haría eso.”
El amor parental puede hacernos querer protegerlos inmediatamente. Pero proteger a un hijo no significa negar automáticamente sus errores.
Un niño necesita saber que sus padres estarán a su lado incluso cuando se equivoque, pero también necesita comprender que amarlo no significa aprobar todo lo que hace.
Defender una conducta dañina únicamente porque fue realizada por nuestro hijo puede impedirle desarrollar responsabilidad, empatía y conciencia sobre las consecuencias de sus actos.
A veces, una de las mayores expresiones de amor consiste precisamente en decir:
“Te amo profundamente, pero esto que hiciste no está bien.”
¿Qué hacer si descubres que tu hijo está acosando a otro?
La primera respuesta debería evitar tanto la humillación como la indiferencia.
Gritarle, golpearlo, llamarlo “abusador”, “malo” o avergonzarlo públicamente puede aumentar la hostilidad y no necesariamente desarrollar empatía. Pero minimizar lo ocurrido tampoco ayuda.
Es preferible conversar con serenidad y firmeza.
Preguntarle:
¿Qué ocurrió?
¿Qué estabas sintiendo?
¿Qué querías conseguir haciendo eso?
¿Cómo crees que se sintió la otra persona?
¿Qué habría ocurrido si te lo hubieran hecho a ti?
¿Qué puedes hacer ahora para reparar el daño?
Escuchar su versión es importante, pero escuchar no significa justificar.
Después deben existir límites y consecuencias coherentes con la situación, especialmente cuando se utilizaron dispositivos, redes sociales, privilegios o dinámicas grupales para causar daño.
Enseñar a reparar, no solamente a pedir perdón.
Decir “perdón” puede convertirse en una palabra vacía cuando el niño no comprende lo ocurrido.
La verdadera reparación requiere reconocer el daño, asumir responsabilidad, modificar el comportamiento y, cuando resulte apropiado y seguro para la persona afectada, realizar alguna acción reparadora.
No siempre será conveniente obligar inmediatamente a ambos niños a encontrarse o reconciliarse. La seguridad y el bienestar del niño afectado deben respetarse.
La reparación debe buscar una transformación auténtica:
“Entiendo lo que hice, comprendo que causé daño y voy a actuar diferente.”
La empatía se aprende principalmente en casa.
Los niños observan mucho más de lo que los adultos imaginamos.
Observan cómo hablamos de quien piensa diferente, cómo tratamos a las personas que consideramos inferiores, cómo reaccionamos cuando alguien se equivoca y cómo resolvemos nuestras propias discusiones.
Por eso debemos preguntarnos también:
¿Qué modelo de convivencia estamos ofreciendo?
No podemos pedir respeto mientras humillamos.
No podemos enseñar empatía mientras nos burlamos de otros.
No podemos condenar la violencia escolar mientras normalizamos la violencia dentro del hogar.
La educación emocional comienza muchas veces en pequeñas acciones cotidianas: aprender a escuchar, pedir disculpas, respetar límites, aceptar un “no”, manejar la frustración, reconocer emociones y comprender que nuestras palabras también pueden herir.
La escuela y la familia deben trabajar juntas
Cuando existen conductas persistentes de intimidación, la solución difícilmente puede depender solamente del niño.
Familia, docentes, orientación escolar y profesionales de apoyo deben trabajar conjuntamente para comprender qué está ocurriendo y establecer medidas claras.
El objetivo no debería ser únicamente castigar al agresor ni etiquetarlo permanentemente, sino detener el daño, proteger a la persona afectada y trabajar sobre las causas y habilidades que necesita desarrollar quien agrede.
Cuando las conductas son reiteradas, intensas, existen amenazas graves, violencia física, crueldad persistente o una marcada dificultad para reconocer el sufrimiento ajeno, puede ser recomendable realizar una valoración profesional.
Pedir ayuda no significa haber fracasado como padres. Significa reconocer que determinadas situaciones requieren acompañamiento especializado.
No eduquemos solamente para que nuestros hijos no sean víctimas.
Queremos hijos capaces de defenderse, reconocer situaciones peligrosas y pedir ayuda. Eso es fundamental.
Pero necesitamos algo más.
Necesitamos educar hijos capaces de preguntarse:
“¿Lo que estoy haciendo puede lastimar a alguien?”
Hijos capaces de defender al compañero que está siendo excluido. De negarse a compartir una fotografía humillante. De abandonar un grupo donde se está destruyendo emocionalmente a alguien. De pedir perdón cuando se equivocan. De intervenir cuando todos los demás ríen.
Porque el verdadero carácter no aparece solamente cuando alguien nos observa.
Aparece cuando tenemos poder sobre alguien más vulnerable y decidimos no utilizarlo para hacer daño.
Una reflexión para padres
Quizá una de las preguntas más difíciles de la crianza no sea:
“¿Quién está lastimando a mi hijo?”
Quizá también tengamos que atrevernos a preguntar:
“¿Existe alguien a quien mi hijo esté lastimando?”
Esa pregunta no nace de la culpa. Nace de la responsabilidad.
Nuestros hijos cometerán errores. Algunos pueden ser importantes. Pero precisamente por eso necesitan adultos capaces de acompañarlos sin encubrirlos, corregirlos sin destruirlos y enseñarles que toda persona merece dignidad.
La prevención del acoso también empieza en casa.
Empieza cuando enseñamos que ser fuerte no significa dominar al débil; que tener liderazgo no significa controlar a los demás; que una diferencia nunca justifica una humillación y que pedir perdón no nos hace pequeños.
Y, sobre todo, empieza cuando nuestros hijos comprenden que la verdadera grandeza se demuestra en la manera en que tratamos a quien podría no tener cómo defenderse de nosotros.
“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.” — Mateo 7:12
Esta enseñanza de Jesús puede convertirse en uno de los principios más poderosos para prevenir el acoso: antes de actuar, aprender a mirar al otro como alguien que siente, teme, sueña y merece el mismo respeto que deseamos recibir.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

