CUANDO EL CONFLICTO DE LOS ADULTOS AFECTA EL VÍNCULO CON LOS HIJOS.

La separación de una pareja puede representar un proceso complejo para toda la familia, especialmente cuando existen hijos en común. Aunque la relación afectiva entre los adultos termine, la responsabilidad parental continúa. Sin embargo, en algunos contextos de alta conflictividad, los hijos pueden quedar atrapados en disputas, resentimientos y lealtades familiares que terminan deteriorando la relación con uno de sus progenitores. Dentro de este escenario suele hablarse de alienación parental.
¿Qué es la alienación parental?
La alienación parental hace referencia a una dinámica en la cual un niño, niña o adolescente desarrolla un rechazo intenso, temor, desprecio o distanciamiento hacia uno de sus progenitores, influido de manera significativa por conductas del otro progenitor o de personas de su entorno.
Estas conductas pueden presentarse de forma directa (mediante críticas, acusaciones o descalificaciones) o de maneras mucho más sutiles: dificultar la comunicación, transmitir al hijo que relacionarse con el otro padre o madre constituye una traición, convertirlo en mensajero del conflicto, compartir con él problemas propios de los adultos o reforzar constantemente una imagen negativa del otro progenitor.
Es importante hacer una precisión: no todo rechazo de un hijo hacia uno de sus padres constituye alienación parental. El distanciamiento puede tener múltiples causas y, especialmente cuando existen antecedentes de violencia, abuso, negligencia o experiencias genuinamente negativas, el rechazo puede responder a razones legítimas. Por ello, cada situación debe evaluarse individualmente y evitando conclusiones precipitadas.
¿Cuáles pueden ser sus causas?
La alienación parental generalmente aparece dentro de conflictos familiares complejos y puede relacionarse con separaciones altamente conflictivas, resentimiento hacia la expareja, dificultades para elaborar emocionalmente la ruptura, disputas relacionadas con custodia o régimen de visitas, deseo de castigar al otro progenitor, necesidad de control, celos ante nuevas relaciones sentimentales o dificultades para diferenciar el conflicto de pareja de las responsabilidades parentales.
En ocasiones, el adulto puede incluso no ser plenamente consciente del impacto de sus comportamientos. Comentarios aparentemente pequeños como “tu padre nunca tiene tiempo para ti”, “tu mamá nos abandonó” o interrogar insistentemente al niño después de visitar al otro hogar pueden generar progresivamente una interpretación negativa de la figura parental.
El problema se profundiza cuando el niño comienza a sentir que amar a uno significa traicionar al otro.
El hijo atrapado en un conflicto de lealtades.
Una de las consecuencias psicológicas más importantes aparece cuando el niño queda situado en medio de la disputa adulta.
Los hijos necesitan construir su identidad integrando diferentes aspectos de sus figuras parentales. Cuando constantemente escuchan que uno de sus padres es despreciable, irresponsable o indigno de amor, pueden experimentar una contradicción interna: “Si mi padre o mi madre es una mala persona y yo soy parte de él o de ella, ¿qué significa eso acerca de mí?”
Surge entonces lo que puede denominarse conflicto de lealtades. El niño puede sentir culpa cuando disfruta con el progenitor rechazado, ocultar experiencias positivas para evitar molestar al otro adulto o comenzar a repetir argumentos que escucha en casa.
En los casos más intensos, puede terminar rechazando el vínculo como una manera de conservar estabilidad emocional o garantizar la aceptación del progenitor con quien convive.
Posibles consecuencias emocionales
Cuando estas dinámicas son persistentes pueden afectar diferentes dimensiones del desarrollo infantil y adolescente. Entre las posibles consecuencias se encuentran:
- Ansiedad, tristeza, irritabilidad y sentimientos de culpa.
- Confusión respecto a sus propios sentimientos y recuerdos.
- Dificultades para confiar en otras personas.
- Problemas de autoestima y autoconcepto.
- Conflictos de identidad.
- Miedo al abandono o al rechazo.
- Dificultades para establecer relaciones afectivas saludables.
- Polarización emocional: percibir a una persona como completamente buena y a otra como completamente mala.
- Distanciamiento progresivo de una figura parental y, en ocasiones, de toda una rama de la familia.
- Aprendizaje de modelos inadecuados de resolución de conflictos.
Una de las consecuencias más delicadas ocurre cuando el niño deja de sentirse libre para querer. El afecto comienza a estar condicionado por las disputas de los adultos.
¿Cómo afrontar estas situaciones?
La primera medida consiste en retirar al niño del centro del conflicto. Los problemas de pareja pertenecen a los adultos y no deberían convertirse en una responsabilidad emocional para los hijos.
Es recomendable evitar hablar negativamente del otro progenitor delante del niño, utilizarlo como mensajero, preguntarle constantemente qué sucede en la otra casa, solicitarle que tome partido o hacerle sentir culpable por disfrutar de la relación con el otro padre o madre.
También resulta fundamental escuchar al niño sin dirigir sus respuestas. En lugar de preguntarle “¿tu papá volvió a tratarte mal?”, pueden utilizarse preguntas abiertas como “¿cómo te sentiste durante el tiempo que estuvieron juntos?”. La diferencia parece pequeña, pero evita introducir interpretaciones adultas dentro de su experiencia.
Cuando existe un rechazo intenso o repentino hacia alguno de los progenitores, conviene realizar una evaluación profesional integral que permita comprender qué está ocurriendo realmente. Psicología infantil, terapia familiar y, cuando corresponda, profesionales del ámbito jurídico pueden intervenir para proteger el bienestar del menor.
El objetivo nunca debería ser obligar al niño a querer a alguien, sino comprender las causas del rechazo y construir condiciones seguras para que pueda expresar libremente sus emociones.
Y existe una excepción fundamental: cuando hay sospechas razonables de violencia, abuso, negligencia o cualquier situación que comprometa la seguridad del menor, la prioridad debe ser su protección. En estos escenarios no debe confundirse una conducta protectora con alienación parental.
La responsabilidad de los adultos
Una separación saludable no exige que los padres continúen queriéndose. Exige algo diferente: reconocer que los hijos no deberían heredar las guerras emocionales de sus padres.
Se puede terminar una relación sin destruir la imagen del otro frente a los hijos. Se puede sentir dolor sin convertir al niño en confidente. Se puede estar en desacuerdo sin obligarlo a elegir.
La verdadera coparentalidad comienza cuando ambos adultos comprenden que ya no necesitan funcionar como pareja, pero continúan teniendo una responsabilidad compartida respecto al desarrollo emocional de sus hijos.
Los hijos no deberían convertirse en jueces de la historia sentimental de sus padres.
Un niño necesita permiso para amar sin culpa, recordar sin miedo, preguntar sin sentirse desleal y construir sus propias conclusiones con el paso del tiempo. Cuando un adulto utiliza consciente o inconscientemente el vínculo del hijo con el otro progenitor como escenario para continuar una batalla personal, la separación deja de pertenecer únicamente a los adultos y comienza a instalarse en el mundo emocional del niño.
Quizá una de las mayores demostraciones de madurez después de una ruptura sea comprender que haber dejado de amar a alguien no significa que nuestros hijos también tengan que dejar de amarlo.
Proteger la infancia implica, muchas veces, aprender a guardar los dolores que pertenecen a los adultos para no convertirlos en cargas que los hijos tengan que llevar.
“Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor.”
Efesios 6:4
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

