Colombia entró este martes 11 de agosto en el segundo día de una gigantesca operación de búsqueda y rescate tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país el lunes por la mañana, con equipos de emergencia trabajando entre edificios derrumbados, viviendas destruidas y comunidades incomunicadas para localizar a personas que todavía podrían permanecer con vida bajo los escombros. La dimensión de la tragedia continúa cambiando hora tras hora: las autoridades reportadas por Reuters elevaron el número de fallecidos a 224, mientras otros balances oficiales y regionales todavía presentaban cifras diferentes debido a la dificultad de verificar las víctimas en las zonas más aisladas. Al mismo tiempo, más de 2.700 personas habían sido reportadas como desaparecidas, un número que mantiene abierta una ventana crítica para los rescatistas. El sismo, cuyo epicentro se ubicó en las proximidades de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, provocó daños graves en varias ciudades del Eje Cafetero y del occidente colombiano, entre ellas Cali, Pereira y Manizales, y obligó a desplegar soldados, policías, bomberos, equipos especializados, médicos y voluntarios en una carrera contra el tiempo.
La emergencia comenzó aproximadamente a las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, cuando un fuerte movimiento telúrico estremeció amplias zonas de Colombia. La magnitud de 7,4 convirtió al terremoto en uno de los acontecimientos sísmicos más importantes registrados en el país en las últimas décadas. El epicentro se situó cerca de San José del Palmar, Chocó, en una región montañosa y de difícil acceso, mientras que la profundidad relativamente elevada del movimiento permitió que las ondas sísmicas fueran percibidas a grandes distancias.
La ubicación del epicentro generó uno de los principales problemas de la emergencia. Chocó posee zonas rurales extensas, selva, carreteras limitadas y comunidades cuya comunicación puede quedar rápidamente interrumpida cuando se producen daños en caminos, redes eléctricas o sistemas de telecomunicaciones. Por ello, durante las primeras horas existió una diferencia importante entre la información disponible en las grandes ciudades y lo que estaba ocurriendo en las localidades más próximas al epicentro.
La segunda jornada de operaciones comenzó, por tanto, con una prioridad absoluta: localizar personas atrapadas antes de que disminuyan sus posibilidades de supervivencia. Los equipos utilizan perros especializados, cámaras, herramientas de escucha, maquinaria pesada y métodos manuales para retirar bloques de concreto y estructuras metálicas sin provocar nuevos derrumbes.
La situación se complica porque cada edificio colapsado presenta un escenario diferente. En algunos lugares, los rescatistas pueden retirar grandes cantidades de escombros con maquinaria; en otros, deben avanzar lentamente para evitar que una losa o una pared termine aplastando a una persona que todavía pueda estar con vida. Esa es una de las razones por las que la operación puede avanzar más lentamente de lo que espera una población desesperada por encontrar a sus familiares.
Una cifra de desaparecidos que todavía puede cambiar
Uno de los datos más preocupantes de esta segunda jornada es la existencia de más de 2.700 personas reportadas como desaparecidas. Esa cifra no debe interpretarse automáticamente como el número de personas sepultadas bajo edificios, porque los registros de desaparecidos pueden incluir personas incomunicadas, ciudadanos que abandonaron sus viviendas sin poder avisar a sus familiares y personas cuya ubicación todavía no ha podido ser confirmada.
Sin embargo, el volumen es suficientemente elevado para mantener una operación de búsqueda de gran escala.
La experiencia internacional demuestra que después de un gran terremoto las primeras horas son fundamentales, pero también que las posibilidades de encontrar sobrevivientes no desaparecen inmediatamente después de las primeras 24 horas. Por eso, los equipos de rescate continúan trabajando durante el segundo día e incluso pueden mantener operaciones durante varios días en estructuras donde existan indicios de vida.
El objetivo inmediato es localizar sonidos, movimientos, señales térmicas o cualquier otro indicio que permita identificar posibles supervivientes. Paralelamente, los equipos médicos permanecen preparados para atender a las personas rescatadas, porque quienes pasan muchas horas atrapados pueden presentar deshidratación, traumatismos, hipotermia, síndrome de aplastamiento y otras complicaciones graves.
Cali, Pereira y Manizales enfrentan daños severos
Aunque el epicentro estuvo en Chocó, la destrucción se extendió hacia importantes ciudades del occidente colombiano.
Cali, una de las principales ciudades del país, registró numerosos daños y se convirtió en uno de los principales puntos de atención médica y logística. Según el balance más reciente citado por Reuters, Cali concentraba 95 fallecidos, mientras que Pereira registraba 72. Chocó contabilizaba 13 víctimas y otras zonas del departamento del Valle del Cauca también reportaban fallecidos.
En Cali, además, algunos centros hospitalarios tuvieron que enfrentar una situación particularmente compleja porque parte de su infraestructura resultó afectada. La prioridad pasó a ser trasladar pacientes desde sectores dañados hacia áreas seguras y otros establecimientos sanitarios.
Pereira, en el corazón del Eje Cafetero, también sufrió graves consecuencias. La ciudad se encuentra relativamente cerca del epicentro y recibió una intensa sacudida. Edificios resultaron afectados, algunas estructuras colapsaron y los equipos de rescate tuvieron que revisar inmuebles potencialmente inestables.
En Manizales, el terremoto provocó daños en construcciones históricas y afectó parte de la infraestructura de la ciudad. La imagen de una sección de la torre de la catedral dañada se convirtió en uno de los símbolos de la magnitud del movimiento.
Chocó: el lugar donde todavía falta información
La situación más difícil de evaluar se encuentra precisamente cerca del epicentro.
Chocó es uno de los departamentos con mayores dificultades históricas de infraestructura y conectividad de Colombia. Muchas comunidades rurales dependen de carreteras secundarias, ríos o caminos que pueden quedar bloqueados después de un movimiento sísmico.
A esto se suma la posibilidad de deslizamientos de tierra, especialmente relevante en una región montañosa y de alta humedad. Un documento técnico del Servicio Geológico Colombiano ya había advertido en años anteriores sobre zonas cercanas a San José del Palmar donde existen masas de terreno potencialmente inestables y que un terremoto fuerte puede actuar como factor desencadenante de movimientos de tierra.
Eso significa que el terremoto puede generar una segunda emergencia: incluso cuando los edificios dejan de colapsar, las carreteras pueden quedar bloqueadas por derrumbes y dificultar la llegada de ambulancias, alimentos, agua potable, combustible y maquinaria pesada.
El terremoto no fue un fenómeno aislado dentro de la historia sísmica colombiana
Colombia se encuentra en una región geológicamente compleja debido a la interacción de diferentes placas tectónicas. La actividad sísmica forma parte de la historia natural del país, especialmente en la región andina y en sectores próximos al Pacífico.
Pero el terremoto de agosto de 2026 vuelve a recordar una tragedia que todavía permanece en la memoria nacional: el terremoto del Eje Cafetero de 1999.
El 25 de enero de 1999, un terremoto de magnitud cercana a 6 afectó principalmente al departamento del Quindío y golpeó con enorme fuerza a Armenia y Pereira. La Federación Internacional de la Cruz Roja registró 938 fallecidos y más de 4.100 heridos en los primeros balances de la emergencia, además de decenas de miles de personas que quedaron sin vivienda.
La diferencia entre aquel terremoto y el actual resulta importante. El sismo de 1999 fue menos potente en magnitud, pero se produjo en una zona densamente poblada y ocasionó una devastación enorme. El terremoto de 2026, en cambio, presenta una magnitud considerablemente superior y ha afectado una zona geográfica mucho más extensa.
La comparación sirve para comprender por qué Colombia vuelve a enfrentarse a una emergencia de dimensiones nacionales y por qué la reconstrucción podría prolongarse durante meses o incluso años.
El nuevo Gobierno enfrenta su primera gran catástrofe
El terremoto también tiene una dimensión política inesperada.
El presidente Abelardo de la Espriella acababa de asumir el cargo cuando ocurrió el desastre. El mandatario, que había iniciado formalmente su Gobierno pocos días antes, ordenó la movilización de fuerzas militares y policiales para apoyar las tareas de rescate y seguridad.
Reuters informó que alrededor de 1.000 efectivos de seguridad fueron enviados a Cali ante el temor de saqueos y problemas de orden público, mientras las autoridades establecieron medidas extraordinarias en algunas de las zonas afectadas.
Para el nuevo Gobierno, el terremoto representa su primera gran prueba de capacidad administrativa. La población no solo espera que se rescate a quienes continúan desaparecidos; también necesita agua, alimentos, atención médica, alojamiento, restablecimiento de carreteras, electricidad y comunicaciones.
Después de la fase de rescate comenzará una prueba todavía mayor: la reconstrucción.
La experiencia de 1999 vuelve a ser una referencia
El terremoto de 1999 demostró que la emergencia no termina cuando se retiran los cuerpos de rescate.
Después del desastre comenzaron años de reconstrucción de viviendas, infraestructura pública, hospitales, escuelas y actividades económicas. También fue necesario reconstruir comunidades enteras que habían perdido simultáneamente sus hogares y sus fuentes de ingresos.
La tragedia de 2026 podría presentar un desafío similar, pero con una geografía más amplia.
La destrucción de carreteras, hospitales, escuelas, viviendas y comercios puede provocar un efecto económico en cadena. Los agricultores pueden perder acceso a los mercados, las empresas pueden quedar sin infraestructura y miles de familias pueden perder simultáneamente vivienda y empleo.
Por eso, el Gobierno tendrá que diseñar una estrategia que vaya mucho más allá de la ayuda de emergencia. Será necesario determinar qué edificios pueden repararse, cuáles deben demolerse, dónde construir nuevas viviendas y qué infraestructura necesita reforzamiento sísmico.
La segunda jornada también es una carrera contra las réplicas
Otro factor de riesgo son las réplicas.
Después de un terremoto de gran magnitud, la corteza terrestre continúa reajustándose. Algunas réplicas pueden ser suficientemente fuertes como para provocar nuevos daños en edificios que ya quedaron debilitados.
Eso obliga a los rescatistas a trabajar con enorme precaución. Una estructura que parecía estable después del primer movimiento puede volverse peligrosa durante una réplica.
Por ello, las autoridades deben equilibrar dos objetivos que pueden entrar en conflicto: entrar rápidamente para salvar vidas y proteger a los propios rescatistas.
La prioridad no es solamente sacar a quienes están atrapados, sino hacerlo sin aumentar el número de víctimas.
El problema de las cifras en las primeras horas
La diferencia entre los balances publicados por diferentes organismos también merece atención.
Durante las primeras horas de una catástrofe de esta magnitud, las cifras pueden cambiar rápidamente porque las autoridades locales, hospitales, Policía, organismos de socorro y Gobierno central trabajan con bases de datos diferentes.
Por eso, mientras algunos informes todavía hablaban de poco más de un centenar de fallecidos, el balance citado posteriormente por Reuters llegó a 224 muertos. Otras agencias continuaban manejando cifras inferiores en sus primeras actualizaciones.
La explicación no necesariamente es una contradicción: en una emergencia de esta escala, los equipos deben identificar cadáveres, verificar registros hospitalarios, confirmar reportes de municipios y eliminar duplicaciones.
Lo mismo ocurre con los desaparecidos. Una persona puede aparecer inicialmente como desaparecida y posteriormente ser localizada con vida, mientras que otras pueden permanecer sin identificar durante días.
Antes, ahora y después de la tragedia
Antes del terremoto, Colombia se encontraba concentrada en sus desafíos políticos, económicos y sociales habituales. El nuevo Gobierno acababa de asumir y el país comenzaba una nueva etapa política.
Ahora, la prioridad nacional es completamente diferente: buscar sobrevivientes, atender heridos, recuperar cuerpos, asegurar edificios, restablecer servicios y asistir a miles de familias que perdieron sus viviendas o quedaron separadas de sus seres queridos.
Después llegará una etapa mucho más larga y compleja. El país deberá reconstruir ciudades y comunidades, evaluar la resistencia de sus edificios, revisar las normas de construcción y fortalecer sus sistemas de prevención y respuesta.
El desastre también obligará a revisar una cuestión que durante años ha preocupado a especialistas: qué tan preparada está Colombia para responder simultáneamente a un terremoto de gran magnitud que afecte varias ciudades importantes.
La emergencia de 1999 produjo reformas y aprendizajes importantes. El terremoto de 2026 pondrá a prueba cuánto de esa experiencia se transformó realmente en capacidad operativa.
Una carrera que todavía no terminó
La segunda jornada comenzó con un balance mucho más grave que el registrado durante las primeras horas, pero también con una certeza: la operación de rescate todavía está abierta.
Los equipos continúan trabajando entre los escombros mientras familiares esperan noticias. En algunas zonas, las excavadoras avanzan lentamente; en otras, los rescatistas utilizan sus manos y herramientas pequeñas para evitar provocar derrumbes.
La cifra de 2.700 desaparecidos mantiene abierta la posibilidad de nuevos rescates, pero también anticipa que el número final de víctimas podría seguir aumentando a medida que los equipos ingresen en zonas que todavía permanecen parcialmente incomunicadas.
Colombia enfrenta así una de las mayores emergencias naturales de su historia reciente. El terremoto ya dejó una huella profunda en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y Caldas, pero su verdadero impacto todavía está siendo dimensionado.
La prioridad de este martes es encontrar vida bajo el concreto. La prioridad de las próximas semanas será evitar que quienes sobrevivieron al terremoto pierdan también su vivienda, su trabajo, su acceso a la salud y sus medios de subsistencia.
Y la gran pregunta que quedará después de la emergencia será todavía más profunda: si Colombia aprendió las lecciones de sus terremotos anteriores y si está preparada para construir un país capaz de resistir el próximo gran movimiento de la tierra.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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