
La escena inicial que da comienzo a la épica adaptación de Christopher Nolan de La Odisea de Homero es muy característica del estilo de Nolan a la hora de establecer el contexto: «Una época de magia aparente». De hecho, «magia aparente» podrían ser las dos palabras que definan toda la filmografía de Nolan. El director es un materialista cuyas películas pueden parecer mágicas, pero se basan en el realismo, reflejando en ocasiones la máxima de Arthur C. Clarke: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».
Nolan ve el cine como el lienzo de un ilusionista: una tecnología tan experta en distorsionar el tiempo, conjurar lo imposible y trascender las leyes del espacio y el tiempo, que puede sentirse sobrenatural. Pero no es más que humo y espejos (no CGI). Y ya sea desmitificando a los superhéroes (El caballero de la noche), a los extraterrestres (Interestelar) o a la propia magia (El gran truco), Nolan disfruta siendo el mago detrás de la cortina, conjurando maravillas inmanentes para un público ávido de quedarse boquiabierto.
¿Cómo, sin embargo, se las arregla Nolan para sortear los elementos sobrenaturales tan centrales en el antiguo poema épico de Homero? ¿Qué juego de manos podría plasmar La odisea de una forma que sea fiel al material original, pero que también encaje a la perfección en el entorno de la «magia secular» de Nolan?
Quizá no sea de extrañar, dado su dominio sin igual de esta forma de arte, que Nolan lo consiga. Su versión de La odisea es cine en su máxima expresión en todos los aspectos: un triunfo visual y sonoro, con una edición rigurosa y una gran actuación que conmueve al espectador. Es lo más grandioso que puede ofrecer el cine (y su mayor éxito de taquilla en el fin de semana de estreno). Nolan logra capturar la mayoría de las escenas icónicas y las emociones deslumbrantes de la historia de Homero, que cuenta con 2700 años de antigüedad. Sin embargo, también la moderniza para adaptarla a una interpretación psicológica en lugar de lo sobrenatural.
Puede que sea el truco de magia más impresionante de Nolan hasta la fecha.
Prestidigitación narrativa
La versión de Nolan de La Odisea es narrativa por excelencia (pocas veces me ha enganchado tanto una película de tres horas). Pero también es una reflexión metanarrativa sobre la naturaleza de la narración como creación de mitos, creación de magia y significado trascendente en (lo que es para Nolan) un universo materialista.
Al defender la virtud, la prueba y la fidelidad en medio de grandes tribulaciones, la película se hace eco del peregrinaje cristiano de todo creyente
El guion de Nolan enmarca La Odisea a través de una serie de historias entrelazadas que se van contando de una persona a otra. Entre ellas se encuentran Menelao (Jon Bernthal), que narra la historia del caballo de Troya a Telémaco (Tom Holland); Agamenón (Benny Safdie), quien cuenta la historia de su propia muerte a Odiseo (Matt Damon); y un bardo de Ítaca (Travis Scott), que declama un poema recitado al ritmo de un tambor sobre las hazañas de Odiseo en la guerra de Troya («Un rostro / una flota / una guerra / un hombre / un pensamiento / un viaje»).
Pero gran parte de la película —y, lo que es más importante, todos los episodios sobrenaturales de monstruos marinos, gigantes de un solo ojo y hechicería— consiste en historias que Odiseo le cuenta a Calipso (Charlize Theron) mientras su mente está nublada por las flores de loto que ella le da de comer constantemente. ¿Es un narrador fiable?
Esta es la solución que encuentra Nolan para situar de forma verosímil La Odisea en el ámbito del materialismo desencantado. Todas esas extravagantes escenas sobrenaturales —cuando Circe (Samantha Morton) convierte a los hombres en cerdos, los cíclopes arrancan de un mordisco las cabezas de los soldados, las sirenas seducen a los hombres con sus cantos, Escila atrapa a los hombres con sus garras serpentinas— podrían ser solo alucinaciones o sueños recordados a medias de un Odiseo cansado, desgastado por la guerra y agobiado por el trastorno de estrés postraumático.
En cierto modo, La odisea de Nolan se siente como una prima cercana de El Origen en su exploración del laberíntico terreno psicológico. Es cierto que nuestros cerebros pueden conjurar grandes maravillas que parecen y se sienten como fantasía. Podemos imaginar grandes mitologías y recorrer mundos enteros, todo dentro de nuestras cabezas.
¿Qué tanto del drama surrealista del viaje de regreso a casa de Odiseo ocurrió realmente, y qué tanto es un delirio provocado por el trauma? Esa es la pregunta que plantea Nolan, sembrando la duda sobre la realidad que se esconde tras la «magia aparente» que se daba por sentada en el mundo antiguo, y que aún hoy dan por sentada una gran cantidad de personas religiosas.
“Desafiar a los dioses”
La crítica de Nolan a las mitologías de la intervención divina está presente a lo largo de toda su filmografía. El «milagro» de Dunkerque, según su interpretación, no es un rescate sobrenatural, sino un emocionante triunfo de la solidaridad humana y la voluntad de sobrevivir. Del mismo modo, en Interestelar, la banda sonora de Hans Zimmer, con su sonido de órgano de catedral, refuerza la sugerencia de Nolan de que la destreza científica es una vocación sacerdotal y que la humanidad que se salva a sí misma (sin ayuda divina) es la fuente más auténtica de trascendencia.
El eslogan de la campaña de marketing de La Odisea, «Desafía a los dioses», es una prolongación de este tema. No es que a Nolan le desagrade la mitología griega. Parece apreciarla como una hermosa historia que contribuyó a construir la civilización occidental. Pero la versión de Odiseo que interpreta Damon no necesita particularmente a los dioses. A menudo se muestra escéptico ante ellos («¿Por qué Dios no puede hablar de una forma que entendamos?») y deposita más fe en sí mismo que en las deidades. Cuando le dice a su tripulación que «los dioses ayudan a quienes se ayudan a sí mismos», o que «desafiará a los dioses», básicamente admite su creencia en la acción humana como una fuerza más poderosa que la soberanía divina.
Cuando Calipso le dice a Odiseo que se entregue a la tormenta, que renuncie al control y viva, no parece tanto una invitación a confiar en la protección divina como el consejo de un terapeuta para que sea menos controlador y acepte mejor las circunstancias. En este y otros ejemplos, Nolan reinterpreta a los dioses sobrenaturales de Homero como aliados terapéuticos o voces en nuestras cabezas.
“Dioses” dentro de nuestras cabezas
Los dioses de la mitología griega están por todas partes en la epopeya de Homero; son personajes destacados que aparecen a menudo e interactúan con Odiseo y los demás. Pero en la película de Nolan, son una presencia más discreta, casi invisible.
A Zeus se le deduce principalmente por el sonido de los truenos. A Poseidón se le alude como la fuente de los mares tempestuosos. Está completamente ausente Hermes, que desempeña un papel importante en el poema de Homero. Atenea (interpretada por Zendaya) es la única «diosa» representada visiblemente como personaje, y se le aparece a menudo a Odiseo en visiones como su patrona y defensora durante su larga travesía de regreso a casa. Pero su presencia se siente principalmente como una manifestación de la conciencia atormentada de Odiseo (a menudo ella simplemente lo mira, negando con la cabeza) o como una amiga que le da una palmada en la espalda en sus momentos de desánimo.
Sin un estándar divino —un Dios real, no dioses mitológicos ni dioses que nos inventamos nosotros mismos—, toda moralidad se vuelve blanda e improvisada
En una secuencia destacada hacia el final, este personaje de «Atenea» resulta ser una joven sacerdotisa (también interpretada por Zendaya) en Troya, que fue brutalmente decapitada por los griegos. Este momento replantea su papel a lo largo de la película, sugiriendo que no es más que un rostro fantasmal que acecha la memoria de Odiseo y da voz a su culpa persistente.
¿Y en qué consiste esa culpa? En uno de los elementos modernizadores más evidentes de La Odisea de Nolan, el Odiseo de Damon se siente abrumado por la culpa por su idea del caballo de Troya, que llega a considerar una traición a la xenia. La xenia, una obligación sagrada de hospitalidad mutua, se menciona a menudo en la película como «la ley de Zeus». Esto recuerda al llamado de Hebreos 13:2 a mostrar hospitalidad a los extraños, quienes en realidad podrían ser ángeles (o «dioses disfrazados», según la visión de la antigua Grecia).
En aquel momento, el caballo de Troya parecía un arma secreta brillante que logró poner fin a la larga y sangrienta guerra (al igual que la bomba atómica en Oppenheimer, de Nolan). Pero más tarde, Odiseo llega a considerarlo un punto de inflexión que desearía que no hubiera ocurrido (al igual que el Robert Oppenheimer interpretado por Cillian Murphy).
«Incendiar las murallas de Troya fue como incendiar el mundo entero», afirma. Es un acto que perpetúa la violación de la ley de Zeus en todas partes, desatando el pecado, la guerra y la muerte, como si se hubiera abierto la caja de Pandora. Una vez más, esto refleja el mensaje de Nolan en Oppenheimer («Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos»).
Pero el juicio apocalíptico desatado por este armamento de guerra es, tanto en La Odisea como en Oppenheimer, autoinfligido. En la visión del mundo de Nolan, los seres humanos son capaces de alcanzar la grandeza y de salvarse a sí mismos de la destrucción (ver Dunkerque o El caballero de la noche). Pero también son capaces de destruirse a sí mismos y al mundo.
En cualquier caso, es la voluntad humana —y no el poder divino— la que determina el resultado. Todo depende de nosotros. Aunque la película termina con una hermosa imagen en la que Odiseo y Penélope (Anne Hathaway), ya reunidos, navegan hacia la puesta de sol, convencidos de que «un nuevo amanecer se abrirá paso sobre el mundo ensombrecido», el filme no transmite una sensación especialmente esperanzadora. Los registros históricos demuestran que las civilizaciones humanas siempre luchan por dar paso a un «nuevo amanecer» que, al final, no acabe abriendo el camino a una nueva oscuridad.
Quizás el amanecer tan esperado —y las imágenes de la búsqueda del sol al final de La Odisea— sean en realidad un indicio de la llegada de Cristo (Is 9:2), que traería una luz y una esperanza transformadoras al Mediterráneo en menos de un milenio.
Visión poscristiana de la moralidad humanista
Sin duda hay ecos de la historia cristiana —el «verdadero mito»— en la versión de Nolan de La odisea, al igual que la obra original de Homero se ha interpretado como un presagio de tipologías cristianas. Puesto que la historia mítica ensalza a un héroe que sufre, se humilla a sí mismo, resiste la tentación, va al infierno y vuelve (literalmente), y regresa en busca de su fiel prometida, es difícil no pensar en el camino de Cristo. Además, al defender la virtud, la prueba y la fidelidad en medio de grandes tribulaciones, la película se hace eco del peregrinaje cristiano de todo creyente.
Pero también se trata de un producto de una cultura poscristiana, creado por un cineasta con un historial de inspirarse en las virtudes cristianas (como la fe, la esperanza y el amor), pero reinterpretándolas como principios de la fe laica. Como tal, la visión moral de La Odisea de Nolan es incoherente, ya que refleja virtudes cristianas, paganas antiguas y laicas del siglo XXI.
Si Odiseo, o cualquiera de nosotros, realmente quiere ‘desafiar a los dioses’ y forjar un camino, este será inevitablemente enrevesado y contradictorio
Considera el final moralmente confuso de la película. Nolan se mantiene fiel al sangriento final original de Homero, en el cual Odiseo regresa a Ítaca y masacra a todos los pretendientes de Penélope. Pero se trata del mismo Odiseo al que Nolan ha reinterpretado como un veterano de guerra empático, con remordimientos de conciencia y amante de la paz, que lamenta sus hazañas en la guerra de Troya.
¿En qué queda? ¿Encaja el acto culminante de venganza de Odiseo al regresar a Ítaca con sus remordimientos sobre la guerra y sus lamentos por haber infringido la ley de Zeus en Troya? Está claro que el tema principal de Nolan es la importancia de la xenia y el amor al forastero en un mundo marcado por la xenofobia y el miedo al desconocido. Pero resulta incongruente promover este mensaje pacífico mientras el público aplaude que Odiseo dispare flechas contra docenas de itacenses en las sangrientas escenas finales.
Sin embargo, este tipo de confusión moral es habitual en el Occidente secular poscristiano. Invocamos de forma selectiva las virtudes cristianas y clásicas, al tiempo que rechazamos las leyes básicas de la naturaleza (observa la selección del «actor» trans Elliot Page en un papel pequeño pero significativo). Pero sin un estándar divino —un Dios real, no dioses mitológicos ni dioses que nos inventamos nosotros mismos—, toda moralidad se vuelve blanda e improvisada.
Si Odiseo, o cualquiera de nosotros, realmente quiere «desafiar a los dioses» y forjar un camino, este será inevitablemente enrevesado y contradictorio. Puede que conjuremos un «nuevo amanecer» momentáneo, pero no será una luz duradera.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: Brett McCracken
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/la-odisea-nolan-resena-pelicula/
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