
Todavía no conozco a alguien a quien no le guste recibir regalos. Creo que, en sentido general, todas las personas apreciamos estos gestos que indican que alguien pensó en nosotros y quiso demostrarlo.
Esperando regalos
Tendría unos ocho años cuando esto ocurrió: Sonó el timbre y salí corriendo a recibir a mi anciano tío-abuelo, quien regresaba de predicar en alguna iglesia fuera de la ciudad.
Me encantaba cuando estaba en casa porque me dejaba ser «su secretaria». Además, me contaba anécdotas, me enseñaba recuerdos de sus viajes, contestaba mis preguntas curiosas y, sobre todo, me hablaba de su libro favorito, la Biblia. Pero, cuando regresaba de un viaje, yo tenía una alegría adicional: siempre me traía algún regalo. (Vivíamos en Cuba, no había mucho que comprar en las tiendas y su salario era muy modesto, así que hoy me pregunto cómo lo lograba. Pero él era como un abuelo para mí, y ya sabemos que los abuelos suelen ser muy dadivosos).
Así que aquel día, como tantos otros, yo estaba emocionada esperando mi regalito. Cuando él entró con su maletín gris, indudablemente cansado pero con una sonrisa en el rostro, yo procedí a preguntarle sin reparos: «Tío, ¿qué me trajiste?». Hoy me da vergüenza contarlo. Aunque reconozco que fueron las palabras de una niña, lamento mi atrevimiento.
Mi tío, por su lado, me respondió con la misma paciencia y cariño que le caracterizaban: «Wendy, yo mismo soy tu regalo». Y con esto quería decir justo eso, la presencia de alguien querido es en sí misma el mejor regalo. No había arrogancia, sino mucho amor en sus palabras.
La verdad es que no recuerdo qué más sucedió, solo que tiempo después él usó aquella conversación como una ilustración para un sermón. Y hoy, al sentarme a escribir este artículo, los recuerdos volvieron a mi mente, porque a menudo solemos actuar con Dios de la misma manera.
Un peligro latente
En su carta, el apóstol Santiago nos recuerda que Dios ciertamente es el autor de todo aquello que hemos recibido: «Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación» (Stg 1:17).
Y Pablo confirma esta verdad cuando pregunta a la iglesia en Corinto: «¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4:7).
Cuando vivimos tan aferrados a lo que recibimos de nuestro buen Dios, nuestros afectos se desordenan
Sí, Dios es un dador generoso, espléndido, que regala a Sus hijos desinteresadamente lo mejor. A menudo incluso nos da mucho más de lo que necesitamos y hasta de lo que pedimos. Tanto es así, que no pasa mucho tiempo antes de que comencemos a anhelar más el regalo que a su Portador.
Esto, por supuesto, es un indicativo de que una vez más hemos creído que lo creado puede ocupar el lugar del Creador. Creemos que lo que Él nos da, ya sea en forma de salud, relaciones humanas, posesiones, logros, ministerios, producirá en nosotros la satisfacción que anhelamos. Al final, terminamos olvidando a nuestro buen Dador.
Dios sabía que así es el pecado en nuestro corazón, por eso advirtió a los israelitas:
Y sucederá que cuando el SEÑOR tu Dios te traiga a la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob, que te daría, una tierra con grandes y espléndidas ciudades que tú no edificaste, y casas llenas de toda buena cosa que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivos que tú no plantaste, y comas y te sacies; entonces ten cuidado, no sea que te olvides del SEÑOR que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre (Dt 6:10-12).
Cuando vivimos tan aferrados a lo que recibimos de nuestro buen Dios, nuestros afectos se desordenan. Esto se hace especialmente evidente cuando eso que amamos falta en algún momento. Y ahí nos damos cuenta de que hemos olvidado que Él mismo es nuestro mayor regalo. Hemos llegado a preferir las dádivas más que al Dador.
Parafraseando a Juan Calvino, nuestros corazones hacen ídolos de cualquier cosa. Cualquier cosa que reemplaza el lugar de Dios se convierte en un ídolo, ¡incluso aquello que Él mismo nos ha dado! Cuando amamos más lo que Dios nos puede dar que a Él mismo, nuestra adoración se vuelve condicional, como la de aquellos que un día gritaron: «¡Hosanna!», y poco después vociferaron enfurecidos: «¡Crucifícale!».
Lamentablemente, llegamos a adorar a Dios por lo que Él nos da, pero no por quien es Él. Incluso podemos darle gracias por Sus muchas bendiciones, pero no amarle realmente. Podemos querer lo que Él hace posible, como librarnos de la muerte o la condenación, pero no anhelar Su presencia, a Él mismo. ¡Ese es el gran peligro!
Él mismo es mejor
En unos de sus salmos, David confiesa que nada hay mejor que Dios mismo: «Porque Tu misericordia es mejor que la vida, / Mis labios te alabarán» (Sal 63:3). Si hay algo que valoramos es nuestra propia vida. La cuidamos, ¡y mucho! Sin embargo, el salmista reconoce que de nada nos vale la vida si no tenemos a Dios.
Oh, mi estimado lector o lectora, si tan solo reconociéramos que no hay nada mejor que Él mismo, que solo Él satisface, que solo en Su «presencia hay plenitud de gozo» y «deleites para siempre» (Sal 16:11). En su carta a los cristianos de Filipos, el apóstol Pablo nos habla con estas palabras:
Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo (Fil 3:7-8).
¿Es ese nuestro sentir? ¿Realmente podemos decir con sinceridad que todo, absolutamente todo —la familia, las posesiones, los títulos, los logros personales o ministeriales— podemos verlo como basura, es decir, como algo que no vale nada, cuando se le compara con el grandioso privilegio de conocer a Cristo, de tener en nuestra vida al Señor?
Fuimos creados por Dios y para Él, y por eso nada más nos satisface. Solo Él llena nuestros vacíos, solo Él calma la sed del alma
Cristo mismo afirmó: «El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí» (Mt 10:37). Dicho con otras palabras, amar cualquier cosa más que a Él nos descalifica como discípulos.
La familia que puedas tener, el dinero en tu cuenta de banco, la casa que lleva tu nombre o en la que vives, el título que cuelga en la pared de tu oficina, el auto que manejas, el ministerio al que has dedicado tu vida o por el que la gente te conoce, todo eso existe porque Dios te lo ha dado por gracia. Pero nada es comparable a Aquel que te lo dio. ¡Él es mejor que todas esas cosas juntas!
Creados para Dios
Fuimos creados por Dios y para Él, y por eso nada más nos satisface. Solo Él llena nuestros vacíos, solo Él calma la sed del alma, solo Él satisface los deseos más profundos del corazón.
Quiera el Señor que podamos orar como Moisés: «Sácianos cada mañana con tu amor inagotable, para que cantemos de alegría hasta el final de nuestra vida» (Sal 90:14, NTV).
Cuando este mundo pase, o nuestra vida aquí termine, todas las cosas que contamos como ganancia de este lado del sol se quedarán, pero si tenemos a Cristo, lo tenemos todo. No lo olvides: Él es nuestro mejor y eterno regalo.
Publicado por: Wendy Bello
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/dios-mejor-dones/
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