
Creo con firmeza que, con el paso del tiempo, muchos creyentes nos acostumbramos al amor de Dios.
Cuando llegamos al evangelio, nos maravillamos al saber que Dios nos ama. Cada uno experimenta Su amor de maneras especiales, y a menudo por medio de la iglesia local. Sin embargo, a medida que avanzamos en el camino de la fe, la rutina empieza a hacer estragos. Sabemos que Dios nos ama, pero tenemos esa verdad relegada en algún lugar de nuestros corazones. Lo creemos, pero llegamos a un punto en el que ya no es algo que nos asombre o nos maraville.
El problema es que, cuando no tenemos presente la inmensidad del amor de Dios por nosotros en Cristo, las batallas diarias, las tormentas de la vida, y los momentos que prueban nuestra fe nos nublan la visión y concluimos que Dios no nos ama. Incluso podríamos pensar que busca nuestro mal. Si olvidamos la magnitud del amor de Dios, también podemos olvidar Sus promesas, de manera que nuestra fe y esperanza también parecen afectadas.
¿Recuerdas al justo Job? Su historia llena de dolor nos deja ver que el sufrimiento puede llevarnos a pensar que Dios está en contra de nosotros.
La percepción distorsionada de Job
Job es descrito en la Biblia como alguien íntegro, pero quien estaba bajo un gran sufrimiento porque Dios le permitió a Satanás probarlo para demostrar su fidelidad (Job 1:1-12). Sin embargo, desde la perspectiva terrenal no era claro por qué Job sufría.
Job no sabía lo que había ocurrido en los cielos, ni de la conversación entre Dios y Satanás. Job no sabía por qué su vida había cambiado de un día a otro y tampoco sabía cómo terminaría su vida. Nosotros que conocemos la historia sabemos estos detalles, pero quiero que por un momento nos situemos junto a Job y veamos de cerca lo que pensaba.
Cuando sus amigos lo visitaron, en lugar de consolarlo, lo confrontaron. Lo culparon en lugar de llevarlo a recordar el carácter amoroso de Dios. Las sucesivas respuestas de Job nos dejan saber que Job llega a estar convencido de que fue Dios quien lo atacó con su situación:
Sepan ahora que Dios me ha agraviado
Y me ha envuelto en Su red.
Yo grito: «¡Violencia!», pero no obtengo respuesta;
Clamo pidiendo ayuda, pero no hay justicia.
Él ha amurallado mi camino y no puedo pasar,
Y ha puesto tinieblas en mis sendas.
Me ha despojado de mi honor
Y quitado la corona de mi cabeza.
Me destruye por todos lados, y perezco,
Y como a un árbol ha arrancado mi esperanza.
También ha encendido Su ira contra mí
Y me ha considerado Su enemigo.
Se concentran a una Sus ejércitos,
Preparan su camino de asalto contra mí,
Y alrededor de mi tienda acampan (Job 19:6-12).
Esa era la percepción que Job tenía. Se sentía atacado y agraviado por Dios; como si, de un momento a otro, Dios le hubiera dado la espalda. Job no estaba sufriendo por su pecado, pero en su sufrimiento cayó en dudas o confusión. No somos tan distintos de él. Cuando nos vemos en aflicción o pruebas, solemos pensar que Dios se olvidó de nosotros. Concluimos que quizá está enojado y dudamos de Su amor.
Job sufría no solo porque creía que Dios estaba lejos y en silencio, sino también por el abandono y el desprecio de aquellos que amaba (cp. Job 2:9; 4:1-21). Las personas no son tan diferentes a los amigos de Job. Pareciera que cuando sufrimos, todos quieren irse de nuestro lado, y por eso dudamos, pues el amor no siempre luce como esperamos.
Aunque no entiendas, confía en Su amor
La vida es difícil. Lo fue para Job y lo es para nosotros y para la humanidad entera. Desde Génesis 3 la historia nos muestra que las personas sufren en diferentes aspectos, en diferentes épocas, etapas y áreas de la vida. Todos sufrimos, unos más que otros, pero todos sufrimos. Algunos sufren a causa de sus pecados o el pecado de otros. Otros sufren por enfermedades, por hijos pródigos, por la pérdida de un ser amado o porque el amor que prometía fidelidad ahora lo ha olvidado.
Tenemos un Dios que se compadece de nosotros, que ha extendido Su gracia y misericordia porque nos ama
En medio del dolor que estamos viviendo, podemos —como Job— sentir que Dios nos ha abandonado y que nos ha metido en el horno de la aflicción sin que tengamos idea del por qué. No sabemos si en los cielos el enemigo de nuestra alma ha pedido a Dios permiso para zarandearnos (cp. Lc 22:31-32). No sabemos por qué Dios ha permitido que suframos… pero sí sabemos para qué (Ro 9:28-29).
No sabemos los detalles específicos, pero sí sabemos cómo termina toda la historia de Dios, en la que está entretejida nuestra historia. Sabemos que un día todo será como debe ser: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:4).
En medio del sufrimiento, en esos momentos en los que pensamos que Dios no nos ama y que se ha alejado de nosotros, necesitamos recordar el evangelio y confiar en Su amor eterno por nosotros.
Sé que es difícil recordarlo, aún más cuando nuestra fe se ha enfriado. En esos momentos, miramos alrededor, vemos nuestras circunstancias y pareciera un desierto que no termina. A donde sea que miremos solo hay sol que agobia, aridez que quema nuestra piel y soledad que cala profundo en el alma.
Nos miramos al espejo y nuestros ojos reflejan desesperanza. Pareciera que el mundo se detiene, todos continúan su vida sin percatarse de que hay un hueco en nuestra alma, un dolor que aqueja nuestro existir. Estamos rodeados de bruma nocturna que nos hela los huesos y nadie puede verlo, pero tampoco son capaces de quitarnos ese dolor.
Por eso es tan necesario recordar el amor de Dios en esos momentos.
Aunque no entiendas, recuerda el evangelio
Hoy quiero que veas ese amor, no desde el umbral del dolor en tu alma, sino al pie de la cruz del Calvario, una revelación que Job todavía no tenía. Mira la cruz donde tu Salvador, el Siervo sufriente, Varón de dolores y experimentado en quebrantos se entregó por ti (Is 53:3). Alza tus ojos y mira esa cruz. Ahora eres libre del pecado, de la vida sin Cristo, de la lejanía de Dios.
Nuestros pensamientos y sentimientos pueden tratar de convencernos de que Dios nos ha olvidado y sigue airado con nosotros; pero en esos momentos es justamente cuando más necesitamos recordar las promesas de Dios y lo que dice Su Palabra.
Recuérdale a tu alma, dile a gran voz:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito:
«Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día;
Somos considerados como ovejas para el matadero».
Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro 8:35-39).
Nada, absolutamente nada, puede separarnos del amor de Dios. ¿Qué significa eso? Que en medio de cualquier circunstancia, en medio de las pruebas y planes que el enemigo de nuestra alma ejecute contra nosotros, Dios está presente, cuidando, protegiendo y resguardando nuestra vida por Su amor. Le pertenecemos. Nos tiene grabados en la palma de Su mano (Is 48:16).
No podemos contabilizar Su amor por nosotros. Sin embargo, cuando llegan esos momentos en que somos incapaces de percibirlo, cuando parece que todo lo que nos acontece no muestra en absoluto Su amor, recordemos el evangelio; la cruz es la prueba definitiva de su compasión y misericordia. Él nos ama con amor eterno (Jr 31:3) y eso no cambiará jamás.
Nuestra esperanza de gloria
Nosotros, al igual que Job, tenemos la certeza de que, aunque en esta tierra nuestro sufrimiento no termine, viene el día en que todo será como debe ser. Nuestra esperanza no está en este plano terrenal, ni en lo que podamos hacer, ni en lo que otros puedan prometernos (y cumplirnos). Nuestra esperanza está en el Dios que ha prometido que Su obra será finalizada en nosotros, que estaremos con Cristo un día y que seremos semejantes a Él.
Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es (1 Jn 3:2).
Por la seguridad de saber que le pertenecemos, que hemos sido sellados con Su Santo Espíritu (Ef 1:13) y que Jesús no se quedó en la cruz, ni en la tumba, sino que resucitó de entre los muertos (1 Co 15:3-4), es que podemos clamar a gran voz en medio de nuestro sufrimiento las mismas palabras de Job en su momento de más claridad en medio de la agonía:
Yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19:25-27).
Tenemos un Dios que se compadece de nosotros, que ha extendido Su gracia y misericordia porque nos ama. Un Dios que prometió la salvación para Sus hijos:
Fortalezcan las manos débiles
Y afiancen las rodillas vacilantes.
Digan a los de corazón tímido:
«Esfuércense, no teman,
Pues su Dios viene con venganza;
La retribución vendrá de Dios mismo,
Mas Él los salvará» (Is 35:3-5).
Hermanos, nuestro Dios ya cumplió esto en Cristo, nuestra esperanza de gloria. Haz memoria cada día y sigue asombrándote por Su inmenso amor.
Karla de Fernández
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/amor-de-dios-sufrimiento/
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