
Mataron a Escobar, el outsider criminal que lució, con aspavientos de clase emergente, su enorme y espurio poder económico y lo defendió con sanguinaria meticulosidad, llenando el país de sangre de inocentes y de no tan inocentes.
Hace ya treinta años de esa terrible ordalía de sangre y fuego que produjo centenares de víctimas en el fuego cruzado entre el estado, asociado con la mafia del Cartel de Cali, y el Líder del Cartel de Medellín, sus sicarios y socios criminales. Una historia truculenta de amenazas y compra de conciencias, de cooptación por parte de las mafias narcotraficantes, arrogantes y carentes de escrúpulos, de la clase política y de fichas del gobierno, no menos inescrupulosas y fatuas. Una historia sangrienta, como todas las historias que han postrado este país, para hacerlo a imagen y semejanza de la corrupta aristocracia política, empresarial y terrateniente.
Pablo Escobar era, sin duda, un tipo incómodo, imprudente, peligroso no sólo para el país, sino para quienes crecían a su sombra en forma sistemática e incontenible, algunos que se iniciaron en el testaferrato, otros que simplemente financiaron «de lejitos» emprendimientos mafiosos y camuflaron hábilmente sus infames ganancias.
Así, surgieron de las tinieblas figuras que, libres de cuestionamientos, pero no de sospechas, cumplieron con creces el sueño de Escobar: Adueñarse del poder político en Colombia y reinar impunes durante más de dos décadas. Los herederos del capo, émulos y adeptos del escurridizo culebrero, capo de capos, ocuparon grandes cargos de elección popular y en las altas esferas de gobiernos de sujetos que llegaron con financiación y apoyo logístico y paramilitar de las mafias narcotraficantes y crearon un partido de corte populista de derecha que reeditó las estrategias de la propaganda nazi.
Sus intenciones las maquillaron con un nombre que pretendía mostrar una vocación de centro y una conveniente alusión a la democracia.
Hemos sido desde hace mucho tiempo un país donde las verdades se ocultan a la vista de todos con eufemismos y la gente parece creer ciegamente en esas tramoyas semánticas, como si las palabras lograran ocultar la piel de lobo de los perpetradores del engaño y gestores de la guerra y la violencia. En sus manos el país se envileció, apoyados, como los nazis, por el poder económico preexistente y profusamente infiltrado con dineros de cuestionable origen, y asi se apoderaron también de los medios.
Intimidaron a la justicia a punta de amenazas y asesinatos de importantes juristas, para luego poner en su sitial a rábulas mercenarios que garantizaran la impunidad de los criminales y protocolizaran el despojo de miles y miles de familias. Degradaron el país al punto de su inviabilidad, Colombia decreció en lo social. El país se empantanó en lo económico, la corrupción galopó, igual que la impunidad, la injusticia, la inequidad, la miseria y la violencia.
La muerte, una vieja amiga de este terruño, se apropió de esta comarca regando su suelo con la sangre de miles de víctimas.
Crecieron el desplazamiento y la diáspora: Agobiados por la falta de oportunidades, el difícil acceso a la educación de calidad, la mala nutrición, el pésimo ejemplo de quienes hicieron del atajo una cultura, muchos chicos fueron reclutados por los viles, otros más fueron asesinados por migajas, fiel a la cultura del eufemismo, los asesinatos perpetrados por fichas del estado se empezaron a llamar “falsos positivos”; otros muchos migraron en búsqueda de una vida, de un futuro, de una oportunidad de crecer así el precio fuera el destierro y, no pocas veces, también, vaya sino trágico, la discriminación y la muerte..
A nivel internacional nos convertimos en parias desheredados, nos miraban con sospecha, para el vulgo de otras latitudes decir colombiano equivalía a ser narcotraficante, ladrón, un personaje poco confiable. Entre los muchos chicos que se fueron también se fueron asesinos a sueldo.
Las mismas fuerzas militares, manchadas con la sangre miles de jóvenes cuyas vidas fueron el precio de descansos y vacaciones pagas, ascensos, medallas y reconocimientos “al valor” de los asesinos en uniforme, hasta pollos asados y galguerías de todo tipo, vieron cómo algunos de sus ex miembros, retirados después de muchos años de servicio, eran contratados como simples sicarios para asesinar a un presidente de un país amigo, o llevados como corderos al matadero de las guerras en tierras extrañas…
Con todo y eso, pese al descrédito de nuestra nacionalidad, al señalamiento injusto de nuestros jóvenes compatriotas en otras latitudes por el sólo hecho de ser colombianos, aun así muchos se fueron y se siguen yendo.
Exportamos chicos…
La mayor riqueza de un país no es su subsuelo, ni sus bosques, ni sus selvas, ni sus fértiles llanuras, ni sus caudalosos ríos, trocados en camposantos.
La mayor riqueza es su juventud talentosa, inquieta, inteligente y emprendedora.
Aquí la ignoraron, satanizaron y envilecieron.
Fuimos, somos y algunos quieren que sigamos siendo una nación inviable, huera de oportunidades y apoyo para sus jóvenes, una comarca signada por la violencia, la pobreza, la corrupción y la mala fe.
Todo intento de cambiar esa cruda realidad es minuciosamente desacreditado.
Cambiar esa realidad no ha sido fácil, la víbora asesina se retuerce y captura mentes mercenarias que atacan por todos los medios los intentos y proyectos de reformar y cambiar la realidad ominosa de este país.
Unos de ellos se visten con ropajes de pseudoreformistas, pero cuando llegan al poder, cabalgando sobre la inconformidad, credulidad e ingenuidad de la gente, el insulto , el ultraje y la amenaza en contra de sus contrarios ideológicos, a quienes tildan de plaga, subhumanos sin derechos, a los que toca «destripar», «aniquilar», «exterminar», y, en efecto, una vez empoderados muestran sus afilados colmillos y sus intimidantes garras. Se disfrazan de policías, de soldados y luego, como si nada, una vez terminado su mandato, seguros de su impunidad, se marchan a la gran metrópoli a disfrutar de su sueldo de expresidentes, a divertirse como pretendidos disk-jockeys.
Otros simplemente continúan con la tradición de la hirsuta e infame derecha, hoy reducida a “oposición” dizque “inteligente” y difunden mentiras y calumnias, pretenden erosionar la credibilidad del gobierno y la pertinencia de sus propuestas a punta de mensajes falaces, calumnias, descontextualizaciones.
Qué importa el país, que se vaya a pique, lo que importa es la persistencia de sus oscuros negocios.
Treinta años de mentiras, de asesinatos selectivos y no tan selectivos, de tapar el sol con las manos, de eufemismos y todo tipo de artilugios para robar impunemente a la vista de todos. Nos hicieron creer que habían matado a la fiera, que el país sería otro después de su muerte. Tal parece que ni siquiera fueron ellos los que mataron al capo, sino sus socios del Cartel de Cali. Su muerte ocultó muchas cosas, muchos estaban en vilo, asustados por las posibles revelaciones de un Pablo escobar extraditado. No hay duda, tenían que matarlo.
Pero la fiera quedó ahí, vivita y asesinando, señalando, engañando y robando a manos llenas: Qué importa que caiga una figura, si lo que hay es corruptos y asesinos.
¿Era realmente Pablo Escobar el capo?
¿Hasta dónde llegó la infiltración de la mafia en los gobiernos de antes y después de Pablo Escobar?
¿Quiénes fueron los beneficiarios de esa ordalía de sangre y destrucción?
La clase política, empresarial y terrateniente de Colombia, la infame aristocracia criolla, se comporta como la más sofisticada mafia. Tienen todo a su favor: La economía, la prensa, la Justicia y su brazo armado uniformado y paramilitar.
Son los dueños de este feudo y no están dispuestos a dejarse destronar por un aparecido como Gustavo Petro, ni mucho menos por un filósofo de pelo rebelde y ensortijado como Iván Cepeda, ambos tipos con rasgos mestizos, demasiado canelas para sus blancos gustos, que no saben hablar inglés pero que, al igual que sus millones de electores, muchos de los cuales tampoco hablamos ese idioma, entienden muy bien el español.
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

