
Imagen News Mundo
Durante gran parte del siglo XX, pocas imágenes fueron tan comunes en los hogares de América Latina como la de un niño con las rodillas raspadas y una botella de mercurocromo lista para aliviar la herida. El característico líquido rojo, conocido también como mercromina, se convirtió en el antiséptico por excelencia de varias generaciones, pese al intenso ardor que provocaba al entrar en contacto con la piel. Lo que durante décadas fue considerado un símbolo de los primeros auxilios infantiles terminó desapareciendo de las farmacias tras quedar bajo la lupa de las autoridades sanitarias por contener mercurio en su composición.
La historia del mercurocromo comenzó en Estados Unidos en 1919, cuando fue desarrollado como una solución innovadora para prevenir infecciones en heridas leves, en una época en la que los antibióticos aún no existían. Su principio activo, la merbromina, un compuesto organomercúrico, revolucionó la atención médica básica por su bajo costo, facilidad de uso y capacidad para combatir microorganismos en una época en la que las infecciones representaban un riesgo mucho mayor que en la actualidad.
El químico Adriano Andricopulo, profesor de la Universidad de São Paulo y miembro de la Academia Brasileña de Ciencias, explica que la merbromina sí contenía mercurio, aunque no en su forma metálica libre. El elemento hacía parte de la estructura química del compuesto y, en condiciones normales de uso, no representaba un riesgo inmediato para quienes lo aplicaban sobre pequeñas heridas. Sin embargo, el uso repetido o sobre amplias zonas lesionadas incrementaba la posibilidad de absorción, motivo por el cual las autoridades comenzaron a revisar su perfil de seguridad.
Ese análisis llevó a que en 1998 la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos prohibiera la comercialización del mercurocromo y de otros productos similares con compuestos mercuriales. La decisión respondió a una política destinada a reducir la exposición de la población al mercurio y a disminuir la contaminación ambiental causada por este metal, cuyo carácter tóxico y capacidad para acumularse en los ecosistemas preocupaban cada vez más a la comunidad científica.
Los especialistas coinciden en que quienes utilizaron mercurocromo durante su infancia no deben alarmarse. La exposición ocasional sobre una herida superficial no equivale a una intoxicación. Los mayores riesgos aparecían únicamente ante ingestas accidentales o exposiciones prolongadas a concentraciones elevadas, capaces de afectar principalmente los riñones y el sistema nervioso.
Con el paso de los años, además, la medicina comenzó a demostrar que los beneficios del producto eran menores de lo que durante décadas se creyó. Investigaciones posteriores concluyeron que sustancias como la merbromina no ofrecían ventajas significativas para prevenir infecciones en heridas comunes y que, por el contrario, podían irritar los tejidos e interferir con el proceso natural de cicatrización. También se observó que el característico color rojo dificultaba la inspección de la lesión y que los aplicadores reutilizables podían convertirse en una fuente de contaminación bacteriana.
El médico brasileño Drauzio Varella recuerda que el viejo dicho popular de que «lo que quema, cura» terminó perdiendo respaldo científico. Según explica, muchas bacterias podían sobrevivir incluso dentro del propio frasco del medicamento y ser transportadas de una herida a otra mediante la espátula utilizada para su aplicación.
Hoy, la recomendación médica para tratar raspaduras, cortes y heridas leves es mucho más sencilla. Expertos en enfermedades infecciosas y pediatría coinciden en que una limpieza cuidadosa con agua y jabón suele ser suficiente en la mayoría de los casos. Los antisépticos fuertes dejaron de ser la primera opción porque, además de eliminar microorganismos, también pueden afectar células indispensables para la reparación de la piel.
La desaparición del mercurocromo marcó el final de una época, pero no el de algunas de sus marcas más conocidas. Productos como Merthiolate continúan en el mercado, aunque con formulaciones completamente distintas. El antiguo compuesto a base de timerosal fue reemplazado por sustancias como la clorhexidina, consideradas más seguras para las personas y menos contaminantes para el medio ambiente.
Más de un siglo después de su creación, el mercurocromo permanece como uno de los ejemplos más claros de cómo la ciencia transforma la práctica médica. Lo que alguna vez fue una innovación indispensable terminó siendo sustituido por tratamientos más eficaces y seguros, demostrando que la evolución del conocimiento puede convertir a los remedios más populares en parte de la historia. Para millones de personas, sin embargo, el recuerdo permanece intacto: el intenso escozor del líquido rojo, el cuidado de los padres y las rodillas teñidas de escarlata que marcaron la infancia de toda una generación.
Vía: NEWS Mundo
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