
A cada solución siempre se opuso un problema, cuando hubo un error o un caso bajo sospecha, prejuzgaron, presentaron certidumbres no soportes, acusaron sin pruebas o con pruebas manipuladas; cuando hubo logros, éxitos, realizaciones y avances siempre los cuestionaron, lo cual no está del todo mal en este país desconfiado, descreído, pero a la vez crédulo y cándido, o, lo que es peor, lo callaron, pues en esa guerra sin cuartel que los medios y los políticos de derecha emprendieron desde el día uno hasta el último día del gobierno del Cambio, al igual que cuando Gustavo Petro estuvo en la alcaldía de Bogotá, siempre la que fue ultrajada, vilipendiada, amordazada, deformada y envilecida, fue la verdad.
En medio de este permanente ataque por pasiva o por activa, con silencios o con escándalos mediáticos, estaba la población, la ciudadanía, bombardeada día a día por “doctos” y “expertos” propagandistas de la derecha que, como sicarios de la palabra, despotricaban de todo, culpaban de todo al gobierno de Petro, lo acusaban de alcohólico, mariguanero, cocainómano, infiel, bisexual, heterosexual, incomprensible, elevado, mentiroso y, siempre de guerrillero y, al final, de narcotraficante y, no pocas veces, de asesino.
En el plano de la salud, ante la insistencia de este gobierno en solicitar transparencia y manejo diáfano de los recursos, luego de que todas las auditorías llevadas a cabo demostraron de manera clara que durante los años de vigencia de la ley 100 lo que ha habido es una desviación brutal y criminal de recursos de la salud a manos privadas por tortuosos vericuetos legales en vez de defenderse, acusaron: En efecto, la defensa de los delincuentes fue el ataque: culparon al actual gobierno de asfixiar las Empresas “promotoras “de salud, de no aumentar la suma que anualmente se paga por cada afiliado o beneficiario del sistema a dichas empresas, de la falta de oportunidad y calidad de la atención y la entrega parcial de medicamentos a los pacientes. ¡Vaya cinismo!
Sabíamos que las elecciones iban a ser un escenario humillante, indignante y doloroso. Previo a las mismas y como continuación de la degradante persecución en contra de los funcionarios de todos los pelambres de la administración del Cambio, las sofisticadas o burdas, pero siempre falsas, imputaciones que le hacían desde los equipos “investigativos” de las cadenas tradicionales y de los diarios de otrora gran relevancia y alta circulación, actuaron los magistrados desde escenarios antes muy respetables como la Corte Constitucional, el Consejo de Estado o la propia Corte Suprema de Justicia, hoy sumidos en el descrédito que sus propias absurdas y sesgadas decisiones les generaron, para ponerle bielas a todo intento de financiación del estado para sostener los programas sociales, a la aplicación de las reformas que tozudamente impulso este gobierno para logran algo de efecto redistributivo y de justicia social en lo referente a lo laboral y lo pensional.
La prensa le cayó con todo al gobierno, dándole la razón a los trabalenguas y galimatías jurídicos de los poderosos juristas que le escamoteaban al pueblo las soluciones arduamente luchadas en ese oro escenario terrible, truculento, no menos sesgado y tramposo que fue el congreso, dominado por representantes no del pueblo, sino de los poderosos dueños de las Empresas Promotoras de Salud, los Fondos Pensionales, las empresas de vigilancia, los grandes empresarios y los banqueros.
Reformas como la de la salud, luego de importantes argumentaciones y desarrollos en el escenario legislativo, fracasaron no porque no fueran buenas, no porque no hubiera habido acuerdos, no porque no se hubieran concertado, sino porque cuatro o cinco congresistas que hacían mayoría en una de las comisiones encargadas de su estudio y aprobación para ser pasadas a plenaria se alineaban como obstáculo insalvable para su progreso sin aducir otra razón más importante y convincente que su capricho y su petrofobia.
Entonces llegó la campaña y, mientras los candidatos del progresismo, término genérico que incluye a los de izquierda y centroizquierda, se explayaban en propuestas cada cual más ingeniosa y factible, cada cual más favorable, los del bando contrario vomitaban toda clase de desafueros y ultrajes, amenazas, escenarios apocalípticos, en tanto gestionaban, algunos de ellos, ante gobiernos extranjeros sanciones, restricciones, tarifas, impuestos, acusaciones e investigaciones en contra de Petro y, después también, de Cepeda.
Y aquí viene como anillo al dedo la famosa reflexión del gran Luiz Inácio Lula da Silva, cuando agobiado y perseguido por la derecha de su país, expresó “Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio en una élite que se harta de tirar comida a la basura todos los días”.
Con el paso de los días y luego de una primera vuelta en la que prácticamente se escogió el candidato de la derecha para oponer en segunda vuelta a Iván Cepeda Castro, candidato del progresismo, esa tendencia se decantó por Abelardo de la Espriella, el mismo que en campaña cambió de ateo a ferviente católico, de torturador de gatos a acérrimo defensor del medio ambiente, de enemigo de las conquistas sociales populares, a defensor con sonrisa oblicua de las mismas. El mismo que no teniendo otra cosa protuberante de la cual enorgullecerse y, ante la precariedad y regresividad de sus propuestas, verdaderos eslóganes sin sustento argumental, se ufanaba del tamaño de algunas de las partes de su menudo cuerpo ante una joven periodista, asegurando que ese era su gran argumento para capturar y seducir el voto femenino.
Con ese triunfalismo desdeñoso de quien se siente respaldado por el monarca del norte, el mismo que tanto desprecia nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestra comida y que se refiere a nosotros como cafres y sujetos futuros de destripamiento, afirmó que extraería hasta el último recurso posible de nuestras tierras, construiría un número plural de cárceles para llenarlas de cuanto mechudo degenerado, rebelde, iconoclasta y zurdos atreviera a protestar ¿en contra de las medidas draconianas que tomaría desde el primer día de su, ya previsible, nefasto, sangriento y criminal mandato.
Con esa desfachatez y torva lógica, con ese cinismo sin escrúpulos, nos intentan convencer de que no importa lo que hagas, ellos siempre estarán de regreso y vendrán dispuestos a destriparte para extraer hasta el último de los pocos beneficios que te hayan devuelto o hayas logrado en un periodo relativamente favorable.
Ellos te harán ver que esos beneficios no son buenos y no lo son porque no son parte de las sobras o el «goteo» que cae de la mesa de los poderosos, no son buenos porque disminuyen sus pingües ganancias, aumentan sus costos y generan una sociedad de «igualados».
Es el mito de Sísifo extrapolado a la vida social y económica, «siempre ha habido, argüía un anciano señor al momento de votar en primera vuelta, ricos y pobres». El señor no se explicaba la quijotesca insistencia de «ciertos mechudos degenerados rebeldes de iconoclastas, bastante zurdo » de mejorar las condiciones de vida de las personas pobres. «Uno es pobre porque le da la gana, los subsidios, acotaba, aumentan la miseria y los impuestos que pagamos».
Parece ser, cómo decía un joven periodista chileno en una reunión de medios alternativos en la que recientemente participé, que la derecha, aunque predica y, de
dientes para afuera, defiende los tales «valores cristianos», como el de la solidaridad, el amor al prójimo, la justicia, la empatía y la caridad, sólo entendió y de manera condicionada y limitada ese último, la caridad, pues los mantiene sobre un pedestal moral que han construido tras siglos y siglos de parafrasear a ese «cierto mechudo degenerado, rebelde e iconoclasta, bastante zurdo», por cierto, que tipos de la derecha de ese entonces hicieron torturar y asesinar en una cruz.
Porque está claro, desde esos tiempos lejanos, que, para el privilegiado, para el mandamás, el multimillonario, los pobres son una especie de subhumanos, ser pobre es una malformación genética, una enfermedad huérfana y cualesquiera intentos de cambiar las cosas, de hacer un estado más redistributivo, de garantizar derechos, de mejorar las cosas para la gran mayoría de la población, es un “subsidio” perverso y que, entonces, como ahora, “todo lo del pobre es robado”.
CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
Junio 2026
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

