
Columnista Prensa Mercosur : Germán Rojas @Germanrojasm8
Las imágenes de miles de personas cruzando hacia Ceuta dieron la vuelta al mundo. En pocas horas, el debate volvió a centrarse en lo de siempre: cómo reforzar las fronteras, cómo evitar nuevos ingresos y quién debía asumir la responsabilidad. Pero quizá la pregunta más importante sea otra: ¿qué lleva a una persona a arriesgar su vida para cruzar una frontera?
Ceuta no es un hecho aislado. Antes fueron las caravanas de latinoamericanos hacia la frontera entre México y Estados Unidos. En Colombia vimos durante años a miles de migrantes atravesar el Tapón del Darién, una de las selvas más peligrosas del planeta. En Europa, el Mediterráneo se convirtió en la tumba de miles de personas que buscaban un futuro mejor. Las fronteras cambian; la historia se repite.
Nadie abandona su hogar porque ese sea su sueño. Nadie quiere despedirse de su familia, de sus amigos y de la tierra donde nació para empezar de cero en un lugar desconocido. La mayoría de quienes migran lo hacen porque sienten que quedarse significa renunciar a la posibilidad de vivir con dignidad.
Todos queremos viajar y conocer el mundo. Pero una cosa es migrar por elección y otra muy distinta hacerlo por necesidad. Si una persona pudiera encontrar en su propio país empleo, seguridad y oportunidades para construir un proyecto de vida, difícilmente asumiría el riesgo de cruzar selvas, desiertos o el mar.
Lo más preocupante es que estas crisis parecen haberse normalizado. Cada cierto tiempo aparece una nueva frontera en los titulares: Ceuta, el Darién, el río Bravo o el Mediterráneo. Se discute sobre muros, controles y deportaciones, mientras las causas profundas —la desigualdad, la pobreza, la falta de oportunidades y, en muchos casos, la violencia— permanecen prácticamente intactas.
El multilateralismo ha impulsado acuerdos y estrategias para gestionar la migración, pero los resultados siguen siendo insuficientes. El mundo ha aprendido a administrar las consecuencias, pero no a resolver las causas.
Las personas no cruzan fronteras porque las redes sociales las inviten o porque un traficante les prometa un mejor futuro. Esos factores pueden acelerar una decisión, pero la decisión nace mucho antes: cuando alguien pierde la esperanza de construir una vida digna en el lugar donde nació.
Mientras sigamos creyendo que el problema está en la frontera, seguiremos construyendo muros cada vez más altos y viendo tragedias cada vez más grandes.
Porque la frontera nunca ha sido el origen del problema. Es apenas el lugar donde el fracaso colectivo del mundo se hace visible.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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