
Cuando comenzaron los trabajos de construcción de El Mukaab en Riad (que significa «El Cubo» en árabe), el mundo volvió a mirar hacia Arabia Saudita. No solo por las dimensiones colosales de la obra, sino porque detrás de ese gigantesco cubo de 400 metros de altura, ancho y largo se encuentra una de las transformaciones económicas y geopolíticas más ambiciosas de las últimas décadas.
Con un volumen interno equivalente a veinte edificios Empire State, El Mukaab será el edificio más grande del mundo por volumen. Sin embargo, el récord arquitectónico constituye apenas una parte de la historia. La verdadera dimensión del proyecto reside en el mensaje político y económico que transmite: Arabia Saudita pretende dejar de ser reconocida únicamente como una potencia petrolera para convertirse en un centro mundial de innovación, finanzas, turismo, cultura y tecnología.
Durante más de medio siglo, la economía saudita giró alrededor de la producción de hidrocarburos. Los ingresos del petróleo permitieron construir carreteras, hospitales, universidades y ciudades modernas en medio del desierto. Pero también dejaron una enseñanza estratégica: depender de un solo recurso expone a cualquier economía a las fluctuaciones del mercado internacional y a los cambios tecnológicos que avanzan hacia una transición energética global.
Consciente de ese escenario, el príncipe heredero Mohammed bin Salman lanzó la estrategia Visión 2030, un programa de transformación que busca diversificar la matriz productiva del reino mediante inversiones multimillonarias en sectores considerados estratégicos para las próximas décadas.
Turismo, inteligencia artificial, energías renovables, industrias creativas, logística, manufactura avanzada, deportes, biotecnología y economía digital forman parte de esa hoja de ruta.
El Mukaab constituye uno de los emblemas más visibles de esa estrategia. Integrará el desarrollo urbano New Murabba, concebido como una ciudad inteligente con capacidad para albergar cientos de miles de residentes, oficinas corporativas, hoteles, centros comerciales, museos, teatros, espacios de entretenimiento y servicios tecnológicos de última generación. En su interior se combinarán experiencias inmersivas, inteligencia artificial y plataformas digitales destinadas a redefinir el concepto de ciudad del futuro.
La apuesta saudita recuerda que la competencia internacional ya no se limita al comercio o la industria. Las ciudades también compiten por atraer inversiones, talento, empresas tecnológicas y eventos globales. Dubái logró construir una marca internacional basada en infraestructura, conectividad y servicios financieros. Singapur transformó su ubicación estratégica en una ventaja competitiva mediante planificación de largo plazo. China convirtió la construcción masiva de infraestructura en uno de los motores de su crecimiento económico. Arabia Saudita observa esos modelos y pretende superarlos mediante proyectos de una escala nunca antes vista.
El aspecto geopolítico resulta igualmente relevante. Mientras el centro de gravedad económico mundial continúa desplazándose hacia Asia y Oriente Medio adquiere un papel cada vez más relevante en las cadenas globales de inversión, Riad intenta consolidarse como un puente entre Europa, Asia y África. La ubicación geográfica saudita, sumada a su capacidad financiera, le permite aspirar a convertirse en un nodo logístico de alcance global.
No es casual que el reino haya incrementado su presencia en organismos multilaterales, fortalecido vínculos con China e India, ampliado sus relaciones económicas con África y América Latina, y desarrollado una política exterior más activa. Arabia Saudita busca diversificar también sus alianzas internacionales en un contexto caracterizado por la creciente competencia entre Estados Unidos y China.
El financiamiento de estas megaobras proviene, en gran medida, del Fondo de Inversión Pública saudita (PIF), considerado uno de los fondos soberanos más importantes del mundo. Gracias a los ingresos acumulados durante décadas por la exportación de petróleo, el reino dispone de recursos suficientes para impulsar proyectos de largo plazo que difícilmente podrían ser financiados por otros Estados.
Pero semejante ambición también genera interrogantes. Diversos economistas advierten que el éxito de estos desarrollos dependerá de su capacidad para atraer inversiones privadas, empresas internacionales y una población estable que garantice actividad económica permanente. Construir ciudades futuristas resulta técnicamente posible; convertirlas en polos dinámicos de innovación y negocios representa un desafío mucho más complejo.
A ello se suman cuestionamientos relacionados con el impacto ambiental de proyectos de dimensiones extraordinarias, el elevado consumo de recursos naturales y las críticas formuladas por organizaciones internacionales respecto de las condiciones laborales y la situación de los derechos humanos en el país. El gobierno saudita sostiene que sus nuevos desarrollos incorporan criterios de sostenibilidad, eficiencia energética y movilidad inteligente, aunque esas afirmaciones deberán comprobarse cuando los proyectos entren plenamente en funcionamiento.
Más allá de esas controversias, sería un error analizar El Mukaab únicamente desde la óptica arquitectónica. El edificio simboliza una estrategia nacional destinada a reposicionar a Arabia Saudita en la economía global. La monumentalidad cumple una función política: proyectar confianza, atraer capitales y construir una imagen internacional asociada con la innovación y el desarrollo.
Para América Latina, el proceso ofrece enseñanzas valiosas. Mientras numerosos países de la región permanecen atrapados en debates coyunturales y ciclos políticos de corto plazo, otras economías diseñan estrategias con horizontes de varias décadas, respaldadas por planificación, financiamiento e integración entre el sector público y privado. No se trata de replicar modelos sin considerar las diferencias culturales o institucionales, sino de comprender que el desarrollo sostenible requiere visión estratégica y continuidad.
Uruguay, por ejemplo, posee fortalezas en estabilidad institucional, energías renovables, producción agroalimentaria, servicios globales y tecnología. Sin embargo, la competencia internacional exige pensar también en infraestructura de nueva generación, logística, inteligencia artificial y ciudades capaces de atraer inversión de alto valor agregado. La transformación saudita demuestra que la competencia del siglo XXI no será únicamente entre países, sino entre ecosistemas económicos capaces de generar innovación y oportunidades.
El Mukaab puede convertirse en el edificio más grande del planeta, pero su verdadero objetivo es mucho más ambicioso: representar el nacimiento de una nueva etapa para Arabia Saudita.
En cualquier caso, la obra ya ocupa un lugar destacado en la historia contemporánea. No solo por su tamaño, sino porque expresa cómo las grandes potencias emergentes utilizan la infraestructura, la innovación y el urbanismo como herramientas de influencia económica y geopolítica. En el nuevo mapa del poder mundial, El Mukaab no es simplemente un edificio: es la representación física de la ambición saudita por ocupar un lugar central en el siglo XXI.
Publicado por: Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/mukaabid202460/
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