
“CALUMNIAD, CALUMNIAD QUE DE LA CALUMNIA ALGO QUEDA”
Esa frase, atribuida al político colombiano LAUREANO GÓMEZ, caudillo conservador del siglo XX, sirve de título a este artículo y ejemplo elocuente de la estrategia de la derecha colombiana para mantenerse en el poder. Laureano Gómez fue el señalado líder de los “chulavitas” o “pájaros”, paramilitares financiados y sostenidos en Colombia por gobiernos conservadores de los años cincuenta, época aciaga en la que se libró una de las tantas grandes confrontaciones irregulares y fratricidas que han agobiado al pueblo colombiano en la que el conservatismo, en el poder, condenó a la muerte extrajudicial a poco más de 300 mil colombianos de todas las edades, acusándolos de ser liberales y comunistas, masacrando y desplazando familias enteras y despojándolos de sus parcelas y de todo lo robable que pudieran tener en su poder, auspiciados por la iglesia católica de esos terribles y luctuosos tiempos.
La mentira ha sido desde siempre un recurso al alcance de quienes polemizan y discuten en el plano político el destino de las sociedades humanas, no es, por supuesto, precisamente una herramienta exclusiva de una sola tendencia política, pero ejemplos sobran de su utilización con mayor frecuencia entre los movimientos de derecha y ultraderecha que instrumentalizan la mentira no solo para ganar elecciones, sino para redefinir el discurso público.
Más allá de una argumentación juiciosa, rigurosa y con bases científicas, se apela a la mentira para incidir en el debate público a través de tácticas recurrentes que se han mostrado en muchos casos eficaces:
- Polarización y Manipulación emocional: Apelación a la emoción más que a la razón: Se inspira el miedo, la rabia, el rencor en sectores vulnerables y resentidos de la población con limitados recursos de análisis.
- Maximización de las crisis y simplificación de sus causas
- Filtración de rumores y tergiversaciones del mensaje de los adversarios para afectarlos reputacionalmente,
- Comunicación compartimentada, incompleta, descontextualizada y manipulada.
- Alteración de los hechos y construcción de realidades paralelas a través de la repetición incesante de mentiras
- Erosión de la confianza institucional, pero también entre los mismos ciudadanos
Un artículo publicado en 2023 en la revista Nature entrega los resultados de un análisis de más de 700 mil trinos de usuarios estadounidenses de la plataforma hoy llamada “X” y concluye que “Las personas conservadoras parecen ser más propensas a utilizar un lenguaje que implique amenazas, intimidación, insultos, humillación, estereotipos y prejuicios negativos. También son ligeramente más propensos a utilizar lenguaje de odio»
Sobre el particular volveremos más adelante.
Kant asume la discusión con un rigor implacable: No hay concesiones para la mentira, el deber moral de todo ser humano es decir siempre la verdad, cueste lo que cueste, es una obligación moral absoluta, incondicionada y universal. La mentira es siempre más dañina pues destruye la confianza social y vulnera la dignidad del otro. Decir la verdad es un “imperativo categórico”, un precepto moral unidireccional sin atenuantes que debería ser una ley universal.
En oposición a esa inflexibilidad kantiana corrientes como el utilitarismo preconizan que en ciertas circunstancias el daño de una mentira puede ser muy inferior al de conocer la verdad
En un artículo publicado en El Desconcierto en enero de 2026, “El uso obsceno de la mentira como estrategia política de la derecha”, el sociólogo chileno Fernando de la Cuadra asegura que: “La mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social”
De la Cuadra hace referencia al uso de la mentira como herramienta y estrategia política de la derecha, más aún en su versión ultra, no solo para engañar a la ciudadanía sino para deformar los hechos, crear una realidad paralela conforme a sus intereses y desarticular a los adversarios.
En su artículo trae a colación al sociólogo brasileño Jessé Souza quien afirma que “la mentira es un arma de guerra utilizada no solamente contra el enemigo de ocasión, sino con la finalidad de adolecer a la sociedad como un todo, llevándola a un estado de guerra latente y así quebrar todos los acuerdos morales implícitos sobre los cuales se apoya la vida social”.
Allegando ejemplos muy actuales y muy evidentes de manipulación, de la Cuadra hace alusión a las acusaciones formuladas por Trump para justificar el secuestro de Maduro y la posterior “justificación” que, ante la probada inexistencia del tal “Cartel de los Soles” el gobierno estadounidense se arroga un cuestionable “imperativo moral” al decir que aún si no existe el famoso cartel, de todas maneras, Maduro estaría involucrado en actos de corrupción en su país. Ejemplos de este tipo de conductas sobran, sin ir más lejos el bulo de las armas atómicas y químicas que utilizó el gobierno gringo para justificar la invasión a Irak, la destrucción y pillaje de las riquezas culturales y los recursos de ese país y la ejecución del incómodo Sadam Hussein. El engaño que llevó también al martirio de Libia y el asesinato de Gadafi. Siguiendo su análisis concluye: “La extrema derecha mundial utiliza la mentira para desprestigiar la política misma, especialmente aquella política que busca los cauces democráticos como vía para expresar las opiniones y propuestas del conjunto de la comunidad.”
En nuestro subcontinente hace referencia a la falsa postura de outsiders de Kast, Milei, Bolsonaro, Bukele, que repiten como una letanía su condición de alternativa frente a la condición de corruptos de todos los políticos diferentes de ellos mismos, la inutilidad de la democracia para gestionar las diferencias sociales y la utilización de los derechos humanos para “proteger a los delincuentes”.
Con esos cantos de sirena y aprovechándose paradójicamente de la misma democracia que critican llegan al poder ungidos por masas alucinadas y seducidas por sus planteamientos, sólo para convertirse precisamente en aquello que en apariencia rechazaban: Autoritarismo, corrupción, represión y denigración de la discrepancia.
Nos recuerda el autor la estrategia constante de crear falsos dilemas y falsos enemigos a los que le atribuyen la culpa de todo lo malo que puede existir en la sociedad: Los inmigrantes, Las feministas, los “comunistas”, los ambientalistas, los “pacifistas”, los “indígenas”, los estudiantes y cómo, con ayuda de un robusto manejo de medios difunden sus falsas premisas y acusaciones dirigidas no a la inteligencia de sus seguidores, sino a sus emociones: Buscan exacerbar su odio, su rencor, su rabia, su resentimiento, valiéndose de su apelación a “valores” y “principios” tradicionales como la familia, la libertad, la patria, Dios, promueven el fanatismo y la violencia, deshumanizan al adversario, lo convierten en un monstruo.
Su objetivo son sujetos elementales, poco reflexivos, resentidos, procedentes de entornos problemáticos a quienes prometen que, a través de sus promesas sin fundamento, podrán superar sus limitaciones de manera mágica, obteniendo, a través de la violencia, retribución inmediata a sus falencias materiales y humanas: “(…) promesas de realización, prosperidad y auto emprendimiento que se mostraron completamente vacías, pero que siguen generando esperanzas entre los desesperados.”
Al convertir su falsa letanía en verdad, deforman la realidad obviando la presentación de pruebas de sus asertos, pues, al fin de cuentas, se basan en lugares comunes alterados y acríticos que ocultan la realidad, convierten la “verdad” en un campo de batalla, donde más que pruebas concretas, se buscan consensos, unanimismos, una conjunción de opiniones de mayorías manipuladas y adocenadas. “Así, continúa su análisis, la verdad deja de ser un terreno común y se vuelve una trinchera más, favoreciendo a aquellos que poseen mayor poder comunicacional y control de los medios.”
En su narrativa no hay lugar a análisis profundos y minuciosos, sólo una simple retahíla de asertos “absolutos”, la “realidad” que venden es muy simple, privada de interrelaciones y nexos que revelen su complejidad implícita. Alude al axioma del sociólogo estadounidense William I. Thomas: “Si una situación es definida como real, ella es real en sus consecuencias”
El pavoroso engaño de la falaz simplicidad que difunde la ultraderecha estriba en que, en última instancia, “la mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social.”
En un artículo publicado en julio de 2025 en El Salto, intitulado “La mentira, ese privilegio de la derecha reaccionaria” Rosario Martínez Leal asegura que, pese a que a lo largo de la historia se ha señalado el daño que la mentira genera en las relaciones sociales y se ha impuesto de diversas maneras a la población general la obligación moral de no mentir, “la misma sociedad accidental ha institucionalizado la hipocresía como una forma de la mentir y también como un privilegio de clase. En determinadas esferas de poder económico y político tan solo es necesario aparentar que se actúa con honestidad para poder exigir la rectitud de todos.”
La mentira se convierte entonces en un privilegio asociado al estatus, una herramienta del poder, al punto de que ya no sólo les es permitido mentir, sino que además les es dado presumir de ello y, como bien asegura la autora, “debemos tomar conciencia del enorme problema que supone que este tipo de personaje llegue a una posición de elevado poder político, porque derribar la barrera de la honestidad (o su apariencia) le confiere el poder de destruir las instituciones que le sean incómodas o de hacer pasar dictaduras por democracias.”
La analista asegura que “Mentir no es solo contrario a decir la verdad, también es lo contrario a hacer justicia” (…) pues, “la verdad y actuar de “buena fe” (obrar con sinceridad, honestidad y rectitud) lo que sostiene a las estructuras sociales de las democracias y sus instituciones”.
La verdad es la víctima y a la vez el antídoto del engaño, no una verdad compleja y de difícil entendimiento, una verdad diáfana, sencilla, sin afeites que responda “a la realidad que vivimos, con el reconocimiento de nuestro entorno inmediato y las circunstancias que nos afectan, aterrizando en nuestra vida, la que está delante de nuestros ojos y no detrás de las pantallas grandes o pequeñas.”
Al respecto asegura Pablo Iglesias Turrión, reconocido politólogo español, “La democracia requiere de unas mínimas condiciones y no es legítimo que los medios mientan. Mentir no es un delito, pero un mentiroso no puede tener jamás consideración de periodista. Esto amenaza de muerte al periodismo y a la democracia”
Aterrizando en Colombia, país que hoy se enfrenta al desafío de unas elecciones como nunca polarizadas, Mauricio Jaramillo Jassir politólogo colombiano expone en un artículo intitulado “La desinformación, herramienta de la derecha colombiana” publicado en Diciembre de 2024, que con la llegada del gobierno de Gustavo Petro, la prensa tradicional, robustamente financiada por el bolsillo de las familias y conglomerados más ricos y poderosos del país, se ha volcado a una cruzada de desinformación apelando a las noticias falsas, los titulares engañosos y la información parcial.
Asegura Jaramillo que la información y diríamos también que la verdad es un cruento campo de batalla en extremo complejo. Nos recuerda la manipulación obscena que se dio cuando en 2016 el presidente Juan Manuel Santos intentó revalidar mediante un plebiscito el acuerdo de paz arduamente conseguido con las FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la mayor guerrilla, por entonces y la más longeva, no sólo de América sino también del mundo. Mentira tras mentira sibilinamente filtrada a través de artículos de prensa, declaraciones de políticos, en especial de ese adalid de la guerra ALVARO URIBE VELEZ: “Se dijo que estarían en riesgo las pensiones (jubilaciones o retiros), que los firmantes de paz (desmovilizados) se convertirían automáticamente en generales y que el país se encaminaría a una “venezolanización”, una advertencia no sólo infundada sino con tufo a xenofobia.”
Tal como se señaló en referencias anteriores la “oposición” a la paz se cuidó de manifestarse como tal con el engañoso eslogan de “La paz si, pero no así”, la desinformación se compartimentalizó enfatizando una u otra mentira en las diferentes regiones del país, se impuso, naturalmente el no pese a lo absurdo de los reproches a la paz y poco tiempo después de su repugnante triunfo un sujeto de la ultraderecha salió a vanagloriarse de que habían conseguido que la gente votara con rabia.
Ganó la guerra, en un país donde habían fracasado decenas de intentos anteriores de conseguir la paz, un país agobiado por el odio y la violencia, pero ganó la guerra precisamente en las zonas que no estaban directamente afectadas por el conflicto como los grandes centros urbanos. Traslució en ese momento la verdadera vocación no sólo de la derecha sino del centro que terminó, como habitualmente lo hace, basculando a la derecha.
La mentira cabalga y galopa con mayor intensidad a medida que se avanza hacia este 2026, año electoral, se ha hecho tanto más evidente cuanto mayores son los avances y logros del gobierno del Cambio. Jaramillo desglosa tres situaciones que han hecho que esa campaña se intensifique:
- El desempeño económico positivo del gobierno: Ni el dólar subió a niveles estratosféricos, tampoco hubo una masiva fuga de capitales, tampoco se perdió el grado de calificación del país para los préstamos e inversiones internacionales.
- El efecto de las campañas mentirosas de la derecha internacional, empezando por Donald Trump y el movimiento MAGA en nuestro principal socio comercial.
- La proximidad del proceso electoral y la ineficacia de la estrategia de denigrar de la capacidad administrativa del presidente, de la idoneidad de sus ministros, de la salud de Gustavo Petro, sus presuntas adicciones. Ante ello siembran la narrativa de la inocuidad de este gobierno, la ineficacia de su lucha anticorrupción, su presunta precariedad moral
Ejemplos de esa manipulación sobran, en los últimos días luego del ascenso de IVAN CEPEDA CASTRO como candidato del PACTO HISTORICO a la presidencia y, en vista de su constante y consistente liderazgo en las encuestas, figurines de la ultraderecha como Vicky Dávila, Paloma Valencia, Álvaro Uribe Vélez, Abelardo de la Espriella, los hijos del señor Uribe han repetido hasta la saciedad acusaciones como la de que Cepeda es el “Heredero de las FARC”, se han puesto en circulación videos, fotografías, falsos manuscritos y testimonios en los que se le vincula al narcotráfico, al asesinato de Miguel Uribe.
Medios como Semana, El Colombiano, El tiempo, La Silla Vacía, El Espectador, Caracol y RCN, ya no tan influyentes como en 2016, repiten y repiten sin cesar acusaciones sin fundamento, “opiniones” degradantes, noticias falsas que, pese a ser refutadas, no generan las debidas retractaciones. porque, como bien lo dice Mauricio Jaramillo Jassir “Acá lo que vale es imponer una narrativa, mas no informar, deliberar o confrontar con argumentos.”
Culmina su artículo con una conclusión categórica: “En Colombia es urgente mencionarlo: la apología al odio y a la violencia no son opiniones y nada legitima, aunque sean medios privados, que se apele a la desinformación como estrategia política.”
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

