
En 2021 el coronavirus mató a más de 410 mil brasileños: el segundo país con más muertes del mundo. A meses de las elecciones presidenciales del 2022, la figura de Lula se agigantó a la vez que la imagen de Bolsonaro se deteriora día a día.
La resurrección política y electoral de Luiz Inácio Lula da SIlva como amplio favorito a la Presidencia tras la anulación de sus condenas por haber sido víctima de lawfare es una de las marcas de este 2021. Un año en el que Brasil además sufrió la segunda ola letal de Covid-19 con la variante surgida en Manaos, un récord de muertos y un presidente, Jair Bolsonaro, al borde de un autogolpe de Estado que no hizo más que reducir, al ritmo del regreso del hambre de los años 80 y 90, sus chances de reelección.
El negacionismo de Bolsonaro y la pandemia
Más de 410.000 de los casi 620.000 fallecidos por la pandemia en Brasil ocurrieron este 2021 y esto se reflejó en que la composición demográfica del país fue alterada por el pozo mortal de la Covid-19, convirtiendo a Brasil en el país donde más se murió por el coronavirus después de Estados Unidos.
La vacunación se inició en forma tardía el 17 de enero pese a las resistencias de Bolsonaro, quien decidió no vacunarse y cargar durante todo el año contra las medidas sanitarias y a favor de remedios sin eficacia como la hidroxicloroquina, mientras colapsaba el sistema de salud de los estados pese a las cuarentenas dictadas por gobernadores.
El 2021 será el año que más muertes tenga en su historia Brasil, incluso más que en la Guerra de la Triple Alianza, solamente superado por el genocidio indígena y los tres siglos de esclavitud.
Por eso, la pandemia y sus consecuencias generaron en Bolsonaro una reacción antivacunas que el resto de la población no acompañó: incluso la ultraderecha se fue a vacunar y fracasaron los intentos del propio mandatario de restarle credibilidad a la vacuna china CoronaVac, la primera a ser aplicada en el país por iniciativa del Gobierno de San Pablo, en una dinámica casi separatista de los estados contra el Poder Ejecutivo Nacional.
Bolsonaro, abiertamente negacionista, fue además acusado por una comisión del Senado que trabajó siete meses en una investigación sin precedentes, de 11 delitos, entre ellos crímenes contra la humanidad cuyos cargos serán llevados a la Fiscalía del tribunal penal internacional de La Haya.
Finalmente, cuando explotó la crisis de inflación y su agenda privatizadora y neoliberal hizo agua con el aumento de las tarifas y los combustibles, y la eliminación de subsidios, el presidente se encontró con que de la vereda de enfrente aparecía el inoxidable extornero metalúrgico Lula, resucitado políticamente con una ventaja de 20 puntos en las encuestas y sostenido por las carencias de un modelo basado en la meritocracia y, en palabras del presidente, ‘lo duro que es ser patrón».
Hábil para formar su mayoría en el Congreso, Bolsonaro hizo un acuerdo con la vieja política que lo blindó de los más de cien pedidos de juicio político por diversos crímenes, la mayoría vinculados a sus omisiones ante la pandemia y la matanza provocada por el virus.
Pero esa imagen de Trump de los trópicos fue perdiendo aliento desde que en marzo el Supremo Tribunal Federal anuló, primero por cuestiones de jurisdicción, todas las condenas contra el expresidente Lula en la Operación Lava Jato, que lo había detenido por 580 días por orden del exjuez Sergio Moro, lo que obligó a retirar su candidatura presidencial en 2018, elección que ganó Bolsonaro.
Hoy, el expresidente de 76 años, al contrario de lo que suponían desde el mercado financiero y los grandes medios que abrazaron la candidatura de Moro y la agenda económica de Bolsonaro, hizo un amague futbolero y en lugar de radicalizarse comenzó a dialogar con conservadores, centristas moderados y antibolsonaristas que incluso habían votado por la destitución de su sucesora, Dilma Rousseff.
En parte se debe al rechazo que provocó el autogolpe de Estado que intentó sin éxito el 7 de septiembre cuando dijo ante cientos de miles en la Avenida Paulista de San Pablo que no iba a cumplir las sentencias del juez supremo Alexandre de Morais, que lo investiga a él y a sus aliados por atentar contra la democracia.
Como a los tres días retrocedió, hasta sus más extremistas seguidores se han decepcionado y este electorado, que con la aparición de Moro está partiendo en dos a la ultraderecha, no hace mas que aumentar las chances de Lula tal vez con una inédita alianza electoral de la antigua derecha moderada.
Crisis económica
Pero, como si no fuera suficiente, Bolsonaro enfrenta una crisis económica galopante con familias enteras viviendo en los viaductos de San Pablo y Río de Janeiro en busca de restos de comida.
Según estudios privados, la mitad de la población, unos 110 millones de habitantes, sufre algún tipo de inseguridad alimentaria, mientras que 19 millones directamente están en situación de hambre, es decir, no saben si van a comer hoy o mañana. Bolsonaro, en este contexto, eliminó el plan Bolsa Familia que había sido la bandera del Partido de los Trabajadores e instaló un confuso programa al que millones aún no pueden acceder por problemas burocráticos.
TELAM
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