La instalación en Belém, en el estado brasileño de Pará, del BEL1, presentado por Elea Data Centers como el primer data center neutral dedicado a inteligencia artificial de la región amazónica, acaba de convertirse en el centro de una discusión que va mucho más allá de la tecnología. El proyecto, con una inversión inicial estimada en R$ 250 millones, comenzará con una capacidad de 7,5 megavatios y está previsto que entre en operación durante el segundo trimestre de 2027, aunque su diseño contempla una expansión futura hasta 100 MW. Mientras la empresa sostiene que utilizará energía 100 % renovable y un sistema de refrigeración de circuito cerrado que no consume agua para enfriar los servidores, el Ministerio Público del Estado de Pará abrió investigaciones sobre los posibles impactos ambientales, climáticos y sociales del emprendimiento. Entre las preocupaciones aparecen la generación de calor, el ruido, la demanda energética, el impacto acumulativo sobre el territorio y la necesidad de contar con reglas ambientales específicas para instalaciones de inteligencia artificial de gran escala.
El caso de Belém tiene una particularidad que lo vuelve especialmente relevante: el proyecto todavía no está funcionando, pero la discusión sobre sus consecuencias ya comenzó. Esto permite observar un fenómeno que probablemente se repetirá en otras regiones de Brasil durante los próximos años: la carrera para atraer infraestructura de inteligencia artificial está avanzando más rápidamente que la construcción de un marco regulatorio específico para evaluar sus impactos.
El BEL1 será instalado en la zona portuaria de Miramar, próxima a una subestación de alta tensión. Según Elea, la ubicación fue escogida precisamente para garantizar disponibilidad y confiabilidad energética, además de facilitar la conexión de la nueva infraestructura con la red nacional e internacional de centros de datos. La empresa afirma que la primera fase tendrá 7,5 MW de capacidad y que existen condiciones para ampliar progresivamente el complejo hasta 100 MW.
La dimensión de esa posible expansión es fundamental. Un centro de 7,5 MW ya representa una demanda eléctrica considerable, pero llegar a 100 MW significa multiplicar por más de 13 veces la capacidad inicial. Por eso, cualquier análisis ambiental serio debe considerar no solamente el escenario de apertura, sino también lo que podría ocurrir si las ampliaciones previstas se concretan.
La promesa tecnológica detrás del proyecto
La apuesta empresarial es clara: llevar capacidad de procesamiento de inteligencia artificial hacia el norte de Brasil, una región que históricamente dependió de infraestructuras digitales concentradas en otras partes del país o incluso de servicios procesados fuera de la región.
Un data center de este tipo funciona como una enorme infraestructura informática. Allí se concentran servidores, procesadores especializados, sistemas de almacenamiento, redes de alta velocidad, baterías, equipos eléctricos y mecanismos de refrigeración capaces de mantener funcionando continuamente máquinas que producen grandes cantidades de calor.
La expansión de la IA generativa está aumentando la demanda de este tipo de instalaciones porque entrenar y ejecutar modelos avanzados requiere enormes cantidades de capacidad computacional. La infraestructura física se ha convertido, por tanto, en una pieza estratégica de la competencia tecnológica mundial.
El proyecto de Belém fue concebido en 2024, cuando la ciudad fue confirmada como sede de la COP30, y sus promotores lo presentan también como una oportunidad para fortalecer la infraestructura digital de la región amazónica.
Para Belém, esto puede significar nuevas inversiones, empleos especializados, conectividad, servicios de computación en la nube y mayor capacidad para desarrollar empresas vinculadas con inteligencia artificial.
Pero existe una pregunta inevitable: ¿cuál será el costo ambiental de convertir la Amazonía en un nuevo polo de infraestructura digital?
El calor que genera una fábrica de inteligencia artificial
Los servidores utilizados para procesar inteligencia artificial consumen electricidad y prácticamente toda esa energía termina transformándose en calor. Ese calor debe ser retirado continuamente mediante sistemas de refrigeración.
En el caso del BEL1, la empresa afirma que utilizará refrigeración por expansión directa, mediante circuitos cerrados con refrigerante, evitando las torres de evaporación y, según la compañía, eliminando el consumo de agua destinado específicamente al enfriamiento. Elea señala que el sistema tendrá un WUE igual a cero, es decir, cero consumo de agua asociado directamente a la refrigeración durante la operación.
Esto constituye una diferencia importante frente a otros modelos de data centers que utilizan sistemas evaporativos. Sin embargo, que el centro no consuma agua para refrigeración no significa que el proyecto carezca de impacto ambiental.
Continúan existiendo otros factores: consumo eléctrico, calor disipado, ruido, infraestructura de transmisión, equipos auxiliares, construcción, generación de residuos electrónicos y ocupación del territorio.
El debate sobre el calor tampoco es exclusivamente teórico. Un estudio internacional publicado en 2026 analizó el denominado “data heat island effect”, o efecto de isla de calor de los centros de datos, y estimó un aumento promedio de aproximadamente 2 °C en la temperatura superficial de las áreas cercanas a determinados centros después del inicio de sus operaciones. Los propios autores advierten que se trata de un fenómeno que debe ser estudiado en relación con las características específicas de cada territorio.
Eso no permite afirmar que el BEL1 vaya a elevar en 2 °C la temperatura de Belém. Sería una extrapolación incorrecta. Lo que demuestra la investigación es que la disipación térmica de grandes instalaciones de computación puede modificar las condiciones microclimáticas locales, razón por la cual debe ser estudiada antes de autorizar expansiones de gran escala.
La Amazonía no es un territorio climático cualquiera
Aquí aparece una particularidad que diferencia a Belém de otros lugares donde se están construyendo data centers.
La capital de Pará se encuentra en una región de altas temperaturas, elevada humedad y condiciones atmosféricas tropicales. El confort térmico de la población depende en gran medida de la circulación del aire, de la vegetación, de la sombra y de las características urbanas.
Agregar una infraestructura que genera calor de manera continua no significa automáticamente producir una catástrofe climática, pero sí obliga a estudiar con precisión la interacción entre el calor industrial, la arquitectura del complejo, los vientos predominantes, la vegetación y las condiciones urbanas del entorno.
En otras palabras, el problema no debe plantearse como “data center sí” o “data center no”. La cuestión científica y política es dónde, cuánto, con qué tecnología y bajo qué condiciones puede instalarse.
La investigación del Ministerio Público
La preocupación institucional ya dejó de ser una discusión académica.
El Ministerio Público del Estado de Pará abrió un inquérito civil relacionado con el proyecto para investigar aspectos de su instalación y posibles impactos ambientales, climáticos y sociales. Entre los asuntos analizados aparecen la generación de calor, el consumo de recursos, el ruido, el proceso de licenciamiento y la posible afectación de comunidades cercanas.
La investigación adquirió además una dimensión territorial porque el área de influencia del proyecto se encuentra próxima a zonas pertenecientes al municipio de Barcarena. El Ministerio Público de Pará ya había iniciado actuaciones relacionadas con posibles impactos sobre comunidades ribereñas ubicadas cerca del emprendimiento.
Este punto es particularmente importante en la Amazonía. Una evaluación ambiental no puede limitarse necesariamente al terreno donde se construye el edificio. Los impactos de una infraestructura energética y digital pueden extenderse mediante redes eléctricas, circulación de vehículos, ruido, emisiones indirectas, infraestructura de conectividad y utilización de recursos.
El problema de las reglas
La cuestión regulatoria es posiblemente el elemento más importante de todo el caso.
Brasil posee legislación ambiental y mecanismos de licenciamiento que pueden aplicarse a diferentes tipos de actividades. Lo que está en discusión es si existe una regulación suficientemente específica para considerar las características particulares de los data centers de inteligencia artificial de gran escala.
El Consejo Nacional del Medio Ambiente, Conama, aprobó en junio de 2026 una moción que expresó preocupación por políticas de atracción de data centers que prioricen aspectos económicos sobre salvaguardas socioambientales. El organismo pidió directrices específicas para el licenciamiento ambiental de estos centros y recomendó considerar eficiencia energética e hídrica, impactos acumulativos y territoriales, participación pública, ruido y posibles restricciones para instalaciones en áreas de estrés hídrico o próximas a territorios de conservación.
El documento es relevante porque demuestra que la discusión no comenzó únicamente a raíz del proyecto de Belém. Existe una preocupación nacional respecto de cómo Brasil debe regular una infraestructura que combina tecnología, energía, agua, construcción y territorio.
En Minas Gerais, por ejemplo, la Asamblea Legislativa también realizó en julio de 2026 una audiencia sobre los impactos socioambientales de un proyecto de data center de IA en Uberlândia. Los participantes señalaron la falta de regulación específica y defendieron la necesidad de estudiar consumo de agua, energía y ruido.
La discusión, por lo tanto, está empezando a adquirir dimensión nacional.
El agua: una preocupación que no desaparece
El caso de Belém presenta una característica favorable: la tecnología de refrigeración anunciada por Elea evita el consumo de agua para enfriamiento.
Pero eso no elimina la discusión hídrica que acompaña a la expansión mundial de los centros de datos.
Un informe del Comitê Gestor da Internet no Brasil advierte que las operaciones de data centers pueden requerir cantidades significativas de agua dependiendo de la tecnología de refrigeración utilizada y que el impacto debe analizarse de acuerdo con las condiciones locales. También señala la necesidad de mejorar la medición y divulgación del consumo energético e hídrico de la inteligencia artificial.
El BNDES, por su parte, destaca la importancia de indicadores como PUE, que mide eficiencia energética, y WUE, relacionado con la utilización de agua, precisamente porque permiten comparar el desempeño ambiental de diferentes instalaciones.
Esto abre una posibilidad interesante para Brasil: en lugar de discutir únicamente permisos y prohibiciones, el país podría establecer metas cuantificables de eficiencia energética, hídrica y de carbono para cada nuevo centro de datos.
Energía renovable no significa impacto cero
Elea sostiene que el BEL1 será abastecido con 100 % de energía renovable, mediante contratos de suministro de largo plazo y certificados I-REC.
Este es un argumento importante para el proyecto, pero debe ser interpretado correctamente.
Utilizar energía renovable puede reducir significativamente las emisiones asociadas al consumo eléctrico del data center. Sin embargo, la demanda energética continúa existiendo. Un centro de 100 MW necesita una infraestructura eléctrica de enorme escala y exige capacidad de generación, transmisión y respaldo.
Además, la construcción de la infraestructura, la fabricación de servidores, la producción de chips, los equipos de refrigeración y las obras civiles también tienen una huella ambiental.
Por eso, la pregunta correcta no es solamente “¿la electricidad es renovable?”, sino también “¿cuál es el impacto total del sistema?”.
La carrera brasileña por atraer data centers
El debate de Belém ocurre mientras Brasil intenta posicionarse como uno de los destinos preferidos para nuevos centros de datos.
El país posee ventajas importantes: una matriz eléctrica con elevada participación de fuentes renovables, abundancia relativa de energía, grandes mercados consumidores, conexiones internacionales y una industria tecnológica en expansión.
Un informe del BNDES identifica precisamente la disponibilidad de energía y la necesidad de mejorar la eficiencia de los centros de datos como elementos estratégicos para la infraestructura computacional de la era de la inteligencia artificial.
La oportunidad económica es considerable. Estudios de mercado citados por XP estiman que la expansión de data centers podría movilizar hasta US$ 1 billón em cinco anos no Brasil, embora projeções dessa natureza dependam de investimentos, disponibilidade energética, conectividade e condições regulatórias.
Isso significa que haverá uma forte competição entre estados e municípios para atrair esses empreendimentos.
E justamente por isso o caso de Belém é importante: a competição por investimentos pode criar incentivos para flexibilizar exigências ambientais, enquanto a ausência de critérios nacionais claros pode produzir diferentes padrões de avaliação de um estado para outro.
O paradoxo amazônico
Existe ainda uma contradição simbólica e econômica.
A Amazônia abriga um dos maiores patrimônios naturais do planeta e, ao mesmo tempo, pode se transformar em um novo território estratégico para a economia digital.
A região já possui infraestrutura energética, portos, cabos de comunicação e uma população que necessita de empregos qualificados e novas oportunidades econômicas. Um data center pode ajudar a criar um ecossistema tecnológico regional, aproximando universidades, empresas, startups e serviços de inteligência artificial.
Mas a Amazônia também enfrenta problemas históricos de infraestrutura, desigualdade, saneamento e proteção ambiental.
Por isso, a instalação de um data center não deveria ser analisada apenas pela quantidade de empregos diretamente criados. É necessário perguntar quanto valor tecnológico ficará na região, quantos profissionais locais serão capacitados, se haverá parceria com universidades, se empresas amazônicas participarão da cadeia de fornecedores e se parte dos benefícios econômicos permanecerá em Belém e no Pará.
Antes, agora e depois
Antes do BEL1, a infraestrutura de inteligência artificial no Brasil estava fortemente concentrada em grandes centros econômicos e tecnológicos. A região Norte possuía demanda crescente por serviços digitais, mas não ocupava posição equivalente na distribuição nacional de grandes infraestruturas de processamento.
Agora, Belém tenta entrar nesse mapa com um projeto de R$ 250 milhões, capacidade inicial de 7,5 MW, operação prevista para 2027 e possibilidade de chegar a 100 MW. A empresa apresenta o empreendimento como uma infraestrutura renovável e eficiente, enquanto órgãos públicos e setores da sociedade questionam se os mecanismos de controle ambiental são suficientes.
Depois, se a expansão ocorrer, o BEL1 poderá se transformar em um dos maiores polos de computação da região Norte. Isso poderá trazer investimentos, conectividade, serviços de nuvem, inteligência artificial e empregos especializados.
Mas também poderá criar uma nova categoria de pressão sobre o território se a expansão ocorrer sem estudos ambientais proporcionais à escala.
A decisão que Belém terá que tomar
O caso de Belém representa, portanto, uma espécie de teste para o Brasil.
Se o país conseguir combinar energia renovável, tecnologia eficiente, licenciamento transparente, participação social, monitoramento térmico, controle de ruído, eficiência hídrica e contrapartidas econômicas, o data center poderá se tornar um exemplo de como a Amazônia pode participar da economia digital sem abrir mão de seus compromissos ambientais.
Se, ao contrário, a prioridade for apenas acelerar investimentos e aumentar rapidamente a capacidade computacional, o projeto poderá contribuir para uma expansão tecnológica sem que o Estado tenha desenvolvido ferramentas suficientes para medir seus custos ambientais.
O mais importante é que a discussão acontece antes da entrada em operação, e não depois de o problema estar instalado. Esse é justamente o momento em que pesquisadores, autoridades, comunidades e empresas podem definir quais parâmetros deverão ser cumpridos.
A inteligência artificial necessita de enormes quantidades de capacidade computacional. A Amazônia possui energia, conectividade em expansão e uma posição estratégica no continente. O desafio será impedir que essa combinação seja interpretada como uma autorização para instalar infraestrutura de qualquer tamanho em qualquer lugar.
O BEL1 pode representar o começo de uma nova indústria tecnológica na Amazônia. Também pode representar o primeiro grande teste brasileiro sobre como conciliar a corrida mundial pela inteligência artificial com os limites físicos de um território ambientalmente estratégico. A resposta que Belém construir agora poderá estabelecer um precedente para dezenas de outros data centers que deverão ser disputados por estados brasileiros nos próximos anos.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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