Un submarino alemán que se hundió durante la Primera Guerra Mundial continúa dejando una huella tóxica en el ecosistema marino más de 100 años después de desaparecer bajo las aguas. Investigadores que estudian los restos del UC-30, frente a la costa de la isla danesa de Rømø, encontraron residuos de TNT en el agua, los sedimentos y organismos marinos que viven alrededor del naufragio. El descubrimiento vuelve a poner bajo la lupa un problema que podría extenderse a miles de antiguos naufragios militares repartidos por el Mar del Norte.
El UC-30 era un submarino alemán especializado en colocar minas y se encontraba en una misión durante abril de 1917. Había partido hacia Irlanda para realizar operaciones de minado, pero sufrió problemas en sus motores y tuvo que regresar. Cuando se encontraba en el trayecto de vuelta hacia Alemania, navegando frente a la costa de Dinamarca, chocó con una mina británica y se hundió. Los 27 integrantes de su tripulación murieron.
El submarino llevaba una carga especialmente peligrosa. En su interior permanecieron 18 minas y seis torpedos, además de otros elementos relacionados con su armamento. Estudios técnicos estiman que todavía podrían quedar entre 3,1 y 4,8 toneladas de explosivos asociados al naufragio, una cantidad que explica la preocupación actual de los investigadores por el deterioro progresivo de la estructura metálica.
Durante casi un siglo, el UC-30 permaneció perdido. Los restos fueron localizados recién en 2016 por el buzo danés Gert Normann Andersen, cerca de un siglo después del hundimiento. Posteriormente, el naufragio pasó a formar parte de investigaciones del proyecto NorthSeaWrecks, que analiza cómo los restos de embarcaciones militares de las dos guerras mundiales continúan afectando al ambiente marino.
La investigación realizada por científicos de la Universidad de Aarhus, con apoyo de la Marina danesa, permitió obtener muestras directamente alrededor del submarino. Los buzos militares recogieron agua, sedimentos y organismos marinos en diferentes puntos del naufragio y del fondo marino. También utilizaron imágenes y registros de la estructura para determinar el estado de conservación del submarino y observar qué tan expuestas se encuentran las municiones que todavía permanecen en su interior.
Uno de los resultados más importantes fue la detección de TNT —trinitrotolueno— en el agua, en los sedimentos y en organismos marinos. Los investigadores encontraron rastros del compuesto en animales como estrellas de mar y mejillones que viven sobre o cerca de los restos del submarino. Para el equipo científico, esto confirma que los productos derivados de los explosivos están pasando desde las municiones hacia el ambiente.
La presencia de TNT en los organismos resulta especialmente relevante porque demuestra que la contaminación no se limita al interior del naufragio. Los compuestos liberados pueden incorporarse al entorno y entrar en contacto con la vida marina. Sin embargo, los científicos todavía no han determinado cuál es la extensión total de la contaminación ni hasta qué distancia del submarino pueden detectarse sus efectos. La evaluación inicial apunta a un impacto principalmente localizado alrededor del naufragio.
El verdadero problema puede aparecer con el paso del tiempo
El mayor temor de los investigadores no es solamente la contaminación que ya fue detectada, sino lo que podría suceder a medida que el submarino continúe deteriorándose.
Después de más de un siglo bajo el agua, la corrosión va debilitando progresivamente el metal que protege las municiones. Cuando determinadas partes de la estructura desaparecen o quedan abiertas, los explosivos que permanecieron relativamente aislados durante décadas pueden quedar directamente expuestos al agua de mar.
La profesora Katrine Juul Andresen, de la Universidad de Aarhus, explicó que el nivel de contaminación podría aumentar conforme el naufragio se deteriore y deje expuesto más material explosivo. Por ahora, los científicos consideran que la fuente puede ser relativamente localizada, pero advierten que su comportamiento puede cambiar con el tiempo.
El caso del UC-30 también ayuda a comprender un problema mucho más grande. Durante las dos guerras mundiales, el Mar del Norte fue escenario de intensos combates navales y quedó sembrado de minas, municiones, barcos y submarinos hundidos.
Las investigaciones citadas por la Universidad de Aarhus señalan que aproximadamente 190.000 minas fueron colocadas en el Mar del Norte durante la Primera Guerra Mundial. Muchas embarcaciones utilizadas durante los conflictos también terminaron en el fondo del mar, algunas de ellas todavía cargadas con combustibles, municiones u otras sustancias potencialmente contaminantes.
Más de 10.000 naufragios en aguas danesas
El problema adquiere otra dimensión cuando se observa el número de restos existentes en las aguas de Dinamarca. Un inventario realizado en 2024 para la Agencia Danesa de Protección Ambiental identificó 10.127 naufragios en aguas danesas, de los cuales aproximadamente el 15% están relacionados con el período de las dos guerras mundiales.
Eso no significa que todos estos naufragios representen actualmente el mismo nivel de peligro. La ubicación, el estado de conservación, la profundidad y la cantidad de municiones que permanezcan a bordo son factores determinantes.
Un naufragio completamente cubierto por arena, por ejemplo, puede representar un riesgo ambiental menor porque el sedimento reduce el contacto entre los materiales contaminantes y el agua. En cambio, una estructura expuesta y gravemente deteriorada puede requerir una vigilancia mucho más estrecha.
¿Hay que retirar las bombas?
Una de las preguntas más difíciles para las autoridades es qué hacer con las municiones que permanecen dentro de estos naufragios.
Una opción sería retirarlas antes de que la estructura se deteriore completamente, pero la operación es extremadamente compleja. Manipular explosivos que llevan más de un siglo bajo el agua implica riesgos para los equipos especializados y para el propio ecosistema.
Otra posibilidad sería destruir las municiones directamente en el fondo marino. Sin embargo, esta alternativa también puede generar consecuencias ambientales, porque una detonación podría liberar rápidamente al agua y a los sedimentos los compuestos químicos presentes en los explosivos.
Por esa razón, los investigadores no defienden una solución única para todos los naufragios. La estrategia planteada es identificar cuáles representan las mayores amenazas y concentrar allí los recursos de vigilancia y eventual intervención.
Los robots submarinos pueden convertirse en una herramienta clave
Una de las posibilidades estudiadas es utilizar robots submarinos y sistemas de monitoreo remoto para inspeccionar los naufragios sin exponer innecesariamente a buzos humanos.
Estas tecnologías pueden generar mapas tridimensionales del fondo marino, registrar el estado de las estructuras, localizar municiones y seguir la evolución de la corrosión. En determinadas circunstancias, también podrían contribuir a operaciones de extracción o manipulación de materiales peligrosos.
La tecnología será particularmente importante porque muchos de estos lugares son demasiado peligrosos para realizar inspecciones frecuentes mediante buceo convencional.
Un legado de la guerra que todavía no desaparece
El caso del UC-30 demuestra que una guerra puede terminar militarmente y, sin embargo, continuar dejando consecuencias ambientales durante generaciones.
El submarino se hundió en 1917, cuando Europa estaba inmersa en la Primera Guerra Mundial. Sus 27 tripulantes murieron y durante décadas nadie sabía exactamente dónde se encontraban sus restos. Más de cien años después, el mismo naufragio vuelve a ser noticia, esta vez no por una batalla, sino por la contaminación que todavía genera.
Los investigadores subrayan que no existe una solución sencilla. Retirar las municiones puede ser peligroso y costoso; dejarlas donde están permite que la corrosión continúe; y destruirlas directamente en el fondo puede provocar una liberación rápida de contaminantes.
El desafío, por tanto, consiste en determinar qué naufragios necesitan intervención y cuáles pueden ser controlados mediante vigilancia ambiental.
El UC-30 permanece en el fondo del Mar del Norte como una especie de cápsula histórica de la Primera Guerra Mundial, pero también como una advertencia ambiental. Más de un siglo después de su hundimiento, las municiones que llevaba a bordo todavía pueden afectar al agua y a los organismos que viven a su alrededor. Y mientras miles de otros naufragios permanecen bajo las aguas europeas, los científicos intentan determinar cuáles de ellos podrían convertirse en el próximo problema ambiental que emerge del pasado.
Foto: Kathrine Juul Andresen / Universidad de Aarhus
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Periodista prensa mercosur
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