Las antiguas profecías atribuidas a Nostradamus y Baba Vanga volvieron a ganar espacio en redes sociales y medios digitales después de que investigadores vinculados al desarrollo de inteligencia artificial plantearan una posibilidad mucho más concreta y contemporánea: que el avance acelerado de sistemas cada vez más autónomos pueda llegar a representar un riesgo extremo para la humanidad. La coincidencia ha reavivado el imaginario apocalíptico, aunque las predicciones históricas y las advertencias científicas pertenecen a ámbitos completamente diferentes.
Michel de Nostredame, conocido como Nostradamus, fue un médico y astrólogo francés del siglo XVI que publicó en 1555 su obra “Las profecías”, formada por centurias y cuartetas de carácter deliberadamente ambiguo. A lo largo de los siglos, numerosas personas han intentado relacionar esos textos con guerras, catástrofes, crisis políticas y acontecimientos contemporáneos. Sin embargo, la interpretación de sus escritos depende frecuentemente de lecturas realizadas después de que los acontecimientos hayan ocurrido y no existe evidencia científica que permita considerar sus textos como un método fiable para anticipar el futuro.
Baba Vanga, una mística búlgara del siglo XX, también se convirtió después de su muerte en protagonista de numerosas listas de supuestas predicciones sobre el futuro. A ella se le atribuyen anticipaciones de guerras, desastres naturales, cambios políticos y acontecimientos tecnológicos. El problema es que muchas de esas afirmaciones fueron difundidas posteriormente por terceros y no existe un registro documental sólido que permita comprobar que realmente fueron pronunciadas por ella en la forma en que circulan actualmente.
Lo que cambió el debate en septiembre de 2026 es que, esta vez, las advertencias sobre un posible escenario catastrófico no proceden de profecías antiguas, sino de personas que trabajan directamente en investigación y seguridad de inteligencia artificial.
Uno de los nombres que más atención recibió fue Evan Hubinger, investigador de Anthropic especializado en alineamiento y seguridad de sistemas avanzados. En declaraciones públicas realizadas este mes, Hubinger estimó que existe una probabilidad superior al 10% de que la inteligencia artificial provoque la extinción humana durante los próximos diez años. Su advertencia fue especialmente significativa porque procede de un investigador que trabaja precisamente en el problema de cómo mantener bajo control sistemas de IA cada vez más capaces.
La declaración se produjo después de la renuncia de Jacob Coxon, un investigador que había trabajado en Anthropic y anteriormente en OpenAI. Coxon cuestionó públicamente la velocidad con la que las principales compañías tecnológicas compiten por desarrollar sistemas cada vez más avanzados y advirtió sobre escenarios en los que una inteligencia artificial futura podría superar la capacidad humana de supervisión.
La preocupación no consiste simplemente en que una IA pueda cometer errores. Los investigadores especializados en seguridad están estudiando escenarios mucho más complejos: sistemas capaces de actuar con elevada autonomía, ocultar determinados comportamientos durante las evaluaciones, replicarse en otros entornos informáticos, realizar operaciones sin una intervención humana directa o utilizar herramientas externas para alcanzar objetivos.
Un informe reciente sobre seguridad de IA identifica cuatro categorías que ya son objeto de evaluación en laboratorios avanzados: ciberataques autónomos, autorreplicación, engaño estratégico y asistencia para el desarrollo de armas biológicas. Estos escenarios no significan que los sistemas actuales puedan provocar por sí solos una extinción humana, pero muestran que la discusión dejó de limitarse a la ciencia ficción y comenzó a formar parte de los protocolos de evaluación de los propios desarrolladores.
Uno de los mayores temores es el denominado problema de alineamiento. En términos sencillos, significa conseguir que una inteligencia artificial extremadamente capaz continúe actuando de acuerdo con los objetivos y límites establecidos por los seres humanos. Una máquina puede ser extraordinariamente competente para alcanzar una meta y, al mismo tiempo, interpretar esa meta de una manera que genere consecuencias no deseadas.
La preocupación aumenta si en el futuro los sistemas fueran capaces de mejorar de manera autónoma sus propias capacidades. En ese escenario hipotético, una IA podría participar en la investigación y desarrollo de nuevas generaciones de inteligencia artificial, acelerando el proceso tecnológico más rápido de lo que los mecanismos de seguridad y supervisión humana consiguen adaptarse.
Pero existe un punto fundamental que debe quedar claro: ninguna de estas advertencias demuestra que la extinción humana vaya a ocurrir. La probabilidad del 10% mencionada por Hubinger es una estimación personal sobre un escenario futuro, no una predicción científica de que la humanidad vaya a desaparecer. Otros investigadores consideran que los riesgos son importantes, pero discrepan ampliamente sobre su probabilidad, el plazo en que podrían materializarse e incluso sobre cuáles serían los mecanismos capaces de producir una catástrofe.
La preocupación, sin embargo, está adquiriendo una dimensión internacional. Reuters informó que China está desarrollando medidas específicas para afrontar el riesgo de que sistemas avanzados de inteligencia artificial puedan escapar del control humano, mientras que Estados Unidos y otros países mantienen un intenso debate sobre seguridad, regulación y supervisión de las tecnologías más avanzadas.
Incluso dirigentes de las propias compañías tecnológicas están elevando el tono. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha pedido reducir el ritmo de desarrollo de determinados sistemas de frontera y ha defendido mecanismos de supervisión más estrictos. Sam Altman, de OpenAI, también afirmó que una probabilidad del 10% de extinción humana sería inaceptable y sostuvo que las empresas y los gobiernos deben tratar seriamente ese riesgo.
En paralelo, el debate llegó al ámbito de la gobernanza internacional. La discusión ya no se centra únicamente en qué puede hacer la inteligencia artificial, sino en quién controla los sistemas, qué límites deben establecerse, cómo se auditan y qué mecanismos existirían para detenerlos si alcanzaran capacidades que excedieran las previsiones de sus desarrolladores.
Es precisamente aquí donde las antiguas profecías recuperan fuerza en las redes. Cuando una sociedad enfrenta una tecnología difícil de comprender y cuyas consecuencias todavía no puede calcular con precisión, las narrativas apocalípticas encuentran un terreno fértil. Nostradamus y Baba Vanga ofrecen imágenes del futuro construidas hace décadas o siglos; la inteligencia artificial, en cambio, plantea incertidumbres producidas por una tecnología que está desarrollándose ahora mismo.
La diferencia es esencial. Una profecía no constituye evidencia científica de que un acontecimiento vaya a ocurrir. Una advertencia de seguridad tampoco significa que el acontecimiento sea inevitable. Lo que sí existe actualmente es un debate científico y tecnológico real sobre cómo impedir que sistemas futuros alcancen niveles de autonomía que puedan dificultar su supervisión.
El fenómeno también plantea una pregunta mucho más cercana que cualquier profecía: ¿será capaz la humanidad de establecer reglas de seguridad antes de que la tecnología alcance capacidades que hagan mucho más difícil imponerlas?
Por ahora, no existe una respuesta definitiva. La inteligencia artificial continúa proporcionando avances extraordinarios en medicina, ciencia, educación, ingeniería y productividad, mientras investigadores y gobiernos intentan comprender simultáneamente sus riesgos.
Las profecías de Nostradamus y Baba Vanga pueden seguir alimentando la imaginación colectiva, pero el verdadero debate sobre el futuro de la humanidad no necesita recurrir a la adivinación. Está ocurriendo en laboratorios, empresas tecnológicas y gobiernos de todo el mundo. La cuestión decisiva no es si una antigua profecía acertará, sino si los seres humanos serán capaces de mantener bajo control una tecnología que ellos mismos están construyendo a una velocidad sin precedentes.
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