
El extraño episodio ocurrió en Río Negro durante un viaje nocturno de la familia Vidal. Habían detenido su vehículo junto a la Ruta 3 y, después de un período que no podían reconstruir con claridad, descubrieron que estaban en otro camino, cerca de General Conesa. El caso terminó investigado como un posible episodio de “tiempo perdido”.
La historia comienza de una manera completamente corriente: una familia viajando de noche por una carretera patagónica. Pero lo que Juan Vidal, su esposa María Angélica y sus acompañantes dijeron experimentar en Río Negro terminó incorporándose a la casuística ufológica argentina. Según su relato, habían detenido la camioneta en las inmediaciones de la Ruta Nacional 3 y, después de un período del que conservaban recuerdos confusos, despertaron en un lugar diferente. Una señal cercana a General Conesa terminó revelándoles algo todavía más desconcertante: estaban aproximadamente 90 kilómetros desplazados respecto del punto donde recordaban haberse detenido. El episodio fue posteriormente estudiado por investigadores, aunque nunca apareció una prueba que permitiera demostrar una abducción extraterrestre o una alteración física del tiempo.
Una parada de madrugada y un despertar en un lugar que no reconocían
El episodio fue situado en febrero de 1995 y tuvo como escenario las carreteras de Río Negro. La reconstrucción difundida posteriormente señala que Juan y María Angélica Vidal viajaban acompañados por su hijo adolescente y un sobrino.
Durante el recorrido habían pasado por una estación de servicio de la Ruta 3. Más tarde decidieron detener la camioneta para descansar y observar a la distancia las luces de la zona de San Antonio Oeste.
Hasta ahí no había nada particularmente extraño.
La situación cambió cuando, según el testimonio recogido posteriormente, todos los ocupantes se quedaron dormidos prácticamente al mismo tiempo. El detalle llamó después su atención porque afirmaron que durante los viajes acostumbraban a mantener al menos a una persona despierta.
María Angélica sostuvo además que no tenía la costumbre de dormir durante los trayectos.
El período de sueño habría durado alrededor de una hora y media. Cuando despertaron, la escena ya no coincidía con la que recordaban antes de quedarse dormidos.
Juan observó el exterior.
Los árboles y el lugar donde habían estacionado habían desaparecido de su campo visual. La camioneta se encontraba ahora en un terreno que no reconocían.
La primera reacción fue intentar averiguar dónde estaban.
Juan puso nuevamente el vehículo en marcha y, poco después, apareció una referencia que permitió situarlos geográficamente: una señal indicaba que General Conesa estaba a unos 15 kilómetros.
Aquello planteaba un problema difícil de encajar con sus recuerdos.
La familia sostenía haber parado junto a la Ruta 3, pero ahora se encontraba en las inmediaciones de la Ruta 251. Las reconstrucciones posteriores calcularon que la diferencia entre ambos puntos rondaba los 90 kilómetros. Los investigadores que estudiaron el episodio hablaron concretamente de unos 93 kilómetros.
No recordaban haber conducido esa distancia.
Tampoco podían reconstruir una secuencia normal en la que alguno de ellos hubiera despertado, puesto en marcha la camioneta, recorrido decenas de kilómetros y vuelto a detenerse.
Era precisamente ese vacío el que transformaba una extraña noche en la carretera en un caso susceptible de ser relacionado con el fenómeno conocido dentro de la ufología como missing time o «tiempo perdido».
La distancia, sin embargo, exige una precisión importante. Algunas versiones de historias similares hablan de automóviles que aparecen cientos o incluso miles de kilómetros lejos de su posición inicial. No es lo que se puede sostener en este episodio.
En el caso de 1995, la cifra publicada por quienes investigaron la experiencia es de aproximadamente 93 kilómetros.
Y ni siquiera ese desplazamiento constituye por sí mismo una prueba de teletransportación: depende fundamentalmente del relato de los ocupantes acerca del lugar donde se encontraban antes de dormirse y del sitio en el que despertaron. Los propios investigadores del caso reconocieron esa limitación.
El extraño sueño de María Angélica y los recuerdos que aparecieron después
El desplazamiento geográfico no fue la única parte del relato que llamó la atención.
Después de despertarse, María Angélica contó un sueño que había tenido mientras permanecían dormidos. En él aparecían unos personajes pequeños vestidos de blanco, con rasgos que describió como orientales y dedos largos.
Según la reconstrucción publicada del caso, aquellas figuras la tocaban y se reían, aunque ella no recordaba haber sentido miedo.
La historia adquirió otra dimensión cuando el episodio llegó a investigadores interesados en fenómenos anómalos.
Entre quienes estudiaron a la familia estuvieron el médico Néstor Berlanda y el psiquiatra Juan Acevedo. Los investigadores realizaron entrevistas y utilizaron procedimientos destinados a intentar recuperar recuerdos asociados a aquella noche.
El propio trabajo publicado posteriormente sobre el episodio establece una cautela fundamental: los recuerdos recuperados mediante esas técnicas no pueden considerarse una prueba objetiva de lo sucedido.
Esa distinción resulta especialmente importante en casos de supuestas abducciones.
Los recuerdos que una persona reconstruye posteriormente pueden ser sinceros para quien los experimenta sin demostrar necesariamente que los acontecimientos recordados sucedieran físicamente de esa manera.
En el caso Vidal, las reconstrucciones posteriores incorporaron imágenes mucho más extraordinarias que el primer relato.
María Angélica habría recordado una experiencia en la que los integrantes de la familia eran extraídos de la camioneta y elevados hacia un lugar iluminado. También aparecieron seres pequeños y una escena semejante a un examen.
Esos elementos hicieron que el episodio terminara relacionado con una posible abducción.
Pero el salto entre ambas afirmaciones es enorme.
Una cosa es que los protagonistas afirmaran haber despertado en una carretera diferente y no supieran explicar cómo habían llegado hasta allí. Otra muy distinta es afirmar que una nave extraterrestre los transportó.
No existe evidencia verificable que permita dar por demostrada esa segunda interpretación.
Los investigadores vinculados al caso tampoco pudieron aportar una prueba física concluyente. En una revisión posterior se reconocía que las supuestas marcas corporales observadas en María Angélica podían admitir explicaciones ordinarias y que, fuera del contexto del relato, no demostraban nada por sí mismas.
Esa cautela cambia sustancialmente la forma de contar la historia.
El elemento más sólido no es una nave, unos extraterrestres o una teletransportación demostrada. Es el testimonio de una familia que aseguró haber vivido una experiencia que no podía reconstruir de manera convencional.
Dentro de la ufología existe un término específico para episodios de esta naturaleza: missing time.
Se utiliza para describir situaciones en las que una persona percibe que ha transcurrido un período considerable pero no conserva recuerdos suficientes para explicar qué ocurrió durante ese intervalo. El concepto se hizo especialmente popular dentro de la literatura sobre supuestas abducciones a partir de la segunda mitad del siglo XX.
El fenómeno, por supuesto, no implica necesariamente una causa extraterrestre.
Un vacío de memoria puede tener numerosas explicaciones y, sin evidencias adicionales, la ausencia de recuerdos no permite determinar qué sucedió durante ese período.
El otro caso Vidal que terminó mezclándose con esta historia
Hay un motivo adicional por el que esta experiencia resulta especialmente confusa cuando se rastrea en publicaciones sobre ovnis: no es el único «caso Vidal» famoso de Argentina.
Existe otro mucho más antiguo.
En 1968 circuló una historia según la cual un matrimonio de apellido Vidal viajaba en un Peugeot 403 por la provincia de Buenos Aires cuando una misteriosa niebla habría rodeado el automóvil.
La narración sostenía que la pareja había salido de la zona de Chascomús y despertado dos días después nada menos que en México.
La distancia era de miles de kilómetros.
Durante años aquella supuesta teletransportación fue uno de los grandes clásicos de la ufología argentina y apareció reproducida en medios y publicaciones dedicadas al fenómeno OVNI.
Pero el caso presenta un problema decisivo.
Investigaciones posteriores relacionaron aquella historia con la película argentina “Che OVNI”, dirigida por Aníbal Uset y estrenada precisamente en 1968. El argumento incluía también una extraordinaria teletransportación y existen testimonios posteriores que apuntan a que la historia difundida por los medios formó parte de una maniobra promocional relacionada con la película.
Hasta el supuesto familiar del matrimonio que apareció en televisión tenía una conexión con la producción cinematográfica.
Se trataba de Juan Alberto Mateyko, quien años después desarrollaría una conocida carrera como presentador. Las investigaciones sobre aquel episodio señalaron que Mateyko trabajaba entonces con Uset y había participado en la película.
Por eso resulta fundamental no mezclar ambas historias.
El episodio de 1968 es el del Peugeot 403, Chascomús y la supuesta aparición en México.
El caso de los años noventa corresponde a Juan y María Angélica Vidal, una camioneta, las rutas de Río Negro y un desplazamiento estimado en unos 90 kilómetros.
Es este segundo episodio el que incluye el extraño sueño, los pequeños personajes descritos por María Angélica y la posterior investigación sobre una posible experiencia de abducción.
La zona, además, ya acumulaba relatos relacionados con objetos extraños en el cielo. Los investigadores que analizaron el caso Vidal mencionaron otros episodios denunciados en aquella región durante 1994 y 1995. Esa circunstancia ayudó a que la experiencia familiar fuera interpretada dentro de un marco ufológico.
Río Negro también había sido escenario años antes de otro conocido incidente.
En septiembre de 1978, los pilotos chilenos Carlos Acevedo y Miguel Ángel Moya participaban en una competición automovilística cuando aseguraron haber sufrido una experiencia extraordinaria cerca de Viedma y Pedro Luro. En ese caso también se describieron anomalías relacionadas con la distancia recorrida y un período temporal difícil de explicar para los protagonistas.
La reiteración de historias similares convirtió las carreteras patagónicas en un escenario recurrente dentro de la ufología argentina.
Pero el caso de Juan y María Angélica Vidal conserva una característica particular: sus propios investigadores reconocieron dónde terminaban los datos disponibles y comenzaban las interpretaciones.
En una evaluación del episodio, Néstor Berlanda señaló que el recorrido de aproximadamente 93 kilómetros y el cambio de ruta constituían los elementos más llamativos, aunque admitió que incluso esos datos dependían finalmente del relato de los testigos. También descartó que las marcas corporales pudieran considerarse una prueba concluyente.
La camioneta no proporciona, por tanto, evidencia conocida de haber sido físicamente transportada por algún fenómeno extraordinario.
Tampoco existe una prueba independiente que permita reconstruir minuto a minuto qué hicieron sus ocupantes durante aquel intervalo.
Lo que permanece es el relato.
Una familia detuvo su vehículo durante un viaje nocturno por Río Negro. Todos se quedaron dormidos. Cuando despertaron, el paisaje era diferente. Al continuar la marcha encontraron una señal de General Conesa y comprendieron que estaban en otra carretera, a decenas de kilómetros del lugar donde recordaban haberse detenido.
Después llegaron el sueño de María Angélica, las entrevistas, las técnicas de recuperación de recuerdos y la hipótesis de una abducción.
Treinta años más tarde, la afirmación más extraordinaria continúa sin poder demostrarse. Pero también fue esa imposibilidad de reconstruir de manera independiente qué ocurrió durante aquel intervalo la que convirtió una parada nocturna en una ruta patagónica en uno de los episodios más singulares de la ufología argentina.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
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