La provincia cubana protagonizó dos episodios separados por más de cuatro décadas: el primero terminó bajo sospecha tras una investigación militar y el segundo llevó a especialistas de la Academia de Ciencias de Cuba hasta Torriente.
La historia de los ovnis en Cuba tiene en Matanzas dos episodios especialmente llamativos. El primero ocurrió en 1952, cuando unas fotografías atribuidas al joven Guillermo Zincke presentaron lo que entonces se describió como un “disco volador” sobre la ciudad. El segundo llegó el 15 de octubre de 1995 en Torriente, donde Adolfo Zárate, un campesino de 74 años, aseguró haber presenciado el descenso de un objeto y la aparición de un extraño ocupante. Entre ambos sucesos transcurrieron 43 años y sus circunstancias fueron muy diferentes, pero los dos terminaron provocando algo poco habitual: la intervención de instituciones oficiales para intentar determinar qué había sucedido.
Las fotografías de 1952 que llevaron el misterio de los “discos voladores” a la prensa cubana
El jueves 17 de julio de 1952, los lectores cubanos se encontraron con una historia que encajaba perfectamente en el clima de fascinación internacional que existía entonces alrededor de los llamados “platillos” o “discos voladores”. Un joven aficionado llamado Guillermo Zincke Sust aseguraba haber conseguido algo que hasta ese momento parecía haberse resistido a quienes decían observar objetos extraños en los cielos de la isla: fotografiar uno.
Las imágenes aparecieron con un importante despliegue en la prensa. El periódico matancero El Imparcial y el vespertino habanero Prensa Libre llevaron a sus primeras páginas las fotografías de aquel supuesto objeto sobre Matanzas. La noticia adquirió rápidamente una dimensión que iba mucho más allá de una simple curiosidad local.
La intervención de las autoridades contribuyó a darle todavía más relevancia. Según la reconstrucción publicada posteriormente sobre el episodio, el Ejército se hizo con los negativos originales. Aquella actuación alimentó inicialmente la impresión de que el caso estaba siendo tomado en serio.
Pero las fotografías también despertaron dudas entre otros periodistas. Resultaba difícil explicar que un objeto capaz de sobrevolar una ciudad hubiese sido observado y fotografiado únicamente por una persona. También llamaba la atención que el fotógrafo hubiera dispuesto del tiempo necesario para localizar su cámara y obtener las imágenes sin que aparecieran otros testimonios equivalentes.
El diario Avance decidió entonces enviar a Matanzas al reportero gráfico José Agraz para examinar el caso y entrevistarse con Zincke. El 19 de julio, dos días después de la publicación de las fotografías, el periódico informó en portada de la apertura de una investigación sobre aquellas imágenes.
El asunto había pasado así, en cuestión de días, de la sorpresa provocada por unas fotografías extraordinarias al análisis de cómo habían sido obtenidas.
La investigación oficial tampoco terminó respaldando la interpretación inicial de un “disco volador”. El 24 de julio, el general de brigada Eulogio Cantillo Porras informó sobre las conclusiones alcanzadas por el Departamento Técnico del Servicio de Inteligencia Militar después de examinar los negativos y las fotografías.
La conclusión atribuida a ese análisis fue que las imágenes se habían producido por un fenómeno óptico y que no existían evidencias que permitieran identificar lo fotografiado como un disco volador.
De ese modo, el episodio de 1952 conservó su lugar dentro de la historia popular de los ovnis cubanos, pero no produjo una confirmación oficial de la presencia de una nave desconocida. Lo que comenzó como la espectacular aparición de un supuesto objeto en el cielo terminó convertido en una historia marcada por las dudas sobre las fotografías y por una explicación oficial que descartó que las imágenes demostraran la existencia de un “disco volador”.
Más de cuatro décadas después, Matanzas volvería a quedar asociada a un episodio de características completamente distintas. Esta vez no habría una fotografía como elemento central. Habría un testigo, unas presuntas marcas sobre el terreno y un relato difícil de olvidar.
Adolfo Zárate aseguró en 1995 que un objeto descendió cerca de él en Torriente
La mañana del domingo 15 de octubre de 1995, Adolfo Zárate se encontraba trabajando en el campo en la localidad de Torriente, en la provincia de Matanzas. Tenía 74 años. Su relato sobre lo sucedido durante aquella jornada acabaría convirtiéndose en uno de los casos de supuestos ovnis más conocidos de Cuba.
Cuatro días después, una información publicada el 19 de octubre confirmó que investigadores de la Academia de Ciencias de Cuba estaban estudiando el episodio. La información se apoyaba en fuentes policiales y en lo divulgado por Radio Rebelde.
Zárate aseguró que alrededor de las nueve de la mañana vio descender del cielo un artefacto cuyo tamaño comparó con el de un automóvil ligero. Ante aquella escena, afirmó que decidió ocultarse.
Lo que contó a continuación hizo que el caso trascendiera la categoría de simple avistamiento de una luz u objeto en el cielo. Según su versión, del artefacto salió una figura. El campesino sostuvo que aquel ocupante recogió algo del terreno que podía ser malanga antes de regresar al objeto, que posteriormente volvió a elevarse.
En un testimonio recogido años después en el documental OVNIS ¿en Cuba?, estrenado en 1997, Zárate ofreció una descripción más detallada de lo que decía haber observado. Recordó que se encontraba cortando caña cuando vio bajar la supuesta nave y aseguró que el descenso se produjo suavemente. También describió al individuo que salió de ella como una figura de aspecto humano vestida de una manera que él interpretó como camuflaje.
La importancia periodística del episodio no reside, sin embargo, en demostrar que aquella interpretación fuese correcta. No existe en las fuentes consultadas una prueba verificable que permita afirmar que Zárate observó una nave extraterrestre. Lo documentado es que realizó ese relato y que las autoridades cubanas llegaron a investigar el lugar.
Ese detalle diferencia el episodio de tantos relatos sobre objetos extraños transmitidos únicamente de forma oral.
Rafael Acosta, identificado entonces como jefe del sector policial municipal, aseguró que en la hierba se habían localizado huellas correspondientes a un objeto que aparentemente había estado apoyado sobre dos bases. Las autoridades locales consideraron además creíble al testigo por la impresión que tenían de su lucidez y honestidad. Zárate, además de campesino, trabajaba como mecánico en una empresa citrícola de la zona.
La existencia de marcas, naturalmente, no demostraba por sí sola su origen ni confirmaba la interpretación extraterrestre del episodio. Sí proporcionó un elemento material suficiente para que el relato no quedara limitado únicamente a las palabras del testigo.
La Academia de Ciencias de Cuba envió investigadores para estudiar el posible suceso, una circunstancia especialmente significativa porque trasladó la historia desde el terreno de los rumores hasta el de una investigación institucional. La información disponible confirma la investigación, pero no una conclusión científica que certificara el aterrizaje de una nave de procedencia desconocida.
Dos episodios separados por 43 años y una diferencia fundamental
Los casos de Matanzas de 1952 y Torriente de 1995 suelen aparecer juntos cuando se repasa la historia de los ovnis en Cuba, aunque en realidad parten de evidencias y testimonios muy distintos.
En el primero, el elemento que provocó el revuelo fueron unas fotografías. La posibilidad de contar con imágenes parecía otorgar al episodio una fuerza excepcional, especialmente en una época en la que los “discos voladores” ocupaban espacio en periódicos de numerosos países. Sin embargo, precisamente esas fotografías acabaron siendo sometidas a examen y la investigación militar concluyó que no constituían evidencia de un disco volador.
En Torriente sucedió prácticamente lo contrario. No fueron unas fotografías las que desencadenaron la historia, sino el relato de un hombre que decía haber presenciado un aterrizaje a corta distancia.
Zárate no se limitó a hablar de un objeto atravesando el cielo. Describió una secuencia completa: el descenso, la salida de una figura de aspecto humano, su permanencia junto al artefacto, la recogida de algo del terreno y la posterior partida. Esa narración explica en buena medida por qué el episodio ha permanecido durante décadas entre los casos más recordados de la ufología cubana.
También había otro elemento: las supuestas huellas localizadas en la vegetación. La información publicada en octubre de 1995 recogió expresamente la afirmación policial sobre las marcas dejadas por un objeto apoyado en dos puntos. Fue precisamente en ese contexto cuando investigadores de la Academia de Ciencias se interesaron por lo ocurrido.
Nada de ello permite transformar el relato en una demostración de contacto extraterrestre. El término ovni, entendido estrictamente como objeto volante no identificado, tampoco significa que un objeto tenga necesariamente procedencia extraterrestre. La identificación de un fenómeno y la explicación de su origen son cuestiones diferentes.
Esa distinción resulta especialmente clara al comparar los dos episodios matanceros.
En 1952, unas imágenes presentadas inicialmente como fotografías de un objeto extraordinario terminaron con una explicación oficial que no respaldaba esa interpretación. En 1995, el relato de Zárate llegó a ser investigado debido a las circunstancias descritas por el testigo y a las marcas comunicadas por las autoridades locales, pero las fuentes verificables consultadas no aportan una conclusión científica que confirme la naturaleza extraterrestre de aquello que supuestamente descendió en Torriente.
Lo que sí puede afirmarse es que ambos sucesos lograron algo difícil en dos momentos muy distintos de la historia cubana: sacar el fenómeno ovni de las conversaciones privadas y colocarlo ante periodistas, militares, policías e investigadores.
Matanzas quedó así ligada a dos historias separadas por 43 años. Una nació de unas fotografías que acabaron cuestionadas. La otra comenzó con un campesino trabajando una mañana de domingo y terminó con especialistas investigando qué podía haber dejado aquellas marcas en la hierba.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
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