Vaca Muerta se convirtió en la principal apuesta energética de la Argentina para generar dólares, reducir la vulnerabilidad externa y transformar a Neuquén en un polo económico comparable, por su dinámica petrolera, con Texas. La formación de hidrocarburos no convencionales está alcanzando niveles de producción inéditos y atrayendo inversiones multimillonarias, mientras miles de trabajadores llegan a Añelo en busca de empleo. Pero detrás del entusiasmo existe una pregunta central: ¿puede realmente Vaca Muerta salvar a toda la economía argentina o corre el riesgo de convertirse en una isla de prosperidad dentro de un país que todavía enfrenta problemas de consumo, empleo y desarrollo industrial?
La dimensión del fenómeno es considerable. Argentina produce actualmente más de 850.000 barriles diarios de petróleo, frente a aproximadamente 500.000 una década atrás, y Vaca Muerta concentra buena parte de esa expansión. La formación posee, según estimaciones citadas en el reportaje de The New York Times, la cuarta mayor reserva mundial de petróleo de esquisto y la segunda de gas de esquisto.
El cambio ya comenzó a modificar la estructura energética del país. Durante años, Argentina necesitó importar grandes cantidades de energía y sufrió déficits que presionaban sobre sus escasas reservas de dólares. El crecimiento de Vaca Muerta permitió revertir esa situación y transformar al sector energético en una fuente creciente de divisas. En 2025, las exportaciones energéticas alcanzaron un récord de aproximadamente US$11.100 millones, según Reuters, y la expectativa del sector es que esa cifra continúe aumentando.
El impacto sobre YPF también muestra la magnitud del cambio. La petrolera estatal obtuvo US$1.210 millones de beneficio neto en el segundo trimestre de 2026, frente a apenas US$58 millones en igual período del año anterior. Su producción de shale oil creció 47%, hasta un promedio de 213.000 barriles diarios, y la empresa elevó a US$6.200 millones su previsión de inversiones para todo 2026.
La estrategia del Gobierno de Javier Milei consiste en transformar esa producción en una corriente permanente de dólares. La lógica es relativamente sencilla: más petróleo y gas, más exportaciones; más exportaciones, más divisas; más divisas, mayor capacidad para estabilizar el mercado cambiario y financiar importaciones, deuda e inversiones. Pero la economía real es más compleja: producir petróleo no significa automáticamente que todos los argentinos tengan mayores ingresos.
Ese es precisamente el gran interrogante que plantea el fenómeno.
Añelo, el epicentro de la transformación
La localidad de Añelo, ubicada en Neuquén y próxima a los principales yacimientos, se convirtió en el símbolo más visible de esta transformación. Según el intendente Fernando Banderet, la población prácticamente se duplicó en dos años hasta alcanzar unos 12.000 habitantes. Trabajadores de distintas provincias llegan con mochilas, carpas y la expectativa de conseguir un empleo en la industria petrolera.
El fenómeno recuerda a una auténtica fiebre del oro. Personas que tenían salarios bajos o estaban desempleadas abandonan sus ciudades para probar suerte en la Patagonia, atraídas por remuneraciones petroleras que pueden multiplicar varias veces los ingresos obtenidos en otras actividades.
El caso de Ezequiel Barrozo, mencionado por The New York Times, ilustra esa diferencia: el trabajador llegó desde Rosario y consiguió en Añelo un empleo en construcción que, según relató, triplicó el salario que obtenía como policía.
Pero el crecimiento también está generando una contradicción. Hay tanta gente llegando a Añelo que el propio intendente pidió a quienes buscan trabajo que no continúen viajando sin una oportunidad laboral concreta, porque la oferta de puestos no alcanza para absorber a todos los recién llegados.
Esto revela una primera limitación del modelo: Vaca Muerta genera empleos muy bien remunerados, pero no necesariamente suficientes para absorber la enorme cantidad de personas que esperan beneficiarse del boom.
Además, la actividad petrolera es altamente intensiva en capital y tecnología. Una inversión de miles de millones de dólares no genera necesariamente la misma cantidad de empleos que una industria manufacturera de similar tamaño.
Reuters identificó precisamente esta paradoja: el sector energético crece mientras sectores con mayor capacidad de generar empleo, como la industria manufacturera y el comercio, sufren dificultades.
El petróleo ya desplazó al campo como principal exportación
Otro dato modifica la historia económica argentina.
Durante 2026, el petróleo crudo superó a la harina de soja como principal producto de exportación del país, según el reportaje de The New York Times.
Durante más de un siglo, la imagen de Argentina como potencia exportadora estuvo asociada al campo: carne, trigo, maíz, soja y derivados agroindustriales. Ahora aparece un nuevo protagonista.
El centro de gravedad exportador comienza a desplazarse hacia la energía.
Esto no significa que el agro haya perdido importancia. Al contrario: el complejo agroindustrial continúa siendo una enorme fuente de divisas. Pero Vaca Muerta está creando una segunda gran plataforma exportadora capaz de funcionar durante décadas.
Durante los primeros dos años del Gobierno de Milei, el complejo petrolero-petroquímico aportó US$22.174 millones a la economía argentina, según datos citados por Infobae a partir de estadísticas oficiales: US$10.402 millones en 2024 y US$11.772 millones en 2025.
La posibilidad estratégica es enorme: Argentina podría dejar de ser un país que necesita importar energía para convertirse en un exportador relevante de petróleo y gas.
Eso cambia la balanza energética, pero también puede cambiar la balanza comercial.
El problema: los dólares no se convierten automáticamente en bienestar
Aquí aparece el principal límite de la teoría de que Vaca Muerta puede “salvar” a Argentina.
Un país puede producir y exportar grandes cantidades de petróleo y, al mismo tiempo, mantener problemas de pobreza, empleo, consumo e infraestructura.
La experiencia internacional demuestra que disponer de recursos naturales no garantiza por sí mismo desarrollo económico. El resultado depende de cómo se distribuyen los ingresos, cuánto valor agregado se genera dentro del país, qué impuestos se recaudan, cuánto se reinvierte y qué sectores se desarrollan alrededor de la actividad.
El propio caso argentino ya muestra señales contradictorias.
Mientras los trabajadores petroleros pueden acceder a salarios muy superiores al promedio nacional, docentes y empleados municipales de Neuquén enfrentan dificultades para pagar el costo de vida de una región que se encareció rápidamente por el boom energético.
Es decir: Vaca Muerta puede estar enriqueciendo a una parte de Neuquén mientras encarece la vida para otra parte de la población.
El costo de vivir en el “Texas argentino”
El crecimiento acelerado de Añelo produjo una presión extraordinaria sobre vivienda, transporte, servicios y terrenos.
Cuando miles de trabajadores llegan simultáneamente a una pequeña localidad, la oferta inmobiliaria no puede crecer al mismo ritmo que la demanda.
Eso eleva alquileres, precios de terrenos y costos de construcción.
La paradoja es evidente: una persona puede llegar a Neuquén atraída por un salario petrolero elevado y terminar descubriendo que una parte considerable de esa diferencia salarial se consume en vivienda, transporte y servicios más caros.
Este fenómeno ya se observa en otras ciudades petroleras del mundo.
Texas ofrece un ejemplo útil, pero también una advertencia: una región petrolera puede convertirse en un enorme motor económico, pero necesita infraestructura, educación, vivienda y diversificación productiva para transformar riqueza subterránea en desarrollo sostenible.
Argentina todavía está construyendo esa infraestructura.
El gran cuello de botella: transportar el petróleo
No alcanza con sacar petróleo del subsuelo.
Hay que llevarlo hasta los puertos.
Por eso uno de los proyectos más importantes es el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS), que conectará Añelo con Punta Colorada, en Río Negro.
El proyecto contempla un ducto de aproximadamente 437 kilómetros y una capacidad potencial de hasta 700.000 barriles diarios. La inversión ronda los US$3.000 millones y la obra registraba en julio un avance de entre 70% y 73%. El consorcio está integrado por YPF, Pan American Energy, Vista Energy, Pampa Energía, Pluspetrol, Chevron y Tecpetrol.
La infraestructura es decisiva porque permite sacar mayores volúmenes de crudo hacia los mercados internacionales.
Sin oleoductos suficientes, Argentina puede tener petróleo pero no capacidad para exportarlo al máximo de su potencial.
El mismo problema aparece con el gas.
El gas puede ser todavía más importante
Vaca Muerta no es solamente petróleo.
La formación contiene una de las mayores reservas de gas no convencional del planeta, y Argentina intenta convertir ese recurso en gas natural licuado (GNL) para venderlo a Europa, Asia y otros mercados.
Uno de los proyectos aprobados bajo el RIGI es el de Southern Energy, que contempla una inversión inicial de unos US$7.000 millones y la instalación de dos buques de licuefacción frente a Río Negro. La capacidad prevista es de aproximadamente seis millones de toneladas de GNL por año.
El proyecto ya tiene una parte importante de su producción comprometida. En febrero de 2026, Southern Energy firmó con la empresa estatal alemana SEFE un contrato por más de US$7.000 millones para suministrar dos millones de toneladas anuales de GNL durante ocho años.
YPF también presentó un proyecto mucho más ambicioso: Argentina LNG, una iniciativa de aproximadamente US$51.000 millones, desarrollada junto con Eni y XRG, que busca convertir Vaca Muerta en una plataforma global de exportación de GNL.
Si esos proyectos avanzan, Argentina podría pasar de exportar principalmente petróleo a convertirse también en un proveedor internacional relevante de gas natural licuado.
Eso multiplicaría el potencial de generación de divisas.
Milei apuesta a que la energía cambie la estructura económica
El Gobierno ha tratado de acelerar este proceso mediante incentivos fiscales, desregulación y facilidades para exportar.
Una de las herramientas principales es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI).
En febrero de 2026, el Gobierno amplió el régimen para incorporar proyectos de exploración y producción de hidrocarburos, estableciendo un mínimo de inversión de US$600 millones para nuevos desarrollos de petróleo y gas.
Esto permitió que proyectos directamente vinculados con Vaca Muerta accedieran al régimen.
Uno de los ejemplos más importantes es Rincón de Aranda, de Pampa Energía. El proyecto contempla una inversión de aproximadamente US$4.522 millones, 259 pozos y una planta capaz de procesar 45.000 barriles diarios.
El Gobierno calcula que el proyecto generará cientos de empleos durante su construcción y operación y que sus exportaciones podrían alcanzar US$17.000 millones durante 30 años.
La pregunta económica es qué parte de esa riqueza quedará efectivamente en Argentina.
¿Quién gana con Vaca Muerta?
Aquí aparece una cuestión fundamental que no debe quedar oculta detrás de las cifras de inversión.
Ganan las empresas que producen y exportan, ganan las provincias productoras mediante regalías e impuestos, gana el Estado nacional mediante distintos tributos y gana la economía mediante el ingreso de dólares.
Pero también pueden ganar proveedores locales, constructoras, transportistas, hoteles, restaurantes, fabricantes de equipos y trabajadores especializados.
El desafío es conseguir que ese efecto multiplicador sea suficientemente grande.
Si una empresa extrae petróleo, lo exporta y una proporción importante de los equipos, servicios y financiamiento proviene del exterior, el impacto sobre el empleo y el desarrollo nacional será menor que si alrededor del petróleo se construye una cadena industrial argentina.
Esa es probablemente la diferencia entre una economía simplemente extractiva y una economía energética desarrollada.
El RIGI y el debate sobre los beneficios fiscales
El RIGI está diseñado precisamente para atraer inversiones gigantescas. Hasta julio de 2026, 20 proyectos aprobados comprometían unos US$57.000 millones de inversión y prometían alrededor de 100.000 empleos, según un relevamiento de Infobae.
Pero el régimen también genera controversia.
Sus defensores sostienen que sin estabilidad tributaria, seguridad jurídica y reglas especiales para proyectos de enorme escala, muchas inversiones no llegarían a Argentina.
Sus críticos argumentan que los beneficios fiscales y regulatorios pueden reducir la participación del Estado en la renta de los recursos naturales y favorecer especialmente a grandes empresas nacionales y extranjeras.
El debate no es menor porque el petróleo y el gas pertenecen al dominio originario de las provincias, mientras la Nación regula aspectos fiscales, comerciales, cambiarios y de infraestructura.
Por eso, la discusión sobre quién captura la renta de Vaca Muerta involucra a Nación, provincias, empresas, trabajadores y comunidades.
El factor extranjero
El interés internacional está creciendo rápidamente.
En agosto de 2026, el empresario estadounidense Harold Hamm, uno de los grandes nombres del petróleo de Estados Unidos, anunció junto con Mercuria un plan multimillonario para expandirse en Vaca Muerta. Continental Resources adquirirá una participación del 50% en Phoenix Global Resources y prevé invertir unos US$4.000 millones durante cinco años.
También existe interés de inversores estadounidenses como Peter Thiel, cuyo fondo adquirió recientemente más de US$76 millones en acciones de Vista Energy.
La llegada de capital extranjero es positiva si permite aumentar la producción y transferir tecnología. Pero plantea una pregunta esencial: ¿cuánto de los beneficios futuros quedará en Argentina y cuánto terminará fuera del país?
La respuesta dependerá de la estructura accionaria, los impuestos, las regalías, los costos, la reinversión y las reglas cambiarias.
El problema ambiental
El boom tiene otra dimensión que no puede ser ignorada: el fracking.
La explotación de Vaca Muerta utiliza fractura hidráulica para extraer hidrocarburos atrapados en formaciones de roca de baja permeabilidad.
El proceso requiere grandes cantidades de agua y productos químicos, además de producir residuos que deben ser tratados y almacenados adecuadamente.
Comunidades mapuches de Neuquén cuestionan especialmente el impacto sobre el agua, los residuos y las emisiones. Denuncian que el crecimiento de la industria aumenta la presión sobre recursos hídricos que ya están afectados por el cambio climático.
La discusión ambiental es particularmente sensible porque la misma región que produce energía para el país puede tener comunidades locales que enfrentan dificultades para acceder a determinados servicios energéticos.
El reportaje del New York Times recoge precisamente esa contradicción: mientras las torres extraen hidrocarburos para exportación, algunos integrantes de comunidades locales no disponen de gas en sus viviendas.
Es una imagen poderosa del desafío argentino: extraer recursos destinados al mercado mundial sin descuidar las necesidades de quienes viven sobre esos recursos.
¿Puede Vaca Muerta salvar a Argentina?
La respuesta más precisa es: puede convertirse en uno de los principales motores de la economía argentina, pero no puede sustituir por sí sola a toda la economía nacional.
El potencial es extraordinario.
Argentina puede obtener decenas de miles de millones de dólares adicionales por exportaciones energéticas, reducir definitivamente el déficit energético, mejorar su balanza comercial, acumular reservas, desarrollar infraestructura y crear una nueva cadena industrial.
Pero existen límites.
Petróleo y gas no reemplazan educación, industria, agricultura, servicios, tecnología ni empleo masivo.
El sector energético puede producir enormes cantidades de dólares con relativamente pocos trabajadores.
Eso significa que el Gobierno debe utilizar la renta energética para desarrollar otros sectores y no simplemente depender cada vez más de los hidrocarburos.
La experiencia argentina del pasado ofrece una advertencia. El país ya tuvo períodos de enormes ingresos provenientes de recursos naturales sin conseguir construir una trayectoria estable de desarrollo.
La diferencia esta vez podría estar en la magnitud de Vaca Muerta y en la posibilidad de combinar energía con minería, agroindustria, tecnología, infraestructura y exportación de servicios.
El verdadero desafío: convertir petróleo en desarrollo
La pregunta más importante, por lo tanto, no es cuánto petróleo puede sacar Argentina.
La pregunta es qué hará Argentina con los dólares que obtenga del petróleo.
Si los utiliza para financiar consumo sin aumentar productividad, el boom será temporal.
Si los utiliza para sostener déficits, también será insuficiente.
Si los utiliza exclusivamente para pagar deuda, resolverá problemas financieros pero no necesariamente transformará la estructura productiva.
Pero si esos dólares permiten invertir en infraestructura, educación, ciencia, industria, tecnología, transporte, vivienda y nuevas cadenas exportadoras, Vaca Muerta podría convertirse en el punto de partida de una transformación mucho más profunda.
Ese es el modelo que Argentina debería intentar construir.
El petróleo puede ser el combustible de la transformación, pero no necesariamente su destino final.
La verdadera oportunidad sería utilizar la riqueza energética para construir una economía menos dependiente de los ciclos internacionales de materias primas.
Una nueva Argentina, pero con una advertencia
El paisaje de Neuquén está cambiando rápidamente.
Donde antes había pequeñas comunidades rurales ahora aparecen torres de perforación, hoteles, viviendas prefabricadas, camiones, centros comerciales, institutos de capacitación y nuevas rutas y oleoductos. Añelo se convirtió en el símbolo de una Argentina que busca reinventarse a partir de sus recursos naturales.
La transformación es real. La producción crece, las inversiones llegan y los dólares comienzan a ingresar.
YPF atraviesa resultados récord. Las empresas privadas amplían sus operaciones. Nuevos oleoductos y gasoductos están en construcción. El GNL empieza a convertirse en una posibilidad comercial concreta.
Pero el éxito de Vaca Muerta no debería medirse solamente en barriles diarios ni en millones de dólares de exportaciones.
También debería medirse en empleos sostenibles, salarios, viviendas, infraestructura, proveedores nacionales, ingresos fiscales, desarrollo tecnológico y calidad de vida.
Porque una verdadera revolución energética no consiste únicamente en extraer más.
Consiste en conseguir que la riqueza que sale del subsuelo se transforme en desarrollo para quienes viven arriba de él.
Argentina tiene una oportunidad extraordinaria. Vaca Muerta puede convertirse en una fuente de dólares capaz de cambiar la relación del país con el mundo, reducir una de sus principales vulnerabilidades económicas y financiar una nueva etapa productiva.
Pero “salvar” la economía argentina exigirá mucho más que petróleo.
Exigirá que el país convierta la bonanza energética en capital, infraestructura, conocimiento, industria y empleo. Si consigue hacerlo, el “Texas argentino” podría convertirse realmente en una plataforma de transformación nacional. Si no lo consigue, Vaca Muerta podría terminar siendo simplemente otro gran recurso natural que enriqueció a determinados sectores sin resolver los problemas estructurales de Argentina.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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