Argentina: el país mejora sus cuentas fiscales, pero mantiene el peor riesgo país de Sudamérica
Argentina atraviesa una paradoja que expone una de las principales contradicciones de la recuperación económica impulsada por Javier Milei: el Gobierno consiguió una mejora fiscal que coloca al país entre los mejores resultados de América Latina, pero los mercados continúan exigiendo una prima de riesgo considerablemente mayor que la de sus vecinos. El riesgo país argentino llegó en agosto a superar los 500 puntos básicos y alcanzó los 532 puntos el 20 de agosto, su nivel más elevado de los últimos tres meses.
El contraste resulta particularmente llamativo porque el superávit fiscal fue uno de los principales logros que el Gobierno utilizó para reconstruir la confianza financiera. La administración Milei consiguió transformar un escenario de fuerte déficit en uno de equilibrio y superávit, pero esa mejora todavía no se refleja plenamente en el precio que los inversores asignan a la deuda argentina. En otras palabras, el Estado gasta menos de lo que recauda en términos fiscales, pero el mercado continúa considerando que prestar dinero a la Argentina implica un riesgo elevado.
El riesgo país es elaborado por J.P. Morgan y representa, simplificadamente, la sobretasa que los mercados exigen a un país respecto de los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Cuando el indicador aumenta, significa que los inversores perciben un mayor riesgo de mantener deuda soberana argentina y, por lo tanto, exigen rendimientos superiores. No mide directamente el déficit fiscal, sino la percepción global de riesgo sobre la capacidad y voluntad de pago.
La comparación regional muestra con claridad la dimensión del problema. Argentina llegó a ubicarse alrededor de los 500 puntos básicos mientras Uruguay se mantenía cerca de 68 puntos, Chile alrededor de 100 y Brasil y Perú en niveles muy inferiores. Ecuador y Bolivia, que también tienen elevados niveles de riesgo financiero, se encontraban por debajo de Argentina.
El dato significa que el mercado todavía no considera suficiente la mejora fiscal argentina para eliminar el riesgo acumulado durante años de crisis, incumplimientos y cambios bruscos de política económica. Argentina puede mostrar un resultado fiscal mejor que el de muchos de sus vecinos y, simultáneamente, continuar siendo considerada un deudor más riesgoso.
La primera explicación está relacionada con el historial financiero. Argentina tiene una larga trayectoria de reestructuraciones y defaults de deuda, además de episodios de controles cambiarios, inflación elevada y modificaciones abruptas de las reglas económicas. Esa historia no desaparece simplemente porque el Gobierno consiga un superávit durante dos años.
Para un inversor internacional, la pregunta no es solamente si Argentina tiene hoy superávit. También importa si ese resultado puede mantenerse durante varios gobiernos, si el país podrá generar los dólares necesarios para pagar sus compromisos externos y si las reglas económicas continuarán vigentes después de las próximas elecciones.
Precisamente allí aparece uno de los principales factores que explican la reciente suba del riesgo país: la incertidumbre política. Los mercados comenzaron a incorporar una mayor cautela frente a la capacidad del Gobierno de profundizar sus reformas y mantener el equilibrio fiscal en un escenario político que se encamina hacia nuevas disputas electorales. Analistas consultados por medios especializados señalaron que la debilidad legislativa, las dudas sobre la actividad económica y el calendario electoral están influyendo en la percepción de riesgo.
La evolución de agosto fue especialmente significativa. El riesgo país pasó de aproximadamente 413 puntos a comienzos del mes a 511 puntos el 18 de agosto, un aumento cercano a 100 unidades en poco más de dos semanas. Ningún otro país latinoamericano registró durante ese período un deterioro comparable: Paraguay y El Salvador, que tuvieron los mayores aumentos después de Argentina, sumaron apenas unos pocos puntos.
Posteriormente, el indicador llegó a 532 puntos básicos el 20 de agosto, antes de retroceder a 505 puntos el día siguiente. Aun con esa corrección, agosto acumulaba un incremento cercano al 17%, según el seguimiento de mercado publicado el 21 de agosto.
La evolución demuestra que el problema no es exclusivamente argentino, pero tampoco puede atribuirse completamente al contexto internacional. Las tasas estadounidenses, los movimientos de los bonos del Tesoro de Estados Unidos y la aversión global al riesgo influyen sobre todos los mercados emergentes. Sin embargo, otros países de la región no experimentaron un deterioro de magnitud comparable.
Esto lleva a observar los factores internos. Uno de ellos es la actividad económica. La recuperación argentina no está distribuyéndose de manera homogénea entre todos los sectores. Energía, minería y determinadas actividades exportadoras presentan un comportamiento favorable, mientras que sectores dependientes del mercado interno, como parte de la industria, el comercio y la construcción, enfrentan mayores dificultades.
La diferencia entre crecimiento sectorial y recuperación general es importante para los mercados. Una economía puede mejorar sus exportaciones y mantener superávit fiscal sin que toda su estructura productiva se encuentre en expansión. Los inversores observan entonces si el crecimiento será suficientemente amplio como para sostener los ingresos fiscales y generar los dólares necesarios para el servicio de la deuda.
Otro elemento relevante es la inflación. Aunque el Gobierno consiguió una reducción extraordinaria respecto de los niveles registrados al comienzo de su gestión, la inflación todavía no desapareció y continúa siendo superior a la de las economías regionales más estables. Los analistas siguen observando la evolución de los precios, las tasas de interés y el régimen cambiario como variables determinantes para la sostenibilidad del programa económico.
También existe una cuestión vinculada con las reservas internacionales. Argentina necesita fortalecer su posición externa para demostrar que puede afrontar sus compromisos en moneda extranjera sin recurrir permanentemente a nuevos acuerdos de financiamiento. La acumulación de reservas constituye, por lo tanto, una de las variables que el mercado seguirá de cerca.
Esta cuestión resulta especialmente sensible porque el superávit fiscal se expresa principalmente en términos de las cuentas públicas, mientras que una parte importante de la deuda argentina está denominada en dólares. El Estado puede presentar un resultado fiscal positivo en pesos y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para obtener las divisas necesarias para pagar vencimientos externos.
La diferencia entre ambas variables ayuda a comprender por qué el superávit fiscal no garantiza automáticamente una reducción del riesgo país. Un inversor que compra un bono argentino necesita saber no solamente que el Estado recauda más de lo que gasta, sino también de dónde surgirán los dólares para pagar los intereses y el capital de esa deuda.
Otro factor que pesa es el acceso al mercado voluntario de crédito. Argentina todavía necesita recuperar plenamente la confianza de los inversores internacionales para volver a financiarse a tasas razonables, algo que resulta difícil mientras el riesgo país permanezca por encima de 500 puntos. Un indicador elevado encarece la deuda y puede generar un círculo complicado: cuanto mayor es la tasa exigida, más costoso resulta refinanciar vencimientos.
La situación también tiene una dimensión empresarial. Las compañías argentinas enfrentan un costo de financiamiento externo que está condicionado por el riesgo soberano, incluso cuando sus propias cuentas sean saludables. Si el país tiene una prima elevada, las empresas deben pagar generalmente un diferencial respecto de emisores ubicados en economías consideradas más seguras.
Esto puede limitar la inversión privada. Una empresa que evalúa construir una fábrica, ampliar una planta o desarrollar infraestructura necesita calcular el costo del capital. Si el financiamiento argentino continúa siendo caro, determinados proyectos pueden demorarse o trasladarse hacia otros países de la región.
La paradoja se vuelve todavía más evidente cuando se compara a Argentina con Paraguay. Paraguay posee una economía mucho más pequeña y una capacidad fiscal inferior en términos absolutos, pero su riesgo país se encuentra muy por debajo del argentino, gracias, entre otros factores, a su historial de cumplimiento, estabilidad macroeconómica y menor exposición a crisis financieras recurrentes. La comparación muestra que el tamaño del superávit no es el único factor que determina la confianza de los inversores.
Uruguay representa un contraste todavía mayor. Con un riesgo país cercano a 68 puntos, el mercado considera que prestar dinero al Estado uruguayo implica un riesgo sustancialmente menor que hacerlo a Argentina. La diferencia refleja décadas de estabilidad institucional y financiera, además de una trayectoria de cumplimiento que los inversores valoran especialmente.
El caso chileno también resulta ilustrativo. Chile mantiene un riesgo país muy inferior al argentino, aun cuando su situación fiscal no pueda compararse directamente con el superávit conseguido por Milei. El mercado premia en esos casos la previsibilidad institucional, la estabilidad macroeconómica y la capacidad histórica de mantener reglas económicas relativamente constantes.
Argentina enfrenta entonces una tarea más compleja que simplemente alcanzar el equilibrio fiscal. Debe convencer al mercado de que el equilibrio es permanente. Para conseguirlo, tendrá que demostrar que el resultado fiscal puede sobrevivir a cambios políticos, ciclos económicos y eventuales presiones sociales.
Ese será uno de los principales desafíos de Milei. El Gobierno logró convertir el déficit fiscal en superávit mediante una política de fuerte reducción del gasto, pero mantener ese resultado durante varios años será mucho más difícil que alcanzarlo inicialmente. El mercado comienza ahora a preguntarse qué ocurrirá cuando aumenten las demandas de gasto, cuando se aproximen elecciones o cuando la economía enfrente una desaceleración.
La política también adquiere importancia porque el programa económico de Milei depende de reformas legislativas que todavía están en discusión. La capacidad del Gobierno para aprobar cambios estructurales determinará en buena medida la percepción de los mercados sobre la continuidad de su modelo económico. Los recientes conflictos en el Congreso y la necesidad de negociar con gobernadores y bloques opositores aumentan la incertidumbre.
En ese contexto, el riesgo país puede funcionar como un termómetro de las expectativas políticas tanto como de las económicas. Una mejora fiscal puede ser positiva, pero si los inversores creen que las reglas podrían modificarse después de las próximas elecciones, exigirán una prima adicional para comprar deuda argentina.
El Gobierno tiene, sin embargo, elementos concretos para defender su gestión. La reducción del déficit, la caída de la inflación, la recuperación de determinadas exportaciones y la mejora de la percepción crediticia son avances importantes frente al escenario heredado en diciembre de 2023. La Argentina consiguió además mejorar su calificación crediticia durante 2026.
Pero el mercado está pidiendo algo más. Está reclamando evidencia de que esos avances pueden convertirse en una nueva normalidad argentina y no en otro ciclo económico que termine con una crisis de deuda, una devaluación o un cambio abrupto de reglas.
Por eso la combinación de superávit fiscal y riesgo país elevado no constituye necesariamente una contradicción económica. Son indicadores que responden a preguntas diferentes. El primero muestra la relación entre ingresos y gastos públicos; el segundo incorpora la percepción sobre solvencia, liquidez, estabilidad política, reservas, crecimiento, antecedentes de pago y capacidad futura de financiamiento.
Argentina puede tener hoy mejores cuentas fiscales y continuar siendo considerada riesgosa. La paradoja desaparecerá solamente cuando el mercado crea que la mejora fiscal es sostenible y que el país podrá pagar sus obligaciones en moneda local y extranjera sin recurrir a nuevas crisis.
El desafío inmediato será entonces reducir el riesgo país sin abandonar el equilibrio fiscal. Si Milei logra sostener el superávit, aumentar las reservas, consolidar la estabilidad monetaria, recuperar el acceso normal al crédito y ampliar el crecimiento hacia sectores que hoy permanecen débiles, el diferencial de riesgo debería tender a reducirse.
Si, por el contrario, el crecimiento continúa concentrado, la actividad interna permanece débil, las reservas no alcanzan y aumenta la incertidumbre política, el mercado podría mantener una prima elevada aun cuando las cuentas fiscales continúen mostrando números positivos.
La Argentina enfrenta así una etapa decisiva: ya no se trata solamente de demostrar que puede ordenar sus cuentas, sino de convencer al mundo financiero de que ese orden llegó para quedarse. El superávit fue el primer paso. El desafío siguiente es transformar esa disciplina fiscal en confianza, inversión, crédito y crecimiento sostenible.
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