
La fotografía muestra a un adolescente que todavía estaba muy lejos de imaginar que algún día se convertiría en uno de los actores más reconocidos del cine del siglo XX. Había nacido en Chihuahua, México, en 1915, en plena Revolución Mexicana, y su infancia estuvo marcada por la pobreza, las enfermedades, las mudanzas y la pérdida de su padre. A los 11 años tuvo que comenzar a trabajar para ayudar a su familia. Décadas después, ganaría dos premios Oscar y protagonizaría algunas de las películas más recordadas de Hollywood. El joven de aquella fotografía era Anthony Quinn.
La historia de Quinn comenzó incluso antes de su nacimiento. Su madre, Manuela Oaxaca, conocida como Nellie, había crecido en circunstancias difíciles en la Sierra Madre Occidental. Era descendiente de indígenas y había sido llevada allí por su propia madre después de que su familia la rechazara. En medio de la Revolución Mexicana conoció a Francisco Quinn, un joven de ascendencia irlandesa que se incorporó al ejército y le propuso que lo acompañara como soldadera.
Nellie aceptó y se unió a él. Durante una de las paradas del recorrido, ambos se casaron ante un sacerdote. Poco después quedó embarazada y regresó a Chihuahua, donde nació su hijo el 21 de abril de 1915.
Los primeros años estuvieron lejos de ser tranquilos. Nellie tenía que trabajar para mantener a su hijo y llegó a lavar la ropa de prostitutas para conseguir dinero. Francisco regresó herido de la guerra y la situación económica de la familia continuó siendo muy precaria.
Cuando Francisco tuvo que escapar hacia Ciudad Juárez, Nellie decidió seguirlo. Con su pequeño hijo consiguió viajar hacia el norte escondida entre montañas de carbón dentro de una locomotora. Al llegar descubrió que su marido ya no estaba allí y terminó cruzando con el niño hacia El Paso, Texas.

Allí volvieron a encontrarse con la pobreza y las enfermedades. La familia llegó incluso a pasar una epidemia de viruela mientras vivía prácticamente a la intemperie. Más tarde buscaron una nueva oportunidad en California, donde Francisco consiguió trabajo colocando vías ferroviarias.
Pero tampoco allí encontraron estabilidad.
Durante uno de los trabajos, Francisco sufrió un grave accidente cuando una enorme pieza cayó sobre su mano y un clavo se la atravesó. La lesión se complicó con una infección y gangrena, obligándolo a ser trasladado a Los Ángeles. La familia recibió la noticia de que seguía vivo de una manera casi cinematográfica: un mensaje fue lanzado desde un tren y quedó atrapado junto a una piedra de carbón.
Finalmente, la familia llegó a Los Ángeles. Francisco consiguió incorporarse a la industria cinematográfica, pero la tranquilidad duró poco. En 1926 murió atropellado por un automóvil. Su hijo tenía solamente 11 años.
La pérdida obligó al adolescente a asumir responsabilidades que normalmente correspondían a un adulto. Trabajó como lustrabotas, vendedor de diarios, lavacopas y recolector de frutas, entre otras actividades. Su infancia había quedado definitivamente atrás.
Pero aquel joven también tenía inquietudes que iban mucho más allá de la necesidad de sobrevivir. Practicó boxeo, estudió arquitectura y durante un tiempo incluso pensó en convertirse en sacerdote. Su habilidad para dibujar terminó acercándolo al célebre arquitecto Frank Lloyd Wright, quien tuvo una influencia importante en su formación.
Wright lo alentó además a trabajar en su dicción. Poco después, una actriz retirada que le daba clases de voz le sugirió que intentara dedicarse a la actuación.
Quinn comenzó a conseguir pequeños papeles en Hollywood en 1936. Durante los primeros años tuvo que aceptar personajes muy diferentes y, muchas veces, estereotipados por su aspecto físico y su origen. Interpretó personajes mexicanos, indígenas, filipinos, italianos y soldados.
Sin embargo, aquello que inicialmente parecía una limitación terminó convirtiéndose en una de sus principales ventajas profesionales.
El gran salto llegó en 1952, cuando interpretó a Eufemio Zapata, hermano del revolucionario mexicano Emiliano Zapata, en ¡Viva Zapata!, junto a Marlon Brando. Su actuación llamó la atención de Hollywood y al año siguiente recibió el Oscar al mejor actor de reparto.
No sería el único.
Quinn consiguió un segundo Oscar y construyó una carrera que se extendió durante décadas. Participó en películas como La strada, Lawrence de Arabia y Zorba el griego, además de numerosas producciones que lo transformaron en uno de los rostros más reconocibles del cine internacional.
Su trayectoria resulta especialmente llamativa cuando se la compara con aquellos primeros años. El niño que había vivido entre la pobreza, las enfermedades y la incertidumbre terminó trabajando con algunos de los grandes nombres de la cinematografía mundial.
Anthony Quinn no tuvo una infancia que anunciara una futura carrera de estrella. Todo lo contrario: tuvo que trabajar desde muy joven simplemente para ayudar a sobrevivir a su familia. Su llegada al cine tampoco fue inmediata ni sencilla. Durante años aceptó papeles secundarios y personajes que parecían limitar sus posibilidades.
La diferencia estuvo en que consiguió transformar esas dificultades en experiencia y perseverancia. El dibujo, el boxeo, la arquitectura y las clases de dicción terminaron confluyendo inesperadamente en una carrera artística que nadie habría podido prever cuando era aquel adolescente obligado a trabajar después de la muerte de su padre.
La fotografía adquiere así otro significado cuando se conoce la historia que hay detrás de ella. No retrata solamente a un joven que algún día sería famoso; muestra a un adolescente que ya había conocido responsabilidades, pérdidas y dificultades que marcarían profundamente su vida.
Aquel muchacho terminaría conquistando Hollywood, ganando dos premios Oscar y dejando una extensa filmografía. Pero detrás del actor célebre permaneció siempre la historia de aquel niño nacido durante la Revolución Mexicana, que conoció el hambre, perdió a su padre demasiado pronto y tuvo que ganarse la vida antes de llegar a convertirse en una de las grandes figuras del cine.
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