Mucho antes de que el hormigón, el acero y el vidrio dominaran la construcción moderna, distintas civilizaciones levantaron ciudades enteras utilizando tierra, agua, paja y otros materiales disponibles en su entorno. Algunas de esas construcciones sobrevivieron durante siglos en medio de desiertos, montañas, zonas sísmicas y regiones sometidas a fuertes cambios climáticos. Desde los rascacielos de adobe de Shibam, en Yemen, hasta Chan Chan, en Perú, y Taos Pueblo, en Estados Unidos, estas arquitecturas muestran que el barro estuvo lejos de ser un material primitivo o frágil. Sus sistemas de construcción permitieron crear viviendas, fortalezas, centros religiosos e incluso ciudades de varios pisos, aprovechando propiedades naturales de la tierra para regular la temperatura y adaptarse al ambiente. Hoy, muchas de estas obras son consideradas patrimonio cultural y también despiertan interés entre arquitectos que buscan recuperar técnicas de construcción más sostenibles.
La arquitectura de tierra tiene una historia mucho más antigua que las ciudades modernas. En diferentes regiones del planeta, las comunidades aprendieron a mezclar tierra con agua, fibras vegetales y otros elementos para fabricar ladrillos o levantar muros directamente sobre el terreno. El resultado podía adquirir una resistencia considerable cuando se utilizaban proporciones adecuadas, se protegían las superficies de la humedad y se realizaban tareas periódicas de mantenimiento.
Uno de los ejemplos más extraordinarios se encuentra en Yemen. Shibam, conocida internacionalmente como la “Manhattan del desierto”, reúne construcciones de adobe que alcanzan varios pisos de altura y forman una de las imágenes urbanas más singulares del mundo. La ciudad amurallada fue desarrollada sobre una planta compacta y sus edificios verticales permitieron concentrar a la población en un espacio reducido. La UNESCO considera a Shibam uno de los ejemplos más destacados de planificación urbana tradicional basada en construcciones de varios niveles.
Las casas de Shibam fueron construidas con ladrillos de barro secados al sol. Algunas alcanzan hasta siete pisos y están diseñadas con muros considerablemente más gruesos en las partes inferiores, mientras que las estructuras se hacen más livianas a medida que aumenta la altura. Esta distribución permitía soportar el peso de las construcciones y, al mismo tiempo, proteger los interiores de las temperaturas extremas del desierto.
La ciudad también fue concebida como una estructura defensiva. La concentración de viviendas y la ausencia de grandes espacios abiertos entre los edificios dificultaban el acceso de posibles invasores. La posición de Shibam, además, estaba vinculada con antiguas rutas comerciales que atravesaban la región de Hadramaut.
La segunda gran referencia se encuentra en Malí. La antigua ciudad de Djenné constituye uno de los ejemplos más importantes de arquitectura de tierra de África occidental. Sus construcciones tradicionales están elaboradas con ladrillos de tierra secados al sol y revestidos periódicamente con barro. La propia UNESCO señala que cerca de 2.000 viviendas tradicionales han sobrevivido dentro del conjunto histórico.
La Gran Mezquita de Djenné es el elemento más famoso del conjunto. Su enorme fachada de tierra y sus características vigas de madera que sobresalen de los muros forman una imagen reconocible en todo el mundo. Esas piezas de madera también cumplen una función práctica: permiten trabajar sobre las paredes durante las tareas de mantenimiento y restauración.
El mantenimiento es fundamental para comprender cómo estas construcciones lograron sobrevivir. La arquitectura de barro no significa una estructura completamente abandonada después de su construcción. Las superficies necesitan protección frente a la lluvia y otros agentes naturales, por lo que las comunidades deben reparar y renovar periódicamente los revestimientos.
En Marruecos aparece otro ejemplo extraordinario: Aït Benhaddou, un antiguo ksar situado en la provincia de Ouarzazate, en las proximidades del Alto Atlas. El conjunto está formado por viviendas, torres, pasajes y estructuras defensivas construidas principalmente con tierra y arcilla.
Su arquitectura responde a las condiciones del territorio. Los muros gruesos ayudan a moderar las temperaturas interiores, mientras que la organización compacta protege los espacios habitables. El conjunto también estuvo relacionado históricamente con las rutas comerciales que atravesaban el Sahara hacia el norte de África.
Aït Benhaddou adquirió además una enorme popularidad internacional gracias al cine y la televisión. Sus construcciones fueron utilizadas como escenario para diferentes producciones, entre ellas “Gladiador” y “Game of Thrones”, convirtiendo al antiguo asentamiento en uno de los paisajes arquitectónicos más reconocibles de Marruecos.
En Irán, la ciudadela de Arg-e Bam representa otra variante de la arquitectura de tierra. Situada en la ciudad de Bam, en la provincia de Kermán, fue durante siglos un importante centro urbano y comercial. Su estructura combinaba viviendas, espacios defensivos y sistemas destinados a gestionar el agua en una región extremadamente seca.
La relación entre arquitectura y clima alcanza aquí una dimensión particularmente interesante. Los antiguos constructores utilizaron sistemas hidráulicos y elementos de ventilación natural para reducir el impacto del calor. Los qanats transportaban agua desde zonas montañosas mediante canales subterráneos, mientras que las torres de viento ayudaban a mover el aire dentro de determinadas estructuras.
Estos sistemas muestran que la arquitectura tradicional no dependía solamente de la elección del material. También requería comprender el comportamiento del viento, el agua, la temperatura y la orientación de los edificios. En muchos casos, las soluciones utilizadas siglos atrás cumplían funciones que hoy asociamos con sistemas tecnológicos modernos.
En América del Sur, uno de los mayores ejemplos se encuentra en Perú. Chan Chan, cerca de Trujillo, fue la capital del Reino Chimú y se convirtió en una de las ciudades precolombinas más importantes construidas principalmente con adobe.
El complejo arqueológico ocupa una superficie considerable y está formado por grandes recintos amurallados, plazas, corredores y estructuras destinadas a diferentes funciones. Sus muros fueron decorados con relieves que representan peces, aves, animales marinos y figuras geométricas, reflejando la profunda relación de la cultura Chimú con el océano.
Chan Chan demuestra además que el adobe podía utilizarse para desarrollar una auténtica planificación urbana. No se trataba simplemente de casas aisladas construidas con barro, sino de una ciudad organizada mediante sectores, espacios ceremoniales, áreas administrativas y grandes complejos amurallados.
La arquitectura Chimú también tuvo que responder a las características sísmicas y climáticas de la costa peruana. Las estructuras de adobe fueron diseñadas con diferentes formas y espesores para distribuir las cargas y adaptarse a las condiciones del territorio.
El sexto ejemplo es Ichan Kala, el núcleo histórico amurallado de Jiva, en Uzbekistán. El recinto conserva una arquitectura tradicional vinculada con las antiguas ciudades-oasis de Asia Central y fue durante siglos un punto importante para las caravanas que atravesaban el desierto.
Sus murallas de tierra protegen un conjunto urbano en el que conviven mezquitas, madrasas, minaretes, viviendas y espacios comerciales. El contraste entre los muros de tonos terrosos y las superficies decoradas con azulejos azules y turquesas produce uno de los paisajes urbanos más característicos de Asia Central.
La ciudad también muestra cómo la arquitectura de tierra podía combinarse con otros materiales. El adobe constituía la estructura principal de numerosas construcciones, mientras que la cerámica decorativa aportaba resistencia y color a elementos específicos.
El séptimo ejemplo lleva el recorrido hasta América del Norte. Taos Pueblo, en Nuevo México, es una comunidad indígena que mantiene una tradición arquitectónica de más de un milenio. Sus edificios escalonados, construidos con adobe, continúan siendo utilizados y conservados por la comunidad.
A diferencia de algunos de los otros ejemplos, Taos Pueblo no es simplemente un sitio arqueológico. Es una comunidad viva. Las técnicas tradicionales de construcción continúan formando parte de la identidad cultural del lugar y los habitantes mantienen prácticas destinadas a conservar las edificaciones.
Los muros gruesos de adobe permiten proteger los interiores tanto del frío como del calor. En una región donde las temperaturas pueden variar considerablemente entre el día y la noche, la capacidad de la tierra para absorber y liberar lentamente el calor constituye una ventaja natural.
La arquitectura de Taos también está vinculada con las necesidades defensivas de las comunidades antiguas. Las estructuras tradicionales fueron diseñadas con características que permitían controlar los accesos y proteger a los habitantes en momentos de conflicto.
Los siete lugares presentan diferencias enormes entre sí, pero comparten un principio fundamental: construir aprovechando los recursos disponibles. La tierra que rodeaba a estas comunidades podía convertirse en paredes, ladrillos, pisos y revestimientos sin necesidad de transportar grandes cantidades de materiales desde lugares distantes.
Ese aspecto vuelve a despertar interés en el contexto actual. La construcción contemporánea genera una parte importante del consumo mundial de materias primas y energía, por lo que arquitectos e investigadores buscan materiales y sistemas que reduzcan el impacto ambiental de los edificios.
La arquitectura de tierra no ofrece una solución automática para todos los problemas de la construcción moderna. El barro necesita protección frente a la humedad, mantenimiento constante y técnicas apropiadas para cada clima. Pero sus propiedades térmicas y la disponibilidad local del material explican por qué vuelve a ser estudiado como alternativa en determinados proyectos.
La eficiencia energética constituye uno de sus principales atractivos. Los muros de tierra pueden funcionar como una masa térmica que absorbe calor durante determinadas horas y lo libera lentamente cuando la temperatura exterior cambia. En regiones de grandes diferencias térmicas, esta propiedad puede contribuir a mantener temperaturas interiores más estables.
También existe una dimensión social. En Djenné, por ejemplo, el mantenimiento de las fachadas tradicionales está vinculado con la participación de la comunidad. La conservación no depende únicamente de especialistas externos, sino que forma parte de una práctica colectiva transmitida entre generaciones.
Ese elemento es fundamental para comprender la supervivencia de estas ciudades. El barro puede durar siglos, pero la arquitectura de tierra necesita conocimiento. Saber preparar la mezcla, levantar los muros, proteger las superficies y reparar las zonas deterioradas forma parte del patrimonio cultural tanto como los edificios mismos.
La UNESCO reconoce la importancia de este tipo de arquitectura en diferentes regiones del mundo y mantiene programas dedicados específicamente al patrimonio construido con tierra. La organización incluye entre sus sitios patrimoniales numerosas ciudades, fortalezas y asentamientos que utilizan adobe, tierra apisonada y otras técnicas tradicionales.
Al mismo tiempo, muchos de estos lugares enfrentan amenazas. Las lluvias intensas, la erosión, los cambios climáticos, el abandono, la urbanización descontrolada y la pérdida de técnicas tradicionales pueden poner en riesgo estructuras que sobrevivieron durante cientos o miles de años.
Djenné, por ejemplo, está expuesta a procesos de erosión y deterioro asociados con las condiciones ambientales y la expansión urbana. La conservación de sus construcciones requiere mantener las prácticas tradicionales y garantizar que las nuevas intervenciones respeten las características originales del conjunto histórico.
Shibam enfrenta problemas similares. La ciudad histórica mantiene su excepcional valor arquitectónico, pero los cambios sociales y económicos amenazan el modelo tradicional de vida que permitió conservar durante siglos sus torres de adobe.
La supervivencia de estas ciudades demuestra, en definitiva, que la innovación arquitectónica no siempre está asociada con nuevos materiales. En muchos casos, las soluciones más eficientes nacieron de la observación del entorno y de la necesidad de aprovechar recursos limitados.
El barro permitió levantar edificios de varios pisos, ciudades fortificadas, templos monumentales y complejos urbanos de enorme extensión. Su resistencia no dependió solamente de la tierra utilizada, sino de sistemas constructivos desarrollados durante generaciones.
También existe una lección relacionada con la sostenibilidad. Las antiguas comunidades no tenían acceso a maquinaria pesada ni a materiales industriales producidos a miles de kilómetros. Construían con lo que tenían cerca, adaptaban las edificaciones al clima y reparaban periódicamente los daños.
Esa lógica contrasta con buena parte de la construcción contemporánea, donde materiales, energía y componentes pueden recorrer grandes distancias antes de llegar a una obra. Recuperar parte del conocimiento tradicional podría contribuir a desarrollar soluciones más adaptadas a determinadas regiones.
Sin embargo, sería un error idealizar estas técnicas. Las construcciones de tierra requieren mantenimiento y pueden ser especialmente vulnerables al agua cuando no están correctamente protegidas. Tampoco todos los sistemas tradicionales pueden trasladarse directamente a las ciudades modernas sin modificaciones estructurales y técnicas.
El verdadero valor de estas siete ciudades está en demostrar que la arquitectura puede ser profundamente local. Cada una utiliza la tierra de una manera diferente porque responde a un clima, una cultura, una historia y unas necesidades específicas.
Shibam convirtió el adobe en rascacielos. Djenné lo transformó en arquitectura religiosa monumental. Aït Benhaddou lo utilizó para construir una fortaleza caravanera. Bam desarrolló sistemas de ventilación y agua alrededor de la tierra. Chan Chan levantó una gran metrópolis precolombina. Ichan Kala creó una ciudad-oasis protegida por murallas. Y Taos Pueblo convirtió el adobe en una tradición comunitaria que continúa viva.
Las siete ciudades muestran que la tierra puede ser mucho más que un material de construcción. Durante siglos fue una herramienta de adaptación al clima, una expresión cultural y una solución arquitectónica capaz de producir ciudades verticales, fortalezas, templos y grandes centros urbanos. Su permanencia hasta nuestros días demuestra que muchas técnicas consideradas antiguas contienen conocimientos que siguen siendo relevantes. En un momento en que la arquitectura busca reducir el consumo energético y el impacto ambiental de los edificios, estas construcciones ofrecen una lección particular: la innovación no siempre consiste en inventar materiales nuevos, sino también en comprender mejor los recursos que ya existen y utilizarlos de acuerdo con las condiciones del lugar.
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