Bajo las calles de Roma existe otra ciudad, construida durante casi tres mil años sobre los restos de las anteriores. A varios metros de profundidad sobreviven palacios imperiales, antiguas viviendas, templos, cisternas, calles, talleres y espacios religiosos que permiten reconstruir aspectos de la vida romana que no siempre aparecen en los grandes monumentos que dominan la superficie. La llamada Roma subterránea no corresponde a un único complejo arqueológico, sino a una extensa sucesión de capas históricas que se encuentran debajo de parques, edificios, iglesias y plazas. Algunos de estos lugares pueden visitarse actualmente y ofrecen una perspectiva diferente de la capital italiana: no solo muestran el poder de emperadores y grandes instituciones, sino también las casas, comercios, sistemas de agua y espacios cotidianos que sostuvieron la vida urbana durante siglos.
Roma es, en muchos sentidos, una ciudad construida sobre sí misma. A medida que las generaciones levantaron nuevas edificaciones, pavimentaron calles y modificaron el trazado urbano, estructuras anteriores quedaron enterradas. En determinados sectores, los restos arqueológicos se encuentran varios metros por debajo del nivel actual de las calles y forman una secuencia que permite observar cómo fue cambiando la ciudad.
El fenómeno es tan extendido que los especialistas describen a Roma como una ciudad estratificada. Cada época dejó una capa sobre la anterior y, en numerosos puntos, es posible descender desde una construcción moderna hasta restos de la Antigüedad en cuestión de minutos. Adriano Morabito, presidente de Roma Sotterranea, comparó esa acumulación histórica con una gran lasaña: diferentes niveles correspondientes a distintos períodos, superpuestos de manera irregular.
La dimensión exacta del subsuelo romano es difícil de establecer. Según una estimación citada por National Geographic, los investigadores conocen solamente entre el 5% y el 10% de ese enorme entramado. Una parte permanece enterrada bajo edificios modernos y otra continúa sin ser explorada, lo que significa que el mapa arqueológico de Roma está lejos de estar completo.
Esa realidad también afecta a la Roma contemporánea. Cada gran obra de infraestructura puede convertirse en una excavación arqueológica inesperada. La construcción de la línea C del metro, por ejemplo, ha sufrido retrasos debido al descubrimiento de restos históricos, una situación que refleja el permanente conflicto entre las necesidades de una capital moderna y la conservación de una ciudad que lleva miles de años acumulando vestigios.
Uno de los ejemplos más impresionantes es la Domus Aurea, el enorme complejo palaciego asociado al emperador Nerón. Fue construido después del gran incendio de Roma del año 64 d. C. y llegó a ocupar una superficie estimada de al menos 40 hectáreas, con jardines, viñedos, un lago artificial, salones para banquetes y cientos de habitaciones decoradas con materiales lujosos.
La residencia imperial se extendía por el valle situado entre las colinas del Palatino y el Esquilino. Parte del complejo quedó posteriormente sepultada y actualmente se encuentra varios metros por debajo del nivel de la ciudad moderna. La construcción del Coliseo y las transformaciones posteriores de Roma contribuyeron a ocultar buena parte de aquel enorme proyecto arquitectónico.
Lo que hoy puede visitarse constituye solamente una fracción del palacio original. Los recorridos atraviesan galerías, habitaciones con mosaicos, espacios decorados con frescos y grandes salas que permiten imaginar la escala de la residencia imperial. Las reconstrucciones digitales ayudan además a representar cómo habría sido el complejo cuando todavía estaba rodeado de jardines y dominado por el gran lago artificial que posteriormente desapareció bajo nuevas construcciones.
La profundidad proporciona incluso una experiencia climática diferente. Algunas de las salas de la Domus Aurea se encuentran tan abajo que el ambiente permanece fresco incluso durante los meses más calurosos del verano italiano.
Muy cerca de la Fontana di Trevi existe otro testimonio de esa ciudad enterrada: el Vicus Caprarius, conocido también como la Ciudad del Agua. El complejo se encuentra aproximadamente nueve metros bajo el nivel de la calle y conserva restos de una antigua ínsula romana, una construcción residencial de varios niveles que posteriormente fue transformada en una vivienda privada de mayor categoría.
El lugar también contiene una cisterna relacionada con el Aqua Virgo, uno de los antiguos acueductos romanos. Construido en el año 19 a. C., este sistema hidráulico continúa teniendo una relación directa con el abastecimiento de algunas fuentes monumentales de Roma, incluida la Fontana di Trevi.
El Vicus Caprarius demuestra hasta qué punto la ingeniería romana estaba vinculada con el funcionamiento cotidiano de la ciudad. El agua no era únicamente un elemento decorativo de las fuentes y termas: era fundamental para las viviendas, los espacios públicos y la organización urbana.
El complejo permaneció oculto durante siglos bajo construcciones posteriores y fue localizado después de obras de renovación realizadas en el antiguo Cine Trevi. Las excavaciones permitieron recuperar mosaicos, ánforas, estructuras residenciales y parte del sistema hidráulico.
La historia de Roma también puede seguirse debajo de las iglesias. La Basílica de San Clemente, ubicada cerca del Coliseo, es uno de los ejemplos más claros. El edificio actual, del siglo XII, se encuentra sobre una iglesia anterior y, todavía más abajo, sobre estructuras romanas del siglo I.
Al descender por sus niveles arqueológicos, el visitante puede encontrar restos de una antigua calle, construcciones públicas y un mitreo, un espacio relacionado con el culto al dios Mitra. El resultado es una especie de sección vertical de la historia de Roma: una iglesia medieval sobre una iglesia cristiana más antigua y, debajo, vestigios de la ciudad romana y de una religión practicada antes de la consolidación del cristianismo.
La importancia de San Clemente está precisamente en esa superposición. No se trata solamente de observar una ruina aislada, sino de comprender cómo una misma zona fue reutilizada por comunidades diferentes durante siglos.
Otro ejemplo se encuentra en Trastevere, debajo de la Basílica de Santa Cecilia. El templo actual fue construido sobre estructuras relacionadas tradicionalmente con la casa de Cecilia, una figura venerada como mártir cristiana. A unos dos metros bajo el nivel de la iglesia existen restos de la vivienda, incluidos mosaicos geométricos en blanco y negro y una cripta decorada con mármol y elementos de tradición bizantina.
En la colina Celio, bajo la Basílica de los Santos Juan y Pablo, se encuentran las llamadas casas romanas del Celio. El complejo permite observar varios siglos de transformación urbana y conserva restos de viviendas, talleres y espacios de almacenamiento. Es un ejemplo particularmente interesante porque desplaza la mirada desde los emperadores y los monumentos monumentales hacia la vida de quienes habitaban y trabajaban en la ciudad.
La Piazza Navona también guarda una conexión directa con la Roma antigua. Su característica forma ovalada conserva el trazado del antiguo Estadio de Domiciano, construido en el año 86 d. C. Los restos se encuentran aproximadamente cuatro metros y medio por debajo del nivel actual y pueden visitarse desde un acceso cercano a la plaza.
El caso resulta especialmente revelador porque demuestra que la ciudad moderna no eliminó por completo la geometría urbana anterior. La actual Piazza Navona conserva, en su forma, la memoria de una construcción romana que existió casi dos mil años antes.
El agua constituye otra dimensión fundamental de este mundo oculto. Roma se desarrolló junto al río Tíber y numerosas zonas que hoy parecen completamente urbanizadas tuvieron en la Antigüedad características muy diferentes. Algunos sectores del Foro Romano, por ejemplo, estuvieron relacionados con áreas pantanosas y cursos de agua.
Incluso debajo del antiguo templo dedicado al emperador Claudio, en la colina Celio, existen restos de una cantera medieval excavada en toba, estructuras relacionadas con un monasterio y depósitos de agua. Algunos de estos espacios solamente pueden recorrerse mediante visitas especializadas y requieren equipamiento adecuado para desplazarse por ambientes subterráneos.
El subsuelo de Roma también contiene cientos de kilómetros de catacumbas. Estas redes de galerías fueron utilizadas principalmente como lugares de enterramiento por comunidades judías y cristianas desde los primeros siglos de nuestra era. Aunque durante mucho tiempo se popularizó la idea de que las catacumbas eran principalmente lugares secretos de reunión de cristianos perseguidos, los estudios arqueológicos han demostrado que su función fundamental fue funeraria.
Las catacumbas forman una parte diferente de la Roma subterránea porque se extienden en buena medida fuera del centro histórico y fueron excavadas en terrenos donde las características geológicas permitían construir cámaras y corredores. Algunas redes están abiertas al público, mientras otras permanecen restringidas o poco exploradas.
Entre las más conocidas se encuentran las catacumbas de San Sebastián, Priscila y Santa Domitila. Sus galerías conservan tumbas, inscripciones, frescos y otros elementos que ayudan a reconstruir las prácticas funerarias de las primeras comunidades de Roma.
La diferencia entre estos espacios y los grandes monumentos de superficie es notable. El Coliseo, el Foro Romano y el Panteón muestran la dimensión monumental de Roma; las estructuras subterráneas revelan, en cambio, cómo funcionaba la ciudad detrás de esa imagen.
Debajo de la ciudad aparecen viviendas, almacenes, talleres, calles estrechas, sistemas de distribución de agua y lugares de culto. Son espacios que permiten comprender la vida cotidiana y la infraestructura que hizo posible el crecimiento de una de las ciudades más importantes del mundo antiguo.
La arqueología subterránea también está modificando la manera en que se interpreta el pasado. Cada descubrimiento puede aportar información sobre hábitos domésticos, comercio, religión, alimentación, ingeniería y organización social.
En este sentido, la Roma enterrada no representa simplemente un conjunto de ruinas. Es un archivo físico de la transformación urbana. Una vivienda puede haber sido modificada por sus propietarios, posteriormente abandonada, reutilizada como depósito y finalmente cubierta por una construcción de otra época.
Ese proceso explica por qué es posible encontrar estructuras de períodos diferentes prácticamente una encima de otra. La ciudad no fue reconstruida desde cero cada vez que cambiaron sus gobernantes; muchas veces incorporó, destruyó, reutilizó o sepultó lo que ya existía.
La conservación de este patrimonio plantea desafíos particulares. Las excavaciones deben realizarse con cuidado porque una intervención moderna puede afectar estructuras históricas situadas tanto por encima como por debajo del área de trabajo.
También existe el problema del agua. El subsuelo romano continúa siendo dinámico y algunas zonas presentan filtraciones o corrientes que pueden afectar las estructuras arqueológicas. La preservación exige controlar humedad, temperatura y estabilidad de los materiales.
A esto se suma el crecimiento de la ciudad. Roma necesita nuevas líneas de transporte, redes de servicios, viviendas e infraestructura, pero cada excavación puede revelar restos que obligan a modificar proyectos o ralentizar las obras.
La línea C del metro constituye uno de los ejemplos más conocidos de esa tensión. La construcción ha descubierto importantes restos arqueológicos y ha obligado a incorporar la investigación y conservación del patrimonio dentro de una infraestructura moderna de enorme escala.
La situación tiene una consecuencia paradójica: cuanto más intenta Roma modernizarse, más evidencia encuentra de su pasado. La expansión de la ciudad no elimina necesariamente la historia enterrada; en muchos casos la vuelve a revelar.
Para los visitantes, esta realidad abre una alternativa a los recorridos tradicionales. En lugar de contemplar Roma desde sus plazas y avenidas, es posible descender debajo de ellas y observar las estructuras que existían antes de que la ciudad adquiriera su aspecto actual.
La experiencia también modifica la percepción del tiempo. Una distancia de pocos metros puede representar cientos o incluso miles de años de historia. Una iglesia puede estar sobre una vivienda romana; una plaza moderna puede conservar el trazado de un estadio imperial; y una fuente barroca puede seguir recibiendo agua gracias a un sistema diseñado en época romana.
Esa continuidad es uno de los elementos más sorprendentes de Roma. La ciudad no conserva solamente objetos antiguos: conserva infraestructuras que fueron transformadas, reutilizadas y adaptadas durante generaciones.
La llamada Ciudad del Agua constituye un ejemplo especialmente claro. Un sistema hidráulico construido hace más de dos mil años continúa vinculado con el funcionamiento de algunas de las fuentes más famosas de la capital italiana.
El subsuelo permite también comprender que Roma no fue solamente una ciudad de emperadores, templos y monumentos. Fue una ciudad de millones de historias individuales acumuladas durante siglos: familias que vivieron en pequeñas viviendas, artesanos que trabajaron en talleres, comerciantes que almacenaron mercancías, personas que buscaron agua y comunidades que enterraron a sus muertos.
Esa dimensión cotidiana es quizás la mayor aportación de la arqueología subterránea. Allí donde la superficie muestra el poder de Roma, las excavaciones muestran la vida que permitió construir y mantener ese poder.
La Roma subterránea revela una ciudad distinta de la que aparece en las postales. Bajo el Coliseo, las plazas, las iglesias y las calles sobreviven estructuras que permiten recorrer casi tres mil años de historia en pocos metros de profundidad. Palacios como la Domus Aurea muestran la escala del poder imperial; el Vicus Caprarius revela el extraordinario desarrollo de la ingeniería hidráulica; San Clemente y las casas del Celio permiten acercarse a la vida religiosa y doméstica; y las catacumbas conservan la memoria funeraria de las primeras comunidades de la ciudad. Buena parte de este patrimonio todavía permanece oculto, lo que convierte al subsuelo de Roma en un archivo arqueológico incompleto y en permanente descubrimiento. Más que una ciudad enterrada, es otra Roma que continúa existiendo debajo de la ciudad moderna y que permite entender que la historia de la capital italiana no está solamente en sus monumentos más famosos, sino también en las pequeñas estructuras que sostuvieron la vida cotidiana durante miles de años.
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