El polo sur de la Luna se transformó en una de las regiones más importantes de la exploración espacial porque reúne tres características que difícilmente aparecen juntas en otro lugar del satélite: depósitos potenciales de hielo de agua, zonas que reciben luz solar durante períodos excepcionalmente prolongados y un terreno que conserva información sobre miles de millones de años de historia del Sistema Solar. Esa combinación llevó a la NASA a convertir la región en el centro de su nueva estrategia lunar. Ya no se trata solamente de volver a pisar la Luna, como ocurrió con el programa Apolo, sino de aprender a trabajar allí durante períodos prolongados, utilizar recursos locales y construir progresivamente una infraestructura que pueda servir como plataforma para futuras misiones, incluida la exploración de Marte.
El interés científico por el polo sur comenzó a crecer cuando las sondas lunares encontraron evidencias de agua congelada en regiones permanentemente oscuras. La particular inclinación del eje lunar, de apenas unos 1,5 grados, hace que el Sol permanezca muy bajo sobre el horizonte en las regiones polares. Como consecuencia, el fondo de determinados cráteres nunca recibe luz solar directa. Son las denominadas regiones permanentemente en sombra, o PSR por sus siglas en inglés, y sus temperaturas pueden descender hasta aproximadamente –203 °C. En esas condiciones extremas, las moléculas de agua y otros compuestos volátiles pueden quedar atrapados durante períodos extremadamente prolongados.
Uno de los lugares más estudiados es el cráter Shackleton, situado prácticamente en el polo sur lunar. Su borde recibe iluminación durante gran parte del año lunar, mientras que el interior permanece sumido en una oscuridad casi permanente. Esta combinación resulta excepcional para una futura base: una zona relativamente iluminada puede proporcionar energía solar y, a poca distancia, existen cráteres extremadamente fríos donde podrían encontrarse depósitos de hielo. La NASA considera que esa proximidad entre áreas iluminadas y regiones permanentemente oscuras puede ser fundamental para diseñar operaciones de larga duración.
El agua es el principal motivo práctico de esta búsqueda. En la Tierra parece un recurso cotidiano, pero transportar grandes cantidades desde nuestro planeta hasta la Luna sería extremadamente costoso. Si los futuros exploradores pueden extraer agua del suelo lunar, esa sustancia podría utilizarse para beber, producir oxígeno y fabricar combustible para cohetes mediante la separación de sus componentes, hidrógeno y oxígeno. La NASA también considera que el agua podría contribuir a sistemas de protección frente a la radiación. Por eso, el hielo lunar no se considera simplemente un descubrimiento científico: podría convertirse en un recurso estratégico para sostener una presencia humana.
Pero existe una precisión importante: la presencia de hielo no significa que exista un enorme depósito de agua listo para ser extraído. Las investigaciones han demostrado evidencias de hielo en regiones permanentemente sombreadas, pero todavía existen interrogantes sobre su concentración, profundidad, distribución y facilidad de extracción. Un análisis de datos del Lunar Reconnaissance Orbiter publicado por la NASA en 2024 concluyó que los depósitos de hielo podrían estar más extendidos de lo que se pensaba, especialmente en las regiones permanentemente sombreadas, aunque los científicos todavía no pueden determinar con precisión el volumen total disponible ni cuánto se encuentra enterrado bajo una capa seca de regolito.
El polo sur también es atractivo por su geología excepcionalmente antigua. La región está vinculada al enorme cuenca de impacto Polo Sur-Aitken, considerada la mayor estructura de impacto conocida del Sistema Solar, con una extensión aproximada de 2.500 kilómetros. Los impactos que formaron esta estructura ocurrieron hace miles de millones de años y excavaron material profundo de la corteza lunar. Estudiar esas rocas puede proporcionar información sobre las primeras etapas de formación de la Luna y, por extensión, sobre la evolución de los planetas rocosos del Sistema Solar.
La Luna funciona además como un archivo geológico mucho más estable que la Tierra. Nuestro planeta posee atmósfera, agua líquida, erosión, actividad volcánica y tectónica de placas, procesos que destruyen o modifican continuamente las huellas de su pasado. La Luna carece de una atmósfera comparable y no posee tectónica de placas activa como la terrestre. Por eso, los cráteres, rocas y depósitos superficiales pueden conservar señales de acontecimientos extremadamente antiguos. Cada muestra obtenida en el polo sur puede ayudar a reconstruir una parte de la historia que la Tierra perdió hace mucho tiempo.
El desafío es que el mismo ambiente que hace atractivo al polo sur lo convierte en uno de los lugares más difíciles para operar. La superficie está cubierta por regolito, un polvo formado por miles de millones de años de impactos de meteoritos. Sus partículas son afiladas y abrasivas porque no existen viento ni agua que las desgasten como ocurre en la Tierra. Ese polvo puede afectar juntas, mecanismos, instrumentos, vehículos y trajes espaciales. Además, el terreno está formado por pendientes pronunciadas, montañas y cráteres profundos que complican el desplazamiento de vehículos y el aterrizaje de naves.
Las diferencias térmicas son igualmente extremas. Mientras determinadas zonas iluminadas pueden alcanzar aproximadamente 54 °C, las regiones permanentemente sombreadas pueden descender hasta unos –203 °C. Una futura infraestructura lunar tendrá que funcionar prácticamente en dos ambientes diferentes separados por distancias relativamente pequeñas. Los equipos destinados a zonas de sombra necesitarán sistemas especiales de calefacción y alimentación, mientras que aquellos ubicados en zonas iluminadas deberán resistir períodos de intenso calentamiento.
La iluminación constituye otro elemento estratégico. Algunas crestas cercanas a los cráteres reciben luz solar durante una parte extraordinariamente elevada del año lunar. Esto podría proporcionar una fuente relativamente estable de energía para paneles solares, mientras que las zonas oscuras permitirían investigar los depósitos de volátiles. La idea de una futura base consiste, en parte, en aprovechar esa geografía: producir energía donde existe luz y desplazarse hacia las zonas de sombra para estudiar y eventualmente extraer recursos.
La NASA ya está estructurando su programa lunar alrededor de esta región. En 2026 presentó una estrategia denominada Moon Base, cuyo objetivo es desarrollar progresivamente una presencia humana y robótica cerca del polo sur. La primera fase contempla misiones robóticas para estudiar el terreno, probar tecnologías y comprender las condiciones locales antes de aumentar la complejidad de las operaciones. La agencia plantea una construcción gradual, en lugar de intentar instalar de inmediato una base completamente operativa.
El calendario actual de Artemis también refleja ese cambio de estrategia. Después de Artemis II, que en abril de 2026 llevó a cuatro astronautas alrededor de la Luna y de regreso a la Tierra, la NASA modificó la secuencia de las siguientes misiones. Artemis III será una misión de demostración en 2027, destinada a probar en órbita terrestre operaciones de encuentro y acoplamiento entre Orion y sistemas comerciales de aterrizaje. La NASA considera que Artemis IV será la primera misión tripulada destinada al polo sur lunar y actualmente está prevista para 2028.
La misión Artemis IV no tendría como objetivo simplemente colocar astronautas en la superficie y regresar. La planificación contempla que dos integrantes de la tripulación desciendan a la región polar y permanezcan aproximadamente una semana realizando observaciones, recogiendo muestras y ejecutando experimentos científicos. NASA ha identificado nueve regiones candidatas para los primeros aterrizajes tripulados cerca del polo sur, entre ellas Haworth, Malapert Massif, Mons Mouton y varias zonas próximas a cráteres permanentemente sombreados.
Antes de que lleguen los astronautas, las misiones robóticas tendrán que resolver problemas fundamentales. NASA está financiando nuevos aterrizadores, vehículos y experimentos científicos destinados a estudiar el terreno, la radiación, la composición del regolito y la presencia de recursos. Entre los proyectos se encuentra MoonFall, una misión prevista para enviar cuatro drones propulsivos que estudiarán con cámaras de alta resolución los posibles lugares de operación alrededor del polo sur y utilizarán instrumentos capaces de investigar la presencia de agua bajo la superficie.
La exploración tampoco se limita a Estados Unidos. El polo sur lunar se convirtió en un objetivo internacional porque el conocimiento y los recursos que pueda ofrecer tienen consecuencias para toda la futura economía espacial. China, India, Japón, Europa y empresas privadas desarrollan diferentes programas lunares, mientras que los acuerdos y alianzas internacionales determinarán en buena medida cómo se utilizarán los recursos y cómo se coordinarán las operaciones en una región que nunca ha sido visitada por seres humanos.
El interés por el polo sur representa, en definitiva, un cambio de filosofía. Durante el programa Apolo, la prioridad era demostrar que un ser humano podía llegar a otro mundo, realizar experimentos y regresar. Ahora el objetivo es aprender a permanecer. Una base lunar permitiría probar sistemas de generación de energía, construcción, navegación, extracción de recursos, protección contra la radiación y supervivencia en un ambiente extremo antes de intentar una misión humana a Marte. NASA define precisamente la Luna como un campo de pruebas para las tecnologías y operaciones necesarias para futuras expediciones al planeta rojo.
El polo sur lunar se convirtió así en el nuevo gran objetivo espacial no por una única razón, sino porque concentra ciencia, recursos y condiciones estratégicas excepcionales. El hielo podría proporcionar agua y materias primas para combustible y soporte vital; las zonas iluminadas podrían suministrar energía; los cráteres y la cuenca Polo Sur-Aitken conservan información sobre la historia más antigua del Sistema Solar; y la región ofrece un escenario ideal para probar tecnologías destinadas a sostener una presencia humana fuera de la Tierra. El desafío será enorme, pero la estrategia que está tomando forma en 2026 apunta a algo mucho más ambicioso que repetir Apolo: utilizar la Luna como el primer laboratorio permanente de la humanidad para aprender a vivir y trabajar más allá de nuestro planeta
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