Una investigación realizada por científicos del Instituto Finlandés de Salud y Bienestar, la Universidad de Finlandia Oriental y el Hospital Universitario de Kuopio encontró que determinados microorganismos asociados con los perros y presentes en el polvo de los hogares podrían explicar parte de la aparente protección que tienen los bebés que conviven con estas mascotas frente a infecciones respiratorias durante su primer año de vida. El estudio siguió a 368 niños desde el embarazo hasta las primeras semanas posteriores al nacimiento y analizó muestras de polvo recogidas cuando los bebés tenían aproximadamente dos meses. Los investigadores identificaron 12 géneros bacterianos y dos fúngicos relacionados con la presencia de perros y observaron que algunos de ellos estaban asociados con menos semanas de fiebre, menor utilización de antibióticos y una menor frecuencia de infecciones respiratorias. El hallazgo no demuestra que tener un perro garantice una mejor salud ni significa que una familia deba adquirir una mascota para prevenir enfermedades, pero aporta una pieza importante para comprender cómo el entorno microbiano del hogar puede influir en el desarrollo del sistema inmunitario durante los primeros meses de vida.
Durante mucho tiempo, la recomendación para proteger a un bebé de las infecciones parecía intuitiva: mantener la casa limpia, reducir la exposición a microorganismos y evitar todo aquello que pudiera representar una fuente potencial de contagio. Sin embargo, la investigación científica de las últimas décadas ha mostrado que la relación entre limpieza, microorganismos y salud infantil es mucho más compleja.
El organismo de un recién nacido no se desarrolla en un ambiente estéril. Desde el nacimiento comienza a entrar en contacto con miles de microorganismos procedentes de la madre, los alimentos, el suelo, el aire, otras personas y las superficies de la vivienda. Esa exposición forma parte del proceso mediante el cual el sistema inmunitario aprende a distinguir entre microorganismos potencialmente peligrosos y aquellos que forman parte de un ambiente normal.
En ese contexto aparece la llamada hipótesis de la higiene, aunque actualmente los científicos prefieren hablar de una relación más compleja entre microbiota, ambiente, inmunidad y exposición microbiana. La idea central no es que la suciedad sea beneficiosa ni que los niños deban exponerse deliberadamente a agentes infecciosos, sino que una reducción excesiva de la diversidad microbiana ambiental podría modificar el desarrollo de las defensas del organismo.
El estudio finlandés siguió a los niños durante su primer año
La nueva investigación, publicada en junio de 2026 en la revista científica Pediatric Allergy and Immunology, analizó datos de 368 niños finlandeses. Los investigadores comenzaron a recopilar información durante el embarazo y continuaron realizando seguimiento durante el primer año de vida.
Los padres registraron semanalmente diferentes indicadores de salud, incluyendo fiebre, otitis, utilización de antibióticos y períodos considerados saludables. Al mismo tiempo, los científicos estudiaron el polvo del suelo de las viviendas para determinar qué microorganismos estaban presentes.
Las muestras de polvo fueron recogidas cuando los niños tenían aproximadamente dos meses de edad. Mediante técnicas de secuenciación genética, los investigadores pudieron identificar diferentes grupos de bacterias y hongos presentes en el ambiente doméstico.
El objetivo era responder una pregunta muy concreta: si los niños que viven con perros presentan determinados beneficios de salud, ¿podrían esos efectos estar relacionados con los microorganismos que los animales introducen en el ambiente de la vivienda?
La respuesta obtenida fue parcialmente afirmativa.
No es simplemente “tener un perro”: el protagonista puede estar en el polvo de la casa
El estudio identificó 14 géneros microbianos asociados con hogares donde había perros, 12 bacterianos y dos fúngicos. Los investigadores analizaron posteriormente si la presencia de estos microorganismos podía explicar parte de las diferencias observadas entre los niños que vivían con perros y aquellos que no tenían contacto con estas mascotas.
El resultado más importante fue que ocho de esos géneros microbianos explicaron individualmente entre el 10 % y el 23 % de algunas de las asociaciones protectoras observadas entre la convivencia con perros y determinados resultados de salud.
Uno de los microorganismos que más llamó la atención fue Pasteurella, un género bacteriano que normalmente puede encontrarse en la boca de perros y gatos. En el estudio, su presencia en el polvo doméstico mostró la asociación más fuerte con un menor número de semanas con fiebre.
Esto resulta especialmente interesante porque modifica la forma de interpretar la relación entre un animal y la salud de un bebé.
El perro no necesariamente está “protegiendo” directamente al niño. Una posibilidad es que el animal modifique el microbioma del ambiente doméstico, y que esa modificación genere una exposición microbiana capaz de influir en el desarrollo temprano del sistema inmunitario.
Menos antibióticos: otra señal importante
Los investigadores también encontraron una relación entre determinados microorganismos y un menor uso de antibióticos durante el primer año de vida.
Tres grupos bacterianos correlacionados entre sí explicaron aproximadamente el 25 % de la reducción asociada al contacto con perros en el uso de antibióticos. Esto no significa que los niños que viven con perros necesiten un 25 % menos de antibióticos en términos absolutos, sino que esos microorganismos explicaron una parte de la asociación estadística observada entre la convivencia con perros y un menor uso de estos medicamentos.
La diferencia es importante.
Los antibióticos son medicamentos fundamentales para tratar determinadas infecciones bacterianas, pero su utilización innecesaria puede contribuir al desarrollo de resistencia antimicrobiana, uno de los principales problemas de salud pública mundial.
Por eso, si futuras investigaciones consiguen comprender mejor por qué determinados ambientes parecen estar relacionados con menos episodios infecciosos durante la infancia, podrían surgir nuevas estrategias preventivas que reduzcan enfermedades y, indirectamente, la necesidad de utilizar medicamentos.
El hallazgo tiene antecedentes
La investigación de 2026 no aparece de la nada.
Hace más de una década, científicos finlandeses ya habían estudiado la relación entre el contacto con perros y gatos y las enfermedades respiratorias durante el primer año de vida. En aquel estudio participaron 397 niños, y los investigadores encontraron que los bebés que tenían perros en casa presentaban menos síntomas o infecciones respiratorias que aquellos sin contacto con perros.
Ese trabajo, publicado en Pediatrics en 2012, ya había sugerido que la convivencia temprana con perros podía estar relacionada con una mejor salud respiratoria.
La gran diferencia del estudio actual es que los investigadores intentaron avanzar un paso más: no solamente observaron que existía una asociación, sino que buscaron una posible explicación biológica dentro del ambiente microbiano de las viviendas.
¿Por qué los perros podrían modificar el microbioma de una casa?
Los perros pasan buena parte del tiempo en contacto con el exterior. Caminan por tierra, césped y diferentes superficies, entran y salen de la vivienda, tienen contacto con otros animales y transportan partículas en el pelo y las patas.
Todo eso significa que un perro puede convertirse en un vehículo natural para trasladar microorganismos del ambiente exterior hacia el interior del hogar.
Un estudio publicado en 2026 en Environmental Science & Technology mostró precisamente que los perros modifican el ambiente interior de las viviendas y pueden contribuir a las emisiones de bacterias, hongos, partículas y otros componentes del aire doméstico. Los investigadores observaron además diferencias según el tamaño del animal.
Esto ayuda a construir una explicación más completa: una vivienda con perro puede tener un ecosistema microbiano diferente al de una vivienda sin animales.
Y ese ecosistema puede ser relevante durante los primeros meses de vida, cuando el sistema inmunitario todavía está desarrollándose.
El sistema inmunitario de un bebé está aprendiendo
El primer año de vida constituye una etapa especialmente importante para la maduración inmunológica.
El organismo debe aprender a responder frente a microorganismos potencialmente peligrosos sin reaccionar de manera excesiva contra elementos inofensivos. Este proceso está influido por la genética, la alimentación, la lactancia, el entorno, las infecciones, los antibióticos y la exposición a diferentes microorganismos.
La investigación finlandesa sugiere que la composición del microbioma ambiental podría ser uno de esos factores.
No obstante, los autores son cuidadosos. El estudio no afirma que cualquier bacteria presente en una casa sea beneficiosa. Tampoco encontró que una mayor diversidad general de bacterias u hongos explique por sí misma el efecto.
De hecho, una de las conclusiones más interesantes fue precisamente que la riqueza microbiana total del polvo no explicó significativamente los efectos asociados con los perros. Lo importante parecía ser la presencia de determinados microorganismos específicos.
Esto cambia una idea muy extendida sobre la “casa limpia”
La investigación también ayuda a diferenciar dos conceptos que suelen confundirse: higiene y esterilidad.
Una buena higiene continúa siendo esencial. Lavarse las manos, conservar correctamente los alimentos, mantener limpias las superficies de preparación de comida y evitar la acumulación de residuos son medidas fundamentales para prevenir enfermedades.
Pero una vivienda saludable no necesita ser microbiológicamente estéril.
El estudio plantea que el ambiente doméstico contiene una comunidad compleja de microorganismos y que determinadas exposiciones naturales pueden formar parte del desarrollo normal del sistema inmunitario.
Por eso, el mensaje científico no debería interpretarse como “hay que dejar de limpiar la casa”, sino como una advertencia contra la idea de que eliminar absolutamente todos los microorganismos del entorno sea necesariamente beneficioso para un bebé.
Y aquí aparece una paradoja: los perros también pueden provocar problemas
La relación entre mascotas y salud infantil no es exclusivamente positiva.
Los perros pueden transportar alérgenos, parásitos y microorganismos potencialmente patógenos. Además, algunos niños pueden desarrollar alergias a los animales o presentar síntomas respiratorios relacionados con determinados alérgenos.
Una revisión publicada en 2026 sobre mascotas y enfermedades alérgicas infantiles señaló precisamente esta aparente contradicción: la exposición temprana a animales puede estar asociada con mecanismos de tolerancia inmunológica, mientras que determinadas exposiciones posteriores pueden aumentar la sensibilización en niños susceptibles.
Por eso, no existe una regla universal según la cual tener un perro sea bueno para todos los bebés.
La salud respiratoria de cada niño depende de múltiples factores, entre ellos genética, antecedentes familiares de alergias, exposición al humo, contaminación ambiental, vivienda, alimentación y condiciones socioeconómicas.
Lo que los investigadores todavía no pueden afirmar
Uno de los puntos más importantes para interpretar correctamente el estudio es que se trata de una investigación observacional.
Los investigadores observaron asociaciones entre convivencia con perros, microorganismos del polvo y determinados resultados de salud. Pero eso no significa que hayan demostrado una relación causal directa.
Por ejemplo, las familias que tienen perros pueden diferir de las que no los tienen en muchos otros aspectos: podrían vivir en zonas rurales, tener diferentes hábitos de vida, más contacto con espacios naturales, más hijos, diferentes condiciones de vivienda o distintos niveles de actividad física.
Los investigadores intentaron controlar estadísticamente varios de estos factores, incluyendo sexo, entorno de residencia, número de hermanos, tabaquismo materno, antecedentes de atopia de los padres, lactancia, peso al nacer y estación del nacimiento. Aun así, ningún estudio observacional puede eliminar por completo todas las posibles variables de confusión.
Por eso, los resultados deben entenderse como una pieza de evidencia, no como una demostración definitiva.
Antes, ahora y después: hacia una nueva comprensión de la salud infantil
Antes, buena parte de la investigación se concentraba en determinar si la presencia de mascotas aumentaba o disminuía el riesgo de alergias y enfermedades respiratorias.
Ahora, la investigación está avanzando hacia una pregunta mucho más sofisticada: qué microorganismos transportan las mascotas, cómo modifican el ambiente de una vivienda y qué efecto tiene esa transformación sobre el desarrollo del sistema inmunitario infantil.
Después, el objetivo podría ser identificar qué componentes de ese ambiente tienen realmente efectos protectores.
Si investigaciones futuras confirman los resultados, podría llegar a ser posible desarrollar estrategias de prevención basadas no necesariamente en tener una mascota, sino en comprender y reproducir determinadas características de un microbioma doméstico saludable.
Eso abriría una posibilidad particularmente interesante: estudiar microorganismos ambientales específicos como potenciales herramientas para prevenir infecciones respiratorias o determinados trastornos inmunológicos durante los primeros años de vida.
Pero todavía falta mucho para llegar a ese punto.
Una pista científica que puede cambiar la forma de estudiar a las mascotas
El verdadero valor de esta investigación no está en decir que “los bebés que tienen perros son más saludables”, una conclusión demasiado simple para los datos disponibles.
El descubrimiento más interesante es otro: el perro puede actuar como un modificador del ecosistema microbiano del hogar, y una parte de ese ecosistema parece estar relacionada con la salud del niño.
El estudio finlandés encontró que determinadas bacterias y hongos explicaban una parte de la asociación entre convivencia con perros y menor frecuencia de infecciones respiratorias, mientras que otros componentes del microbioma no mostraron ese efecto.
La próxima etapa será determinar exactamente qué microorganismos son beneficiosos, cómo interactúan con el sistema inmunitario y por qué algunos niños parecen beneficiarse más que otros.
Por ahora, la evidencia permite una conclusión prudente: convivir con un perro durante los primeros meses de vida podría estar asociado con un entorno microbiano que favorece determinados aspectos de la salud infantil, pero tener un perro no constituye un tratamiento ni una garantía de protección frente a las infecciones.
Lo que la ciencia empieza a descubrir es algo mucho más profundo: la salud de un bebé no se desarrolla únicamente dentro de su cuerpo. También está influida por el mundo microscópico que lo rodea, por el aire que respira, por las superficies con las que entra en contacto y por los organismos que comparten su hogar. Y en ese complejo ecosistema doméstico, el perro podría desempeñar un papel mucho más importante de lo que se pensaba.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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