
Conocer los primeros años de los deportistas siempre resulta fascinante. ¿Cómo llegaron hasta donde están? ¿Qué les hizo destacar? Si yo hubiera tomado un camino diferente, ¿podría haberme convertido en lanzador de peso olímpico? Lo dudo. Prácticamente todos los deportistas superestrellas cuentan con dos cosas a su favor que la mayoría de nosotros no tenemos: un talento atlético innato extraordinario y mentores que los guiaron hacia las oportunidades adecuadas.
Piénsalo. Nadie le dijo a un niño como Wayne Gretzky, Michael Phelps o Serena Williams: «¡Sal allá afuera y juega a tu manera! Inventa la rutina de entrenamiento que más te guste. Crea tu propio juego con el que puedas ganar». No, se conectaron a los deportes (y comunidades deportivas) que tenían historia, reglas e iconos. Encontraron entrenadores y preparadores físicos que les ayudaron a aprender las destrezas específicas necesarias para sus deportes y posiciones. Aun los deportistas estrella necesitan esas comunidades para pulir su potencial hasta el máximo.
Aunque quizá nunca llegues a los Juegos Olímpicos, tu vida espiritual puede estar guiada por una comunidad de mentores. Necesitas una iglesia que te ayude a convertirte en todo lo que Dios ha querido que seas.
Identidad formada por la comunidad
Nuestra cultura dice: «Debes crear tu propia identidad con una influencia externa mínima, si es que hay alguna». Esa no solo es una receta para el desastre, sino que, además, es imposible. Tu identidad es tu sentido del «yo» que conecta quién eres —como resultado de tu pasado— con quién deseas ser en el futuro y, tal como sostiene Carl Trueman, la identidad siempre se forma en diálogo con la comunidad. Pierdes tu capacidad de comprenderte a ti mismo cuando no hay otras personas que respondan al «yo» que presentas.
Tu vida espiritual puede estar guiada por una comunidad. Necesitas una iglesia que te ayude a convertirte en todo lo que Dios te ha destinado a ser
Trueman utiliza el ejemplo de ser elegido (o no) para un equipo en el patio de juegos. Esos sentimientos de ansiedad y vergüenza o de aceptación y validación que muchos de nosotros experimentamos en el patio de la escuela durante el recreo son prueba de que nuestra identidad depende de que otra persona nos reconozca. Nadie forma su identidad aislado en un rincón. La identidad se forma a través de las validaciones, los rechazos y los consejos de una comunidad. La pregunta es la siguiente: ¿qué comunidad estás dejando que te forme?
Dos impulsos contradictorios
En lo que respecta a la identidad, tenemos dos impulsos.
En primer lugar, no queremos permitir que nadie más nos forme ni nos diga quiénes debemos ser; queremos ser independientes. Muchos creyentes hoy en día sienten incertidumbre sobre su identidad y sus dones, pero, al mismo tiempo, esperan forjarse un nombre y una imagen que sean totalmente independientes de la iglesia. Nos cuesta unirnos a una institución y someternos a ella. Sin embargo, también tenemos un impulso en conflicto.
En segundo lugar, deseamos desesperadamente ser aceptados por una comunidad. Queremos ser útiles para esa comunidad. Queremos ser importantes para los demás. El desafío es que no podemos tener una comunidad más profunda sin sacrificar algo de independencia.
De manera práctica, esto significa que muchos de nosotros no llegamos muy lejos en ninguna de las dos direcciones. Tenemos una independencia frágil y una comunidad superficial y sin compromiso.
Parte del cuerpo
En 1 Corintios 12:12, Pablo escribe: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero, todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo». Esta analogía nos ayuda a abordar el dilema de la identidad desde una perspectiva bíblica.
Pablo nos muestra que solo podemos evitar perder nuestro sentido independiente del yo buscando la solidaridad con la iglesia. En el cuerpo de la iglesia, encontramos unidad con habilidades independientes: «Si el pie dijera: “Porque no soy mano, no soy parte del cuerpo”, no por eso deja de ser parte del cuerpo» (v. 15).
La Biblia también aborda aquí la tentación de dar demasiada importancia a la independencia. No se puede decir: «Soy un pie. Nadie me entiende. Nadie más es como yo. Nadie más puede hacer lo que yo hago, así que haré lo mío y no me preocuparé por el cuerpo». Si le cortas un pie al cuerpo, el pie muere. Pierde su capacidad de hacer cualquier cosa propia de un pie. Ya no puede caminar, correr ni dar patadas. Un pie necesita de todo el cuerpo para ser un pie útil.
Cuando ves a personas diversas que expresan sus dones únicos, puedes empezar a visualizar mejor se cómo verá para ti la fidelidad que glorifica a Dios
Por otro lado, vemos que poner demasiado énfasis en la unidad también conduce al desastre: «Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿qué sería del oído? Si todo fuera oído, ¿qué sería del olfato?» (v. 17). Si insistes en una uniformidad excesiva en ámbitos en los que la Biblia celebra la diversidad independiente, convertirás a la iglesia (o a cualquier comunidad) en un ojo de Sauron sin cuerpo o en un Popeye de dibujos animados con antebrazos gigantes. «Y si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo?» (v. 19).
Encuentra tu identidad en la iglesia
La imagen bíblica de la iglesia como un cuerpo nos ofrece dos verdades sobre la identidad que las personas siempre han necesitado, pero que son especialmente importantes en nuestra época:
- Tenemos dones independientes.
- Dependemos unos de otros.
Ambas cosas se ponen de manifiesto cada domingo. La belleza de una iglesia local consiste en que nos ofrece muchas imágenes diferentes de cómo se pueden utilizar los dones en el cuerpo. No todos son evangelistas. No todos son excelentes anfitriones. No todos deberían iniciar un estudio bíblico en su oficina.
Necesitamos diferentes modelos de lo que significa servir. Necesitamos diferentes dialectos para hablar la verdad en amor. Y cuando ves a personas diversas que expresan sus dones únicos en el mismo equipo, puedes empezar a visualizar mejor cómo se verá para ti la fidelidad que glorifica a Dios.
¿Quieres descubrir tu identidad? Únete a un ministerio en tu iglesia local. Apúntate para servir, ya sea preparando café, ayudando a estacionar los autos, enseñando la Biblia o cuidando a los niños en la sala cuna. Sé lo suficientemente abierto como para preguntar: «¿Qué equipo (qué “deporte ministerial”) podría aprovechar mis destrezas?». Luego, una vez que te hayas involucrado, busca a personas de ese ministerio que lo hayan estado haciendo durante mucho tiempo y aprende de ellas. Pregúntales: «¿Crees que encajo bien aquí?». No te sorprendas cuando, después de haber servido durante un tiempo, empieces a oír a los entrenadores más veteranos decirte: «¡Creo que Dios realmente te ha dado un don para esto!».
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: Justin N. Poythress
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/ve-iglesia-descubrir-identidad/
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