
La campaña presidencial brasileña comienza a ingresar en su etapa decisiva con una paradoja difícil de resolver, donde Luiz Inácio Lula da Silva conserva la iniciativa electoral, pero enfrenta un deterioro creciente de las expectativas económicas y Flávio Bolsonaro continúa siendo el principal canal político de la oposición, aunque todavía no consigue demostrar que puede trascender el núcleo duro heredado de su padre.
Las encuestas muestran una ventaja de Lula, pero no una elección definida. La fotografía cambia según el encuestador, la metodología y el momento político, pero la tendencia general es clara donde Lula está primero y Flávio continúa siendo el único opositor con escala suficiente para disputarle la Presidencia. Brasil votará el 4 de octubre y celebrará una eventual segunda vuelta el 25.
Hasta entonces, la campaña deberá atravesar convenciones partidarias, registro de candidaturas, propaganda electoral y, probablemente, nuevos episodios judiciales y tarifazos que pueden alterar el humor social.
Lula pretende transformar la elección en un dilema conocido: democracia, protección social y soberanía nacional frente al regreso del bolsonarismo. La reciente ofensiva arancelaria de Estados Unidos le ofreció una oportunidad inesperada.
El gobierno de Trump impuso nuevos gravámenes sobre productos brasileños y responsabilizó a Lula por el deterioro de las negociaciones. Sin embargo, la medida puede terminar fortaleciendo al presidente ya que una parte del electorado interpreta la presión externa como una agresión contra Brasil y no simplemente contra el gobierno.
Según sondeos de opinión, el 42% de los consultados afirmó que los aranceles los inclinaban hacia Lula, frente a 27% que se acercaban a Bolsonaro. Flávio quedó atrapado en una posición incómoda ya que debe conservar su identificación con Trump sin aparecer asociado a una política que perjudique a exportadores, empresas y trabajadores brasileños.
Pero la principal amenaza para Lula no se encuentra en Washington ni en la campaña opositora. Está en la economía doméstica y, más precisamente, en la progresiva pérdida de credibilidad de la política fiscal.
La Faria Lima (corazón financiero de Brasil) observa con alarma una combinación potencialmente explosiva de expansión del gasto público, deuda creciente, tasas reales muy altas y dificultades cada vez más visibles para financiar al Tesoro.
El Banco Central redujo en junio la Selic a 14,25%, pero Brasil continúa pagando uno de los costos reales de financiamiento más elevados del mundo.
El problema es que la reducción marginal de la tasa monetaria no se trasladó de manera equivalente a la curva de deuda soberana. El Tesoro debió cancelar ofertas de títulos ajustados por inflación porque los inversores exigían rendimientos considerados excesivos. Las tasas reales de esos papeles llegaron a ubicarse alrededor de 8,5%. En lugar de validar esos costos, el gobierno utilizó su colchón de liquidez para cubrir vencimientos y aumentó la colocación de instrumentos indexados a la Selic.
No se trata todavía de una crisis de financiamiento. Brasil conserva reservas, profundidad de mercado y una estructura de deuda predominantemente denominada en moneda local. Pero la señal es políticamente corrosiva, donde el Tesoro no puede obligar al mercado a aceptar el precio que desea. Cuando la tasa corta baja y el costo largo permanece elevado, aparece un desacople que revela desconfianza sobre la sostenibilidad fiscal futura.

El mercado no está cuestionando solamente el volumen actual de la deuda. Cuestiona la función de reacción del gobierno ya que, ante cada dificultad, la administración de Lula parece privilegiar nuevas fuentes de recaudación, créditos dirigidos o expansión de programas antes que una revisión estructural del gasto. Las proyecciones más exigentes sitúan el déficit presupuestario cerca de 8,5% del PIB y la deuda bruta aproximándose a 81% del PBI.
La preocupación trasciende el próximo balance fiscal. Un cuarto gobierno de Lula podría comenzar políticamente debilitado, con un Congreso más poderoso, fragmentado y transaccional. El presidencialismo de coalición brasileño siempre exigió negociación, pero el próximo mandato podría encontrar al Ejecutivo con menos recursos presupuestarios, menor legitimidad política y mayor dependencia del Centrão.
Esta perspectiva alimenta una sensación de fin de ciclo. Lula todavía es el dirigente más competitivo del PT, pero esa fortaleza individual expone la fragilidad institucional del partido. Durante años, el petismo evitó organizar una sucesión real. Fernando Haddad, Gleisi Hoffmann y otros dirigentes administran parcelas importantes de poder, pero ninguno construyó una centralidad electoral equivalente. El PT estiró el lulismo hasta convertirlo simultáneamente en su principal activo y en su mayor vulnerabilidad.
Una victoria en octubre no resolvería esa contradicción. Podría profundizarla. Lula asumiría un último mandato obligado a administrar su sucesión, contener la disputa interna y negociar con un Congreso probablemente menos receptivo. El desgaste no comenzaría al final del gobierno, sino que podría aparecer desde el primer día.
La campaña brasileña se encamina así hacia dos elecciones simultáneas. En las urnas, Lula y Flávio disputarán quién puede contener al adversario que genera mayor rechazo. En los mercados, Brasil decidirá si todavía existe espacio financiero e institucional para prolongar el modelo político del lulismo.
Lula sigue siendo el favorito. Pero nunca estuvo tan claro que ganar la elección podría ser la parte más sencilla de su próximo mandato.
Publicado por: Gustavo Pérego
Fuente de esta noticia: https://www.cronista.com/columnistas/brasil-ante-el-ultimo-ciclo-de-lula/
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