
Columnista: Germán Rojas -Prensa Mercosur @Germanrojasm8
Hay momentos en la historia en los que la política debe aceptar sus límites. Este es uno de ellos.
Las imágenes que llegan desde Venezuela no muestran ideologías. No muestran partidos políticos, ni discursos, ni gobiernos. Muestran familias buscando a sus seres queridos, personas esperando atención médica, comunidades enteras enfrentando el miedo y la incertidumbre. Frente a ese escenario, resulta inevitable preguntarse: ¿en qué momento permitimos que las diferencias políticas pesaran más que la vida humana?
Durante años, Venezuela ha ocupado un lugar central en el debate internacional. Gobiernos, organismos multilaterales y líderes políticos han condenado decisiones, cuestionado la calidad de su democracia, impuesto sanciones o defendido posturas opuestas. Cada actor ha actuado desde su propia visión de la realidad y de sus intereses.
Pero las tragedias tienen la capacidad de desnudar una verdad incómoda: la naturaleza no distingue entre quienes gobiernan y quienes se oponen; entre quienes votaron por un proyecto político y quienes lo rechazaron. El dolor tampoco.
Por eso, cuando una emergencia humanitaria golpea a un pueblo, la discusión no debería comenzar preguntando quién tiene la razón, sino quién necesita ayuda primero.
La asistencia humanitaria nunca debería interpretarse como un respaldo político. Enviar alimentos, medicamentos, equipos de rescate o personal especializado no significa legitimar a un gobierno ni renunciar a los principios democráticos. Significa reconocer que la vida humana posee un valor superior a cualquier cálculo diplomático.
Quizá uno de los mayores errores de nuestro tiempo ha sido convertir el sufrimiento de millones de personas en una extensión de las disputas geopolíticas. Mientras los gobiernos discuten estrategias, sanciones o reconocimientos internacionales, quienes quedan atrapados en medio de esas decisiones son ciudadanos comunes que no eligieron convertirse en protagonistas de un conflicto.
La solidaridad no puede depender de la afinidad ideológica. Si ayudamos únicamente a quienes piensan como nosotros o gobiernan de acuerdo con nuestras convicciones, entonces la solidaridad deja de ser un principio para convertirse en un instrumento político.
La historia ofrece suficientes ejemplos de naciones que, aun siendo adversarias, encontraron la manera de cooperar cuando la magnitud de una tragedia lo exigía. Esa capacidad de separar la ayuda humanitaria de las diferencias políticas es, quizá, una de las expresiones más elevadas de la civilización.
Las ideologías cambian. Los gobiernos llegan y se van. Las alianzas internacionales se transforman. Pero las vidas perdidas no regresan.
Ojalá esta tragedia sirva para recordar que la humanidad no puede ser una víctima colateral de la política. Porque cuando una persona queda atrapada bajo los escombros, cuando una madre busca desesperadamente a su hijo o cuando una familia pierde todo en cuestión de segundos, ya no importa quién tenía razón en el debate político. Lo único que importa es quién estuvo dispuesto a tender la mano.
Y esa, quizá, sea la verdadera medida de la grandeza de una sociedad: su capacidad de anteponer la compasión a la confrontación cuando la vida está en juego.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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